Mi amiga del gimnasio me abrió los ojos al placer
Me casé con Rodrigo a los veintisiete años y nunca tuve razón para quejarme. Era buen hombre, trabajador, tranquilo. Pagaba las cuentas, llegaba a cenar, dormía a mi lado sin complicaciones. El sexo era parte del trato, como la cena del domingo: predecible, breve, sin sorpresas. Cinco minutos en la oscuridad, él encima, yo mirando el techo. Cuando terminaba, se daba la vuelta y yo me quedaba preguntándome si había algo que me estaba perdiendo o si simplemente así era la vida para la mayoría.
No me masturbaba. Nunca lo había hecho. No era por pudor ni por principios, sino porque la idea nunca me había generado curiosidad. Escuchaba a mis amigas hablar de orgasmos, de noches que no dejaban dormir, y asentía como quien escucha el resumen de una película que no le interesa ver. Pensé que era así: que algunas personas necesitaban eso y otras no. Yo pertenecía a las que no.
Hasta que conocí a Sofía en el gimnasio.
Tenía treinta y cuatro años, pelo oscuro hasta los hombros, una sonrisa de las que no pasan desapercibidas. No hacía nada para llamar la atención y aun así todo el mundo la miraba. Nos cruzamos en la barra de pesas un martes por la mañana y dos semanas después ya éramos inseparables: café después de clases, mensajes de voz en el metro, visitas sin avisar. Había algo en ella que hacía que las conversaciones duraran horas sin que ninguna se diera cuenta.
Un viernes abrimos una botella de vino en mi casa y terminamos en el sofá con la segunda botella a medias y la honestidad que da el alcohol. No sé cómo llegamos al tema, pero llegamos. Ella me preguntó qué me gustaba en la cama y yo me encogí de hombros.
—La verdad, no gran cosa —dije—. No es algo en lo que piense mucho.
Sofía se quedó mirándome con esa expresión suya de estar calculando algo.
—¿Cuánto es no pensar mucho?
—Nunca —admití—. No me masturbo, si eso es lo que estás preguntando.
Se quedó callada un segundo. Luego soltó una carcajada larga y genuina, sin malicia.
—Marina, eso no puede existir.
—Pues aquí me tienes.
Se incorporó en el sofá, apoyó los codos en las rodillas y me miró directamente.
—Eso tiene solución —dijo—. Ahora mismo.
Me puse roja hasta las orejas. Le dije que estaba loca, que yo no era lesbiana, que no sabía de qué hablaba. Ella me respondió que tampoco lo era ella, que de eso no se trataba, que simplemente quería enseñarme algo que nadie me había enseñado y que era absurdo que llegara a los treinta años sin saberlo.
—Confía en mí —dijo—. Solo cierra los ojos.
No sé por qué lo hice. Quizás el vino. Quizás la forma en que lo dijo, sin urgencia, como si lo más natural del mundo fuera esto. Me recosté contra el respaldo del sofá y cerré los ojos.
Sentí sus manos cuando me desabrochó los primeros botones de la camisa. Despacio, sin apuro. Cuando la tela cayó a mis lados y el frío del aire rozó mi piel, me tensé.
—Tranquila —murmuró—. Solo siente. No pienso nada de ti que ya no pensara antes.
Tengo el pecho grande. Siempre me había incomodado un poco, era lo primero que la gente veía. Pero cuando Sofía pasó los dedos por encima del sujetador y suspiró con algo parecido a la admiración, no sentí vergüenza. Sentí otra cosa.
—Son preciosos —dijo, como si hablara sola.
Me soltó el cierre por detrás. Apoyó ambas palmas sobre mis pechos y empezó a masajear despacio, con las manos calientes y la presión justa. Yo no sabía qué hacer con las mías, así que las dejé quietas a los lados.
—Piensa en alguien que te guste —dijo—. El que sea. El de la carnicería, el de la oficina, el del pasillo del trabajo. No importa quién.
Pensé en Marcos, el instructor de la sesión de mañanas. Alto, con los hombros anchos y la camiseta que siempre le quedaba ceñida al torso. Nunca había pensado en él de ese modo, pero en ese momento el recuerdo apareció solo.
—¿Lo tienes? —preguntó Sofía.
—Sí.
—Bien. Quédate ahí.
Sus pulgares rozaron mis pezones y tuve que morderme el labio para no hacer un ruido que me avergonzara. No había sentido eso nunca. No esa variedad concreta de electricidad que sube desde el pecho hasta la nuca y te deja sin saber qué hacer con las manos.
Bajó una mano por mi vientre. Lenta, sin saltarse nada, como si quisiera que yo sintiera cada centímetro del recorrido. Cuando llegó a la cintura del pantalón, se detuvo.
—¿Sigo? —preguntó.
Asentí sin abrir los ojos.
Metió los dedos por dentro, despacio. Cuando rozó mi clítoris por primera vez en mi vida, solté un gemido que no había planeado. Ella no se rio. Solo dijo «ahí» con suavidad y continuó.
—Aquí es donde empieza todo —murmuró—. Aprende cómo reacciona. Es tuyo.
Me bajó el pantalón y la ropa interior con cuidado. El aire del salón rozó la parte interna de mis muslos. No me tapé.
Empezó a frotar círculos lentos alrededor del clítoris, sin tocarlo directamente. La tensión subía por oleadas, sin que yo supiera cómo manejarla. Luego metió un dedo dentro, con cuidado, y yo me aferré al cojín del sofá con las dos manos.
—Estás muy mojada —dijo, sin juzgar—. Tu cuerpo siempre supo. Eras tú la que no lo escuchabas.
El orgasmo llegó de una forma que no esperaba: no fue una explosión repentina sino una acumulación que en algún momento se volvió imparable. Me sacudí contra su mano, con las piernas temblando y un sonido que salió de algún lugar que no conocía.
Cuando abrí los ojos, ella me estaba mirando con una sonrisa tranquila.
—Bienvenida —dijo.
***
Después me guio. Puso mi mano donde había estado la suya y me explicó sin prisa: la presión, el ritmo, las pausas. Me hizo repetirlo yo sola hasta que lo sentí de nuevo. Era torpe al principio, demasiado consciente del movimiento, pero la segunda vez fue más natural.
Sofía se había recostado a mi lado con la espalda apoyada en el respaldo. Cuando terminé, la miré. Tenía los ojos brillantes y la bata entreabierta sobre los muslos.
—Ahora tú —dijo.
Dudé. Pero la curiosidad, esa misma curiosidad que hasta esa noche no había sentido nunca, ganó. Toqué sus pechos pequeños y firmes, sus pezones oscuros, la curva suave de su vientre. Bajé la mano. Su clítoris estaba hinchado y caliente. Lo froté como ella me había enseñado. Sofía cerró los ojos y arqueó la espalda ligeramente.
—Sí —dijo—. Así. No pares.
Metí dos dedos. Estaba mojada y caliente, apretada. Sofía se movía despacio contra mi mano, jadeando en voz baja. La escuché llegar al final con el nombre de nadie en los labios, solo un sonido largo y contenido. Era la primera vez que hacía eso con alguien, y no me sentí rara. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, presente.
***
Tres semanas después, Sofía llegó al café con una sonrisa de las suyas. De las que anuncian algo.
—Te tengo una sorpresa —dijo.
—¿Cuál?
—Hablé con Marcos.
Me quedé quieta con la taza a mitad de camino.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije que tenía una amiga que nunca había disfrutado de verdad del sexo y que quería cambiar eso. Le dije que eres guapa, que eres lista, y que mereces que alguien te lo haga bien de una vez.
—Sofía…
—Le interesó. Mucho. —Hizo una pausa—. El jueves viene a mi casa.
Dejé la taza sobre la mesa. Intenté ordenar los pensamientos y no pude. Me pasé los días siguientes debatiéndome, cambiando de opinión cada hora. El miércoles por la noche me convencí de que no iría. El jueves por la tarde me arreglé el pelo, me cambié de ropa dos veces, y a las ocho llamé a la puerta de Sofía.
Ella abrió con una bata de satén y una copa de vino en la mano.
—Sabía que vendrías —dijo.
Marcos estaba en el salón, sentado en el sofá con los brazos sobre el respaldo. Fuera del gimnasio tenía otro peso: más calmado, más presente. Se levantó cuando entré y me miró de un modo que no era agresivo sino directo, como quien ya decidió algo y solo espera confirmación.
—Ganas de verte en otro contexto —dijo.
Nos sentamos los tres. Sofía sirvió el vino. Durante un rato hablamos de cualquier cosa, como si aquello fuera una cena normal y no lo que era. Pero la tensión estaba ahí, debajo de cada frase, y los tres lo sabíamos.
Fue Sofía quien rompió el hielo. Se levantó sin decir nada, se quitó la bata y la dejó caer al suelo. Desnuda, sin dramatismo, como si fuera lo más natural del mundo.
—Vamos —me dijo.
Marcos se acercó a mí. Me desabotonó la camisa despacio, mirándome a los ojos para asegurarse de que seguía ahí. Cuando mis pechos quedaron libres, soltó el aire por la nariz.
—Dios —dijo en voz baja.
Sofía se arrodilló ante mí y me bajó los pantalones. Marcos tomó un pecho en cada mano, con una firmeza que no era brusca sino segura, y agachó la cabeza. La boca caliente sobre el pezón me hizo cerrar los ojos sin querer.
Sofía encontró mi clítoris con la lengua. El doble estímulo fue demasiado para procesar: lo único que podía hacer era aferrarme al hombro de Marcos y respirar.
Marcos se desnudó. Era grande, más de lo que había imaginado. Sofía me guió de rodillas ante él y me fue explicando en voz baja, como aquella primera noche en el sofá: el ritmo, la presión, cómo respirar. Marcos empujó hacia el fondo de mi garganta con paciencia, una mano en mi nuca, los ojos cerrados.
Luego me tumbaron en el sofá. Sofía se colocó encima de mí, de espaldas a Marcos, y me acercó su entrepierna a la boca.
—Lámeme —dijo—. Como me hiciste antes.
Lo hice. Marcos me abrió las piernas y entró despacio. Al principio el cuerpo resistió, ajustándose, pero Sofía siguió rozando mi clítoris con los dedos y la resistencia se fue disolviendo. Marcos esperó, quieto, hasta que yo me moví primero.
Lo que vino después fue distinto a todo lo que había conocido. Marcos encontró un ángulo que yo no sabía que existía, algo en el interior que hacía que cada movimiento llegara más profundo que el anterior. Sofía se corrió en mi boca con un sonido ahogado. Yo llegué segundos después, sacudiéndome entre los dos, con las piernas flojas y la cabeza completamente vacía.
Marcos se corrió dentro de mí con un gruñido ronco. El salón quedó en silencio un momento, solo respiración y el ruido de la calle afuera.
Sofía se desplomó a mi lado, con la mejilla apoyada en mi hombro.
—¿Y bien? —preguntó.
—Bien —dije.
Era poco para lo que había pasado, pero no se me ocurría otra cosa.
***
Rodrigo nunca se enteró. Los jueves siguieron siendo jueves de Sofía, aunque ya no necesitábamos excusa ni botella para justificar lo que íbamos a hacer. Simplemente lo hacíamos. A veces éramos las dos solas. A veces Marcos aparecía. La vida de afuera seguía igual: las cuentas, la cena, la serie que Rodrigo miraba en el sofá.
Pero yo había cambiado de lugar. Y eso no tenía vuelta atrás.