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Relatos Ardientes

Su primera vez fue conmigo, y yo tampoco lo olvido

Siempre me consideré una chica sin complicaciones. No en el mal sentido, sino en el más honesto: mientras mis amigas se enredaban en dramas de pareja, celos y mensajes de madrugada, yo disfrutaba del sexo como algo simple y placentero, sin etiquetas ni expectativas. A los veintiocho años, con un trabajo de diseñadora gráfica que me exigía más de lo razonable y una vida que apenas me dejaba respirar, no me sobraban energías para lidiar con sentimientos complicados. Me llamo Valeria. Tengo ojos verdes, el pelo castaño oscuro y la costumbre de reírme de todo antes de que se vuelva serio.

Todo empezó un viernes. Quedamos con Rodrigo y Claudia en el bar de siempre, ese que tiene las sillas incómodas pero las cervezas frías. Éramos los cuatro habituales, aunque Rodrigo y yo habíamos tenido algo hacía dos años. Terminó bien, sin rencores. Él ya andaba buscando algo estable; yo seguía siendo yo.

Aquella noche, en algún momento entre la segunda cerveza y la tercera, Rodrigo se quedó mirando hacia la barra con esa expresión de «ah, mira quién está». Había un hombre sentado en un taburete, solo, con pantalones de lino gris y una camisa celeste algo arrugada. Tomaba agua con gas y miraba la espuma como si fuera lo más interesante de la sala.

—¿Lo conoces? —le pregunté a Rodrigo.

—Es Santiago. Trabaja en la Fundación Cultural, lleva los archivos históricos. Es buena persona, pero le cuesta relacionarse.

—¿Por qué no lo llamas?

Rodrigo me miró de costado.

—Porque estás tú.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Que contigo alrededor, a Santi le da parálisis total.

Me ofendí un poco y me divertí mucho más. Le dije a Rodrigo que apostara lo que quisiera a que en cinco minutos lo tenía sentado con nosotros. Me levanté, me acomodé el vestido azul y caminé hacia la barra mirando directamente a Santiago.

Él me vio venir desde lejos. Vi cómo dejaba de mirar su vaso, cómo revisaba hacia los costados para confirmar que sí, era a él a quien me dirigía. Cuando llegué a su lado tenía los hombros tensos y el vaso apretado entre las manos como si fuera un salvavidas.

—Hola. Eres Santiago, ¿verdad? Soy amiga de Rodrigo. Nos gustaría que te sumaras a la mesa.

Abrió la boca. La cerró. Tragó saliva.

—Yo... no quisiera molestar.

—No molestas. Ven.

No le di tiempo a inventar una excusa. Lo tomé del brazo con suavidad y lo conduje hacia la mesa. Rodrigo se levantó a saludarlo con esa calidez exagerada que usan los hombres cuando acaban de perder una apuesta. Santiago se sentó entre nosotros, rígido como un poste, sin saber dónde poner las manos.

Duró poco esa incomodidad. Le pregunté por su trabajo por curiosidad genuina, y eso cambió todo. Resultó que los archivos de la Fundación incluían documentos del siglo dieciocho, cartas manuscritas, mapas que ya no correspondían a nada real. Santiago habló de todo eso con una precisión y una pasión que no tenían nada que ver con el hombre paralizado de hacía diez minutos. Su voz se asentó, dejó de tartamudear, y en sus ojos apareció algo que no había visto al mirarlo desde lejos: inteligencia, y algo más difícil de nombrar.

Esa noche lo convencimos de volver el viernes siguiente. Y el que vino después. Ya era la tercera vez que nos veíamos, y en esas tres reuniones había aprendido que Santiago tenía treinta y dos años, vivía solo a diez minutos del bar, y nunca en su vida había dado un primer paso con nadie. No porque no quisiera. Sino porque le aterraba el ridículo más de lo que le importaba el deseo.

Lo que también aprendí: me miraba. Mucho. Con esa clase de mirada larga que la gente tímida cree discreta y que en realidad es todo lo contrario.

***

Esa tercera noche, cuando el grupo empezó a despedirse, le dije a Santiago que mi bicicleta había tenido un problema mecánico y que si no le importaba acercarme a casa. Era mentira. Mi bicicleta estaba perfectamente bien en el sótano del edificio. Pero quería ver cómo reaccionaba.

Reaccionó como siempre: tragó saliva, miró al costado, dijo que sí.

Su auto era un hatchback verde oscuro, limpio y ordenado como todo lo que hacía. Me senté a su lado y, no por casualidad, la falda que llevaba se acomodó de una manera que dejaba más pierna a la vista de lo habitual. Santiago miraba al frente con una concentración que habría sido admirable en cualquier otra circunstancia. En cada semáforo, sus ojos se escapaban medio segundo hacia mis rodillas antes de volver a la calle.

Llegamos a mi edificio. Estacionó. Ninguno de los dos movió nada.

—¿Quieres subir un rato? —pregunté.

El freno de mano que apretó con demasiada fuerza fue respuesta suficiente. Luego dijo, en voz muy baja:

—No sé si es buena idea.

—¿Por qué no?

—Porque... no sé muy bien cómo funciona esto.

Lo miré. Él miraba el volante.

—Subes, tomamos algo, conversamos. Nada más que eso, si no quieres otra cosa.

Asintió sin decir nada más y bajamos del auto.

***

Mi apartamento tiene paredes color arena y estantes por todos lados, llenos de libros de diseño, tipografía y algo de ficción. Santiago entró y se quedó quieto en el medio de la sala mirando los lomos como si hubiera encontrado algo familiar en un lugar extraño. El cuerpo se le relajó un poco.

—Prepara algo para tomar —le dije, señalando la cocina—. Lo que encuentres. Yo me cambio y vuelvo.

Darle algo concreto que hacer era estrategia: evitar que se pusiera a pensar demasiado.

Cuando volví, había hecho café. Dos tazas. Estaba de pie junto a la estantería con una de ellas en la mano, mirando un libro de cartografía histórica que yo había comprado en una feria y nunca terminado de abrir. Me había puesto ropa más cómoda, que en ese caso también era menos ropa.

—Cartografía del Río de la Plata, siglo diecinueve —leyó en voz baja, como para sí mismo.

—A ti tendría más sentido comprarlo.

Sonrió sin mirarme. Era la primera vez que lo veía sonreír así, despacio, sin que pareciera un esfuerzo.

Nos sentamos en el sofá. Tomamos el café. Hablamos de los mapas, de cómo la geografía se distorsionaba según quién la dibujara. En algún momento le puse la mano en la rodilla, sin fuerza, solo apoyada. Sentí el músculo tensarse debajo de la tela.

—Santiago, me gustas.

No dije nada más. Esperé.

Él bajó la vista a su taza. Luego a mi mano. Luego a mí.

—Soy virgen —dijo.

Lo dijo en el mismo tono con que hubiera dicho «me olvidé la billetera». Directo, sin drama, como si quisiera terminar con la información antes de que el nerviosismo se lo impidiera.

Dos segundos de silencio. Tres.

—Okay —dije.

—¿Okay?

—Okay. ¿Eso cambia algo para ti?

Pensó la respuesta con cuidado.

—No sé cómo... no sé qué se hace. No quiero hacer algo mal.

—¿Y si yo me encargo de que no pase nada malo?

Me miró a los ojos por primera vez desde que habíamos entrado al apartamento. En esa mirada no había miedo exactamente, sino algo más parecido a una pregunta que no sabía cómo formular.

Le quité la taza de las manos y la puse sobre la mesa. Me acerqué a él despacio, sin gestos bruscos, y le busqué la boca.

Tardó un segundo. Luego correspondió.

***

Besaba con mucha más intención de la que hubiera esperado. Quizás era exactamente eso: sin vicios aprendidos, sin automatismos. Solo presencia. Sus manos no sabían dónde ir, y eso resultó extrañamente íntimo, verlo decidir primero el brazo del sofá, luego mi hombro, luego mi costado, como si fuera midiendo cada cosa.

Lo llevé al cuarto con la mano en la suya. No tiré de él; caminamos juntos.

—Siéntate —le dije, señalando el borde de la cama.

Se sentó. Yo permanecí de pie frente a él y fui quitándome la ropa sin prisa, mirándolo. Él miraba con una atención casi incómoda, como si quisiera registrar todo y tuviera miedo de olvidarse de algo.

—¿Te gusta lo que ves?

Asintió con un movimiento pequeño y honesto.

Me arrodillé sobre la cama y lo besé de nuevo. Esta vez mis manos empezaron a desabotonar su camisa mientras seguíamos en contacto. Cuando terminé con los botones, le separé la tela y pasé las palmas por su pecho. No era un cuerpo trabajado; era simplemente su cuerpo: delgado, de piel algo clara, con una tensión acumulada en los hombros que fui deshaciendo con presión suave.

—Respira —le dije cerca de la oreja.

Exhaló. Fue casi cómico lo visible que fue el alivio.

Bajé por su cuello, su pecho, su abdomen. Desabroché su cinturón con movimientos tranquilos. Santiago apretó los ojos. Le puse una mano en la mejilla.

—Mírame.

Los abrió.

Lo tomé con la mano primero, despacio, sintiendo cómo respondía a cada variación. Él apretaba la colcha, la soltaba, volvía a apretar. Cuando bajé la cabeza y lo tomé en la boca, ahogó un sonido que era mitad sorpresa, mitad algo sin nombre.

No duró mucho. No era el objetivo que durara. Lo que importaba era que entendiera que el placer no era algo que había que ganarse ni controlar, que podía simplemente dejarse ir. Cuando terminó, con un temblor que le recorrió todo el cuerpo y un gemido casi incrédulo, me quedé quieta un momento antes de soltarlo.

—Lo siento —dijo enseguida, con la voz ronca—. No quería... tan rápido.

—Lo hice a propósito.

Me miró.

—Quería que entendieras que no hay nada malo en esto. Que no tienes que controlar nada.

Tardó en procesar eso. Luego, con torpeza pero con intención, abrió los brazos. Me metí entre ellos. Estuvimos así un rato en silencio, su respiración asentándose poco a poco.

***

Cuando le pedí que me mirara, lo hizo sin apartar los ojos. Me quité el resto de la ropa y me coloqué sobre él, sin apuro. Le guié la mano a donde quería que estuviera. La dejé ahí, con la mía encima, mostrándole el ritmo y la presión. Sus dedos aprendían rápido, o quizás simplemente prestaban atención de una manera que la mayoría no presta.

—Así —dije, y lo sentí concentrarse.

Cuando no pude esperar más, lo guié hacia adentro, despacio. Santiago cerró los ojos y emitió un sonido que era pura sorpresa, pura materialidad, como si el cuerpo procesara algo que la cabeza todavía no había terminado de entender.

Me moví yo primero. Él siguió después, con tanteos que se fueron volviendo más seguros a medida que avanzábamos. En algún momento dejé de notar la diferencia entre lo que yo hacía y lo que hacía él; nos volvimos una sola cosa en movimiento.

Sus manos encontraron mi cintura. Las sentí firmes, reales.

—Valeria —dijo, solo eso, mi nombre.

Fue suficiente.

Cuando terminé, lo hice con un temblor largo y sostenido que me recorrió desde la cintura hacia abajo. Santiago llegó casi al mismo tiempo, con los ojos abiertos esta vez, mirándome, como si quisiera guardar también ese momento.

***

Después nos quedamos quietos. La habitación estaba oscura y él tenía el brazo sobre mi espalda, pesado y cálido. Su respiración se fue haciendo más lenta.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí —dijo. Una pausa—. Muy bien.

Sonreí contra su hombro.

—¿Tienes miedo de que haya sido demasiado fácil?

—Tengo miedo de que no vuelva a pasar.

Eso no me lo esperaba. Me incorporé para verle la cara. No bromeaba.

—Puede volver a pasar —dije.

—¿Lo prometes?

Me reí. Era la primera vez que lo oía pedir algo directamente, sin rodeos ni disculpas previas. Quizás eso también era parte de lo que había aprendido esa noche.

—Sí —dije—. Lo prometo.

Se quedó dormido antes que yo. Lo observé un momento: la respiración pareja, la expresión relajada, tan diferente a la tensión con que había entrado al bar hacía tres viernes.

Yo siempre había preferido el sexo sin complicaciones. Sin compromisos, sin continuidad. Y acá estaba, prometiéndole algo a un hombre que se había quedado dormido en mi cama después de su primera vez.

Lo raro es que no me arrepentía en absoluto.

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Comentarios (8)

Romi87

increible... me dejo sin palabras. Se siente tan real

LectorSolo77

Por favor que haya segunda parte! quede con ganas de saber como siguio todo despues

ValeBaires

me recordo tanto a mi primera vez, esa mezcla rara de nervios y algo que no sabes bien como llamar. Gracias por escribirlo con tanta honestidad

Claudia_DF

Que tierno y sensible a la vez. Me gusto mucho el enfoque, no es lo tipico que uno encuentra por aca

MatiasR_2020

buenisimo!!!

NocheDePlata

Se nota que hay algo verdadero detras de esto. Lo escribiste con mucha delicadeza, sigue asi

PabloCr_lect

Y despues de eso siguieron viendose? me quede re intrigado jaja. Espero la continuacion

SabrinaZ_lec

una joyita este relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo. El titulo ya engancha desde el principio

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