Lo que pasó mientras cuidaba a mi compañera
Sofía conoció a Vera frente a un tablón de anuncios pegado en la pared de la facultad de Ciencias de la Salud. Era septiembre, hacía calor y las dos buscaban lo mismo: un piso a precio razonable cerca del campus. Sofía estudiaba enfermería en tercer año, llevaba el cabello oscuro recogido en una trenza apretada y usaba unas gafas de montura gruesa que le daban un aire más serio del que en realidad tenía. Vera, que cursaba letras hispánicas en el edificio de enfrente, era menuda y pálida, con el pelo rubio cortado a la altura de los hombros y la costumbre de ponerse faldas aunque el tiempo no acompañase.
Se saludaron, descubrieron que buscaban el mismo anuncio y decidieron llamar juntas desde el teléfono del vestíbulo. El piso tenía dos habitaciones separadas por un pasillo corto, un baño compartido y una cocina que olía a pintura reciente. Lo alquilaron esa misma tarde sin pensarlo demasiado.
Llevaban dos meses conviviendo cuando Sofía admitió para sí misma lo que ya sabía desde antes: Vera le gustaba. No como compañera de piso, no como amiga. Le gustaba de una forma concreta y molesta, como una piedra en el zapato que no terminas de sacar. Le gustaba cuando preparaba el desayuno descalza, cuando estudiaba en el sofá con los pies metidos bajo un cojín, cuando reía de algo que había leído y le contaba el chiste a medias porque asumía que Sofía entendería el contexto aunque no lo hubiese leído.
No es recíproco, se decía. No te compliques la vida.
Vera parecía una chica tranquila, algo introvertida, y Sofía no tenía ninguna razón sólida para pensar que sus sentimientos fueran en esa dirección. Así que guardó silencio, controló la mirada y convivió con aquella incomodidad con la misma paciencia con que se aprende a poner una vía intravenosa en prácticas: repitiendo el gesto hasta que deja de temblarle la mano.
Un jueves de octubre todo cambió.
Sofía llegó a casa después de una tarde larga en el hospital universitario y lo primero que oyó al abrir la puerta fue la tos. Una tos seca y profunda que venía de la habitación de Vera. Llamó con los nudillos antes de entrar.
—¿Estás bien?
La respuesta fue otro acceso de tos.
—¿Puedo pasar?
Sin esperar respuesta, abrió la puerta.
Vera estaba en la cama, tapada hasta el cuello con la colcha a pesar del calor de la calefacción, vestida con un pijama de franela a cuadros. Tenía la frente cubierta de sudor y las mejillas encendidas. Sofía se acercó y le puso la mano en la frente sin pensarlo dos veces.
—Tienes fiebre. ¿Vino el médico?
—Esta mañana —murmuró Vera, con la voz raspada—. Dejó una receta en el escritorio.
Sofía leyó la prescripción despacio. Inyecciones intramusculares, dos días consecutivos, cada doce horas si la fiebre no bajaba. Calculó las opciones.
—Puedo ir a la farmacia ahora mismo. O podemos llamar al médico, pero no creo que venga hasta mañana por la mañana.
—¿Tú sabes poner inyecciones? —preguntó Vera, entornando los ojos.
—Estudio enfermería. —Sofía dijo esto con más calma de la que sentía—. Lo practicamos hace tres semanas. Sé lo que hago.
Vera reflexionó un momento. Tosió de nuevo, se llevó el puño a la boca y asintió.
Sofía fue a la farmacia, volvió con el material y lo dispuso sobre la mesita de noche con la meticulosidad de quien ha repetido el procedimiento cien veces en el aula aunque pocas en la vida real. Sacó la jeringa, cargó el líquido blanquecino, purgó el aire. El olor del alcohol llenó la habitación en cuanto destapó el bote.
—¿Lista? —preguntó.
—No —dijo Vera.
—Normal. Nadie está nunca lista. Gírate boca abajo.
Vera obedeció despacio, con la torpeza de alguien que lleva horas sin moverse del todo. Sofía retiró la colcha con cuidado. Deslizó los dedos bajo la goma del pantalón del pijama y, de un tirón suave, lo bajó junto con la ropa interior hasta dejar expuesta la parte superior de los glúteos.
La piel de Vera era muy blanca. Casi traslúcida en los bordes, con una pequeña marca rosada donde había estado apoyada la costura del pijama. Sofía frotó el cuadrante superior externo de la nalga izquierda con el algodón empapado en alcohol, con movimientos circulares y firmes que hicieron temblar levemente la carne.
No pienses, se dijo Sofía. Es un procedimiento. Solo eso.
—Relájate el músculo —indicó en voz baja—. Si lo tensas, duele más.
Introdujo la aguja en un movimiento rápido y limpio. Vera contuvo el aliento.
—Bien —murmuró Sofía—. Ahora el líquido entra despacio. Vas a notar presión, como un pellizco que no termina. Es normal, no te asustes.
Lo empujó lentamente. Vera apretó la almohada con fuerza pero no se quejó. Cuando terminó, Sofía retiró la aguja, limpió el punto con algodón y subió la ropa interior y el pantalón del pijama con los mismos gestos cuidadosos con los que los había bajado. Le apartó el pelo húmedo de la frente.
—Has sido muy valiente —dijo, y le dio un beso en la sien antes de poder pensarlo. Un gesto automático, de cuidado, como se hace con alguien que se ha caído y ha tenido el coraje de no llorar.
Apagó la luz y cerró la puerta con suavidad.
***
Al día siguiente Vera estaba mejor. Se lo notaba en los ojos, más despejados, y en la voz, que ya no sonaba como si tuviese arena dentro. Cuando Sofía se asomó a la habitación a media tarde, la encontró sentada en la cama con un libro abierto sobre las piernas.
—Mucho mejor. Gracias por ayer —dijo Vera, sonriendo. Una sonrisa pequeña pero real—. Voy a ducharme.
—Espera. Todavía tienes algo de temperatura y estás débil. Mejor te limpio con una esponja, al menos hoy. Mañana ya veremos.
Vera no protestó. Fue al baño, se lavó la cara y volvió a la habitación con una toalla alrededor del cuerpo. Sofía preparó un cuenco con agua templada y buscó la esponja de baño debajo del lavabo.
—Siéntate.
Vera se sentó en el borde de la cama y dejó caer la toalla hasta la cintura. Su espalda era estrecha, con los omóplatos marcados bajo la piel y una pequeña cicatriz en el hombro izquierdo que Sofía no había visto antes. Mojó la esponja, la escurrió y comenzó a pasarla por los hombros de Vera, despacio, siguiendo la curva del cuello.
—Tienes la piel muy suave —dijo, sin haberlo planeado.
Vera no respondió de inmediato. Luego, sin decir nada, se giró hacia ella. La toalla quedó enredada en el regazo. Sofía sostuvo la mirada durante un segundo antes de bajarla. El pecho de Vera era pequeño, con los pezones oscuros endurecidos por el aire fresco de la habitación.
—Sigue —dijo Vera, en voz baja.
Sofía mojó la esponja de nuevo. La pasó por la clavícula, bajó despacio. Cuando rozó el pecho izquierdo, Vera cerró los ojos y exhaló, un sonido breve y sin nombre que no era un gemido exactamente, sino simplemente aire saliendo de los pulmones de una forma distinta.
—Perdona —dijo Vera, con los ojos todavía cerrados.
—No hay nada que perdonar.
Sofía dejó la esponja en el cuenco. Tenía las manos mojadas y el corazón desordenado. Vera abrió los ojos y la miró, y Sofía entendió por fin que aquello no era solo cosa suya. Que llevaba semanas interpretando mal las señales porque le convenía no verlas.
El beso fue despacio al principio. Los labios de Vera estaban secos y tenían un ligero sabor a pastillas mentoladas. Las manos de Sofía encontraron su cintura, y las de Vera subieron hasta posarse en sus hombros con una firmeza que no concordaba con la timidez habitual.
—Todavía tengo que ponerte la inyección —murmuró Sofía contra su boca.
—Lo sé —dijo Vera—. Pero primero esto.
—Primero esto —repitió Sofía.
Se tumbaron juntas en la cama estrecha. Sofía se quitó el jersey y se acostó al lado de Vera, que tenía la toalla enredada en las piernas y el cabello revuelto sobre la almohada. Se miraron desde muy cerca, con la luz de la tarde entrando horizontal por las persianas a medias y dibujando franjas doradas en el suelo.
—¿Estás segura? —preguntó Sofía.
—Llevo una semana con fiebre y dos meses sin que nadie me toque —dijo Vera—. Sí, estoy segura.
Sofía río, apenas. Luego la besó de nuevo, con más intención esta vez.
Se tomaron el tiempo que la situación pedía: sin prisa, con la atención puesta en cada gesto. Las manos de Vera eran curiosas, exploradoras, como si aprendiesen un idioma nuevo y quisieran pronunciar bien cada sílaba. Las de Sofía se movían con más decisión, aunque sin perder la suavidad. Habían cuidado cuerpos ajenos en prácticas, habían aprendido a leer el lenguaje no verbal de las personas bajo su cuidado, pero nada de eso se parecía a esto. Esto era completamente distinto y completamente mejor.
Cuando terminaron estaban quietas, en silencio, la espalda de Vera apoyada contra el pecho de Sofía. Afuera pasó un coche. Alguien cerró una puerta en el piso de arriba. La calefacción hizo un ruido metálico y luego se calló.
—Ahora sí —dijo Vera al fin.
—¿Ahora sí qué?
—La inyección.
Sofía tardó un momento en comprender. Luego se incorporó, buscó la jeringa y preparó el segundo pinchazo con los mismos gestos metódicos de siempre, aunque con una sonrisa que no pudo evitar del todo.
—Glúteo derecho esta vez —dijo.
—Lo que tú digas —respondió Vera, ya boca abajo, con un tono que no tenía nada que ver con el miedo de la víspera.
La aguja entró limpia. El líquido fue despacio, con el pellizco de siempre. Sofía limpió el punto, subió el pantalón del pijama y le dio un beso en la base de la espalda antes de taparla con la colcha.
—¿Eres lesbiana? —preguntó Vera desde la almohada, con la cara girada hacia ella.
Sofía guardó el material en la bolsa y se sentó en el borde de la cama.
—Depende de con quién.
Vera sonrió, una sonrisa más ancha que las anteriores.
—Buena respuesta.
Sofía apagó la lamparita de noche. Se quedó sentada un momento en la oscuridad, escuchando cómo la respiración de Vera se iba haciendo más lenta y más honda, hasta que supo que dormía. Luego se levantó en silencio, cerró la puerta con cuidado y fue a la cocina a preparar algo de cenar.
Tardó mucho más de lo necesario. No tenía prisa por ningún sitio.