La resaca que cambió las reglas entre los tres
Valeria había planeado el San Valentín con tres semanas de antelación. Mesa reservada en el restaurante italiano que había al final de su calle, la lencería negra que compró online y guardó en el cajón de abajo sin decirle nada a Marcos, una botella de Rioja que su hermano le había traído de un viaje y que llevaba meses esperando el momento adecuado. Salió del trabajo a las seis, se duchó despacio, eligió el vestido negro que sabía que a Marcos le gustaba.
Esperó hasta las nueve con la mesa ya puesta. Hasta las diez con el vino abierto. Hasta las once menos cuarto, cuando llegó el audio: la voz pastosa de Marcos sobre un fondo de música y conversaciones, diciéndole que llegaba en veinte minutos. Los dos sabían que era mentira.
Llegó a medianoche con Rodrigo a su lado, los dos con los ojos brillantes y el andar excesivamente cuidadoso de quien intenta disimular que no puede andar recto. Valeria los dejó entrar. Les puso agua en la mesilla. Se quedó mirando el vino a medio terminar y lo apuró sola antes de irse a dormir con el coño todavía mojado por la lencería que nadie había visto y una rabia caliente que se le mezclaba con las ganas de follar que llevaba arrastrando desde mediodía.
***
Al mediodía del día siguiente los dos seguían destrozados.
Marcos entró en la cocina con el bóxer del día anterior, el pelo aplastado por un lado y una expresión de culpabilidad que llevaba puesta como si se la hubiera despertado junto con la resaca. Se dejó caer en la silla con el cuidado exagerado del que sabe que un movimiento brusco le va a costar. Treinta años, cuerpo de horas de gimnasio, cara de niño bueno cuando se arrepentía de algo, que era bastante menos frecuente de lo que ella habría querido. Por debajo del bóxer se le marcaba el bulto de la polla a medio despertar y Valeria lo registró sin querer, como llevaba registrando todo lo de ese cuerpo durante cinco años.
Rodrigo apareció dos minutos después desde el salón, donde había dormido en el sofá. Descalzo, camiseta de tirantes, calzoncillos deportivos, con ese cuerpo largo y fibroso que tenía y del que parecía completamente ajeno. Veintinueve años, moreno, alto, hombros anchos pero estrecho de cintura, brazos venosos, una sonrisa tranquila y blanca que era lo primero que le habías notado cuando lo conocías. Se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados, mirando a Valeria de espaldas. La tela fina del calzoncillo deportivo dejaba ver el contorno gordo y largo de una polla que descansaba contra el muslo izquierdo, y Valeria se dio cuenta de que llevaba años haciendo esfuerzos por no mirarle exactamente ahí.
Valeria estaba haciendo café sin decir nada, que era más efectivo que cualquier bronca.
—Anoche la cagué —dijo Marcos.
—No me digas.
—En serio, lo siento.
—Yo también lo siento —dijo Rodrigo—. La segunda ronda fue idea mía.
—Y la tercera —añadió Marcos.
—Y la cuarta, creo.
Valeria se giró y les puso las tazas en la mesa sin decir nada. Los miró. Llevaban ocho años siendo los tres inseparables: desde primero de carrera, el mismo grupo de prácticas, las mismas noches de estudio que acababan en el mismo bar, las mismas resacas del domingo. Cinco años llevaba ella con Marcos, y cinco años había visto a estos dos mirarse de una manera que nunca había comentado con nadie.
Cruzó los brazos y los miró directamente, primero a uno y luego al otro.
—Estoy furiosa con los dos —dijo—. Y también estoy cachonda desde ayer, que eso es un problema aparte. Llevo el coño hinchado desde anoche, así que os lo digo claro. Os debo una bronca que me estoy guardando para después. Pero antes quiero preguntaros algo.
Marcos frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo lleváis mirándoos las pollas y fingiendo que aquí no pasa nada?
Silencio.
Rodrigo no se movió del marco de la puerta, pero algo en su cara cambió: una contracción muy pequeña alrededor de los ojos, casi imperceptible. Marcos miró la taza de café con una concentración que no tenía nada que ver con el café.
—No sé de qué hablas —dijo, sin convicción.
—Claro que sí. —Valeria dio un paso hacia adelante—. Llevo cinco años viéndoos juntos. Sé exactamente cómo se te pone la cara cuando él sale de la ducha con la toalla baja, Marcos. Y sé exactamente dónde le miras el paquete a este cuando cree que no lo ves, Rodrigo.
Rodrigo fue el primero en hablar. Siempre había sido el más directo de los tres cuando se trataba de cosas que importaban de verdad.
—Llevo años con la polla dura cada vez que te veo en bóxer, tío —dijo en voz baja, mirando a Marcos—. No lo había dicho nunca porque no parecías querer ir por ahí, y no quería joderlo todo entre nosotros.
Marcos levantó la cabeza y lo miró. Tragó saliva.
—¿Cuánto tiempo?
—Mucho. Desde antes de que ella y tú empezarais.
Pausa larga. Marcos miró a Valeria. Valeria lo miró a él. La cocina estaba en silencio excepto por el rumor de la cafetera terminando de hacer su trabajo y por la respiración de los tres, que se había vuelto más corta sin que nadie lo hubiera decidido. A Marcos se le marcaba ya el bulto duro debajo del bóxer y no hacía nada por disimularlo.
—Mira —dijo Valeria—. Confío en los dos. Y la idea de veros follar me pone como una perra, si soy honesta. Llevo media noche imaginándomelo y el coño no me deja en paz. Así que si hay algo que queráis explorar, hoy es un buen momento: estamos aquí los tres, no hay que explicarle nada a nadie, y alguien me debe un San Valentín muy concreto.
Marcos tardó unos segundos en responder.
—Con una condición —dijo al final.
Valeria levantó una ceja.
—¿Cuál?
—Que si yo cruzo una línea que nunca he cruzado, tú también. Quiero que me comas el culo, lo del rimming que llevo años pidiéndote y siempre dices que no. Si yo me como una polla, tú me comes el ojete a fondo. Con la lengua dentro.
Valeria mantuvo la mirada fija en él durante unos segundos. Era una negociación justa y los dos lo sabían. Exhaló despacio.
—Vale. Te voy a meter la lengua en el culo hasta que se te ponga blanca la cabeza.
***
Rodrigo fue el primero en moverse. Tomó a Marcos de la muñeca con suavidad y lo levantó de la silla. Lo besó despacio, con una mano en su nuca, sin ninguna prisa. Marcos se puso rígido durante un segundo. Después no. Abrió la boca y dejó que la lengua de Rodrigo entrara, y Valeria vio cómo se le aflojaba el cuerpo entero contra el de su mejor amigo.
Rodrigo le bajó el bóxer ahí mismo. La polla de Marcos saltó tiesa, goteando ya un hilo brillante por la cabeza. Rodrigo la cogió en la mano sin dejar de besarlo y empezó a pajeársela despacio, apretando bien la base, y Marcos gimió dentro de su boca como Valeria no le había oído gemir nunca.
—Joder, Rodri —jadeó Marcos contra sus labios—. Joder.
—Llevo años queriendo tocártela —dijo Rodrigo en voz muy baja, masturbándolo entero, pulgar en la cabeza para repartir el líquido preseminal—. La tienes preciosa, cabrón.
Valeria se quitó la camiseta de tirantes y se desabrochó el sujetador. Los dos la miraron. Tenía los pezones tiesos y oscuros, y se los pellizcó una vez delante de ellos para que vieran cuánto le ponía la escena. Se bajó las bragas hasta los tobillos, se las quitó de una patada, y se arrodilló entre ellos en el suelo de la cocina con la luz de mediodía entrando por la ventana. Le bajó del todo los calzoncillos a Rodrigo, que la dejaron salir como un resorte: gorda, larga, con la cabeza morada e hinchada, más larga que la de Marcos y con una vena gruesa que la recorría por debajo. Valeria oyó cómo Marcos se tragaba el aire al verla por primera vez tan cerca.
Las cogió las dos, una en cada mano, las juntó por las cabezas y las miró desde abajo.
—Marcos. ¿Alguna vez has tenido una polla en la boca que no sea la tuya?
—No.
—¿Quieres mamársela a Rodri?
Marcos miró la verga de su mejor amigo, brillante de saliva donde Valeria la estaba sujetando. Tragó saliva.
—No te voy a presionar —dijo Rodrigo, con una mano en su cara—. Pero si quieres, aquí no hay nadie más que nosotros tres. Aquí dentro no existen las etiquetas. Aquí dentro la chupas y ya está.
Marcos cerró los ojos un momento. Los abrió.
—Vale. Joder. Vale.
***
Valeria le abrió la boca a Marcos con dos dedos y le metió la cabeza de la polla de Rodrigo entre los labios. Marcos cerró la boca alrededor, dudando, y Rodrigo dejó escapar un gemido grave que le salió de la garganta.
—Joder, joder, joder —murmuró Rodrigo—. Con la lengua, tío. Pásamela por debajo.
Marcos obedeció. Empezó torpe, como un principiante: demasiado diente al principio, demasiada saliva, sin saber qué hacer con la mano libre. Pero aprendía rápido, como había aprendido siempre todo. Pronto tenía la mitad de la verga de Rodrigo metida en la boca, succionando con las mejillas hundidas, una mano en la base que iba acompañando lo que la boca no alcanzaba.
—Así, así, así —jadeó Rodrigo, agarrándole del pelo—. Mira cómo se la mamas a tu colega, joder. Llevaba años imaginándomelo.
Valeria estaba arrodillada detrás de Marcos. Le separó las nalgas con las dos manos, le miró el agujero rosado y tenso, y escupió encima. La saliva resbaló y Valeria se acercó con la boca. Empezó con la lengua plana, pasándola entera por la raja del culo, de abajo hacia arriba, una y otra vez, sin tocar todavía el agujero. Marcos gimió alrededor de la polla que tenía en la boca.
—Cómeselo bien, Valeria —dijo Rodrigo desde arriba—. Cómele el ojete a tu novio.
Valeria apretó la punta de la lengua y la clavó directamente en el agujero. Marcos dio un respingo entero y soltó la polla de Rodrigo con un jadeo.
—Hostia. Hostia puta.
—Sigue chupando —le ordenó Rodrigo, volviéndole a meter la verga en la boca con la mano—. No la sueltes.
Valeria empujó la lengua dentro del culo de Marcos. Lamía y empujaba y lamía, abriéndolo con la punta, repartiendo saliva, y Marcos temblaba entero entre los dos sin saber a qué sensación responder primero. La polla en la boca, la lengua en el culo, las manos de Rodrigo en su pelo y las manos de Valeria abriéndole las nalgas. Empujó el culo hacia atrás sin darse cuenta, buscando más de la lengua de su novia, y Valeria entendió y se la metió más profunda.
—Mira cómo le gusta —dijo Rodrigo, mirando hacia abajo—. Mira cómo se mueve el muy guarro. Mete la lengua bien dentro, Valeria.
—Lo tiene rico —dijo Valeria con el ojete de Marcos pegado a la boca—. Sabe limpio.
Le clavó la lengua otra vez. Marcos gimió alrededor de la polla y empezó a mover la boca más rápido sobre Rodrigo, como si toda la sensación que le entraba por el culo la estuviera devolviendo por la boca.
—Para, para —dijo Rodrigo de pronto, apartándose con la polla todavía tiesa y resbalando saliva—. Voy a acabarme y todavía no quiero.
Marcos levantó la cabeza con los labios brillantes y la boca abierta. Tenía los ojos vidriosos y la cara roja.
—Ahora tú —dijo Rodrigo, tirando de él para que se levantara—. Mama tú.
***
Lo cambiaron de sitio. Marcos quedó apoyado contra la encimera con las piernas abiertas, y Rodrigo se arrodilló entre ellas y se metió la polla de Marcos en la boca de una sola vez, hasta la base, hasta que el pelo de Marcos le rozó la nariz. Marcos soltó un grito ahogado y se agarró a la encimera con los nudillos blancos.
—Joder, Rodri, no me hagas eso que me corro ya.
Rodrigo se la sacó de la boca con un sonido húmedo, lamió la base, le mamó los huevos uno a uno, volvió a subir.
—Tú aguanta, cabrón. Que esto acaba de empezar.
Valeria los miraba desde el suelo con dos dedos metidos en el coño. Lo tenía empapado, los muslos brillantes hasta la mitad, y se frotaba el clítoris con la otra mano sin dejar de mirar la boca de Rodrigo subiendo y bajando por la verga de su novio. Marcos miraba hacia abajo, agarrado a la encimera, con la boca abierta.
—Os quiero a los dos —dijo Valeria con la voz ronca—. Quiero que me folléis los dos a la vez. Boca y coño. Y vamos rotando hasta que se nos caigan las pollas.
***
Se movieron al dormitorio sin decidirlo. Fue algo que pasó solo.
Valeria se subió a la cama a cuatro patas, con el culo en alto, los muslos abiertos y el coño bien expuesto. Los dos se quedaron mirándola un segundo, las pollas tiesas, antes de subir. Marcos se colocó detrás. Rodrigo se arrodilló delante, frente a su cara.
—Métemela —dijo Valeria, mirando atrás—. Métemela ya, Marcos, llevo desde anoche con el coño goteando.
Marcos le pasó la cabeza de la polla por la raja del coño, mojándose entero, y empujó. Entró del todo de una sola embestida porque ella estaba tan mojada que no hubo que hacer fuerza. Valeria gimió largo y abrió la boca, y Rodrigo le metió la verga hasta el fondo de la garganta en el mismo gesto.
Los tres encontraron el ritmo después de un momento torpe de ajuste, y cuando lo encontraron fue fluido y guarro y exactamente lo que los tres llevaban rato necesitando.
Marcos la follaba desde atrás agarrándola por las caderas, fuerte, cada embestida hasta el fondo, sus huevos golpeándole el clítoris a cada vaivén. Cada empujón de Marcos la empujaba un centímetro más hacia adelante, y ese centímetro se lo tragaba la polla de Rodrigo, que entraba más profundo en su garganta con cada movimiento. Valeria gemía contra la verga que tenía en la boca, con la garganta llena de saliva y de polla, con los ojos llorando, sin querer parar.
—Mira cómo se la traga la muy puta —jadeó Rodrigo, agarrándola del pelo con las dos manos—. Mira qué bien me la chupa tu novia, tío.
—Y mira cómo se la meto yo —contestó Marcos, dándole un azote en una nalga que sonó seco—. ¿La oyes, Rodri? La oyes cómo chapotea.
—La oigo, joder. La oigo. Está empapada.
Valeria sacó la polla de Rodrigo de la boca el tiempo justo para hablar.
—Cambiad —jadeó, con un hilo de saliva colgándole del labio—. Cambiad ya.
***
Cambiaron. Rodrigo rodeó la cama y se colocó detrás. Marcos se subió a la cama frente a la cara de Valeria. La polla de Rodrigo era más gorda que la de Marcos y ella lo notó nada más entrar: la abrió más, le costó un par de centímetros de ajuste antes de que entrara entera. Cuando entró, Valeria soltó un gemido largo que se le murió en la garganta.
—Joder, Rodri, qué grande la tienes.
—Voy despacio —dijo él, agarrándola de las caderas—. Avisa si es mucho.
—No vayas despacio. Métemela hasta el fondo, hostia.
Rodrigo empezó con embestidas largas y medidas, esa profundidad suya que llegaba sitios que Marcos nunca llegaba. Valeria gritó dentro de la boca de Marcos cuando este le metió la polla. Sintió las diferencias enseguida: la urgencia rápida de Marcos en la boca, los embates lentos y completos de Rodrigo por detrás. La estaban llenando los dos a la vez. Llevaba años fantaseando con esto sin saber del todo que lo estaba fantaseando.
Marcos le agarraba el pelo distinto a como se lo había agarrado Rodrigo: más nervioso, más posesivo. Le metía la verga hasta el fondo y la sacaba entera, una y otra vez, mojándole la cara de saliva.
—Trágatela bien, joder —gemía Marcos, mirándola desde arriba—. Mírame mientras me la chupas.
Valeria levantó los ojos sin soltar la polla. Tenía la cara llena de babas y los pezones rebotando con cada embestida de Rodrigo por detrás. Marcos miró por encima de su hombro hacia su amigo, y Rodrigo le devolvió la mirada sin dejar de follar.
Y entonces pasó.
Marcos se inclinó por encima del cuerpo de Valeria, sin sacarse de su boca del todo, y besó a Rodrigo. Encima de ella. Las dos pollas todavía dentro de ella, una por arriba y otra por abajo, y los dos hombres besándose con lengua por encima de su cabeza, gimiendo el uno en la boca del otro.
Valeria lo sintió más que lo vio: el cambio en la respiración de Marcos, la forma en que redujo el ritmo un segundo entero antes de recuperarlo más fuerte, la forma en que Rodrigo le clavó las uñas en las caderas al besar a su amigo. La polla de Marcos se hinchó un grado más dentro de su boca con ese beso.
—Joder, qué morboso, joder —murmuró Rodrigo contra la boca de Marcos—. Te estoy follando a tu novia y tú me besas.
—Cállate y fóllamela bien —jadeó Marcos.
—Cambiad otra vez —pidió Valeria—. Quiero correrme con uno dentro y el otro en la boca. Marcos atrás. Rodri delante.
***
Volvieron al primer orden. Marcos volvió a entrar en el coño de Valeria por detrás, ahora más urgente, más cerca del final. Rodrigo le metió la polla en la boca despacio, hasta el fondo, hasta que ella sintió la mata de pelo contra su nariz y se atragantó.
—Tócale el culo —le dijo Rodrigo a Marcos, mirando hacia abajo—. A ella le gusta cuando le aprietas el ojete mientras se la metes.
—¿Cómo sabes eso? —jadeó Marcos.
—Porque se lo estás haciendo y mira cómo aprieta.
Marcos se mojó el pulgar en saliva y lo apoyó en el agujero del culo de Valeria. Lo empujó dentro despacio mientras le seguía metiendo la polla en el coño, y Valeria gritó alrededor de la verga de Rodrigo. Sintió los dos agujeros llenos, el pulgar de Marcos abriéndola por detrás y su polla follándola por delante, y la boca tomada por Rodrigo, y supo que ya no aguantaba.
—Me corro —avisó como pudo—. Me corro, joder, no paréis.
Marcos aceleró. Rodrigo le agarró la cabeza con las dos manos y se la folló sin piedad, metiéndosela hasta la garganta. Valeria se vino con la verga de Rodrigo bloqueándole los gemidos en la boca, el coño cerrándose en oleadas alrededor de la polla de Marcos, el pulgar de él todavía clavado en su culo. Tembló entera durante un minuto largo, ahogándose en saliva y polla, con las dos manos aferradas a los muslos de Rodrigo.
Cuando empezó a bajar, Marcos acabó. Apretó las manos en sus caderas y se hundió hasta el fondo con un gemido largo, descargándose dentro de ella en chorros calientes que ella sintió uno por uno. Cuando salió, le chorreó por los muslos un hilo blanco y espeso.
Rodrigo aguantó más, metódico y constante, hasta que la sacó de su boca y le dijo:
—Abre.
Valeria abrió la boca y sacó la lengua. Rodrigo se la machacó con la mano un segundo y se corrió encima, en chorros gordos que le cayeron en la lengua, en los labios, en la mejilla, en el cuello, mientras gemía bajito y le sujetaba la cabeza con la otra mano para que no se moviera.
—Trágatelo, guapa —le dijo Marcos detrás, todavía recuperando el aliento.
Valeria cerró la boca y tragó, enseñándole la lengua después limpia. Rodrigo se rio con la respiración entrecortada y se inclinó hacia abajo y la besó en la boca a pesar de todo. Marcos se inclinó al otro lado y también la besó, sintiendo el sabor del semen de su amigo en los labios de su novia, y eso fue lo último que le hizo gemir esa tarde.
Los tres se quedaron tumbados sin decir nada durante un rato largo. La tarde entraba por las ventanas. Afuera el barrio hacía el ruido tranquilo de un domingo de febrero.
***
Después se ducharon por turnos. Hicieron más café. Los tres se sentaron en la mesa de la cocina con las tazas entre las manos y el silencio entre ellos, que no era incómodo sino el tipo de silencio que hay después de que algo ha cambiado y todavía nadie sabe del todo cómo nombrarlo.
—¿Estás bien? —le preguntó Valeria a Marcos.
—Sí —dijo él. Y lo decía en serio.
Rodrigo miraba su café. Valeria lo conocía bien: el silencio tranquilo de quien está procesando algo importante, no el silencio incómodo de quien se arrepiente.
—Esto no tiene que ser nada que no queráis que sea —dijo ella—. No tenéis que hablar de ello ahora. No tenéis que etiquetarlo ni decidir nada hoy.
—Lo sé —dijo Rodrigo.
Marcos le cogió la mano a Valeria sobre la mesa.
—Gracias —dijo.
—Me debíais el San Valentín —respondió ella.
Los tres se rieron. La cocina olía a café reciente y a algo que no tenía nombre concreto pero que los tres reconocían igual: el olor específico de cuando algo cambia entre personas que se conocen bien. Afuera el frío de febrero era blanco y tranquilo y no pedía explicaciones a nadie.

