Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cuando él cerraba con llave, yo era Valentina

3 (26)

Llevo tres años en Montoya & Partners, una consultora de diseño de interiores con tres plantas de oficinas abiertas y demasiadas plantas verdes en cada escritorio. Durante dos de esos tres años he sido el secreto mejor guardado de Adrián Montoya, el socio fundador. Adrián tiene cuarenta y dos años, una mujer llamada Luciana, dos hijos en el colegio francés y un Audi gris en el aparcamiento de dirección. También tiene una llave duplicada que me entregó sin ceremonia ninguna el segundo martes de enero del año pasado.

La usamos los martes.

Fuera de ese despacho yo soy Nicolás: el analista de proyectos puntual, con los informes listos siempre antes del plazo y el café solo siempre en la misma taza. Pero cuando Adrián echa el cierre por dentro y corre las cortinas de cristal esmerilado que dan al pasillo, yo me convierto en Valentina. Y Valentina y Nicolás comparten el mismo cuerpo pero no exactamente la misma vida.

Empezó de manera poco heroica, como empiezan la mayoría de las cosas que después resultan importantes. La cena de empresa de fin de año, demasiado vino blanco, yo en el baño del restaurante dibujándome el contorno de los ojos con el lápiz negro que llevo siempre en el bolso interior. Adrián entró, me vio, no salió corriendo. Eso ya fue una novedad.

—No lo sabía —dijo, apoyándose en el lavabo de al lado.

—Nadie lo sabe —respondí.

Se quedó mirándome al espejo durante un rato que se hizo difícil de medir. Después me preguntó si podía verme mejor, si me podía acercar. Solo eso, solo mirar. Y yo, por alguna razón que todavía no me explico del todo, le dije que sí.

No llegamos a nada esa noche. Pero Adrián es el tipo de hombre que cuando quiere algo no lo deja pasar. La semana siguiente me mandó un mensaje al número personal que había pedido en la cena: «Martes, después de las siete. Si quieres.»

Quería.

***

Esa semana el martes llegó con la puntualidad que tienen las cosas esperadas.

Me quedé en el edificio cuando los demás salieron. El último en irse fue Ezequiel, del departamento de renders, que pasó por mi mesa a las siete menos diez para preguntarme si me iba a quedar mucho más. Le dije que tenía que terminar un presupuesto. Se fue sin más preguntas.

Entré al baño del despacho de Adrián, el que solo usa él, cerré por dentro y abrí el bolso grande de cuero marrón que traigo siempre los martes.

La peluca primero: negra, larga, recta como si la hubieran planchado. Me la ajusté despacio, verificando en el espejo que la raya central quedara donde debía. Después el corsé rojo, que me ciñe la cintura y reordena lo que dos años de hormonas han ido construyendo a su propio ritmo. Las medias de red con costura trasera. El tanga de encaje negro que desaparece entre las nalgas. La minifalda de cuero que no llega al muslo. Los tacones altos con los que camino mejor de lo que esperaría cualquiera que me viera de día en el trabajo.

Me miré al espejo un momento.

Valentina. Ahí estaba.

Salí del baño justo cuando escuché la llave en la cerradura. Adrián entró, cerró, echó el pestillo, corrió las cortinas. Se giró y me recorrió de arriba abajo durante tres segundos largos sin decir nada.

—Cuatro días —dijo al fin.

—¿Contando desde el jueves?

—Desde el miércoles por la noche, cuando me fui a la cama acordándome de esto.

Se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo. Se desanudó la corbata con esa calma suya que no es indiferencia sino concentración. Después cruzó el despacho despacio y llegó hasta mí.

Con Adrián no hay besos tentativos. Hay una mano en la nuca que inclina la cabeza exactamente en el ángulo que él quiere, y después su boca llega a la mía con una urgencia tranquila, si eso es posible. Como si supiera exactamente lo que viene y no tuviera ningún apuro por acortarlo.

Me guió hacia el escritorio sin romper el beso. Puse las manos en el borde para apoyarme. Sentí cómo levantaba la minifalda con cuidado y sus palmas recorrían las caderas, el encaje del tanga, las medias. Se detuvo ahí, dejando que yo también me detuviera.

—Cada reunión de esta semana —susurró—. En cada reunión me distraía pensando en esto.

Yo también. Cada vez que pasaba frente a la puerta de este despacho.

Lo que vino después fue lento, como siempre al principio. Adrián no saltea nada. Sus dedos trabajaron despacio, con el lubricante, sin prisa, dándome tiempo para cada transición. Ese es el único lujo real que me concede: el tiempo. Todo lo demás lo conduce él.

Me doblé sobre el escritorio. Sentí su aliento en la espalda mientras sus manos seguían trabajando, abriendo, preparando. El corsé crujió levemente cuando me incliné más hacia adelante y apoyé los antebrazos en la superficie fría de la mesa.

—¿Bien? —preguntó.

—Sigue —respondí.

Hay un instante antes de que todo empiece de verdad que siempre me paraliza un segundo. No es miedo exactamente. Es algo más parecido a la altura: el cuerpo registra la distancia antes que la cabeza. Y después ese pensamiento desaparece.

Adrián empujó hacia adelante y el mundo se redujo a lo inmediato.

Empezó despacio, midiendo. Las manos en mis caderas con firmeza pero sin violencia. Sentí cómo mi cuerpo cedía, esa apertura que va del ardor inicial a algo más profundo que no tiene nombre exacto pero que reconozco cada vez, como una puerta que ya sabe cómo abrirse. El escritorio crujió levemente con el primer ritmo, regular y constante.

—Así —murmuré.

—¿Cuánto?

—Todo.

Fue ganando velocidad poco a poco. Sus caderas golpeaban las mías con un sonido sordo y persistente. Yo mantenía los brazos extendidos, aferrada al borde del escritorio, con la peluca cayéndome sobre la cara cada vez que bajaba la cabeza. El aire acondicionado zumbaba de fondo y afuera, diez pisos más abajo, la ciudad hacía lo que siempre hace.

Adrián se inclinó sobre mi espalda sin dejar de moverse. Me apartó la peluca del cuello con una mano. Su boca rozó la piel justo debajo de la oreja.

—Nadie más me saca esto —susurró, con la voz ya baja y ronca—. Nadie.

Eso lo sé. Y eso es exactamente lo que nos tiene aquí cada semana.

Me giró sin previo aviso. Me levantó y me sentó en el borde del escritorio de frente, con las piernas rodeando su cintura. Desde esa posición, con las manos apoyadas en sus hombros, lo miré a la cara. Adrián empujó de nuevo y siguió moviéndose con ese ritmo que ya conozco de memoria pero que sigue sin hacerse predecible.

Tenía los ojos fijos en los míos. Adrián siempre me mira cuando llegamos a este punto. Es la única parte que me cuesta sostener, no lo físico, sino esa mirada suya que no tiene nada que ver con Valentina ni con Nicolás ni con el juego que representamos dentro de estas paredes. Solo me mira a mí, lo que sea que haya debajo de todo eso.

—¿Cuánto aguantás? —preguntó.

—Más que vos —respondí.

Se rio casi imperceptiblemente y apretó el ritmo.

El orgasmo llegó cuando ya lo tenía cerca pero todavía esperaba un poco más: profundo, expandiéndose desde adentro hacia afuera en olas largas, haciendo que las piernas me temblaran alrededor de su cintura. Gemí contra su cuello, amortiguado pero inevitable.

—Así —gruñó él.

Unos segundos después llegó el suyo. Lo sentí adentro, el pulso largo y cálido, sus caderas volviéndose más bruscas y cortas hasta detenerse del todo. Se quedó quieto con la frente apoyada en mi hombro, recuperando el aliento.

Ninguno de los dos habló durante un rato.

***

Después me arreglé en el baño mientras él se abotonaba la camisa sentado en la silla grande de cuero. Cuando salí, tenía un vaso de agua mineral en la mano y la corbata todavía sin anudar.

—La semana que viene tengo un cliente el martes por la noche —dijo.

—¿El miércoles funciona?

—El miércoles —confirmó.

Me guardé las cosas en el bolso. Adrián me observaba desde la silla con esa expresión de después que es la única que no controla del todo. Hay algo en ella que no encaja con el hombre de las reuniones, el que habla en las presentaciones con esa voz firme de quien nunca titubea. Acá, ahora, parece descansado. Como si algo que venía apretado durante días se hubiera soltado de golpe.

—¿Cómo está Luciana? —pregunté.

No lo hago para herirle. Lo hago porque necesito que alguno de los dos nombre lo que existe fuera de estas paredes, aunque sea una vez por semana.

Adrián sostuvo mi mirada un segundo antes de responder.

—Bien. Está esperando un bebé. Cuatro meses.

Lo miré. Él no apartó los ojos.

—Lo sé —añadió, antes de que yo dijera nada.

Me colgué el bolso al hombro.

—El miércoles —repetí.

—El miércoles.

Salí del despacho siendo Nicolás otra vez: camisa de lino azul, pantalón de pinzas gris, zapatillas blancas. En el ascensor me crucé con el vigilante del turno de noche, que levantó la vista del teléfono lo justo para saludar con un movimiento de cabeza.

Fuera hacía ese calor de ciudad que se pega al asfalto horas después de que el sol se haya ido. Caminé hasta la parada del autobús con las manos en los bolsillos.

Cuatro meses.

Lo pensé durante todo el trayecto de vuelta a casa. No con rabia. Con esa mezcla de claridad y tristeza que aparece cuando uno ve las cosas tal como son y ya no hay manera de seguir mirándolas desde un ángulo más cómodo.

Adrián tiene una vida completa al otro lado de esa puerta con llave. Una mujer, un bebé que no existía hace cuatro meses, dos hijos en el colegio francés, el apellido en el rótulo de la empresa. Yo tengo un bolso con una peluca negra y los martes por la tarde, o los miércoles cuando los martes no pueden ser.

Y sin embargo, el miércoles iba a estar ahí.

Porque lo que ocurría en ese despacho era la única situación en la que me sentía completamente entera sin necesidad de explicar nada, sin matices ni preguntas ni el cansancio de construir el contexto desde cero con alguien que no me conoce todavía. Con Adrián no era Nicolás-que-a-veces ni Valentina-pero-en-realidad. Era las dos cosas al mismo tiempo, sin que eso requiriera ninguna clase de justificación.

Eso no se encuentra fácil.

El autobús llegó. Subí, busqué un asiento junto a la ventana y apoyé la frente en el cristal frío. La ciudad pasaba afuera como siempre, sin prestarle atención a nadie.

El miércoles.

Valora este relato

3 (26)

Comentarios (12)

JorgeJog

tremendo relato, me dejo pensando toda la tarde!!!

Sol_del_mar

Por favor mas capitulos, quede con ganas de saber como termina todo esto entre ellos

RosaDelNorte

Que bien escrito esta. La doble vida del personaje se siente tan real, casi incomoda de leer en el buen sentido

Gastón_86

excelente!!! sigan escribiendo asi

CuriosaLectora

Me pregunto si ella sabe que el nunca va a dejar a su esposa... eso es lo que me quedo dando vueltas despues de leerlo

Marcos_72

Lo que mas me gusto es como describe los sentimientos de los dos, no solo lo que pasa. Se agradece ese detalle

NocheVieja77

jajaja 'el despacho con la puerta echada'... de esas reuniones secretas si que me gustaria saber mas. Tremendo

Laura_pba

Llore un poco al final, no lo voy a negar. Muy bueno

Nico_mdq

Me engancho desde el primer parrafo, raramente me pasa. Esperando ansioso lo que sigue

Dani_87

Me recordo a algo que vivi hace años con una persona muy parecida al protagonista. Esa doble vida que algunos llevan... lo capturaste muy bien

martuchaBA

bravo!!! pocas veces un relato me parece tan bien armado. sigue adelante

Tomi_87

La tension al principio es brutal. Se hace corto, quiero mas :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.