Llegó virgen desde la costa y cambió todo
Tenía mi primer departamento desde hacía unos meses y lo cuidaba con una meticulosidad casi obsesiva. Vivía solo porque era la única forma en que funcionaba: sin compañeros de cuarto, sin reglas ajenas, sin tener que negociar el espacio ni los horarios. Todo limpio, todo ordenado, todo a mi gusto.
Ese tipo de privacidad tiene ventajas que solo descubres cuando la tienes por primera vez. Podía recibir a quien quisiera, cuando quisiera. Y en esa época me pasaba las tardes en foros y salas de chat, algo que hoy suena anticuado pero que entonces era el lugar donde ocurría todo lo interesante.
Así conocí a Valeria.
Apareció en un hilo de un foro literario, comentando el texto de otra persona. Le respondí. Intercambiamos mensajes privados durante una semana y después hablábamos todos los días. Me contó que trabajaba en una empresa del Estado en su ciudad, en la costa caribeña, y que además tenía su propio negocio de distribución de insumos para papelería. Ese negocio la traía a la capital al menos una vez al mes. Siempre se hospedaba en el mismo hotel cerca del centro histórico. Sus padres sabían el número de ese hotel y la llamaban ahí.
Tenía 26 años. Era morena, de facciones suaves, con el acento cantado de quien creció en ciudad de clima caliente y no se disculpa por ello.
Una noche me confió algo que no esperaba: seguía siendo virgen.
Lo dijo sin drama, casi como si le pesara menos contármelo que seguir cargándolo sola. Me explicó que había crecido en una familia tradicional, que siempre hubo alguien vigilándola, y que los hombres que había conocido o no le interesaban o se espantaban cuando ella les decía la verdad. Yo no me espanté. Al contrario.
Esa confesión cambió el tono de nuestras conversaciones. Empezamos a hablar de lo que le gustaría vivir, de lo que se imaginaba. Era directa, más de lo que yo esperaba para alguien sin experiencia. Me preguntaba cosas. Fantaseábamos con situaciones. Le hablé de mi departamento como de un refugio lejos del mundo, y eso le generaba curiosidad.
Un martes me escribió que la empresa la mandaba a la capital esa semana con documentación para las oficinas centrales. Que además aprovecharía para surtir su negocio. Que esta vez no quería quedarse en el hotel.
Le ofrecí mi departamento sin titubear.
Tardó dos días en decidirse. El problema era la cobertura: sus padres marcarían al hotel buscándola. Entonces encontró la solución: les diría que se quedaría en casa de una amiga de la universidad, Claudia, que desde hacía tiempo vivía en la capital. Si querían hablar con ella, que marcaran ahí. Y les pasó mi número.
Todo cuadrado.
***
La fui a recibir a la terminal un viernes por la mañana. Solo nos habíamos descrito por texto, así que acordamos la ropa que llevaría cada uno. Llegué diez minutos antes de que anunciaran su autobús, me coloqué cerca de la salida de llegadas y esperé.
La vi antes de que ella me viera a mí.
Era difícil no verla. Caminaba tirando de una maleta pequeña con la postura de alguien acostumbrada a moverse sola por ciudades que no son las suyas. Usaba una falda hasta la rodilla, sandalias con tacón bajo y una blusa ligera color marfil. Las piernas bien torneadas, unas caderas que la falda no lograba disimular, y el cabello oscuro recogido con algunos rizos escapándose.
Me encontró con la mirada desde lejos y aceleró el paso.
El abrazo fue de los que no se planean. Sólido, real. Le pregunté si había dormido en el camino. Me dijo que no, que estaba demasiado nerviosa. Nos reímos.
Tomamos el metro para llegar al departamento. Íbamos apretados en el vagón, como siempre a esa hora. Puse una mano en su cintura para que no perdiera el equilibrio con la maleta y la mantuve ahí. Ella no la retiró. En la siguiente estación me acerqué un poco más, y cuando el tren frenó con brusquedad, ella se apoyó en mí y ninguno de los dos hizo nada por separarnos.
Llegamos al departamento. Le hice el recorrido rápido: la cocina, el baño, el cuarto. Ella lo miraba todo con atención, tocando el respaldo del sofá, asomándose a la ventana. Dijo que era exactamente como se lo había imaginado.
La besé antes de que terminara la frase.
No fue un beso tenso. Fue el tipo de beso que tiene semanas acumuladas detrás. Ella respondió con las manos en mi nuca, y yo bajé las mías hasta sus caderas. Podía sentir el calor de su piel a través de la tela ligera de su falda.
Pero yo tenía que ir a trabajar. Me había escapado solo para recibirla.
La dejé instalada con las llaves del departamento, le expliqué cómo llegar al metro más cercano y quedamos en vernos por la tarde. Se despidió con otro beso en la puerta, más largo que el anterior.
***
Pasé el resto del día sin poder concentrarme en nada.
Nos mensajeamos durante la tarde. Ella terminó sus trámites en las oficinas del Estado, hizo sus compras de mercancía y avisó a su casa que estaba con Claudia y que llegaría tarde. Yo salí del trabajo antes de lo habitual.
La encontré en el café de la esquina al departamento, con un vaso de agua a medio tomar y el teléfono en la mano. Se había cambiado de ropa: una falda más corta, blusa sin mangas, el cabello suelto. Cuando me vio llegar, se guardó el teléfono.
Subimos al departamento.
No llegamos al cuarto de inmediato. Nos quedamos en el sofá, hablando primero, recuperando la conversación en vivo que tanto tiempo habíamos tenido solo por texto. Pero cada pausa se llenaba de contacto. Una mano sobre el muslo. Un beso a mitad de una frase. Su mano sobre mi pecho.
Fue ella quien me quitó la camisa.
La besé en el cuello, en la clavícula, en los hombros. Corrí los dedos por su espalda mientras le desabotonaba la blusa. Debajo llevaba un sujetador de encaje negro que no esperaba para alguien que me había dicho que nunca había estado con un hombre. Cuando se lo dije, sonrió.
—Quería estar preparada —dijo.
Tenía los senos morenos, pezones oscuros que se endurecieron en cuanto los toqué. Gemía suave, sin exagerar, con esa honestidad de quien siente algo por primera vez y no sabe todavía cómo contenerse.
Fue entonces cuando sonó el teléfono fijo del departamento.
Los dos nos quedamos inmóviles un segundo. Después recordamos: era su familia. Yo contesté.
—Buenas noches, ¿está Claudia? —dijo una voz de mujer.
—Un momento, por favor —respondí, cubriendo el auricular.
Le pasé el teléfono a Valeria. Ella se acomodó la blusa sobre el hombro y contestó con una voz completamente normal. Le explicó a su madre que todo iba bien, que mañana terminaría los pendientes del trabajo, que sí, que estaba comiendo bien, que no se preocupara.
Hablaron diez minutos. Cuando colgó, me miró con una expresión que mezclaba alivio y risa contenida.
—Ya está —dijo.
***
Pasamos al cuarto.
Le desabroché la falda y la dejé caer. Debajo, ropa interior a juego con el sujetador: encaje negro, tanga. Me alejé un paso solo para verla mejor. Era exactamente como me la había imaginado, pero mejor, porque era real y estaba ahí de pie frente a mí.
La acosté en la cama y fui bajando despacio.
Le besé el estómago, las caderas, el borde de la ropa interior. La escuché aspirar cuando le aparté la tela con los dedos. Estaba depilada, cuidada, y cuando la toqué por primera vez con la lengua se estremeció entera y apoyó la mano en mi cabeza sin presionar, solo para tener algo donde aferrarse.
Estuve ahí un buen rato. Ella iba diciéndome en voz baja lo que sentía, sin instrucciones específicas, solo frases sueltas que confirmaban que íbamos bien. Cuando arqueó la espalda y apretó los muslos a mis lados, entendí que estaba lista.
Me incorporé. Fui al cajón de la mesita. Volví con un condón.
Ella lo miraba con esa mezcla de curiosidad y nerviosismo que no intentaba disimular. Tenía los labios entreabiertos y los ojos brillantes.
Me arrodillé entre sus piernas y la besé antes de entrar. Le acaricié el pelo, le hablé cerca del oído. Empujé despacio.
Hizo un ruido que no era dolor ni placer sino las dos cosas al mismo tiempo. Se aferró a mis hombros y cerró los ojos. Seguí moviéndome con calma, dejando que se acostumbrara.
—Dime si quieres que pare —le dije.
—No pares —respondió.
Me tomó tiempo. Pero no teníamos prisa.
Poco a poco el cuerpo de Valeria fue cediendo y respondiendo. Sus caderas empezaron a moverse al ritmo de las mías. Le besé los senos, el cuello, la boca. Le pregunté si estaba bien. Dijo que sí con los ojos todavía cerrados.
Después la puse boca abajo.
Sus caderas eran generosas, las nalgas firmes y morenas. Me quedé quieto un segundo, solo mirando, antes de acomodarme de nuevo. Ella dobló levemente los codos sobre la almohada y esperó. Cuando entré desde atrás, soltó un gemido más claro que todos los anteriores.
Encontramos un ritmo. Ella empujaba hacia atrás cada vez que yo empujaba hacia adelante, y eso lo hacía todo más intenso. Le puse las manos en las caderas y la traje hacia mí. Podía sentir cómo se apretaba en torno a mí, involuntario, puro reflejo.
Aguanté todo lo que pude.
Cuando ya no pude más, me vine con la frente apoyada en su espalda y los dedos apretando sus caderas. Ella se contrajo al mismo tiempo, con un sonido ahogado y las manos cerradas en las sábanas.
Nos quedamos así un momento sin movernos, sin hablar.
***
Después fuimos al baño por turnos. Ella volvió a la cama en ropa interior y yo me tumbé a su lado. Nos miramos en la semioscuridad del cuarto, sin necesidad de decir nada importante.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Muy bien —dijo. Y lo decía en serio, se notaba.
Había algo diferente en ella. Algo más suelto, más seguro. Como si ese peso que había cargado durante años hubiera quedado, por fin, en otro lugar.
Nos quedamos hablando de nada en particular. Después tuve hambre y ella también. Nos vestimos sin prisa, sin la tensión de antes. Ella se puso otra falda corta y unas sandalias. Cuando salimos al pasillo y nos cruzamos con un vecino, no me importó lo más mínimo.
Valeria caminaba distinto. O quizás yo la miraba distinto.
Nos quedaban varios días por delante. Esa había sido solo la primera noche.