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Relatos Ardientes

Mi primera vez en un baño con un desconocido

Para que conste, no soy de las que se acuestan con desconocidos en el baño de una discoteca. No lo era hasta aquella noche en el Club Aurora. Llevaba tres años en Barcelona, había llegado desde Seúl con una beca de diseño y una promesa medio rota de volver al terminar el máster. En casa nunca habría hecho lo que voy a contar. En casa no me hubiera atrevido a salir sola a un club, mucho menos a bailar en el centro de la pista con una falda que apenas me cubría.

Era sábado y el local estaba a reventar. Luces estroboscópicas cortando la oscuridad, bajo pesado que hacía vibrar las costillas, reggaetón tras reggaetón. La pista era un océano de cuerpos sudados moviéndose a la vez. Yo estaba en el centro, sola, sin pensar en nada. Mido un metro cincuenta y siete y aquella noche me había puesto unos tacones finos que me hacían sentir más alta de lo que soy. Me había vestido para mí, aunque mintiera diciéndome lo contrario: top plateado ajustado, sin sujetador, falda negra de cuero corta y un tanga que apenas existía.

Me había prometido que no, que esa noche solo iba a bailar, a beber un par de copas y a volver a casa caminando con mis amigas. Pero mis amigas se habían marchado a otra sala media hora antes, había dejado mi cubata a medias en una mesa cualquiera y me había encontrado bailando sola en el centro de la pista como hacía meses que no me dejaba bailar.

Lo noté antes de verlo. El calor de un cuerpo detrás del mío, el aroma a colonia fresca mezclada con sudor limpio. No me toqué. No giré. Esperé un segundo, dos, tres, y empecé a moverme en su misma dirección, dejándole entender que sabía que estaba ahí. Cuando giré la cabeza por encima del hombro, lo vi: alto, moreno, barba recortada de varios días, ojos castaños que no se apartaban de los míos. La camiseta negra le marcaba el pecho. Los vaqueros oscuros, las caderas. Sonreí mordiéndome el labio.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó casi al oído cuando se atrevió a tocarme.

—Yuna —dije—. ¿Y tú?

—Adrián.

Sus manos eran grandes y se posaron en mis caderas como si llevaran derecho a hacerlo. Bailamos pegados varias canciones eternas. Yo arqueando la espalda, él guiándome. Sentía la dureza de su entrepierna apretándome el culo cada vez que el ritmo bajaba. Cada vez que me giraba hacia él, me besaba la sien, el cuello, el filo de la mandíbula. Cuando por fin me giré del todo y mis labios chocaron con los suyos, no había vuelta atrás. Lengua. Saliva. Una de sus manos colándose por debajo de la falda para apretarme el culo sin disimulo.

Las luces giraban sobre nosotros. La gente alrededor seguía bailando como si nada, ajena a esa burbuja en la que él me tenía cogida por la cintura mientras me mordía el labio inferior con cuidado, como si supiera que era algo que me gustaba.

—Estás durísimo —le dije, casi riéndome de mi propio descaro.

—Y tú estás empapada, no me lo puedes negar —contestó él, dedos buscando bajo la tela del tanga—. Me estás volviendo loco, Yuna. No me llames cobarde si te digo lo que estoy pensando.

—No te voy a llamar cobarde.

Me cogió de la mano. Subimos por la escalera lateral hasta los baños del piso de arriba, donde los porteros casi no entraban y los cubículos eran amplios. El olor a desinfectante y a perfume mezclado nos golpeó al cruzar la puerta. Entramos en uno y echó el pestillo con un clic que sonó más fuerte de lo que debía. La música seguía sonando ahí afuera, pero amortiguada, como si nos hubiéramos metido dentro de una caja.

Escuché reír a un grupo de chicas en el pasillo, voces lejanas, alguien dando portazos en otro lavabo. Adrián me miró, una mano todavía en la mía. Me preguntó sin palabras si seguía adelante. Asentí.

***

Me giró contra la pared de azulejos. El frío me cortó la respiración un segundo. La falda subió de un tirón impaciente hasta la cintura. El tanga lo apartó a un lado con dos dedos, sin molestarse en bajarlo. Oí el ruido del cinturón, la cremallera, el roce del bóxer cayendo. Me abrió las piernas con la rodilla.

Sentí la cabeza de su polla rozando, gruesa, caliente, mojada. Empujó. Entró de un solo golpe. Solté un gemido que él tapó con la palma porque sabía, igual que yo, que no estábamos solos en aquel piso. Me follaba con un ritmo profundo, una mano en la cadera, la otra contra mi boca. La piel chocaba contra la piel. Yo apoyada en los azulejos como si fueran lo único que me sostenía. Pensé que iba a correrme así mismo, contra la pared, en cuestión de minutos.

—Más fuerte… —le pedí contra su mano.

Lo hizo. Aceleró. Embestidas que me clavaban contra los azulejos. Y entonces, sin avisar, salió. Lo sentí escurrirse fuera, brillante de mis jugos, y la cabeza buscar un poco más arriba.

—Adrián, ahí no… —empecé a decir, girando la cara.

Demasiado tarde. Empujó. La cabeza entró de golpe en un sitio donde nadie había entrado nunca. El dolor fue agudo, eléctrico, una línea de fuego subiendo por la espalda. Grité contra su palma y mis ojos se llenaron de lágrimas al instante. Mi cuerpo entero se tensó, intentando apartarse.

Él se quedó quieto. Lo escuché jadear, sentí cómo su polla latía dentro de mí, cómo entendía un segundo después de mí lo que había pasado.

—Hostia, perdona, perdona —murmuró, voz ronca, sin moverse—. Me he equivocado, Yuna, no quería… ¿salgo?

Estaba dolida. Estaba a punto de decirle que sí, que saliera, que se fuera al carajo. Pero algo más raro estaba pasando dentro de mí. Cada palpitación suya despertaba una corriente eléctrica que no terminaba de doler ni de gustar, una mezcla nueva. Mi coño, vacío de pronto, latía. El clítoris me ardía solo de la presión interior.

—Espera —le dije, voz rota—. Espera un momento.

Esperó. Apoyó la frente en mi nuca, respirando contra mi pelo. Sentí su barba rozándome la piel sudada.

—¿Te hago daño?

—Un poco —reconocí. Tragué saliva—. Pero no salgas todavía. Despacio. Muévete despacio, por favor.

Soltó un gruñido bajo, casi de alivio, como si llevara un siglo aguantando la respiración. Empezó a moverse muy despacio. Salidas cortas que dejaban un vacío ardiente, entradas mansas que me llenaban otra vez. Mi cuerpo, poco a poco, se fue rindiendo a esa sensación. El dolor se fue transformando en algo distinto: cada centímetro suyo encendía un punto profundo y eléctrico que no había imaginado que existía.

No pares, pensé antes de decirlo.

—No pares —me oí decir, sorprendida de mis propias palabras.

—¿Segura?

—Sí. Sigue. Más rápido si quieres.

Me agarró las caderas con las dos manos. Empezó a follarme el culo de verdad, primero con embestidas controladas, luego más profundas, luego sin reservas. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus huevos chocaban contra mi coño hinchado. Yo gemía contra el azulejo, sin poder controlarlo, las uñas clavadas en la junta de la pared. Me ofrecía más sin haber decidido conscientemente hacerlo.

—Joder, Yuna, estás tan apretada… —gruñó contra mi nuca—. No he sentido nunca nada parecido.

—Más —le supliqué—. Más profundo.

El orgasmo me arrolló como un tren sin frenos. Empezó en lo más hondo, donde él me llenaba, una contracción brutal que apretó su polla como un puño. Grité contra mi propio puño, mi cuerpo entero se sacudió, las piernas me temblaron tanto que casi me caigo. Y entonces sentí algo nuevo: mi coño, sin que nadie lo tocara, soltó un chorro caliente que me bajó por los muslos. No sabía siquiera que mi cuerpo podía hacer eso. Mi culo se contraía alrededor de él en espasmos largos, intensos, casi dolorosos de lo abrumador.

Aguantó lo que pudo. No mucho.

—No puedo más —gruñó—. Me corro, Yuna, ¿dónde…?

—Dentro —dije, sin pensarlo—. Córrete dentro.

Tres embestidas más, profundas, y se corrió. Lo sentí palpitar, llenarme, una sensación caliente y espesa que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Cuando salió despacio, oí el ruido húmedo y noté un hilo bajándome por el muslo. Me apoyé contra la pared, sin fuerzas, jadeando, con la falda arrugada hasta la cintura y el tanga torcido.

Adrián me abrazó por detrás. Me besó el cuello sudoroso, la oreja, la sien.

—Yuna, perdona de verdad. No quería empezar así.

Giré la cabeza despacio. Lo miré. Sonreí, una sonrisa floja, temblorosa, todavía con los ojos vidriosos.

—No te disculpes —dije—. Ha sido el mejor error que me han hecho en mi vida.

***

Salimos del cubículo separados, por si acaso. Me arreglé el tanga delante del espejo, me peiné el flequillo con los dedos, comprobé que el rímel no se hubiera corrido demasiado. Mi reflejo no era el mismo de hacía media hora. Llevaba algo nuevo en los ojos. Algo que solo yo podía ver.

Volvimos a la pista. Bailamos otra canción más, lentos esta vez, pegados, como si lleváramos años haciéndolo. Cuando me ofreció un taxi, dije que sí. No fuimos a su casa. Tampoco a la mía. Acabamos en un hotelito de barrio que abre toda la noche, y allí terminamos lo que habíamos empezado, sin ropa, con luz, sin pestillos de baño y sin equivocaciones.

En el taxi, todavía con su olor encima, pensé en las primeras semanas que pasé en Barcelona, asustada, sin amigos, contando euros para pagar el alquiler en un piso compartido del Raval. Habían pasado tres años y me había convertido en alguien que no reconocía y que, de pronto, me caía bien. Adrián me apretó la mano sobre el asiento. No nos dijimos nada. No hacía falta.

A la mañana siguiente, mientras él dormía, le dejé mi número en un papel encima de la mesilla. No supe si me iba a llamar. No me importaba demasiado.

Solo sabía una cosa: aquella noche de sábado en el Club Aurora descubrí algo de mí que llevaba veinticinco años sin saber. Y no pienso desaprenderlo.

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Comentarios (5)

Celeste_MZA

Buenisimo!!! de los mejores relatos que lei este mes

VeronicaR92

Quedé con ganas de saber cómo terminó la noche... ¿habrá segunda parte?

Dani_BCN

La introduccion me enganchó desde la primera línea. Muy bien narrado, se siente real.

elena_curiosa

Me recordó a una noche que tuve en Madrid hace años jaja, aunque la mia fue bastante menos emocionante. Muy buen relato

SilviaCba33

¿fue algo que realmente te pasó o es ficcion? porque se siente muy autentico, con esos detalles que solo conoce quien lo vivio

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