La tarde que mi tío vino a buscar a mi madre
Aquella tarde de abril, mi madre había salido al notario por unos papeles atrasados y me pidió que esperara a mi tío Andrés en casa, por si llegaba antes que ella. Hacía meses que no lo veía. Cuando le abrí la puerta, llevaba una camisa azul oscuro arremangada hasta los codos y una sonrisa que nunca había sabido interpretar del todo.
—Pasa —le dije, y noté que la voz me salía más baja de lo habitual.
—Tu madre tarda, ¿no? —preguntó, dejando las llaves del coche sobre la mesa del recibidor como si estuviera en su propia casa.
—Veinte minutos, calculo. ¿Quieres café?
Negó con la cabeza y se sentó en el sillón color tabaco que mi padre había comprado años antes de marcharse. Yo me quedé de pie, con un vaso de agua entre las manos, sin saber dónde mirar. La falda y la blusa blanca que me había puesto para una reunión de la facultad se me antojaron de pronto demasiado cortas, demasiado finas, demasiado todo.
—Ven, Daniela. Siéntate aquí, no muerdo —dijo, y palmeó el cuero a su lado.
Obedecí. Olía a colonia cara y a algo más que entonces no supe nombrar. Hablamos de la universidad, de mi madre, del libro que llevaba meses intentando escribir. Yo respondía con monosílabos. Él me miraba como nunca me había mirado antes, o quizá siempre me había mirado así y yo no me había permitido notarlo.
—¿Sabes a quién te pareces cada vez más? —dijo, apartándome un mechón de pelo castaño de la cara.
—¿A mi madre?
—No. A tu prima Pamela.
Pamela era su hija. Tres años mayor que yo. Había algo en cómo pronunció su nombre que me hizo apretar el vaso entre los dedos.
—¿En qué nos parecemos? —pregunté, y me arrepentí en cuanto la pregunta salió.
—En todo —respondió, y posó la mano sobre mi rodilla desnuda.
***
No retiré la pierna. Me dije a mí misma que era un gesto de tío, una caricia familiar, pero los dedos de Andrés subieron despacio por la cara interna del muslo y supe que no lo era. Se había acercado tanto que su aliento me rozaba la oreja cuando habló.
—Llevas mucho tiempo mirándome de una forma que no es de sobrina, ¿verdad?
Quise negarlo. No pude. La mano subió un poco más y, con una lentitud que me dejó sin aire, sus dedos rozaron el borde de mi ropa interior. Cerré los ojos. Pensé en mi madre volviendo del notario, en la puerta que estaba sin pestillo, en mi prima Pamela y en aquella forma nueva de moverse que le había notado en Navidad. Cada pensamiento debería haberme detenido. Ninguno lo hizo.
—Si quieres que pare, dilo ahora —murmuró contra mi cuello.
No dije nada. Su boca encontró la mía y me besó con una calma deliberada, como si estuviera midiendo cuánto podía tomar y cuánto pediría yo después. Sus manos bajaron las tirantes de mi blusa, desabrocharon los botones uno a uno y, cuando me dejó el sostén al aire, lo apartó con un dedo y me cubrió un pecho entero con la palma.
—Tan suave… —dijo, y se inclinó para morderme un pezón con cuidado.
Solté un jadeo que ya no pude tragar. Él aprovechó el sonido para tirarme de la falda hacia arriba, hasta dejarme la cintura desnuda, y su mano se hundió por fin entre mis piernas. Estaba húmeda, mucho más húmeda de lo que había estado por nadie hasta entonces, y el dedo medio que me entró se deslizó sin esfuerzo.
—Eres mi primera vez, tío —susurré, sin saber muy bien por qué se lo dije así, en presente, como una entrega.
Andrés se quedó quieto un instante. Luego sonrió contra mi piel.
—Entonces no voy a olvidarme nunca de esta tarde —respondió, y me bajó la ropa interior con un tirón que la rasgó por la cadera.
***
Acabé sentada sobre él, con las rodillas a cada lado de sus caderas, su miembro hundido tan adentro que el sillón crujía bajo el peso doble. La primera embestida me arrancó un grito que él tapó con la boca. La segunda me atravesó como si fuera otra forma de pensar. A la tercera ya me movía sola, buscándolo, dejándome caer encima con un ritmo que no era mío y que sin embargo nacía de mí.
—Mírate —jadeó, con las manos clavadas en mis caderas para guiarme—. Tan entregada, sobrinita.
—Es… distinto a como lo imaginé —conseguí decir entre gemidos—. Jamás pensé que con mi propio tío fuera así.
Soltó una risa baja y me dio una palmada sonora en una nalga. El calor del golpe se mezcló con el calor de tenerlo dentro y las dos sensaciones se confundieron en una sola, intensa, casi insoportable.
—Cabálgame —ordenó, con voz ronca—. Hazlo bien.
Apoyé las plantas de los pies en el cuero, en cuclillas sobre él, y empecé a subir y bajar con todo el peso de mi cuerpo. Andrés inclinó la cabeza hacia mis pechos, los lamió, los mordió con cuidado, y a veces sus dientes se cerraban en un pezón con una presión justa, justa, justa, antes de soltarlo y lamer el otro. Mis manos se enredaron en su pelo, lo apreté contra mí, y oí mi propia voz llenando la sala con palabras que no sabía que conocía.
—Qué rico, tío… qué rico es esto contigo.
—Eres una mujer caliente —contestó, y me lo dijo como si fuera una sentencia—. Y desde hoy, mía.
***
Me pidió que parara cuando notó que yo estaba cerca. Salió de mí con un gruñido bajo y me giró sobre el sillón hasta dejarme apoyada en las manos y las rodillas. Yo, con el corazón galopando, separé las nalgas con timidez, ofreciéndole lo que pensé que iba a tomar. Pero Andrés volvió a la vagina, con una embestida lenta y profunda que me dobló los brazos.
—Todo a su tiempo —dijo desde detrás—. Hoy quiero solo esto.
Me embistió con un ritmo implacable, las palmas calientes en mi cintura, hasta que mi espalda se arqueó sola y empecé a temblar de una forma nueva. Entonces tiró de mí hacia arriba y me pegó contra su pecho, sin sacarse, y sus manos subieron a mis pechos para apretármelos mientras me besaba la nuca.
—Es la mejor que he probado en años —jadeó contra mi oído—. Tan apretada, tan tuya, tan mía.
Y ahí, perdida en su voz, una pregunta absurda me cruzó la cabeza.
—¿Cuáles otras has probado, tío?
Rio bajito y siguió moviéndose dentro de mí.
—Eres curiosa, sobrinita. Te lo digo si paras de apretarme tanto.
—No paro —contesté.
—Tu amiga Carolina —empezó, sin dejar de embestirme—. Tu amiga Ximena. Y Pamela.
El nombre de mi prima me llegó como una bofetada y como una caricia al mismo tiempo. Solté un gemido sin querer, agudo, que no supe interpretar.
—¿Pamela? ¿Tu propia hija?
—Mi propia hija —repitió—. La estrené yo mismo, en su cumpleaños, hace dos veranos. ¿Qué piensas de eso?
Pensé muchas cosas a la vez, todas mezcladas y ninguna decente. Pensé en Pamela, en su forma nueva de moverse, en aquella mirada distinta de la última Navidad, y entendí de golpe de dónde venía. Pensé que debía sentir asco. No lo sentí. Lo que sentí fue un calor sucio que me subió desde el vientre y me convirtió la voz en un jadeo entrecortado.
—Qué rico saberlo, tío —dije, con una sinceridad que me asustó—. Qué rico que también sea tuya.
***
Después de eso ya no hablamos más. Salió de mí, me arrancó la falda de un tirón y la dejó tirada en el suelo. Se tumbó en la alfombra, su cuerpo grande extendido como una invitación, y yo me eché a su lado de espaldas, encajada contra su pecho. Me levantó la pierna derecha, sosteniéndola en el aire para tenerme abierta, y volvió a entrarme con una estocada lenta que me llenó por completo.
—Más, por favor —pedí, y oí mi voz como si fuera de otra.
El ángulo era devastador. Cada embestida me llegaba a un sitio nuevo y sus dedos libres me apretaban un pecho con una fuerza que rozaba el dolor. Llegué así, con la pierna en alto y la cabeza echada contra su hombro, en un orgasmo largo que me convulsionó entera y me dejó las uñas clavadas en la alfombra.
—Eres mía —repetía contra mi oído—. ¿Me oyes? Esta vagina es mía.
—Solo tuya —contesté, y lo dije en serio.
No paró ahí. Siguió media hora más, alternando ritmos, alternando palabras tiernas con groserías que en cualquier otra boca me habrían parecido absurdas y en la suya sonaban exactas. Tuve dos orgasmos más antes de que él se tensara entero, me hundiera la mano en la cintura y dijera, con la voz quebrada por el esfuerzo:
—Toma, sobrinita. Toda para ti.
Se vino dentro con tres pulsos largos. Sentí el calor extenderse, mezclarse con el mío, escurrir despacio por la cara interna del muslo cuando salió. Me quedé tumbada en la alfombra, respirando como si hubiera corrido kilómetros, mirando el techo blanco de la casa de mi madre.
***
Andrés se vistió antes que yo, con la calma de quien ya ha estado en muchas tardes así. Recogió mi ropa interior del suelo, se la llevó a la nariz un instante, y la guardó en el bolsillo trasero del pantalón.
—Me las llevo de recuerdo —dijo, sin pedir permiso.
Me tendió la mano para ayudarme a levantarme y me sostuvo un segundo más del necesario contra su pecho. Su pulgar me trazó la línea del pómulo.
—Esta no será la última vez, mi niña.
Lo acompañé hasta la puerta con la blusa a medio abrochar. Antes de salir me sujetó por la cintura, me besó largo, y deslizó dos dedos entre mis piernas para comprobar lo que él mismo había dejado allí. Luego me giró de espaldas, me dio una última palmada sonora y abrió la puerta.
—Gracias por venir a hablar con mi madre —dije, con una sonrisa torcida.
Sacó las braguitas del bolsillo, me las enseñó como un trofeo y me guiñó un ojo.
—Vendré más seguido —prometió, y se marchó.
***
Cerré la puerta y me apoyé en ella un buen rato, descalza, con la blusa abierta y el muslo todavía mojado. La sala olía a sexo y a su colonia. La alfombra tenía dos manchas oscuras que ningún producto del armario iba a quitar del todo. Recogí mi falda, me la puse despacio, recorrí con un dedo la humedad que escurría por mi pierna y me llevé el dedo a la boca sin pensarlo.
Subí al baño antes de que volviera mi madre. Bajo la ducha caliente, con el vapor llenándolo todo, repasé cada minuto de la última hora como quien repasa un examen. Me toqué los pechos donde sus dientes habían dejado marca, el cuello donde su barba me había rozado, el sexo todavía sensible. Cerré los ojos y me masturbé contra la pared de azulejos, pensando en mi prima Pamela, en aquella mirada nueva de la Navidad pasada, y en que ahora yo tenía la misma.
***
Cuando salí del baño, envuelta en una toalla, mi celular vibró en la mesilla. Era un mensaje de WhatsApp de Andrés. Una foto. Mis braguitas blancas, empapadas, enrolladas alrededor de su miembro todavía tenso, con la tela tirante por la presión. Sin texto, sin emoji. La foto sola.
Me senté en la cama. La toalla se me abrió. Me quedé un minuto largo mirando la imagen, sin parpadear, mientras una contracción nueva me recorría el vientre. Pulsé el botón del audio y, antes de pensarlo dos veces, dejé que las palabras salieran solas.
—Me encantó todo, tío. De verdad, todo. Y desde hoy, si tú quieres, soy tuya como lo es Pamela.
Solté el botón, mordí el labio inferior y le di a enviar antes de que el sentido común tuviera tiempo de detenerme. La pantalla mostró los dos tics. Después los dos tics se pusieron azules. Y al fondo del pasillo, lejos, oí la llave de mi madre girando en la cerradura.