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Relatos Ardientes

Nunca conté lo que pasó en aquel callejón

Hay cosas que una no cuenta ni a su mejor amiga, salvo que esa amiga estuviera ahí, conmigo, esa misma noche. Lo escribo ahora porque necesito sacarlo de algún sitio, y porque todavía hoy, años después, no he vuelto a sentir nada parecido. Lo que pasó aquel viernes en el callejón fue la noche que partió mi vida en un antes y un después.

Llovía a cántaros, una lluvia fría que convertía el suelo en un río de barro y agua sucia. Renata y yo llegamos juntas, abrazadas bajo un paraguas medio roto que apenas servía. Debajo de los abrigos largos no llevábamos nada: solo botas altas y unos collares de cuero que nos habíamos comprado la tarde anterior.

—Para que nos agarren mejor —había dicho ella, riéndose, mientras los pagaba.

Ellos ya nos esperaban, empapados, fumando bajo el saliente de un tejado oxidado. Eran cinco, como siempre. Pero esa vez, apoyada contra la pared, había alguien más.

Una mujer.

Alta, más alta que Marco, con la piel oscura y brillante por la lluvia, el pelo rapado a los lados y unas trenzas cortas recogidas arriba. Una camiseta de tirantes mojada se le pegaba al cuerpo y marcaba unos pezones duros bajo la tela. Los pantalones cargo le caían bajos en la cadera, lo bastante como para insinuar el comienzo de un tatuaje que descendía hacia la ingle. Fumaba despacio, sin prisa, mirándonos con una sonrisa lenta que me erizó la nuca.

—Chicas, os presento a Amara —dijo Marco, rodeándole la cintura con un brazo—. Mi prima. Acaba de volver después de mucho tiempo fuera. Y viene con ganas.

Amara dio una calada larga, soltó el humo en nuestra dirección y habló con una voz grave, casi de terciopelo.

—Me han dicho que dos chicas finas vienen aquí a que las traten mal. Quería comprobar si era verdad.

Renata y yo nos miramos un segundo. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la lluvia. Era esa mezcla de miedo y deseo que solo había probado en aquel callejón, y que esa noche llegaba multiplicada.

Amara se separó de la pared y caminó hacia nosotras, las botas hundiéndose en los charcos. Se plantó delante, tan cerca que olí el tabaco y algo más, algo cálido bajo la lluvia. Con dos dedos me levantó la barbilla.

—Abre el abrigo —dijo.

Obedecí sin pensarlo. La tela cayó pesada sobre el barro. Renata hizo lo mismo a mi lado, y por un instante las dos quedamos desnudas bajo la lluvia, el agua resbalándonos por los pechos, por el vientre, los pezones tan duros que dolían.

Amara soltó una risa baja, satisfecha.

—Joder, Marco, tenías razón. Valen la pena.

Sin avisar, agarró a Renata del pelo y la besó con una violencia que me dejó sin aire solo de mirarlo. Le metió la lengua hasta el fondo, y mi amiga gimió dentro de su boca, las manos colgando inútiles a los lados. Sentí que las rodillas se me aflojaban. Quiero ser yo, pensé, y me sorprendió la fuerza de aquel pensamiento.

Entonces Amara se apartó de ella y se quitó la camiseta empapada. Debajo no llevaba nada. Sus pechos eran grandes, firmes, con aros plateados atravesando los pezones. Se desabrochó los pantalones despacio, disfrutando de cómo la mirábamos, y los dejó caer.

Y ahí estaba.

Entre sus piernas colgaba un sexo que yo no esperaba: grueso, oscuro, más imponente que cualquiera de los hombres que había detrás. Pero justo debajo, perfecto, depilado e hinchado por la excitación, también había un coño. Las dos cosas a la vez, naturales, suyas, sin disculpas.

Solté un jadeo antes de poder contenerlo. Renata se llevó la mano a la boca.

Amara sonrió con todos los dientes, y supo exactamente lo que estaba viendo en nuestras caras.

—¿Queréis jugar de verdad esta noche? —preguntó—. ¿O solo vais a quedaros ahí mirando como dos niñas buenas?

***

No esperó respuesta. Me agarró de la nuca y me empujó hacia abajo, de rodillas en el barro frío. Abrí la boca por puro instinto, y ella entró sin preámbulos, despacio al principio y luego más hondo, sujetándome la cabeza con las dos manos. La lluvia me caía en la espalda, me resbalaba por la columna, y yo solo era capaz de respirar entre embestida y embestida.

A mi lado, oí a Renata gemir. Marco se había colocado detrás de ella y la había penetrado de un solo movimiento; otro de los hombres le ofrecía su sexo a la altura de la boca. Pero por mucho que pasara alrededor, esa noche todo giraba en torno a Amara. Ella era el centro de gravedad, y nosotras dos orbitábamos a su alrededor sin remedio.

Cuando se cansó de mi boca, me levantó del suelo tirándome del collar de cuero, me dio la vuelta y me apoyó contra la pared mojada. Sentí su cuerpo pegado al mío, el calor imposible de su piel contra la lluvia helada.

—Aguanta —me susurró al oído.

Y entró. De una sola estocada que me arrancó un grito que se perdió entre el ruido del agua. Era más de lo que había probado nunca, y por un segundo creí que no podría con ella. Pero mi cuerpo cedió, se abrió, y el dolor se transformó en algo que me recorrió de arriba abajo. Me corrí casi al instante, temblando contra los ladrillos, las uñas arañando la pared.

Amara no se detuvo. Salió de mí, todavía dura, y se giró hacia Renata. La tumbó sobre uno de los abrigos abandonados en el suelo y la tomó sin tregua, mientras los hombres se acercaban como sombras alrededor, las manos por todas partes, repartiéndonos entre todos.

***

Durante las dos horas siguientes, Amara fue la dueña absoluta del callejón.

Nos tomó a las dos por turnos, alternando entre Renata y yo, sin dejar que ninguna recuperara el aliento. Cuando usaba su sexo con una, le ofrecía el coño a la otra para que lo lamiera, y así nos mantenía a las dos atadas a ella, sin escapatoria posible. Hubo un momento en que me sentó sobre su cara mientras Marco la embestía por detrás y otro de los hombres se hundía en su boca, y yo, encima, sentía cómo su lengua me devoraba al mismo tiempo que su cuerpo entero se sacudía bajo el mío.

Era una coreografía sucia, brutal, perfecta. Nadie mandaba excepto ella. Bastaba un gesto de su mano, una palabra grave, para que cambiáramos de posición, para que nos arrodilláramos, para que abriéramos las piernas o la boca. Y lo peor, o lo mejor, era que yo quería obedecer. Cada orden me encendía más que la anterior.

Hubo un momento en que nos colocó a Renata y a mí frente a frente, de rodillas, y nos hizo besarnos mientras ella nos miraba desde arriba, fumando otra vez. Sentí la lengua de mi amiga, su sabor, el temblor de su cuerpo contra el mío, y entendí que ya no había vuelta atrás. Cuando Amara consideró que el espectáculo había durado bastante, nos separó tirándonos del pelo a las dos a la vez, y volvió a empezar.

Yo había perdido la cuenta de cuántas veces me había corrido. El cuerpo ya no me respondía como una sola pieza: era todo terminaciones nerviosas a flor de piel, cada roce me llegaba amplificado, cada caricia de la lluvia me hacía estremecer. Renata, a mi lado, tenía la mirada perdida, esa cara de quien ha cruzado un límite y ha decidido quedarse al otro lado.

La lluvia no aflojó ni un momento. Seguía cayendo sobre nosotros, fría y constante, mezclándose con el sudor, con la saliva, con todo lo demás. Tenía el pelo pegado a la cara, las rodillas llenas de barro, y no me importaba absolutamente nada. Solo existía esa noche, ese callejón, esa mujer.

***

Hacia el final, Amara nos puso a las dos de rodillas frente a ella, una a cada lado, las caras levantadas hacia arriba bajo la lluvia. Se acarició despacio, mirándonos a los ojos, alargando el momento como si supiera que íbamos a recordarlo el resto de nuestras vidas. Y cuando por fin se dejó ir, lo hizo sobre nuestras caras, en chorros gruesos y calientes que se mezclaron con el agua de lluvia y nos dejaron pegajosas, deshechas, riéndonos como dos locas.

Los siete estábamos exhaustos. Los hombres se habían retirado uno a uno hacia la pared, fumando otra vez, en silencio. Renata y yo seguíamos en el suelo, abrazadas, temblando, incapaces de levantarnos todavía.

Amara se encendió un cigarro, desnuda, brillante bajo la única farola que funcionaba, sin el menor pudor por nada de lo que acababa de pasar. Nos miró desde arriba con esa misma sonrisa lenta con la que había empezado todo.

—Decidme la verdad —dijo, soltando el humo hacia la lluvia—. ¿Queréis que la próxima semana traiga a mis amigas?

Renata y yo nos miramos. Estábamos rotas, sin voz, con el cuerpo hecho un mapa de marcas que tardarían días en irse. Y aun así, respondimos casi a la vez, sin dudar.

—Tráelas a todas.

Amara se rió bajito, dio media vuelta y se perdió en la lluvia con los demás. Renata apoyó la cabeza en mi hombro y yo cerré los ojos, sintiendo el agua fría caer sobre nosotras. Sabía, sin necesidad de decirlo en voz alta, que volveríamos. Que aquel callejón ya nos tenía atrapadas, y que esa mujer acababa de convertirse en la razón por la que ninguna de las dos podría dejarlo nunca.

Nunca lo conté. Hasta ahora.

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Comentarios (5)

Romi_Noc

que relatazo!!! me lo leí de un tirón, tremendo

JorgeCba

quiero saber quien era el que esperaba en esa pared. tiene que haber segunda parte si o si

NenaConfesora

Esto me trajo recuerdos de una noche parecida que prefiero no contar jaja. Muy bueno el relato, se agradece la honestidad.

Santi_BsAs

¿esto es una historia real? el tono como que te hace creer que sí, se siente muy autentico

TomyNocturno

madre mia, menudo viernes el de esas dos jaja

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