Mi jefe me hizo llevar lencería bajo el uniforme
Llevaba casi dos meses sin saber de él. Entonces llegó el mensaje: «Mañana ven al trabajo con ropa interior de mujer». Y supe que no podría negarme.
Llevaba casi dos meses sin saber de él. Entonces llegó el mensaje: «Mañana ven al trabajo con ropa interior de mujer». Y supe que no podría negarme.
Medio millón de euros por pasar cinco días en el Caribe con un desconocido. Bruno no era gay, pero las deudas no entienden de etiquetas y el avión privado ya lo esperaba.
Llevaba el traje impecable y, debajo, el encaje que solo él podía ver. Cuando el pestillo del despacho hacía clic, Noa dejaba de ser el asistente perfecto.
Me puse el delantal blanco y la cofia, me maquillé como una golfa y lo llamé para avisarle que la habitación ya estaba lista. El resto lo teníamos ensayado de memoria.
Guardaba ese vestido en el fondo del placard para nadie. Esa madrugada, cuando él tocó el timbre empapado, supe que por fin iba a estrenarlo para alguien.
Tenía la ropa de mujer guardada bajo candado, segura de que nadie la vería. Hasta que aquel hombre encontró la maleta y me pidió que me la pusiera para él.
Cerré la puerta con pestillo y me convertí en otra persona frente al espejo. No conté con que él tuviera una copia de la llave.
Cuando bajé a tomar un café en la cafetería desierta del hotel, no imaginaba que él dejaría la fiesta para seguirme con una botella y una idea concreta.
Lo invitamos pensando que se rajaría al vernos en vivo. No contábamos con que ese chico bajito, casi de nuestra edad, tomara el control desde que cruzó la puerta.
Eran las once de la mañana, el local estaba vacío y mi compañero dormía. Cuando lo vi entrar por la puerta, supe que ese domingo no iba a parecerse a ningún otro.
Cuando el departamento quedaba vacío, abría el cajón de mi madre y me convertía en otra. Esa tarde, una sombra en la ventana lo cambió todo.
Mis viejos decían que esa vecina no era de fiar. Yo solo sabía que cada vez que la cruzaba en el ascensor me costaba respirar y no entendía por qué.
Desperté pasadas las seis, con el cuerpo entero latiéndome y el olor a lavanda en la piel. Daniela me esperaba desnuda, dispuesta a curar cada huella que la noche había dejado en mí.
Me puse la falda debajo del pantalón, subí al auto y dejé que él decidiera mi nombre. Esa noche dejé de fingir lo que no era.
Cuando bajé al gimnasio del hotel no esperaba terminar la noche con los nudillos hinchados y dos costillas rotas que no eran mías. Lo que vino después fue peor.
A la mañana siguiente, Marta me miró por encima del café con una sonrisa que no era inocente. Había usado mi portátil. Lo sabía todo, y yo no tenía adónde esconderme.
Me arreglé como para una cita sin admitir que lo era. Cuando él abrió la puerta sin camisa, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Tenía seis años la primera vez que me puse sus tacones rojos a escondidas. El clic-clac contra las baldosas fue lo más parecido a la verdad que había sentido.
Salí del vestuario sin ducharme, oliendo a tigre, sin imaginar que aquella noche dos compañeros de equipo me arrastrarían a algo que jamás creí desear.
Vivía a doscientos metros de mí. El riesgo de cruzármelo en la panadería al día siguiente me daba miedo, pero esa tarde la calentura le ganó a todo lo demás.