Cuando Rodrigo descubrió mi lado más secreto
Tengo veintisiete años, vivo en Zapopan y desde chico supe que algo en mí no encajaba con lo que se esperaba de mí. No fue una revelación dramática ni un momento específico: fue más bien una acumulación silenciosa de cosas que me atraían y que aprendí a guardar. La ropa femenina, los gestos, la forma en que ciertas mujeres se movían por una habitación. Todo eso lo fui internalizando con la misma disciplina con la que después aprendí a entrenar.
En lo cotidiano soy completamente invisible. Nadie en el trabajo, nadie en mi familia, nadie en el gimnasio sospecha nada. Pero en privado me convierto en Valentina, y esa parte de mí es tan real como cualquier otra. La cuido, la ensayo, la perfecciono en silencio desde hace años.
Rodrigo llegó al gimnasio hace dos años. Tenía cincuenta y cinco, aunque los cargaba bien: espalda ancha, barba entrecana, manos grandes. Uno de esos hombres que no necesitan demostrarse nada porque el tiempo ya lo hizo por ellos. Desde el primer día que lo vi en los vestidores supe que me gustaba, y también supe que era un pensamiento que debía guardar con el mismo cuidado con el que guardaba todo lo demás. Una vez lo vi salir de la regadera con la toalla al hombro y una polla gruesa colgándole entre las piernas, todavía medio hinchada del agua caliente, y esa imagen se me quedó grabada durante semanas enteras.
Nos fuimos conociendo poco a poco, como suele pasar entre personas que coinciden en el mismo espacio varias veces por semana. Me contó que era divorciado, que vivía solo en un departamento en la colonia Lafayette, que sus hijos ya eran grandes. Cosas de conversación. Nada que sugiriera lo que vendría.
Un jueves por la tarde, mientras guardábamos las cosas después de entrenar, Rodrigo se apresuró más de lo habitual. Se duchó en diez minutos, se cambió con prisa y cuando pasó frente a mí me dijo, casi de pasada:
—Hoy tengo planes. Una cita.
—¿Alguien especial? —pregunté, sin pensar demasiado.
—Bastante especial, sí. —Hizo una pausa. Revisó que no hubiera nadie cerca y bajó la voz—. Es una chica trans. Travestis, transexuales, como quieras llamarles. Ya tuve antes y es difícil volver a lo de siempre después de eso. Una vez que las probás, follar con una mujer normal se vuelve aburrido.
Me quedé quieto un momento.
—¿Desde cuándo? —fue lo único que pude decir.
—Desde que me separé. Decidí probar cosas que nunca me había permitido. —Se echó el bolso al hombro y sonrió—. No me arrepiento de ninguna. Me gusta cómo maman, cómo se ofrecen, cómo aprietan cuando se las metés. No hay comparación.
Se fue apurado, con esa sonrisa. Y yo me quedé pensando durante días en lo que había dicho, con la verga dura debajo del pants cada vez que me acordaba de la frase.
***
Tres semanas después me escribió un martes a las seis de la tarde.
—Oye, tengo unos documentos del trabajo que no entiendo bien. ¿Me podrías ayudar a revisarlos? Si quieres pasas a mi depto y luego nos vamos juntos al gym para no llevar los dos coches.
Ese día había salido dos horas antes de la oficina. Tenía tiempo. Y en mi mochila, como siempre, cargaba mis cosas de Valentina. Ropa, peluca, maquillaje, tacones. Todo absolutamente todo, por si acaso. Siempre por si acaso.
—Claro, voy para allá —contesté—. En quince minutos llego.
Mientras manejaba hacia su edificio sentí que el «por si acaso» finalmente había llegado.
Rodrigo me abrió la puerta en pants y playera. Su departamento era sencillo, limpio, con una pantalla grande en la sala y olor a café reciente. Me senté frente a su computadora y empezamos a revisar lo que necesitaba.
En algún momento dejó de hablar de los documentos.
—¿Te acuerdas de lo que te platiqué en el gimnasio? —dijo desde el sillón.
—Lo de tu cita —respondí sin girarme.
—Sí. Desde entonces no lo puedo sacar de la cabeza. —Hubo una pausa—. El lunes en el gym no podía dejar de verte. Cuando hiciste pierna con esa ropa ajustada... se me paró la verga ahí mismo, tuve que darme la vuelta para que no se me notara. —Se detuvo—. ¿Nunca pensaste en probar algo así?
Respiré despacio antes de responder.
—¿Qué tipo de algo así? —pregunté, aunque sabía exactamente a qué se refería.
Se paró. Caminó hasta donde yo estaba sentado y me dijo con voz tranquila:
—¿Me ayudas a pasar una buena tarde? Que me la mames, que te la meta, lo que salga.
Sacó de la cartera cuatro billetes y los puso sobre el escritorio sin dramatismo, como si fuera lo más natural del mundo.
—Si no te interesa lo olvidamos —añadió—. Sin problema, seguimos siendo amigos como siempre.
Lo miré. Miré los billetes. Pensé en la mochila que había dejado en el auto.
—Dame diez minutos —dije—. Bajo por algo y luego decides si te arrepientes de haberme invitado.
Bajé casi corriendo.
***
Cuando volví, Rodrigo había encendido algo en la pantalla de la sala. Me señaló el baño del pasillo y yo negué con la cabeza.
—Prefiero tu recámara, si no te molesta.
Cerré la puerta y empecé a transformarme. Medias de red hasta medio muslo con liguero, calzón tipo bikini en satín negro, bra a juego, falda lápiz en azul oscuro, blusa de seda color crema, peluca castaña larga y ondulada, tacones de aguja en piel negra. Me tomé el tiempo necesario con el maquillaje: labios oscuros, contorno suave, rímel en las pestañas. Valentina necesita su tiempo. Siempre lo ha necesitado.
Cuando salí al pasillo, el sonido de mis tacones en el piso de madera fue lo primero. Rodrigo se asomó desde la sala antes de que yo llegara, atraído por ese sonido que claramente reconocía. Me miró de arriba abajo sin decir nada durante tres segundos completos y vi cómo el bulto se le marcaba enseguida contra el pants.
—Dios mío —murmuró—. ¿Cómo te llamas?
—Valentina. —Usé la voz que practico, la que sale sola cuando estoy así—. Aunque tú me puedes llamar como más te guste.
—Valentina —repitió, saboreando la palabra—. Yo soy Rodrigo. Y a partir de hoy me puedes llamar lo que quieras. Puta, mi amor, mi zorra, lo que se te antoje.
Me reí. Era un hombre directo. Me gustaba eso en él desde el primer día.
—¿Tienes hambre? —pregunté.
—¿Cómo dices?
—Que si tienes hambre. Siéntate, que yo me encargo.
Fui a la cocina y con lo que encontré en el refrigerador preparé algo sencillo: huevos con jamón, frijoles, tortillas calientes. El sonido de los tacones sobre el piso de la cocina mezclado con el chisporroteo del aceite y el murmullo de la pantalla encendida en la sala. Rodrigo no se movió del sillón pero tampoco dejó de mirarme cada vez que yo cruzaba hacia el comedor, con los ojos clavados en mi culo apretado dentro de la falda lápiz.
Le serví un tequila mientras esperábamos. Me trajo uno para mí aunque yo casi no bebo.
—Brindemos —dijo, levantando el caballito—. Por los secretos que valen la pena.
—Y por los hombres que saben guardarlos —respondí.
Brindamos dos veces. Al segundo caballito sentí el calor extenderse desde el pecho hacia afuera y algo en mí se soltó: esa tensión de fondo que cargo siempre que estoy así fuera de mi cuarto.
Comimos despacio, hablando poco. Rodrigo tenía esa cualidad de los hombres seguros: no necesitaba llenar el silencio. Me preguntó algunas cosas sobre mí, sobre cuánto tiempo llevaba siendo Valentina, si tenía pareja, qué buscaba. Le respondí con honestidad, quizás más de lo que hubiera respondido sin el tequila.
—Llevo años así —le dije—. Muy de clóset, muy discreto. No puedo ser de otro modo todavía. Familia, trabajo, todo eso.
—Lo entiendo perfectamente —dijo—. Yo también guardo apariencias. Pero aquí, en este departamento, podemos ser lo que queramos.
Hubo un momento de silencio.
—¿Qué estás diciendo exactamente? —pregunté.
—Que me gustarías de pareja. Discreta, casual, solo nuestra. Sin que nadie más sepa nada. —Me miró sin apartar los ojos—. ¿Quieres ser mi novia, Valentina?
No respondí de inmediato. Lo miré, miré el departamento, pensé en los años que llevaba esperando que alguien me viera así y me lo pidiera de esa manera, sin que yo tuviera que explicar nada ni disculparme por nada.
—Sí —dije finalmente—. Quiero.
***
El primer beso fue lento. Rodrigo puso una mano en mi mandíbula y me giró hacia él con una seguridad que hizo que algo en mis rodillas se volviera inestable. Su boca olía a tequila y a café. Su barba raspaba apenas. Nos besamos durante minutos enteros sin que ninguno de los dos hiciera el gesto de detenerse, con la lengua metida hasta la garganta, la saliva mezclándose entre las dos bocas, mientras él me apretaba la nuca con una mano y con la otra me apretaba una nalga por encima de la falda.
Sus manos recorrieron mis hombros, mi espalda, la curva de la cadera. Se detuvo en las medias, en el liguero, y lo noté: su respiración cambió. Ese cambio tan pequeño y tan revelador. Se pegó contra mí y sentí la verga durísima presionándome el vientre a través de la tela del pants.
—Ven —dijo.
Me llevó al sillón. Me besó el cuello, bajó por la clavícula, me soltó la blusa despacio, botón por botón, como quien desenvuelve algo que va a devorar. Cuando llegó al bra me lo quitó sin dificultad, con la habilidad de quien sabe lo que hace, y comenzó a chuparme los pezones uno tras otro, mordiéndolos con los dientes lo justo para arrancarme un gemido cada vez. Los tenía sensibles de por sí, y con su lengua caliente girando alrededor y su barba raspándome la piel se me pusieron duros como piedras.
—Qué tetitas tan ricas —murmuró contra mi pecho—. Mira cómo se te ponen.
Su mano bajó por debajo de la falda, me la subió hasta la cintura, y me toqueteó por encima del calzón de satín, sintiendo el bulto que ya empezaba a crecer ahí. Metió los dedos por dentro del elástico y me agarró la verga en la mano sin ceremonia, apretándola con firmeza mientras seguía chupándome los pezones.
—Y esto también me lo voy a comer —dijo—. Toda ella.
Nunca nadie me había tocado así.
Me levantó en brazos, cosa que no me esperaba, y me llevó a la recámara. Me recostó sobre la cama y se quedó de pie mirándome un momento: yo con las medias, el liguero, el calzón de satín y los tacones todavía puestos, con la blusa abierta y las tetas al aire, la falda arrugada arriba de las caderas.
—Quédate así —pidió—. No te muevas.
Se arrodilló al borde de la cama y me besó desde las rodillas hacia arriba, con calma, deteniéndose donde le daba la gana. Cuando llegó al calzón me lo corrió a un lado sin quitármelo del todo, y mi verga saltó afuera, dura, la punta ya mojada de líquido preseminal. Rodrigo la miró un segundo largo antes de agarrarla con la mano y bajarse la boca sobre ella de un solo movimiento.
Me tragué el aire. Se la metió entera, hasta el fondo, y empezó a chupármela con una destreza que me dejó pegado al colchón. La lengua le daba vueltas por el glande, los labios se apretaban en el tallo, y de vez en cuando bajaba a lamerme los huevos, chupándomelos uno por uno mientras me acariciaba la verga con la mano. Sabía perfectamente lo que hacía. No era su primer rodeo, eso quedó claro en los primeros treinta segundos.
—Ay, Rodrigo —solté sin querer, con la voz de Valentina hecha jirones—. Así, así, chúpamela así.
Él respondió con un gruñido bajo, la boca llena, y me la tragó otra vez hasta la raíz. Me chupó durante minutos, sin apuro, mientras con la otra mano me manoseaba el culo por encima de las medias, colando un dedo por debajo del calzón, apenas rozándome la entrada, provocándome. Yo empujaba las caderas hacia arriba, buscando su boca, buscando su dedo, buscando cualquier cosa que me diera más.
—Voltéate —me ordenó de pronto, sacándose la verga de la boca con un ruido húmedo—. Ponte de rodillas frente al colchón.
Obedecí sin pensarlo. Me arrodillé en el suelo, con los tacones clavados hacia atrás, el pecho apoyado en la cama y el culo levantado. Rodrigo se paró detrás de mí, me bajó el calzón hasta la mitad de los muslos, y sentí sus manos abrirme las nalgas con firmeza. Después su lengua caliente, ancha, mojada, lamiéndome de arriba abajo el agujero.
Se me escapó un gemido largo. Me estaba comiendo el culo con la misma dedicación con la que antes me había chupado la verga. La lengua entraba y salía, empujaba, giraba, y sus manos me mantenían abierto sin dejarme mover. La barba me raspaba las nalgas y hasta ese detalle me estaba volviendo loco.
—Qué culito tan bonito tienes —dijo, apartándose un segundo—. Se ve que lo cuidas.
—Es todo tuyo —contesté, apretando la cara contra la sábana—. Sigue, por favor. No pares.
Me metió un dedo. Luego dos. Los movía despacio, buscando dentro, y cuando me tocó el punto justo se me arqueó la espalda sola. Yo mordía la sábana para no gritar tan fuerte.
En algún momento me giré. Le bajé el pants y lo tuve frente a mí, duro y caliente, gorda, recorrida de venas gruesas, con el glande brillante y una gota transparente colgándole de la punta. Era exactamente la polla que había imaginado en los vestidores, y ahora la tenía a un centímetro de mi boca. La tomé con cuidado, la lamí desde la base hasta el glande de un solo trazo, y la metí en la boca despacio para acostumbrarme al peso y la textura. Sus manos se posaron en mi pelo, suaves al principio, luego con más presión. Sus sonidos eran bajos, contenidos, lo cual hacía que cada uno valiera más que si hubiera gritado.
—Qué bien lo haces —murmuró—. Despacio, así. Puta, chúpamela toda.
Me la metí hasta la garganta. Tosí una vez, tragué saliva, volví a metérmela más profundo. Él me sujetaba la cabeza con las dos manos ahora, marcándome el ritmo, empujándome contra su pelvis. La verga chocaba contra el fondo de mi garganta y yo dejaba que se me llenaran los ojos de agua sin apartarme. La saliva me chorreaba por la barbilla, me caía en las tetas, y él bajaba la mirada y sonreía de esa forma que tienen los hombres cuando ven que una está haciendo lo que ellos quieren.
—Así, mi amor, así, trágatela toda.
Se sacó de mi boca de golpe. Se golpeó la verga contra mis labios, contra las mejillas, embarrándome la saliva por toda la cara antes de metérmela otra vez. Yo se la chupaba con hambre real ahora, con las manos apoyadas en sus muslos, escuchándolo respirar cada vez con mayor dificultad, saber que era yo quien lo ponía así. Le mamé también los huevos, uno por uno, metiéndomelos enteros en la boca, mientras con la mano seguía masturbándolo despacio.
—Basta, basta —jadeó él, apartándome la cabeza—. Que si sigues me corro ya, y no quiero, todavía no.
***
Después nos recostamos en la cama. Rodrigo sacó un condón de la mesita y un frasco de lubricante, lo cual me dijo que esto no era su primera vez con alguien como yo. Se puso el condón despacio, con la verga tan hinchada que se le veían las venas latir. Me untó lubricante en el culo con dos dedos, empujándolos adentro, moviéndolos en círculo para abrirme. Se untó otro tanto en la polla, embarrándola bien de arriba abajo.
Puso almohadas bajo mi espalda. Instintivamente yo subí las piernas y las abrí, las medias tensas contra mis muslos, los tacones apuntando al techo. Nos miramos. Él se acomodó despacio entre mis piernas, sin prisa, buscando el ángulo correcto, apoyando el glande contra mi entrada.
La entrada fue gradual. Él la hizo gradual a propósito, eso lo noté desde el principio. Empujó un poco, se detuvo, volvió a empujar. La cabeza entró primero, con un poco de resistencia, y solté un gemido largo cuando el aro cedió. Después el resto, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos contra mis nalgas. Me preguntó con los ojos si estaba bien, y yo asentí cada vez. Cuando por fin estuvo completamente adentro se quedó quieto un momento y yo tampoco me moví. Solo la sensación de llenura, de calor, de algo que llevaba años imaginando y que finalmente era real y concreto y mío.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Muy bien —respondí, y era absolutamente verdad—. Métemela toda. Fóllame ya, Rodrigo, por favor.
Comenzó a moverse. Lento primero, encontrando el ritmo, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter hasta el fondo. Sus manos sujetaban mis caderas con firmeza sin apretar de más. Me besaba el cuello, el hombro, la boca cuando se inclinaba hacia mí. Yo tenía las manos en su espalda, sintiendo cómo los músculos se contraían con cada empuje, y las piernas envolviéndole la cintura, los tacones cruzados a la altura de sus riñones.
—Qué rico está —dijo contra mi oído, aumentando el ritmo—. Qué apretadito, amor. Qué culito me estás dando.
—No pares —respondí, mordiéndole el hombro—. No lo saques, no lo saques todavía. Métemela más fuerte.
Empezó a coger más duro. La cama crujía debajo de nosotros, el cabezal golpeaba la pared con un ruido rítmico, y sus huevos chocaban contra mis nalgas produciendo un sonido húmedo que llenaba la habitación. Mi propia verga rebotaba entre nuestros vientres, tan dura que ya me dolía, y él se dio cuenta y me la agarró con la mano y empezó a masturbarme al mismo ritmo con el que me follaba.
—Me voy a correr —le advertí, apretando los dientes—. Así no aguanto mucho.
—Aguanta, todavía no —dijo, y me soltó la verga—. Falta.
En un momento me dio la vuelta con suavidad. Me puse en cuatro, arqueé la espalda, apoyé la frente contra la almohada y levanté el culo bien alto. Él se acomodó detrás y me la metió de un solo empujón, todo de golpe, y yo grité contra la almohada. Desde ese ángulo todo era más intenso, más profundo. Sentía la verga tocarme el fondo con cada estocada, tocándome ese punto de adentro que me hacía ver luces.
Sus manos recorrían mis costados, mi espalda, se detenían en las caderas para empujar con más fuerza cuando yo se lo pedía con un movimiento o con un sonido. Me agarró del pelo, envolviéndose la peluca en el puño, y tiró hacia atrás hasta que me arqueé más. Con la otra mano me pegó una nalgada seca que resonó en la habitación.
—A quién le estás dando el culo, Valentina —me dijo, cogiéndome duro.
—A ti, Rodrigo, a ti solo, todo tuyo.
—¿De quién es este culito?
—Tuyo, mi amor, tuyo.
Otra nalgada. Otra estocada hasta el fondo. No hacía falta decir mucho. Él entendía y yo entendía y los dos estábamos donde queríamos estar.
Luego se recostó de espaldas y me indicó con un gesto que me montara. Me acomodé, agarré la verga con la mano para acomodarla, y me la fui metiendo despacio hasta que me senté encima. Empecé a moverme, primero subiendo y bajando lentamente, después con más ritmo, cabalgándolo con las piernas abiertas y las medias tensas alrededor de sus caderas. Frente a nosotros estaba el espejo del clóset y durante un momento me detuve solo para mirar: yo encima de él, las medias todavía puestas, los tacones clavándose en el colchón, la peluca revuelta cayéndome sobre las tetas al aire, mi verga rebotándome contra el vientre a cada movimiento, y su expresión de concentración y placer mientras me sujetaba las caderas con las dos manos.
Era una imagen que no sabía que quería ver hasta que la tuve enfrente. Me quedé mirándome en el espejo, viéndome montar a Rodrigo, viendo entrar y salir la verga entre mis nalgas, y me agarré la mía y empecé a masturbarme sin dejar de moverme encima de él.
—Mírate —jadeó él, mirando también el espejo—. Mírate qué puta te ves, cabalgándome así.
—Soy tu puta —respondí, con la respiración cortada—. Tu puta, Rodrigo.
Lo sentí tensarse debajo de mí. La respiración se le fragmentó, los músculos se endurecieron bajo mis manos, las caderas empujaron hacia arriba con más fuerza sin que yo se lo pidiera, embistiéndome desde abajo mientras yo bajaba. Me agarró la cintura con las dos manos y empezó a moverme sobre él como si yo no pesara nada, subiéndome y bajándome a su ritmo, hundiéndome la polla hasta la raíz cada vez.
—Me vengo —gruñó—. Me vengo dentro, amor.
—Sí, córrete, córrete dentro.
Se corrió con un sonido grave y prolongado, arqueando la espalda contra el colchón, apretándome las caderas tan fuerte que al día siguiente iba a tener las marcas de sus dedos. Sentí las embestidas finales, cada una más profunda, y aunque el condón se llevaba el semen yo sentí cada latido de su verga por dentro. Que había hecho algo bien. Que Valentina había hecho algo bien.
Sin salirse de mí, me agarró la verga con la mano y empezó a masturbarme rápido, con firmeza, mirándome a la cara.
—Ahora tú —dijo—. Córrete para mí, quiero verte.
No aguanté ni un minuto. Con él todavía adentro y su mano moviéndose por mi verga con esa presión justa, sentí subir el orgasmo desde los pies. Me corrí encima de su pecho y de su vientre, chorros gruesos que le cayeron por la barba entrecana y en las tetas, mientras yo temblaba encima de él y apretaba el culo alrededor de su verga todavía dura. Él sonreía, con mi semen por la cara, mirándome como si fuera lo mejor que había visto en meses.
***
Nos quedamos en la cama sin hablar durante un rato, pegajosos, sudados, con las respiraciones normalizándose despacio. El techo del departamento tenía una mancha de humedad en una esquina. La miré sin pensar en nada concreto.
—¿Tienes fantasías? —preguntó Rodrigo eventualmente—. Cosas que quieras probar algún día.
Pensé antes de responder.
—Muchas —dije—. Pero empecemos por conocernos bien primero.
—Me parece justo. —Se giró hacia mí—. ¿Sigo siendo el hombre que te gustaba en el gimnasio?
Me reí.
—Más —respondí.
Rodrigo sonrió. Me pasó el brazo por encima y yo me acerqué a su pecho sin pensar demasiado en lo que ese gesto significaba ni en lo que vendría después. Afuera era de noche. El gimnasio seguiría ahí mañana. El secreto era nuestro y, por ahora, con eso era más que suficiente.
