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Relatos Ardientes

La resaca que cambió las reglas entre los tres

4.5 (44)

Valeria había planeado el San Valentín con tres semanas de antelación. Mesa reservada en el restaurante italiano que había al final de su calle, la lencería negra que compró online y guardó en el cajón de abajo sin decirle nada a Marcos, una botella de Rioja que su hermano le había traído de un viaje y que llevaba meses esperando el momento adecuado. Salió del trabajo a las seis, se duchó despacio, eligió el vestido negro que sabía que a Marcos le gustaba.

Esperó hasta las nueve con la mesa ya puesta. Hasta las diez con el vino abierto. Hasta las once menos cuarto, cuando llegó el audio: la voz pastosa de Marcos sobre un fondo de música y conversaciones, diciéndole que llegaba en veinte minutos. Los dos sabían que era mentira.

Llegó a medianoche con Rodrigo a su lado, los dos con los ojos brillantes y el andar excesivamente cuidadoso de quien intenta disimular que no puede andar recto. Valeria los dejó entrar. Les puso agua en la mesilla. Se quedó mirando el vino a medio terminar y lo apuró sola antes de irse a dormir.

***

Al mediodía del día siguiente los dos seguían destrozados.

Marcos entró en la cocina con el bóxer del día anterior, el pelo aplastado por un lado y una expresión de culpabilidad que llevaba puesta como si se la hubiera despertado junto con la resaca. Se dejó caer en la silla con el cuidado exagerado del que sabe que un movimiento brusco le va a costar. Treinta años, cuerpo de horas de gimnasio, cara de niño bueno cuando se arrepentía de algo, que era bastante menos frecuente de lo que ella habría querido.

Rodrigo apareció dos minutos después desde el salón, donde había dormido en el sofá. Descalzo, camiseta de tirantes, calzoncillos deportivos, con ese cuerpo largo y fibroso que tenía y del que parecía completamente ajeno. Veintinueve años, moreno, alto, hombros anchos pero estrecho de cintura, brazos venosos, una sonrisa tranquila y blanca que era lo primero que le habías notado cuando lo conocías. Se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados, mirando a Valeria de espaldas.

Valeria estaba haciendo café sin decir nada, que era más efectivo que cualquier bronca.

—Anoche la cagué —dijo Marcos.

—No me digas.

—En serio, lo siento.

—Yo también lo siento —dijo Rodrigo—. La segunda ronda fue idea mía.

—Y la tercera —añadió Marcos.

—Y la cuarta, creo.

Valeria se giró y les puso las tazas en la mesa sin decir nada. Los miró. Llevaban ocho años siendo los tres inseparables: desde primero de carrera, el mismo grupo de prácticas, las mismas noches de estudio que acababan en el mismo bar, las mismas resacas del domingo. Cinco años llevaba ella con Marcos, y cinco años había visto a estos dos mirarse de una manera que nunca había comentado con nadie.

Cruzó los brazos y los miró directamente, primero a uno y luego al otro.

—Estoy furiosa con los dos —dijo—. Y también estoy cachonda desde ayer, que eso es un problema aparte. Os debo una bronca que me estoy guardando para después. Pero antes quiero preguntaros algo.

Marcos frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo lleváis mirándoos como os miráis y fingiendo que aquí no pasa nada?

Silencio.

Rodrigo no se movió del marco de la puerta, pero algo en su cara cambió: una contracción muy pequeña alrededor de los ojos, casi imperceptible. Marcos miró la taza de café con una concentración que no tenía nada que ver con el café.

—No sé de qué hablas —dijo, sin convicción.

—Claro que sí. —Valeria dio un paso hacia adelante—. Llevo cinco años viéndoos juntos. Sé exactamente cómo os miráis cuando creéis que no hay nadie mirando.

Rodrigo fue el primero en hablar. Siempre había sido el más directo de los tres cuando se trataba de cosas que importaban de verdad.

—Llevo años con curiosidad —dijo en voz baja—. No lo había dicho nunca porque Marcos no parecía querer ir por ahí, y no quería joderlo todo entre nosotros.

Marcos levantó la cabeza y lo miró.

—¿Cuánto tiempo?

—Mucho.

Pausa larga. Marcos miró a Valeria. Valeria lo miró a él. La cocina estaba en silencio excepto por el rumor de la cafetera terminando de hacer su trabajo.

—Mira —dijo Valeria—. Confío en los dos. Y la idea me pone, si soy honesta. Así que si hay algo que queráis explorar, hoy es un buen momento: estamos aquí los tres, no hay que explicarle nada a nadie, y alguien me debe un San Valentín muy concreto.

Marcos tardó unos segundos en responder.

—Con una condición —dijo al final.

Valeria levantó una ceja.

—¿Cuál?

—Que si yo cruzo una línea que nunca he cruzado, tú también. El rimming que siempre te he pedido y nunca has querido hacerme. Si yo pruebo algo nuevo, tú pruebas algo nuevo conmigo.

Valeria mantuvo la mirada fija en él durante unos segundos. Era una negociación justa y los dos lo sabían. Exhaló despacio.

—Vale.

***

Rodrigo fue el primero en moverse. Tomó a Marcos de la muñeca con suavidad y lo levantó de la silla. Lo besó despacio, con una mano en su nuca, sin ninguna prisa. Marcos se puso rígido durante un segundo. Después no.

Valeria se quitó la camiseta de tirantes. Los dos la miraron. Se arrodilló entre ellos en el suelo de la cocina con la luz de mediodía entrando por la ventana, les bajó los calzoncillos a la vez y los miró desde abajo.

—Marcos. ¿Alguna vez has tenido una polla en la boca que no sea la tuya?

—No.

—¿Quieres probar?

Marcos miró a Rodrigo. Rodrigo esperaba sin presionar, con esa paciencia suya que nunca era pasividad.

—No te voy a presionar —dijo Rodrigo—. Pero si quieres, aquí no hay nadie más que nosotros tres. Aquí dentro no existen las etiquetas.

Marcos cerró los ojos un momento. Los abrió.

—Vale.

***

Rodrigo empezó por Marcos con una deliberación que no tenía nada de improvisado: lengua en la base, subiendo despacio por el lado, rodeando la cabeza antes de bajarse del todo. Marcos jadeó con los dientes apretados, agarrándose a la encimera con los nudillos blancos.

—Joder...

—Relájate —dijo Rodrigo, sin levantar la cabeza.

Valeria se colocó detrás. Le besó la espalda baja, fue bajando hasta que su boca llegó al ano de Marcos. Empezó con la lengua plana, en círculos lentos, luego fue apretando la punta y metiéndola un poco. Marcos dio un respingo entero.

—Dios...

—Relájate tú también —dijo ella, y volvió a bajar la cabeza.

Los dos trabajaron sobre él desde ángulos opuestos durante varios minutos. Rodrigo con la boca, Valeria con la lengua moviéndose en círculos cada vez más profundos. Marcos empujó hacia atrás sin darse cuenta, buscando más de lo que ella daba, gimiendo en voz baja contra la encimera con los brazos temblando.

Rodrigo se apartó un momento.

—Ahora tú.

Marcos lo miró. Rodrigo estaba de pie, esperando. Valeria seguía detrás, con los labios en la espalda baja de Marcos, tocándose con una mano mientras escuchaba la respiración de los dos hombres acelerarse.

La primera vez que Marcos tocó la polla de Rodrigo con la boca fue más un roce que un beso: lengua en la cabeza, un segundo, dos. Rodrigo contuvo la respiración entera.

—No tengas prisa —murmuró—. Lo que quieras dar está bien.

Marcos bajó un poco más. Luego otro poco más. Rodrigo cerró los ojos y soltó el aire con un sonido ronco que no intentó disimular.

—Así. Así está muy bien.

Valeria escuchaba. Se tocaba el clítoris despacio mientras seguía lamiéndole la espalda a Marcos, y los sonidos de la cocina en silencio la estaban poniendo fuera de sí.

—Quiero que me folléis los dos —dijo cuando pudo hablar—. Boca y vagina. Y vamos rotando.

***

Se movieron al dormitorio sin decidirlo. Fue algo que pasó solo.

Valeria quedó entre los dos en la cama: Marcos detrás con las manos en sus caderas, Rodrigo delante. Los tres encontraron el ritmo después de un momento torpe de ajuste, y cuando lo encontraron fue fluido y profundo y exactamente lo que los tres llevaban rato necesitando.

Marcos la penetraba desde atrás mientras Rodrigo se colocaba delante para que ella lo tomara en la boca. Valeria chupaba a Rodrigo con las manos aferradas a sus muslos, y cada embestida de Marcos la empujaba un centímetro más hacia adelante. Gemía contra la polla que tenía en la boca, con la garganta llena de sonidos que no podía contener.

—Rotad —dijo cuando tuvo la boca libre.

Cambiaron. Rodrigo entró en ella desde atrás: más profundo, más lento, con ese ritmo largo y constante que tenía. Marcos se colocó delante. Valeria alternó entre los dos varias veces, aprendiendo las diferencias: el ritmo más urgente de Marcos, la profundidad medida de Rodrigo, la forma distinta en que cada uno le agarraba el pelo.

—Así —decía cada vez que cambiaban—. Así, seguid.

En algún momento, sin que ninguno lo hubiera planeado, Marcos y Rodrigo se besaron por encima de su hombro. Valeria lo sintió más que lo vio: el cambio en la respiración de Marcos, la forma en que redujo el ritmo un segundo entero antes de recuperarlo más fuerte.

Rodrigo gruñó con la boca pegada a la de Marcos.

Marcos acabó primero, con las manos apretadas en sus caderas y los dientes apretados. Rodrigo aguantó más, metódico y constante, hasta que Valeria le dijo «ya» y él se apartó y acabó en su boca con las manos enredadas en su pelo.

Los tres se quedaron tumbados sin decir nada durante un rato largo. La tarde entraba por las ventanas. Afuera el barrio hacía el ruido tranquilo de un domingo de febrero.

***

Después se ducharon por turnos. Hicieron más café. Los tres se sentaron en la mesa de la cocina con las tazas entre las manos y el silencio entre ellos, que no era incómodo sino el tipo de silencio que hay después de que algo ha cambiado y todavía nadie sabe del todo cómo nombrarlo.

—¿Estás bien? —le preguntó Valeria a Marcos.

—Sí —dijo él. Y lo decía en serio.

Rodrigo miraba su café. Valeria lo conocía bien: el silencio tranquilo de quien está procesando algo importante, no el silencio incómodo de quien se arrepiente.

—Esto no tiene que ser nada que no queráis que sea —dijo ella—. No tenéis que hablar de ello ahora. No tenéis que etiquetarlo ni decidir nada hoy.

—Lo sé —dijo Rodrigo.

Marcos le cogió la mano a Valeria sobre la mesa.

—Gracias —dijo.

—Me debíais el San Valentín —respondió ella.

Los tres se rieron. La cocina olía a café reciente y a algo que no tenía nombre concreto pero que los tres reconocían igual: el olor específico de cuando algo cambia entre personas que se conocen bien. Afuera el frío de febrero era blanco y tranquilo y no pedía explicaciones a nadie.

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4.5 (44)

Comentarios (9)

FrankoV

jajaja Valeria cobrando la deuda... eso si que me da curiosidad. Segunda parte porfa!!!

SaraV77

Me encanto como narraste la situacion sin ser burdo. Se lee de corrido y queres mas, muy bueno.

Arturodamro

el desayuno de los tres debe haber sido bastante incomodo jajaja

Tomas_Noche

Increible relato, me enganché desde el principio. Esperando ansioso el siguiente capitulo!

NocheEnBlanco

Uf, me recordó a una situacion parecida que viví hace años, aunque sin tanto drama al dia siguiente jeje. Muy bien contado.

RosaEterna

¿Van a haber mas capítulos? Quede con muchisimas ganas de saber cómo cobra Valeria al final

Goloso

buenisimo, se siente real!!!

Leti_sur

muy bueno, gracias por compartirlo. Seguí así!

Marcos_Mdq

La tension que se arma entre los tres esta perfectamente contada. Uno de los mejores que lei en un tiempo, de verdad.

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