Lo que mi mujer le enseñó al hijo de mi jefe
Era un viernes por la tarde cuando Rodrigo, mi jefe desde hacía casi cuatro años, me llamó a su despacho y cerró la puerta con más cuidado del habitual.
Me ofreció asiento con un gesto y empezó a hablar sin rodeos, como siempre hacía cuando algo le incomodaba. Su hijo Marcos cumplía dieciocho años al día siguiente. El chico, al parecer, le había pedido algo concreto como regalo: que su padre lo llevara a un lugar donde pudiera estar con una mujer por primera vez.
—No voy a llevarlo a ningún burdel —dijo Rodrigo, mirándome fijo—. Pero tampoco quiero que llegue a los veinte sin saber lo que es follar. ¿Me entiendes?
Lo entendí perfectamente. La pregunta implícita era si yo conocía a alguien de confianza que pudiera encargarse del asunto de forma discreta. Le dije que hablaría con mi mujer Sandra, que ella tenía una amiga —Laura— cuyo marido llevaba meses fuera del país por trabajo. No era la primera vez que escuchaba a Laura quejarse de la soledad y de lo mucho que echaba de menos una polla dentro.
Rodrigo me agradeció con una palmada en el hombro y volvió a sus papeles. Yo salí del despacho con la cabeza ocupada en cómo plantearle esto a Sandra esa noche.
***
Mi mujer lo tomó con más calma de la que esperaba. Me escuchó sentada en el borde de la cama, con una taza de té entre las manos, y cuando terminé de hablar asintió despacio.
—Voy a llamar a Laura —dijo—. Pero no le prometo nada todavía.
Esa noche no hablamos más del tema. Al día siguiente, mientras desayunaba, Sandra me dijo que todo estaba arreglado y que trajera al chico a casa al mediodía. No pregunté detalles. Nunca fui bueno preguntando cuando las cosas parecían encaminadas.
***
Fui a buscar a Marcos a la hora que habíamos quedado. Lo encontré esperándome en la entrada de su edificio, vestido con ropa nueva que olía a sacado del cajón esa misma mañana. Era alto, de hombros anchos para su edad, con esa mezcla de seguridad y nerviosismo que tienen los chicos que quieren parecer más tranquilos de lo que están.
Durante el trayecto habló poco. Me hizo un par de preguntas directas —cómo era ella, qué iba a pasar exactamente— y yo le respondí con la misma franqueza. Le dije que era una mujer madura, que tenía las tetas bonitas, el culo firme, y que sabía chupar una polla como pocas. Que se dejara llevar y no intentara hacerse el experto. No tenía sentido andarme con rodeos con alguien que cumplía dieciocho años ese mismo día y que llevaba semanas machacándose la verga pensando en poco más que en esto.
Cuando llegamos a casa, lo hice pasar a la sala y le serví algo para beber. Marcos se sentó en el sofá con la espalda recta, mirando alrededor con esa atención exagerada que se tiene cuando uno no sabe dónde poner los ojos.
Yo fui a buscar a Sandra para confirmar que Laura ya había llegado.
Empujé la puerta del baño y me la encontré sola.
Llevaba una faldita que le terminaba bastante por encima de la rodilla y una camiseta ajustada sin sujetador debajo: los pezones se le marcaban duros contra la tela. Los labios pintados de un rojo puta que no usaba para ir al trabajo. Me miró por el espejo mientras se terminaba de pasar el rizador por el pelo.
—¿Dónde está Laura? —pregunté.
—No puede venir. Tuvo un problema familiar.
—Sandra…
—O me dejas encargarme yo de reventarle el cerebro al pobre chaval —dijo, sin apartar los ojos del espejo—, o le dices que se busque otra solución y se vuelva a su casa a pajearse.
Hubo un silencio que duró más de lo que debería.
—Puedes quedarte en la sala si quieres —añadió—. O puedes mirar desde el cuarto por la cámara. Tú decides. Pero te aviso que lo voy a follar bien.
Tardé unos segundos en responder. Luego salí del baño sin decir nada más y volví junto a Marcos.
***
Sandra apareció al cabo de unos minutos. Entró con esa forma de moverse que tiene cuando sabe que alguien la está mirando: sin apuro, sin afectación, como si fuera perfectamente natural que un chico de dieciocho años estuviera sentado en su sala esperando a que ella se lo follara.
Se presentó, le estrechó la mano, y luego le preguntó si le apetecía una copa de cava. Marcos dijo que sí con una voz que le salió ligeramente más aguda de lo normal. Fueron a la cocina juntos. Los escuché hablar, reírse de algo. Yo me quedé en el sillón mirando la pared del fondo.
Cuando volvieron al salón, Sandra llevaba las dos copas y una sonrisa tranquila. Se sentaron juntos en el sofá y ella brindó por el cumpleaños de Marcos como si aquello fuera la cosa más natural del mundo.
Yo me levanté y me fui al dormitorio.
***
Hay cosas que uno sabe pero que nunca ha visto con sus propios ojos. Yo sabía perfectamente cómo era Sandra cuando quería follar. La había tenido así conmigo durante años. Pero verlo a través de la pantalla del móvil, en silencio, era una experiencia completamente distinta.
La cámara del dormitorio quedaba en un ángulo que cubría la cama y parte del sofá pequeño junto a la ventana. Cuando llegaron, Sandra lo guió hacia la cama con una mano apoyada en su brazo, sin prisa. Marcos se sentó en el borde y ella se quedó de pie frente a él, hablándole con una calma que desde afuera parecía casi pedagógica.
Lo que pasó después lo vi en silencio, con el teléfono apoyado en el muslo y la polla empezando a endurecérseme contra el pantalón.
Sandra empezó por quitarle la camiseta. Lo hizo despacio, dejando que él procesara cada paso. Cuando quedó con el torso al descubierto, ella pasó los dedos por su pecho y bajó por el vientre hasta el borde del pantalón, rozándole el bulto con el dorso de la mano. El chico dio un respingo pequeño. Tenía los brazos ligeramente separados del cuerpo, como si no supiera bien qué hacer con las manos.
Ella le tomó una mano y se la puso directamente sobre una teta, por encima de la camiseta.
Ahí entendió.
Marcos empezó a manosearla con esa torpeza específica de quien tiene mucho entusiasmo y poca experiencia. Le apretó las tetas con más fuerza de la necesaria y Sandra le sonrió, le bajó el ritmo con un beso lento, le enseñó a acariciarle los pezones por encima de la tela hasta que se marcaron duros. Lo guiaba sin corregirlo, dejando que encontrara el camino por sí mismo. En un momento dado, ella se quitó la camiseta y las tetas le cayeron libres, llenas, con los pezones ya bien tiesos apuntándole a la cara. Marcos se quedó inmóvil durante un segundo completo, con la boca entreabierta. Sandra lo dejó mirar sin decir nada, y luego le agarró la nuca y le empujó la cabeza contra sus pechos.
—Chúpalos —la oí decir bajito por primera vez, casi un susurro—. Despacio, sin morder.
El chaval se lanzó a mamarle una teta como un ternero, la lengua nerviosa, buscando el pezón sin encontrarlo del todo. Sandra le corrigió el ángulo con la mano, le enseñó a chuparlo entero, a jugar con la lengua, a pasar de una teta a la otra. En la pantalla se veía perfectamente cómo el pezón le quedaba brillante de saliva cada vez que él la soltaba.
***
Yo no aparté la vista de la pantalla. Me desabroché el cinturón y me saqué la polla ya dura, agarrándomela sin pensarlo mucho.
Sandra lo fue llevando de un punto al siguiente con una paciencia que yo no había anticipado. Le bajó ella misma el pantalón y los calzoncillos de un tirón, y la verga del chaval saltó fuera dura como una piedra, tiesa contra el vientre. Sandra se rió por lo bajo, satisfecha, y se la agarró con la mano cerrada.
—Mírala qué bonita —le dijo, moviéndosela despacio arriba y abajo—. Y qué gorda para lo joven que eres.
Marcos gimió con la boca cerrada, aguantando. Ella le siguió pajeando con una mano firme, sin prisa, mientras le lamía el cuello y le susurraba cosas al oído que yo no alcanzaba a oír pero podía adivinar. En un momento le pasó el pulgar por la punta, recogiendo la gota de líquido que se había asomado, y se lo metió a él en la boca.
—Prueba a qué sabes.
Se arrodilló frente a él en la alfombra. Le abrió las piernas con las dos manos y se acomodó entre ellas. Le agarró la polla por la base y se la metió en la boca de golpe, hasta la mitad, sin ceremonia. Marcos echó la cabeza hacia atrás con un gemido ronco y puso las manos en el colchón a los costados de su cuerpo, sin saber dónde apoyarlas, sin querer moverse por miedo a que aquello se interrumpiera.
Sandra no tenía ninguna prisa. Sabía exactamente lo que hacía y lo hacía a su ritmo. Le mamaba la verga entera, se la sacaba brillante de saliva, le lamía los huevos uno por uno, le pasaba la lengua por debajo del glande y volvía a tragársela. Cada tanto lo miraba desde abajo, con la polla metida hasta el fondo, y se la sacaba con un sonido húmedo para preguntarle si le gustaba. Marcos le decía que sí con la voz quebrada, casi sin voz.
Le agarró una mano y se la puso en la nuca, guiándole el ritmo con la que él le apretaba el pelo. El chaval aprendió rápido: empezó a mecerle la cabeza, a follarle la boca despacito, y Sandra se dejó, abriendo bien la garganta cada vez que él empujaba. Yo me pajeaba fuerte al otro lado de la pared, con la mano cerrada alrededor de mi propia polla, viéndole a mi mujer las mejillas hundidas cada vez que chupaba.
Cuando él estuvo a punto de correrse —se le puso el vientre tenso, las piernas rígidas— ella lo notó y se detuvo. Le apretó la base de la verga con dos dedos, cortándolo justo antes.
—Todavía no —le dijo, riéndose bajito—. Aguanta.
Se levantó, se desabrochó la faldita y la dejó caer al suelo. No llevaba braga. El coño se le veía depilado, los labios rosados brillando de humedad. Se quedó de pie frente a él dejándolo mirar. Marcos tenía los ojos muy abiertos y la respiración acelerada, la polla saltándole contra el vientre a cada latido.
—Túmbate —le ordenó ella.
El chaval obedeció de espaldas contra el colchón. Sandra se subió encima a horcajadas, se agarró la verga con la mano y se la pasó por los labios del coño, empapándola bien. Luego se la clavó de un movimiento lento hasta el fondo, sentándose entera sobre él. Los dos gimieron a la vez. Yo también, en silencio.
Esperó a que él se acostumbrara a la sensación —el coño apretándolo caliente, la primera vez que sentía uno de verdad envolviéndole la polla— antes de empezar a moverse.
Fue despacio al principio. Un balanceo suave, meciéndose sobre él, dejando que la polla del chaval le entrara y le saliera del coño con calma. Luego no tanto. Empezó a cabalgarlo con las manos apoyadas en el pecho de él, subiendo y bajando cada vez más rápido, con las tetas rebotándole a la cara. Marcos le agarró las caderas, aprendiendo a la carrera, y empezó a empujar desde abajo intentando seguirle el ritmo.
Hubo un momento en que él se corrió antes de que ninguno de los dos lo esperara del todo. Se le tensó todo el cuerpo, agarró a Sandra por las caderas hundiéndole los dedos y descargó dentro con un gruñido largo, empujando hacia arriba cuatro o cinco veces mientras vaciaba la corrida. Sandra siguió meciéndose despacio, ordeñándoselo, sin apartarse hasta que el chaval terminó de vaciarse. Cuando por fin se levantó, un hilo blanco de semen le bajaba por la cara interna del muslo.
No reaccionó con ningún gesto que yo pudiera interpretar como decepción. Esperó, se recostó a su lado, lo besó en el cuello, le pasó la mano por el pecho y siguió hablándole en voz baja mientras le acariciaba la polla blanda, manchada de su propia corrida y de los jugos de ella.
Era mejor enseñando de lo que yo recordaba que era conmigo al principio.
Marcos tardó poco en recuperarse. Tenía dieciocho años y la verga se le volvió a poner dura entre los dedos de Sandra en menos de cinco minutos, mientras ella se la pajeaba despacito y le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.
***
La segunda vez fue diferente. Él ya sabía cómo moverse, aunque todavía de manera mecánica, sin el matiz que da la experiencia acumulada. Sandra se puso a cuatro patas en el centro de la cama, arqueando la espalda, mostrándole el culo levantado y el coño ya bien abierto, todavía chorreando de la primera corrida.
—Ven —le dijo mirándolo por encima del hombro—. Métemela así.
El chaval se arrodilló detrás de ella, la agarró de las caderas con más confianza de la que tenía veinte minutos antes, se apuntó y se la clavó de un empellón. Sandra soltó un gemido gutural que se oyó incluso a través del móvil. Marcos empezó a follársela a un ritmo constante, con las manos aferradas a la cintura de mi mujer, mirándose la propia polla entrar y salir brillante del coño.
—Más fuerte —le dijo ella—. Dale sin miedo.
Y él le dio. Los golpes de sus caderas contra el culo de Sandra hacían un ruido seco, rítmico, que retumbaba en la cámara. Ella se apoyó en los codos, bajó la cabeza contra la almohada y le empezó a devolver los embates, moviéndose hacia atrás para que la penetrara más hondo. Lo que empezó despacio fue ganando intensidad hasta que en un momento él dejó de pensar en lo que hacía y simplemente lo hacía: le agarró un puñado de pelo con una mano, le clavó los dedos de la otra en la cadera, y se puso a follársela como si llevara años haciéndolo.
Yo me la meneaba con el mismo ritmo al otro lado de la pared.
En un momento Sandra le pidió que le tocara el clítoris mientras la seguía embistiendo. Le tomó la mano y se la llevó ella misma entre las piernas, enseñándole con dos dedos suyos el movimiento exacto. El chaval aprendió rápido. Vi cuando ella cerró los ojos y dejó caer la boca abierta contra la almohada, apretándose contra los dedos de él, contra la polla que le entraba y le salía. Se corrió antes que él, con un temblor largo que le recorrió toda la espalda y un gemido ahogado contra la sábana. El coño se le cerró en espasmos sobre la verga del chico y eso terminó de rematarlo a él.
Vi cuando él terminó por segunda vez, con la frente apoyada en la espalda de Sandra y los brazos temblando ligeramente del esfuerzo, descargándole otro chorro largo dentro. Se quedaron quietos un momento, encajados, respirando fuerte. Cuando por fin él salió de ella, la corrida le chorreó por los muslos hasta la sábana. Sandra se levantó, fue al baño, y Marcos se tumbó boca arriba mirando el techo con esa expresión que tienen algunas personas después de hacer algo que cambia algo.
Apagué la pantalla del teléfono, me limpié la mano con un pañuelo, me guardé la polla todavía a medio bajar y dejé el móvil sobre la mesilla de noche.
***
Salí del dormitorio antes de que Sandra volviera del baño. Me puse la chaqueta y esperé en la sala. Cuando Marcos apareció unos minutos después, tenía el pelo revuelto y una calma nueva en la cara, como si algo que había estado apretado durante meses se hubiera soltado de golpe.
No dijo nada. Yo tampoco. Le señalé la puerta con un gesto y salimos juntos.
Durante el trayecto de vuelta habló más que a la ida. No sobre lo que había pasado, sino sobre otras cosas: sus planes para el verano, si iba a estudiar o a trabajar primero, si yo creía que su padre lo dejaría tomarse un año. Era la conversación de alguien que acaba de salir de algo que ocupaba demasiado espacio en su cabeza y por fin tiene sitio para pensar en el resto.
Cuando lo dejé en la puerta de su edificio me dio la mano con firmeza.
—Gracias —dijo, y lo decía en serio.
Rodrigo me llamó esa misma tarde. No preguntó detalles. Me dijo que Marcos había llegado a casa de buen humor y que le debía una. Le dije que no me debía nada.
***
Volví a casa cuando ya era de noche. El coche de Laura estaba aparcado en la calle, justo delante del portal.
Subí en el ascensor pensando en lo que iba a encontrarme al abrir la puerta. Cuando entré, Sandra y Laura estaban sentadas en la cocina con una botella de vino abierta entre las dos, hablando en ese tono bajo y rápido que tienen cuando llevan un rato solas y la conversación se ha puesto interesante.
Las dos me miraron al mismo tiempo.
—Llegas justo —dijo Sandra.
Laura se levantó a buscar otra copa sin que nadie se lo pidiera. Sandra me sonrió desde la silla con esa expresión que conozco bien: la que significa que la noche todavía no ha terminado ni de lejos, y que yo tampoco me iba a ir a dormir con la polla tranquila.
Me quité la chaqueta y la colgué detrás de la puerta.
Esa parte de la historia se la cuento otro día.