Meses de pantalla y una noche real que lo cambió todo
Cuatro meses de videollamadas. Cuatro meses viendo su cara en una pantalla y escuchando su voz con auriculares puestos para que los vecinos del departamento no me oyeran reírme a las dos de la mañana. Cuatro meses construyendo algo que no sabía muy bien cómo llamar, pero que ocupaba más espacio del que debería en mi cabeza.
Cuando Valeria me dijo que vivía a tres horas de vuelo, pensé que eso era distancia suficiente para seguir postergando lo inevitable. Pero diciembre llegó con frío y con impaciencia, y una noche, mientras la miraba desde mi escritorio con una copa de vino en la mano, le pregunté:
—¿Y si voy?
Ella tardó dos segundos en responder.
—¿Cuándo?
Compré el pasaje esa misma noche, antes de que alguno de los dos se arrepintiera.
***
El aeropuerto era un laberinto de maletas y reencuentros familiares. Yo caminaba entre la gente buscando una cara que solo había visto en resolución de pantalla, donde los colores no son del todo reales y los gestos pierden algo en la compresión. Las proporciones siempre mienten un poco.
La encontré junto al carrusel de equipaje, con una chaqueta de gamuza marrón que le llegaba a la cintura y el pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Cuando nuestras miradas se cruzaron, levantó una mano a medias y sonrió de una manera que ninguna cámara le había capturado bien.
Me acerqué y la abracé sin protocolo. Olía a algo floral y a algo más cálido debajo, como piel con sol. La sentí reírse contra mi cuello.
—Hola —dijo.
—Hola —respondí, sin soltarla todavía.
Nos quedamos así un momento más de lo necesario para ser solo un saludo.
***
Eligió un restaurante pequeño en el centro, con las mesas muy juntas y una iluminación que hacía que todo pareciera más íntimo de lo que era. Pedimos vino y comimos sin prisa, hablando de cosas que ya sabíamos y de otras que habían quedado guardadas para cuando pudiéramos vernos de frente.
Valeria tenía la costumbre de inclinar la cabeza un poco cuando escuchaba, y cuando algo le parecía gracioso esperaba hasta el último segundo antes de reírse, como si quisiera asegurarse de que valía la pena. No era exactamente como yo la recordaba de las llamadas. Era más ella. Más presente, más concreta, más real de lo que la pantalla había podido mostrarme.
Bajo la mesa, su rodilla rozó la mía en algún momento y ninguno de los dos la retiró. Seguimos hablando como si no hubiera pasado nada, pero los dos lo sabíamos.
Cuando llegaron los cafés, ninguno de los dos los tocó.
—Tengo una habitación reservada —dije.
—Lo sé. Me lo dijiste ayer.
—¿Vamos?
Valeria dobló su servilleta y la dejó sobre la mesa.
—Llevo esperando esto cuatro meses —dijo—. ¿Qué estamos esperando aquí?
***
El hotel no era lujoso. Parquet de madera, una cama ancha con sábanas blancas y una lámpara de mesita que daba una luz amarilla y cálida. Entré primero y dejé la llave sobre el escritorio. Valeria pasó al lado, dejó el bolso en la silla y caminó hasta la ventana. La ciudad de noche brillaba en los vidrios.
Me acerqué por detrás sin hacer ruido. Puse las manos en sus caderas con cuidado, como preguntando. Ella no se movió, pero apoyó el peso hacia atrás de manera casi imperceptible, y sus caderas encajaron contra mí. Deslicé las manos hacia arriba, por su cintura, y la sentí respirar más despacio.
Le aparté el pelo y la besé en el cuello. Ella giró la cabeza para darme más espacio y apoyó la nuca en mi hombro. Seguí besándola. Bajé hacia el hombro. Noté que tensaba los brazos.
—Llevo meses pensando en esto —murmuré.
—Yo también —respondió—. Ahora calla.
Se dio la vuelta y me besó.
***
El primer beso fue lento, casi exploratorio, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y quisiéramos asegurarnos de empezarlo bien. Luego cambió. Sus manos subieron por mi pecho y encontraron el primer botón de la camisa.
Me la desabrochó entera, sin prisa, mirándome mientras lo hacía.
—Mejor en persona —dijo, y pasó las palmas por mi pecho.
Yo alcancé el dobladillo de su blusa y la miré. Ella levantó los brazos. Debajo llevaba un sujetador de encaje negro. La piel del abdomen era suave y clara, con una pequeña cicatriz sobre la cadera derecha que no había mencionado nunca. Le pasé el dedo por encima y ella se tensó de placer.
La guié hacia la cama. Se sentó en el borde, me agarró del cinturón y tiró suavemente hacia ella. Me desabrochó el pantalón con la misma calma con que había desabrochado mi camisa, sin apartar la vista de la mía.
Cuando le desengaché el sujetador, sus pechos quedaron libres. Grandes, de pezón oscuro, más cálidos al tacto que cualquier pantalla podría haber prometido. Los tomé en las manos y ella cerró los ojos. Le besé uno y luego el otro. Pasé la lengua por el pezón derecho hasta que oí un sonido salir de ella, suave y breve, como si no hubiera podido evitarlo.
—Ahí —dijo en voz baja.
Me quedé ahí el tiempo que hizo falta.
***
La recosté sobre la cama y seguí bajando. Le desabroché el pantalón, tiré de él hacia abajo, y quedó en unas bragas negras de encaje a juego con el sujetador que ya había olvidado en el suelo.
—Las elegiste a propósito —dije.
—Evidentemente —respondió, con los ojos entornados.
Le besé el interior del muslo izquierdo, luego el derecho. Ella separó las piernas sin que yo se lo pidiera. Le quité las bragas despacio y sus piernas volvieron a mis hombros como si supieran exactamente dónde debían ir.
Lo que encontré entre sus piernas estaba completamente húmedo antes de que yo hubiera hecho nada más.
Empecé con la lengua despacio, aprendiendo su geografía: un lengüetazo largo de abajo hacia arriba, luego otro, luego círculos pequeños alrededor del centro. Ella tensó los muslos alrededor de mi cabeza.
—No pares —dijo.
No paré.
Me concentré en su clítoris, que fue hinchándose bajo la lengua de manera gradual. Sus caderas empezaron a moverse de forma rítmica, empujando suavemente contra mi boca. Sus manos bajaron a mi cabeza, sin presionar, solo para tener dónde aferrarse.
Sus sonidos cambiaron. Dejaron de ser contenidos para volverse más cortos, más urgentes, más difíciles de suprimir.
—Espera, espera —jadeó de repente—. Creo que voy a...
No la dejé terminar la frase.
Sus piernas se cerraron de golpe y sus caderas se arquearon hacia arriba. Un segundo después, sentí un chorro cálido contra mi boca y mi barbilla, y su cuerpo entero se sacudió en oleadas largas mientras repetía algo entre dientes que apenas logré entender.
Cuando terminó, se tapó la cara con los dos brazos.
—Perdón —dijo, con la voz todavía cortada—. Eso no me había pasado nunca.
La descubrí.
—No hay absolutamente nada que perdonar.
Le besé la mejilla, luego la frente. Ella abrió los ojos y me miró un segundo antes de reírse, esa risa de alivio que sueltan las personas cuando algo las sorprende bien.
***
Me tumbé de espaldas y Valeria tardó apenas un momento en subirse encima. Me besó el cuello, pasó la lengua por mi oreja, y su mano fue bajando por mi torso hasta llegar al interior del bóxer.
Me tomó despacio, midiendo.
—Dios —murmuró, casi para sí misma.
Me quitó la ropa interior y se acomodó entre mis piernas. Cuando su boca llegó, lo hizo sin rodeos. Alternaba entre rodear la base con la mano y hundirse hasta donde podía, y yo ponía toda mi atención en no llegar demasiado pronto porque llevaba cuatro meses guardando eso exclusivamente para esta noche.
Levantaba los ojos para mirarme de vez en cuando. Cuando lo hacía, no los apartaba. Había algo deliberado en eso, algo que quería que yo viera.
Le puse la mano en el cabello, sin presionar.
—Para —dije al final, con la voz más ronca de lo que esperaba.
Ella soltó, se limpió la comisura con el dedo y se incorporó con una sonrisa que sabía perfectamente lo que había estado haciendo.
***
Me puse de rodillas entre sus piernas. Pasé la punta de mi erección por su sexo, de arriba a abajo, despacio, sin entrar. Ella tenía los labios entreabiertos y respiraba con el pecho.
—Por favor —dijo.
Entré despacio.
Los dos nos quedamos completamente quietos durante un segundo que pareció más largo de lo que fue. Luego empecé a moverme, y ella levantó las caderas para recibirme a medio camino.
Le alcé las piernas sobre mis hombros y cambié el ángulo. Valeria deslizó la mano entre nuestros cuerpos y empezó a tocarse mientras yo la penetraba. Las contracciones internas que sentía cada vez que ella alcanzaba una pequeña cima eran una sensación nueva, algo que no había tenido antes con nadie.
—Más fuerte —dijo.
Le di lo que pedía.
Sus pechos se movían con cada embestida. Le puse la mano abierta sobre uno y pasé el pulgar por el pezón. Ella tensó la mandíbula. Sus uñas encontraron mi antebrazo.
—Así —dijo—. No pares, no pares.
No paré.
***
En algún momento de la noche giré sobre la cama y Valeria quedó encima, con las rodillas a mis costados. Se colocó ella sola y empezó a moverse con un ritmo completamente propio, inclinada hacia adelante con las manos apoyadas en mi pecho.
Yo la sujetaba de las caderas pero sin dirigirla. Dejaba que lo hiciera a su manera.
La piel de su abdomen brillaba levemente. Su expresión era la de alguien que se olvida de que hay otra persona en la habitación, absorta en lo que le estaba haciendo su propio cuerpo.
—No me canso —murmuró, casi sorprendida.
Le puse las manos en la cintura y la ayudé a bajar con más profundidad en cada movimiento. Ella soltó un sonido largo y cerró los ojos.
Nos miramos cuando los volvió a abrir.
Había algo diferente en hacerlo con alguien a quien conoces de verdad, alguien con quien has hablado de tus miedos y de las cosas que te duelen y de los chistes malos que te dan vergüenza. No era solo sexo. Era el cierre de cuatro meses de mensajes enviados a deshora, de llamadas cortadas por mala señal, de todo lo que habíamos construido sin poder tocarnos.
Sentí que me acercaba al final.
—Me voy a correr —avisé.
Ella no se bajó. Aceleró.
—Dentro —dijo—. Quiero sentirlo todo.
Lo que vino fue diferente a otras veces: más largo, más hondo. Me enterré en ella hasta el fondo y me quedé quieto mientras el cuerpo hacía lo que tenía que hacer. Valeria se presionó contra mí y apretó, como si quisiera que no se perdiera nada.
Cuando terminó, apoyó la frente en mi pecho y no dijo nada por un rato. Solo escuchó cómo se normalizaba nuestra respiración.
***
Después hubo más. Más tarde, y luego más tarde otra vez, y al amanecer, cuando la luz gris empezó a entrar por la ventana y a trazar líneas sobre las sábanas. No llevábamos la cuenta.
Cuando finalmente dejamos de movernos, Valeria se acurrucó contra mí y quedó en silencio un momento.
—¿Cuándo vuelve tu vuelo? —preguntó.
—Mañana a las seis de la tarde.
—Bien —dijo, y cerró los ojos—. Entonces todavía tenemos tiempo.
No dormimos mucho esa noche. Pero dormimos juntos, y eso era lo único que importaba.