Travesti dominante hasta que llegó Rodrigo
Cuando entro en modo seducción, me vuelvo otra persona. No hay término medio: soy impulsiva, exigente, despiadada. En la cama siempre fui la que llevaba las riendas, la que fijaba el ritmo, la que decidía cuándo empezar y cuándo parar. Los hombres que pasaron por mi vida lo aprendieron en la primera noche o no volvían. Así había sido durante muchos años, y así creía que sería siempre.
Hasta que llegó Rodrigo.
Lo conocí en el chat, como casi todos los demás. Esas conversaciones nocturnas en que nunca sabes bien si del otro lado hay alguien real o simplemente alguien que dice lo que quieres escuchar. Con él fue lo mismo de siempre al principio: cibersexo, palabras calientes, promesas vagas para un encuentro que probablemente nunca ocurriría. Le di mi correo casi por descarte, convencida de que ahí terminaría todo, como terminaba casi siempre.
Antes de seguir quiero dejar algo en claro: soy travesti, homosexual pasiva desde hace muchos años, y llevo ese hecho con la misma comodidad con que llevo todo lo demás. Sin disculpas, sin vergüenza, sin rodeos. Disfruto mi sexualidad al máximo y sin restricciones. Y en esa sexualidad, durante todos esos años, yo siempre fui la que mandaba.
***
Días después de aquella charla, mientras revisaba el correo con el café de la mañana, encontré un mensaje que no esperaba. El asunto decía solo: «Amo». El remitente: «Tu dueño». No recordaba haber dado mi dirección a nadie con ese nombre, pero el mensaje no venía de ningún grupo ni servicio de publicidad. Lo abrí.
Era Rodrigo. Me escribía para decirme que estaba dispuesto a cumplir en persona lo que había propuesto en el chat: atarme a la cama, darme buenos azotes en las nalgas y penetrarme sin lubricante hasta hacerme rogar. Lo leí dos veces y me reí sola. Varios hombres me habían dicho cosas parecidas en el pasado. Muchos, de hecho. Pero en el momento de la verdad, cuando me veían entrar en mi versión más felina, todos retrocedían. Los más valientes llegaban a levantar la mano con pose de dominantes, y diez minutos después eran ellos los que me pedían instrucciones de rodillas.
Le respondí que aceptaba verlo al día siguiente. Me arreglé con esmero, como siempre hago cuando sé que habrá acción: el cabello, el maquillaje, la ropa interior. Y antes de que llegara, puse a la vista las cuerdas, las cadenas, los látigos y los juguetes que guardaba en el cajón de la mesita. Estaba casi segura de que esa noche serían míos.
***
Rodrigo llegó puntual. Era alto, de hombros anchos y mirada directa, y traía esa calma tensa de los hombres que saben exactamente lo que van a hacer. Le ofrecí un trago y me agaché hacia el refrigerador para sacarlo.
Fue el último momento en que tuve el control de la situación.
El golpe en las nalgas me tomó completamente desprevenida. Un latigazo limpio, seco, sin aviso. Antes de que pudiera reaccionar, tenía sus manos en mi cabello, y el jalón fue tan fuerte que solté un grito. Me giré para defenderme, pero Rodrigo ya me sujetaba las muñecas. Me condujo hacia el sofá cama con una calma que me desconcertó más que cualquier otra cosa, como si toda mi fuerza no existiera.
Me tumbó boca abajo y me ató las manos al extremo superior del sofá con una destreza que dejaba claro que no era ningún novato. Después ató mis pies al otro extremo. Le grité que me soltara, que se iba a arrepentir, que no sabía con quién se estaba metiendo. Él no respondió. Cuando quiso que dejara de gritar, pegó cinta adhesiva ancha sobre mi boca con la misma tranquilidad con que uno cierra un sobre. Y ahí me quedé: inmovilizada, boca abajo, sin poder moverme ni hablar.
Durante los primeros segundos pensé lo peor. Me quedé quieta, sin oponer resistencia.
Entonces sentí sus manos en mis piernas.
No era miedo lo que empezó a recorrerme. Era algo completamente distinto.
Sus manos subieron despacio, con una lentitud que era en sí misma una forma de tortura. Cuando llegaron a las nalgas, arrancó mis bragas de un tirón y me dio tres palmadas abiertas, sin calcular la fuerza. El ardor fue inmediato. Algo en mí se encendió con ese ardor, y llegué al primer orgasmo antes de entender bien lo que estaba pasando. Tomó el látigo que yo había dejado sobre la mesa y siguió. Mis nalgas ardían, latían con cada golpe, y yo gemía contra la cinta mientras él continuaba con esa precisión fría y metódica que me resultaba imposible de ignorar.
***
Cuando giré la cara para mirarlo, lo vi desabrocharse el pantalón. Era grueso, largo, con esa consistencia firme que solo se aprecia bien de cerca. Mi cuerpo lo quería adentro en ese mismo instante, y relajé el músculo en anticipación.
Rodrigo no tenía ninguna prisa.
Se acercó a mi cara y me arrancó la cinta de un tirón. Me apuntó con su verga y me ordenó que se la chupara. Abrí la boca y me la empujó hasta el fondo de un solo movimiento. Sentí que me ahogaba. Acomodé la garganta, encontré el ritmo, y empecé a succionar mientras le pasaba la lengua por todo el largo, saboreando cada centímetro con atención.
—Qué boca tienes, perra —dijo con la voz ronca—. Ahora empápamela bien, que te voy a destrozar el culo.
Le obedecí. Le dejé la verga empapada de saliva. Se montó encima para penetrarme, pero la posición no facilitaba el ángulo. Aflojó las cuerdas de mis pies lo justo para que pudiera acomodarme. Mientras yo me movía, él no paró de darme palmadas ni de pellizcarme con fuerza en los muslos y las nalgas. Cada pellizco me arrancaba un quejido. Cada quejido traía otro orgasmo. Estaba perdiendo la cuenta.
Cuando ya me tenía en la posición que quería, Rodrigo no me penetró. Tomó el consolador más grande de los que yo había dejado a la vista y me lo introdujo sin aviso. El grito que solté fue genuino, sin cálculo ni teatro. El dolor fue real e inmediato. Él no se detuvo: lo movió en círculos, lo sacó y lo empujó de nuevo, cambiando el ángulo en cada embestida. Mis nalgas, apretadas por las ataduras, amplificaban cada roce hasta hacerlo insoportable.
Al mismo tiempo, el látigo seguía cayendo sobre mis nalgas con intervalos irregulares, justo cuando menos lo esperaba. El dolor se multiplicaba. Llegó un momento en que ya no pude distinguir si lo que sentía era una cosa u otra: se habían fundido en algo que no tenía nombre y que me tenía temblando de pies a cabeza.
Dejé de contar los orgasmos. Dejé de pensar en defenderme, en recuperar el control, en demostrar algo. Solo quería que siguiera. Que siguiera mucho tiempo más. Por primera vez en muchos años, no quería ser la que mandaba. Quería ser exactamente lo que él decidiera que fuera en ese momento.
***
Rodrigo sacó el consolador y me penetró con su verga de inmediato. La sentí entera, de golpe, caliente y dura, palpitando en mi interior. El contraste con el juguete fue brutal. Nada se compara a eso: ningún material, ninguna forma fabricada tiene esa temperatura, esa textura, ese pulso vivo. Me llenó de una manera que me hizo cerrar los ojos y quedarme completamente quieta.
Se recostó sobre mi espalda y me abrazó desde atrás. Sus manos encontraron mis pezones debajo de la ropa y empezó a apretarlos, primero con suavidad, después con más fuerza, hasta que el dolor volvió a sumarse a todo lo demás. Su verga seguía adentro pero quieta, y yo la apretaba para que no se fuera. Sentí su boca en mi cuello: primero besos, luego lamidas lentas, luego una mordida firme que me arrancó un gemido largo.
Entonces sus manos se cerraron alrededor de mi garganta.
Se me cortó el aire. El mundo se volvió rojo en los bordes. Y en ese límite entre la consciencia y la nada, algo estalló en mí que no tenía nombre. Rodrigo empezó a moverse de nuevo, ya sin frenos, su verga llegando hasta el fondo mientras sus dedos mantenían la presión. Yo no podía gritar. Solo podía sentir.
El orgasmo que llegó entonces fue diferente a todos los anteriores. No era un pico: era una ola larga y sostenida que lo cubrió todo, que duró más de lo que creía posible, que me dejó sin referencias de dónde terminaba una sensación y dónde empezaba la siguiente.
Sus dedos aflojaron justo cuando sentí su verga hincharse al máximo. El calor de su semen inundó mi interior y se desbordó lentamente hacia fuera. Ese calor fue la última cosa que registré antes de quedarme completamente quieta, vaciada, saciada de una manera que no había conocido antes en todos mis años de experiencia.
***
Se quedó recostado sobre mí durante un rato, su verga todavía adentro, besando en silencio las marcas que sus dedos habían dejado en mi cuello. Cuando pudo hablar, me preguntó en voz baja:
—¿Estás bien?
No pude responder de inmediato. Giré la cara para que me besara, y él lo hizo con calma, sin prisa.
Después me desató. Me limpió con cuidado las marcas que tenía en las nalgas, con la misma atención que había puesto en cada golpe, como si la violencia y el cuidado fueran dos caras del mismo gesto para él. Lo observé hacer eso y sentí algo inesperado: una calma profunda. No la satisfacción habitual después del sexo, sino algo más quieto y más duradero. Una sensación que llevaba mucho tiempo sin sentir y que ahora no sabría cómo explicar.
Cuando terminó, me apoyé contra él y le dije lo que tenía en la cabeza:
—Quiero seguir siendo tuya. Quiero que cada vez sea así.
Me miró un momento largo. Después asintió despacio, sin palabras, como si lo que había pasado entre nosotros esa noche ya lo dijera todo.
Y lo decía.