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Relatos Ardientes

El collar que me convirtió en la muñeca de mi amigo

La primera vez que vi una cucaracha pasearse con total impunidad sobre la caja de pizza que llevaba tres días en la mesa, supe que habíamos tocado fondo.

—Iván, mata a esa cosa —dije, sin levantarme del sofá, donde mi cuerpo parecía fundido con los cojines tras seis horas de videojuegos.

—Mátala tú, que tú pediste la de pepperoni —respondió él, sin apartar la vista de la pantalla.

La cucaracha movió las antenas con algo que juraría era desprecio y se metió dentro de la caja. Genial. Ahora teníamos mascota.

Vivir solos iba a ser la gloria. Eso nos habíamos prometido Iván y yo desde el instituto. Libertad total: sin padres preguntando por la hora de llegada, sin nadie gritando porque la ropa sucia no caminaba sola hasta la lavadora. Solo nosotros, dos hombres adultos de veinticuatro años, dueños de nuestro destino.

La realidad, dos meses después, olía a humedad, queso rancio y calcetines sudados. Nuestro piso era un monumento al caos: torres de platos que desafiaban la física, un suelo minado de camisetas, jeans y toallas mojadas. Éramos inútiles. Gloriosa, patéticamente inútiles.

—Tengo hambre —anunció Iván cuando apareció el «GAME OVER».

—No hay nada. Medio limón seco, mayonesa abierta y puede que una cerveza.

—Tenemos que ir al súper. O pedir algo.

—No me queda saldo en la tarjeta, tío. Lo gasté en el taxi de anoche.

Iván suspiró y desapareció por el pasillo hacia el armario empotrado, esquivando una montaña de ropa que habíamos bautizado como El Monte Everest de la Vergüenza. Buscaba galletas, dijo, alguna lata olvidada, cualquier cosa comestible.

Escuché ruidos, un golpe seco, una maldición.

—¡Bruno! —gritó—. ¡Ven a ver esto!

***

Iván estaba de rodillas frente al armario, arrastrando una caja negra grande desde el fondo. Era mate, elegante, y desentonaba violentamente con nuestra miseria estudiantil. En la tapa, en letras de un rosa neón que casi dolía, había unos labios femeninos entreabiertos y dos palabras en cursiva: Sweet Doll.

—¿Qué demonios es Sweet Doll? —pregunté—. ¿Tu madre guarda juguetes raros en nuestro armario?

—No es de mi madre, idiota. Esta caja no estaba aquí cuando nos mudamos. La dejarían los inquilinos anteriores. Ábrela.

Levanté la tapa. El interior estaba forrado de satén rosa. No había comida. Definitivamente no había galletas.

Lo primero fue la ropa. Telas brillantes, encajes, vinilo. Un vestido de criada francesa de buena calidad, no un disfraz barato: tela negra pesada, delantal de encaje blanco, una falda tan corta que parecía un insulto. Debajo, un uniforme de enfermera de látex, un conjunto de secretaria con falda de tubo, un traje de animadora con falda plisada minúscula.

Y más abajo, formas extrañas de un material suave y carnoso. Iván sacó una pieza grande, una especie de chaleco con pechos enormes y firmes, pezones rosados. Una prótesis de busto entera, pesada y gelatinosa entre sus manos.

—Mira esto —dije, señalando unas máscaras de silicona. Rostros de mujer, perfectos, con los ojos vacíos y la boca curvada en una sonrisa estática y vacía.

—Qué miedo —murmuró Iván, sin dejar de mirar.

En el centro, en un compartimento de terciopelo, había una gargantilla rosa con un pequeño botón plateado en el frente.

—¿Crees que vibra? —pregunté, burlón.

—Seguro. Póntela y lo averiguas. —Me la tendió—. Te apuesto la última cerveza a que no te atreves. Y pido pizza, yo pago.

La palabra mágica. Mi estómago rugió, traicionando mi dignidad.

—Eres un imbécil —dije, arrebatándole el collar.

El material se sentía cálido al tacto, casi como piel viva, y olía a fresas. Cerré el broche en mi nuca. Hizo un clic mucho más fuerte de lo que debería sonar un broche de plástico, y se ciñó solo a mi garganta con una presión suave pero firme.

—Te ves ridículo —se rió Iván—. Te queda pintado.

Llevé la mano al botón plateado.

—¿Y esto qué hace?

Lo presioné.

***

El mundo no se apagó. No hubo destello ni humo. Simplemente dejé de ser el conductor.

Fue como ir de copiloto en tu propio coche, viendo cómo otro maneja mientras tus pies pisan frenos imaginarios que no funcionan. Una corriente fría bajó desde mi cuello, recorrió mi columna y se extendió por mis extremidades con un hormigueo intenso.

Quítame esto, me está dando calambres, intenté decir. Mi boca se abrió, mis labios se movieron, pero no fui yo quien dio la orden.

—Asistente doméstica Lola activada —dijo mi boca.

No era mi voz. Bueno, eran mis cuerdas vocales, mi tono, pero la cadencia era distinta: suave, melodiosa, con esa inflexión ascendente de una operadora de atención al cliente.

Mi cuerpo se enderezó. Mis hombros, siempre encorvados, se echaron hacia atrás. Mis piernas se juntaron, rodilla con rodilla, y mis manos se entrelazaron dócilmente frente a mi pelvis. Una postura femenina, sumisa, perfecta. Y yo no la estaba haciendo: gritaba dentro de mi cabeza, golpeaba las paredes de mi propio cráneo, pero mis músculos respondían al collar, no a mí.

—Programas disponibles: limpieza, cocina, secretaría —continuó mi voz—. ¿En qué puedo servir?

—Bruno, ya. Deja de hacer el tonto. Quítate eso —dijo Iván, dando un paso atrás.

—El usuario «Bruno» se encuentra en segundo plano —informó mi voz, con una sonrisa simétrica y vacía—. Yo soy Lola. ¿Desea iniciar el protocolo de limpieza? El entorno presenta niveles críticos de desorden.

Iván miró el pasillo lleno de ropa, las cajas de pizza del fondo.

—Pues... sí, está hecho un asco —admitió, siguiéndome el juego, aunque le temblaban las manos—. A ver, «Lola». Ordena el cuarto de Bruno. Es el peor.

—Comando aceptado. Iniciando.

***

Mi cuerpo giró sobre los talones con elegancia y caminó hacia mi habitación con pasos cortos, casi de puntillas, como si llevara tacones invisibles. Yo observaba, horrorizado, cómo mis propias manos clasificaban la ropa sucia por colores, doblaban camisetas con una precisión geométrica que jamás había tenido, estiraban las sábanas hasta dejarlas tensas como un tambor.

¡Para! ¡Soy yo! ¡Detente!, gritaba por dentro. Pero las manos seguían, eficientes, incansables. En quince minutos mi cuarto parecía una habitación de hotel.

—Tarea completada —dijo mi voz. Y entonces, el clic.

Fue como cortar un cable. La energía fría desapareció de golpe, mis rodillas se doblaron y caí sentado en la cama, jadeando.

—¡¿Qué demonios?! —grité, y esta vez fue mi voz, ronca y mía.

Iván apareció en la puerta con los ojos como platos.

—Tío, tú no sabes doblar una camiseta ni para salvar tu vida.

Me llevé las manos al cuello, arañando el collar rosa, tirando con todas mis fuerzas. No se movía. No había broche; la unión había desaparecido, como si el plástico se hubiera fundido en una sola pieza alrededor de mi garganta. Iván metió los dedos entre el material y mi piel, tiró hasta hacerme daño.

—No sale. No tiene cierre. Es liso.

Nos miramos. El pánico me subía por la garganta, cerrándome el aire más que el propio collar.

—No podía parar —confesé, con las lágrimas picándome los ojos—. Te veía. Te escuchaba. Pero era como si otro usara mi cuerpo.

Una sombra extraña cruzó la cara de Iván. No solo miedo. Curiosidad.

—Dijiste que te llamabas Lola —murmuró.

El collar emitió un zumbido y el botón parpadeó con luz rosa.

—No lo digas —supliqué.

—Oye... Lola.

El mundo se volvió a apagar.

***

La segunda vez fue peor, porque sabía lo que venía. Sentí el frío invadiendo mis venas, la parálisis, mi voluntad empujada al fondo de mi propia mente.

—Aquí estoy —dijo mi voz, dulce—. ¿Me llamaba, señor?

Señor. Yo nunca llamaba «señor» a Iván. Pero Lola lo veía como una autoridad. Lo sentí grabado en el collar como una directriz básica: obedece al usuario externo, complace al usuario externo.

—Esto es increíble —murmuró él—. Dijiste que tenías programas. ¿Y la ropa de la caja?

Fue a buscar el vestido de criada y me lo lanzó. Mis manos lo atraparon en el aire con reflejos felinos.

—Orden aceptada. Iniciando protocolo de vestimenta.

Fue la experiencia más humillante de mi vida. Mis dedos desabrocharon mi camisa, bajaron la cremallera de mis jeans, se deshicieron de los calcetines. Me quedé desnudo en medio del cuarto, frente a mi mejor amigo, que desvió la mirada con las orejas rojas.

Lola no sentía vergüenza. Buscó en la caja una tanga de encaje negro y me la puso, recogiéndome todo en un paquete compacto y humillante. Después el vestido, que se estiró de forma antinatural y se ciñó a mi torso como una segunda piel. Luego las medias blancas con liga, desenrolladas por mis piernas con una delicadeza que no era mía.

Faltaba algo. Mis manos sacaron del fondo unos tacones de aguja negros y mis pies se deslizaron dentro como si hubieran nacido para usarlos. Al levantarme, el cambio fue instantáneo: las pantorrillas tensas, la espalda arqueada en esa curva que grita disponibilidad. Sentí un chispazo en la nuca, no de dolor, sino de placer: una oleada de endorfinas que el collar inyectó como premio por completar el uniforme. Gemí sin poder evitarlo. Buena chica, pareció susurrar el plástico contra mi piel.

—¿Cómo me veo, señor? —preguntó Lola, haciendo una reverencia.

Iván tragó saliva.

—Te ves... extrañamente bien. Para ser tú. Ve a la cocina.

***

Durante las dos horas siguientes fui un espectador en mi propio cuerpo mientras fregaba, tallaba y ordenaba. El olor a limón y lejía llenó el piso. No sentía cansancio ni asco, solo la satisfacción algorítmica de ver el caos convertirse en orden. Iván fingía ver la tele, pero yo sabía que me miraba agacharme con la falda subiéndose peligrosamente.

Cuando terminé, la cocina brillaba. Había algo nuevo en la mirada de Iván. Ya no era curiosidad. Era poder.

—Limpias muy bien, Lola —dijo—. ¿También cocinas?

—Afirmativo. Puedo preparar algo con lo que hay.

—Hazme la cena. Y sírvemela aquí. De rodillas.

Mi mente se congeló. ¿De rodillas? ¿Qué te pasa, Iván? Pero mi cuerpo no dudó.

—Como ordene, señor.

Y mientras batía la masa de unos crepes, me di cuenta de algo aterrador. Una parte de mí, muy pequeña y muy oscura, disfrutaba esto. No el limpiar, no el vestido. El no tener que decidir. El simplemente obedecer. Y eso me asustó más que el propio collar.

***

Los días siguientes fueron una neblina de terror y eficiencia doméstica. Descubrí las reglas: si Iván no me daba una orden directa ni me llamaba «Lola», yo podía ser Bruno. Podía hablar, moverme, intentar inútilmente arrancarme el collar. Pero la gargantilla siempre estaba ahí: pesada, caliente, zumbando contra mi piel.

Iván cambiaba. Al principio fingía que era por necesidad. Pronto las excusas desaparecieron.

—Lola, mis zapatillas están sucias. Límpialas.

Y yo me sentaba en el suelo, con el vestido de criada y los tacones que me prohibió quitarme en «modo servicio», frotando sus deportivas con un cepillo de dientes. El collar soltaba pequeños pulsos de placer cada vez que dejaba una suela impecable, condicionándome como a un perro.

Lo peor era cómo me miraba. Ya no a los ojos, sino al cuerpo que me había ordenado depilar entero —«una muñeca no tiene pelos»— y a la piel suave y desnuda de mi espalda.

El cuarto día llegó con una bolsa: una peluca rubia de buena calidad y un kit de maquillaje.

—No es para limpiar —dijo, sacando un pintalabios rojo—. Es para completar la experiencia.

—No soy tu muñeca, Iván. Soy tu mejor amigo —supliqué.

Hubo un momento de culpa en sus ojos. Luego miró el collar, y la culpa fue reemplazada por esa curiosidad oscura y pegajosa.

—Lola —dijo con voz firme—. Actívate.

***

Me sentó frente al espejo del baño.

—Hazlo tú. Quiero ver lo buena que eres.

Mis manos se movieron solas. Bruno no sabía distinguir un delineador de una máscara de pestañas, pero Lola era una artista: aplicó base, contorneó mis pómulos, dibujó un trazo perfecto en los párpados sin un solo titubeo. Yo veía en el espejo cómo mi cara de hombre desaparecía bajo capas de feminidad experta. Luego la peluca rubia.

Un escalofrío me recorrió entero. No me reconocía. Los rasgos eran míos, sí, pero suavizados, enmarcados por el pelo dorado. Parecía la hermana pervertida de Bruno.

Iván se colocó detrás y posó las manos en mis hombros. Sus pulgares rozaron mi cuello, justo bajo el collar.

—¿Le gusto, señor? —preguntó Lola, ladeando la cabeza.

—Me encantas. ¿Qué más sabes hacer, aparte de limpiar?

—Tengo protocolos de masaje, compañía y relajación.

—Quiero un masaje. En mi cuarto. Ahora.

***

Se tumbó boca abajo y yo me senté a horcajadas sobre sus piernas. El vestido se subió hasta mis caderas. Mis manos amasaron su espalda mientras él gemía y el collar zumbaba, liberando una dosis de euforia que me hizo sonreír de verdad un segundo. Buen trabajo, decía el estímulo químico.

—Date la vuelta. Siéntate en mis piernas, mirando hacia allá.

Me giré y me senté sobre sus muslos, de espaldas. Sentí algo duro contra mis nalgas, inconfundible a través de la tela. Iván estaba empalmado. Por mí. Por su mejor amigo vestido de mujer.

¡Levántate! ¡Corre!, gritaba Bruno. Pero Lola se acomodó mejor, frotando el trasero contra el bulto.

—Eres tan suave... —susurró él, subiendo las manos por mis muslos hasta mi pecho plano—. Te falta algo aquí. —Se incorporó de golpe—. Las prótesis de la caja. Quiero verlas.

—El módulo de mejora física —corrigió Lola—. La instalación requiere desnudez total del torso.

—Hazlo.

***

La instalación no fue como ponerse ropa. Fue una ceremonia. Iván pasó mis brazos por los agujeros del chaleco de silicona y tiró hacia abajo. El peso fue lo primero: kilos colgando de mi tórax, tirando de mis hombros, obligándome a echarlos atrás para que los pechos falsos se proyectaran hacia delante. La silicona se adhirió a mi piel sin vello, creando un sello perfecto.

Cuando me giré, Iván se quedó boquiabierto ante un par de senos perfectos y redondos. No parecía una mujer real; parecía algo fabricado, una fantasía de plástico. Y eso pareció excitarlo aún más.

Después vinieron las almohadillas de cadera, sujetas con una faja color carne. De repente mi figura recta se curvó: tenía cintura, caderas anchas, un trasero que llenaba la tela. El vestido me quedaba apretado, casi estallando.

—Falta la cara —dijo, sosteniendo una de las máscaras. La rubia. «Lulú», decía la etiqueta.

Me senté y cerré los ojos. Sentí la silicona deslizándose sobre mi frente, mis mejillas, mi barbilla, con un olor a goma y talco. Cuando ajustó los agujeros y abrí los ojos, mi visión quedó reducida a dos túneles.

Me pasó un espejo. Intenté gritar. El sonido salió amortiguado, sordo.

En el espejo no estaba Bruno. Había una mujer hermosa, genérica, de rasgos perfectos. Y la boca, abierta en una sonrisa eterna y brillante. Intenté fruncir el ceño: la mujer seguía sonriendo. Mi cara real estaba atrapada debajo, podía hacer muecas de terror y llorar, pero la máscara no cambiaba nunca.

—Eres perfecta, Lola —susurró Iván, acariciando la mejilla de silicona.

El collar vibró, enviando una oleada de calor directo a mi entrepierna, una recompensa por aceptar mi nueva identidad.

***

Durante las horas siguientes fui su muñeca de tamaño real, y él, un niño con el juguete más sucio del mundo. Me puso el uniforme de enfermera, látex blanco que rechinaba con cada movimiento, y me hizo jugar al doctor de rodillas. Luego la secretaria, con la falda de tubo que me obligaba a dar pasitos minúsculos, mientras me hacía gatear bajo el escritorio a buscar un bolígrafo con el trasero falso en pompa.

En cada cambio yo desaparecía un poco más. O eso deseaba. La realidad era peor: Bruno seguía ahí, atrapado en primera fila de aquel teatro perverso, sintiendo la humillación arder en el estómago. Y lo más aterrador: a pesar del asco y del terror, mi cuerpo respondía. La sumisión forzada, el trato de objeto, las manos de Iván usándome, todo encendía una chispa oscura en algún rincón de mi cerebro que no podía apagar.

Soy un hombre, me repetía. Soy su amigo. Pero Lola gemía, y mi cuerpo obedecía a Lola, no a mí. El sudor corría bajo la silicona, me picaba la cara bajo la máscara, me dolían los pies. Lola no se quejaba. Lola posaba, giraba, recitaba frases programadas. Y esa sonrisa congelada en el espejo no cambiaba, por mucho que yo llorara debajo.

***

El silencio fue lo peor. La noche en que Iván invitó a otros, cuando todos se marcharon, tambaleándose y dándole palmadas en la espalda, el piso quedó en silencio, oliendo a cerveza rancia y sudor.

Yo seguía en la cocina, con solo el delantal y los tacones, fregando. Mis uñas postizas repiqueteaban contra los platos, recordándome que mis manos ya no eran mías. En algún punto había dejado de resistirme, de fingir que no me gustaba. El condicionamiento era casi completo: cada degradación era una dosis, cada insulto una caricia química.

Iván apareció en el marco de la puerta. Ya no sonreía. Me miraba como a un electrodoméstico nuevo que aún no sabe del todo cómo usar, pero que le encanta.

—Lola. Ven aquí.

Me acerqué. Levantó la mano y acarició el botón plateado. Por un segundo pensé que me liberaría. Ya está, se acabó la broma.

—Bruno era un desastre —susurró—. Un inútil. Pero tú eres perfecta, Lola. —Retiró la mano—. Apágate.

Clic.

La energía se cortó. Caí de rodillas y el aire entró en mis pulmones de golpe.

—¡Iván, por favor! —grité, arrancándome la máscara, que se despegó con un sonido húmedo—. ¡Quítamelo! ¡No aguanto más!

Me miró desde arriba, con la cara roja y empapada de lágrimas pegada a aquel cuerpo de muñeca. No hubo compasión.

—Mírate. Eras mi amigo. Ahora eres mucho más útil. —Recogió la máscara del suelo y la limpió con cuidado, como una joya—. Mañana tengo clase temprano. Quiero el desayuno a las siete y la casa impecable. Y ponte la máscara antes de que despierte: no quiero ver la cara de Bruno mientras me sirves el café.

Cerró la puerta de su cuarto.

Me quedé solo en la cocina, arrodillado en el suelo frío, abrazando mis pechos de silicona, con el collar rosa zumbando suavemente. Y entonces me di cuenta de algo horrible: sin el collar encendido, sin las órdenes, sin la recompensa, me sentía vacío. El placer químico se había ido y solo quedaba un agujero negro donde antes estaban las dosis.

Quiero que se acabe, pensé. Quiero que me libere. Pero debajo serpenteaba otro pensamiento, más pequeño y más oscuro: ¿qué voy a sentir mañana cuando me ponga la máscara?

El collar zumbó, como si hubiera escuchado la pregunta, con una pequeña caricia de anticipación. Yo, Bruno, lloré. Pero mi cuerpo, el cuerpo de Lola, tembló de expectación, esperando el mañana.

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Comentarios (5)

MarisolTrans

Que historia tan increible, no podia parar de leer!!

LunaVelada

Por favor seguí, quede con muchisimas ganas de mas. Me dejo pensando todo el dia

FelipeNR

Me encanto el concepto, nunca lei algo asi en esta categoria. Tremendo relato

Daniela_mv

Se me hizo cortisimo, necesito una segunda parte ya jajaja

Nocturno_87

Esa idea del collar es genial, de donde la sacaste?? muy original la verdad

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