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Relatos Ardientes

La noche que mi compañera de estudios cambió todo

A Camila la conocí el primer día de clases en la facultad. Estábamos las dos en la fila para inscribirnos en el seminario optativo y terminamos compartiendo la última silla del fondo del aula, porque alguien se había olvidado de poner sillas suficientes. Nos miramos, nos reímos, nos sentamos juntas. Así, sin más vueltas, hicimos casi toda la carrera de la mano.

Era menudita, de pelo oscuro y muy lacio, con ojos grandes y una sonrisa que aparecía siempre con cierto retraso, como si primero te midiera. No era una belleza que detuviera el tránsito, pero tenía algo. Una manera de inclinarse cuando hablaba, de tocarte el antebrazo cuando se reía, de mirarte un segundo de más cuando se despedía. Tuvo pretendientes en la facultad, claro que sí, pero nunca le conocí novio. «Estoy estudiando, después vemos», decía cada vez que alguien insistía.

Yo, en cambio, salí con dos chicos durante esos años. Ninguno serio. Camila escuchaba mis historias con una atención que entonces me parecía simple curiosidad de amiga, y me daba consejos prácticos, casi de hermana mayor, aunque era cinco meses menor que yo.

No éramos íntimas en el sentido de contarnos todo. Éramos eso que a veces se llama compañeras inseparables: estudiábamos juntas, íbamos a fiestas juntas, tomábamos el último colectivo juntas, hacíamos los trabajos prácticos juntas. Su casa quedaba a quince minutos de la mía, en un barrio tranquilo, y muchas veces, cuando se nos hacía tarde, yo me quedaba a dormir.

En cuarto año, nos tocó armar un trabajo final para el curso de marketing internacional. Era largo, pesado, con planillas y entrevistas, y la fecha de entrega nos pisaba los talones. Como tantas otras veces, me fui a su casa después de clase. La madre nos recibió con un guiso, el padre nos dio las buenas noches, y a las once estábamos las dos solas en su cuarto, rodeadas de cuadernos y carpetas.

—Mañana lo terminamos —dijo, estirándose en la silla del escritorio—. No doy más.

—Yo tampoco. Préstame algo para dormir.

Su cuarto tenía dos camas. La de ella, pegada a la ventana, y la otra, más chica, contra la pared. Esa segunda cama era de su prima, que había vivido un año con la familia mientras estudiaba en la ciudad y después se había vuelto al pueblo. La cama quedó. Y cada vez que yo iba a dormir a su casa, era ahí donde dormía.

Camila me alcanzó una remera vieja y se metió al baño. Me quedé sola en el cuarto. Me saqué el jean, la blusa, doblé la ropa sobre la silla. La remera que me había dado le quedaba grande a ella, así que a mí me caía hasta medio muslo. Decidí no usarla. Hacía calor y siempre había dormido así en su casa: en ropa interior, con una sábana liviana encima.

Cuando ella volvió, yo ya estaba metida en la cama, de costado, mirando a la pared. Sentí su mirada un segundo más largo que de costumbre antes de que apagara la luz del techo y prendiera el velador.

—¿Te molesta si leo un rato? —preguntó.

—Para nada. Buenas noches.

—Buenas noches.

Me dormí casi enseguida. Estaba agotada.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Lo primero que registré fue una especie de cosquilleo apenas perceptible en la parte alta del muslo, justo donde la sábana se había corrido. Pensé en una mosca, en una pelusa, en cualquier cosa que no fuera lo que efectivamente era. No me moví. Tenía esa pereza absoluta del que está en la primera capa del sueño y no quiere despertarse del todo.

El cosquilleo subió. Despacio, con una paciencia que no pertenecía a ningún insecto. Recorrió la línea de mi cadera, se detuvo en el borde de la tanga, siguió hasta la curva de la nalga.

Abrí los ojos.

La habitación estaba apenas iluminada por el velador del otro lado. Reconocí el techo, la sombra del placard, el ruido del ventilador. Y entonces entendí. Lo que recorría mi piel era una mano. Y la única persona que podía estar tocándome esa mano era Camila.

El primer impulso fue darme vuelta de golpe y preguntarle qué estaba haciendo. El segundo, más extraño, fue quedarme quieta y dejar que siguiera. No supe en ese momento por qué elegí el segundo. No era miedo a incomodarla, aunque me lo dije después como excusa. Era otra cosa. Una curiosidad nueva, mezclada con algo que se parecía a un escalofrío bueno. Las yemas de sus dedos pasaban con una delicadeza que ningún chico me había mostrado nunca, como si me estuviera leyendo en braille.

No me moví. Cerré los ojos despacio y respiré como si siguiera dormida.

Sus dedos siguieron. Subieron desde el borde inferior de la nalga hasta la cintura, bajaron por el costado, volvieron a subir. Cada vuelta era un poco más larga, un poco más segura. Empezó a dibujar círculos lentos, exactamente sobre la curva. Sentí que la tela de la tanga se me pegaba a la piel y que un calor que no había sentido nunca con esa pureza se acomodaba entre mis piernas.

Pensé, sin terminar de pensarlo, que si me daba vuelta y quedaba boca abajo, ella iba a tener más espacio para seguir. Lo hice con un movimiento que intentó parecer inconsciente. Se me escapó un suspiro corto al apoyar la cara contra la almohada.

Hubo una pausa. Camila se quedó inmóvil. Por unos segundos, solo escuché su respiración, más fuerte que antes, y la mía, que también se había acelerado. Después, muy despacio, sentí que el colchón se hundía a la altura de mis caderas. Se había sentado en mi cama.

***

Volvió a tocarme. Esta vez con las dos manos. La izquierda en la cintura, la derecha en el centro de la espalda baja, justo arriba de la tanga. Me recorrió de abajo hacia arriba con los pulgares, como si estuviera siguiendo un mapa. Llegó hasta los omóplatos y bajó otra vez. Se quedó un rato largo en la curva donde la espalda se vuelve nalga.

Yo seguía haciendo de cuenta que dormía, pero ya no engañaba a nadie. Mi respiración era una respiración despierta, mi cuerpo entero estaba tenso de una manera distinta a la del sueño. Camila se inclinó. Sentí su nariz, después su pelo cayendo sobre mi hombro, después una bocanada de aire tibio justo en el nacimiento de la espalda.

No me besó. Apoyó los labios sin besarme, los pasó muy suavemente, tan apenas que casi no eran labios sino un roce. Bajó así hasta el borde de la tanga. Olió mi piel ahí, en esa parte donde solamente yo me había olido alguna vez por descuido. La oí inhalar despacio.

—Estás despierta —susurró.

No era una pregunta. Era una constatación, dicha en un tono que no sonaba a su voz de todos los días. Más grave, más entera.

No le contesté. Pero separé apenas las piernas. Lo justo para que el mensaje fuera inequívoco.

Camila tomó aire. Sentí sus dedos pasar por debajo del elástico de la tanga, en los costados de las caderas, y empezar a bajarla. Centímetro a centímetro. La tanga se rindió primero en una cadera, después en la otra, y ella la dejó a la mitad de los muslos, sin terminar de sacármela. Como si esa media prenda colgando fuera la prueba de que yo lo permitía.

Me abrió las nalgas con las dos manos. Me sentí más expuesta que nunca en mi vida. Era de noche, era su cuarto, era ella, y yo estaba abriéndome a algo que jamás había imaginado. Sentí su nariz primero, otra vez, recorriendo el surco hasta abajo. Después su lengua.

***

No sé describirlo con justicia. Era una lengua y al mismo tiempo era otra cosa. Tenía un ritmo, un peso, una intención que yo no le había encontrado a ninguno de los dos chicos con los que había estado. No iba a ningún destino, no apuraba nada, no se le perdía la concentración. Lamía con calma, daba vueltas, se detenía y volvía. Cuando llegó a la entrada de mi sexo, ya estaba tan empapada que tuve miedo de mojarle la cara.

A ella no le importó. Hundió la lengua un instante, salió, subió, bajó. Después acomodó la mano. Sus dedos, los mismos que minutos antes habían dibujado círculos en mis nalgas, se deslizaron adentro como si conocieran el camino. Uno primero, después dos. El movimiento era constante, profundo sin ser brusco, exacto.

Empecé a gemir. Bajito, contra la almohada, mordiéndome la tela para que la madre, en el cuarto de al lado, no escuchara nada. La cara me ardía. El cuerpo entero me ardía. Sentía olas que subían desde las plantas de los pies y se concentraban en un punto que ella encontraba con su lengua una y otra vez.

Y entonces oí algo nuevo. Camila respiraba más fuerte. Más entrecortada. Bajé la mirada de costado y la vi: tenía la otra mano, la libre, metida adentro de su pantalón de pijama, moviéndose. Se estaba tocando mientras me lamía. Lo entendí en un segundo, y ese segundo me llevó al borde.

Le susurré, sin querer, su nombre.

—Camila…

Ella no contestó. Apretó la lengua contra el lugar exacto y movió los dedos un poco más rápido. Yo hundí la cara en la almohada y dejé que el orgasmo me atravesara entera. Fue largo, más largo que cualquiera que recordara. Sentí las piernas temblar, los muslos cerrarse contra su mano, una contracción tras otra. En medio del temblor mío, oí un quejido ahogado y supe que también ella había llegado.

***

Me quedé boca abajo, la cara en la almohada, sin atinar a moverme. Esperé que se acostara conmigo. Que pasara el brazo por mi cintura, que apoyara la cabeza en mi espalda, cualquiera de esas cosas que pasan en las películas.

No lo hizo.

Sentí cómo me subía la tanga con cuidado, la acomodaba en su lugar como quien arregla la ropa de una hija dormida. Después escuché sus pies descalzos en el piso, el crujido del colchón al otro lado del cuarto, el clic del velador apagándose.

—Buenas noches —dijo, en un tono de todos los días, casi imposible.

No le respondí. No pude. Tardé un buen rato en quedarme dormida.

A la mañana siguiente, la luz del sol entraba como siempre por la ventana. Camila ya estaba vestida, peinándose frente al espejo. Me miró por el reflejo, sonrió como cualquier otra mañana y me preguntó si quería café. Le dije que sí, con la voz un poco rara, y ella asintió como si nada.

Ninguna de las dos dijo una palabra de lo que había pasado. Terminamos el trabajo de marketing esa tarde. Lo entregamos al día siguiente. Sacamos buena nota.

Pero desde esa noche, todo cambió entre nosotras. Lo que vino después es otra historia.

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Comentarios (7)

Lucrecia_BA

Buenisimo!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar. Mas relatos asi por favor

VickyRos

Lo de la mosca me mato jajaja. Muy bien escrito, se nota que lo vivis de adentro

Anahi_77

Por favor que haya continuacion, no puede quedar ahi la historia!! Me quede con ganas de mas

Claudia_Mdz

Me recordo a algo que me paso en el primer año de la uni. Me puse muy nerviosa leyendo, de las buenas :)

MarinaVia

La tension al principio es increible. Ese momento cuando te das cuenta de lo que esta pasando... tremendo. Seguí escribiendo!

SolePcias

Muy bueno, directo al punto pero sin ser burdo. Eso no es facil y se nota el cuidado. Felicitaciones

PatriGA

Esto es real o fantasia? porque se siente muy autentico jaja. De todas formas estuvo genail

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