Lo que pasó en el auto cuando Diego me llamó Renata
Desde siempre cuidé las apariencias. En clase y con mis amigos me esforzaba por hablar grave, caminar firme, ocupar espacio como se supone que debe hacerlo un hombre. Pero apenas cerraba la puerta de mi cuarto, todo eso se caía solo. A solas me dejaba ser lo más femenina que podía, y esos eran los únicos momentos en que respiraba de verdad.
Tenía una pijama y un par de prendas íntimas guardadas en el fondo de un cajón, debajo de las cosas que nadie tocaba. Me ponía feliz dormir con ellas, aunque siempre sentía que me faltaba algo. Por las noches fantaseaba con contarle mi secreto a mi familia y que lo tomaran bien, que me abrazaran y me dijeran que todo estaba bien. Sabía que eso no iba a pasar.
En la escuela me distraía imaginando que me descubrían y me obligaban a asistir con falda, que mis compañeros me molestaban levantándomela, que algún profesor me miraba de más. Eran fantasías tontas, pero me acompañaban todo el día.
Hacía un par de semanas que no veía a Diego. De vez en cuando me llamaba de noche y yo tenía que salir al patio trasero para que en casa no me escucharan decirle cuánto extrañaba que me tocara. Con él me transformaba: me ponía bobo y dulce, como una adolescente en su primer noviazgo. Sabía que lo nuestro no era un noviazgo, pero me gustaba imaginar que pasaba por mí a la salida, que me subía a su auto y manejaba con la mano apoyada en mi pierna.
Nuestras llamadas empezaban con un «hola, ¿cómo te fue hoy?» y terminaban siempre subidas de tono. Casi siempre era yo la que le decía que la próxima vez quería que me hiciera completamente suya, que dejara de esperar. Él se reía bajito y respondía que ya tenía ganas de volver a la ciudad para eso.
***
Una noche, cerca de las nueve, iba caminando a casa cuando sonó el teléfono. Era Diego, preguntando dónde andaba. Le dije que iba llegando, que lo podía esperar, y me contestó que estaba a diez minutos pero que esa noche no podía llevarme a su casa.
Cuando frenó a mi lado y me hizo la seña para que subiera, sentí algo en el pecho que no sabía nombrar. Llevaba demasiado tiempo sin verlo y, sin darme cuenta, empecé a comportarme dulce, blanda, derretida. Le dije que lo había extrañado y me acerqué para besarlo, pero me detuvo con la mano.
—Todavía hay gente en la calle —dijo, y arrancó.
Condujo hasta un parque vacío y estacionó bajo unos árboles.
—Traía muchas ganas de verte —me confesó—, pero un primo se está quedando en mi casa estos días.
—Te entiendo —le dije—. ¿Y dónde nos vamos a ver entonces?
—A un motel no podemos, nos meteríamos en líos. Pero por mientras podemos quedarnos acá, buscar una zona oscura y tocarnos un rato. ¿Qué dices?
No le respondí con palabras. Le sonreí y le puse la mano sobre la entrepierna. Eso bastó. Encendió el auto, manejó hasta un descampado sin luz y, apenas apagó el motor, yo ya me había lanzado a besarlo. Lo quería completo. Pero también sabía qué esperaba de mí esa noche.
Le desabroché el pantalón y lo saqué. Llevaba semanas deseando esto. Empecé despacio, mirándolo a los ojos, y cuando vi su cara de placer me incliné y me lo metí en la boca. Sentir su miembro contra mi lengua me puso dura a mí también. Lo chupé con ganas, sin pensar en nada más, hasta que lo escuché gemir contenido y se vino. Hacerlo en un auto, con el riesgo de que alguien apareciera, me dejó encendida.
—¿Y si damos el siguiente paso? —le susurré.
—Ya vamos a encontrar el momento y el lugar —respondió, acariciándome el pelo—. No así, no apurados.
***
Me llevó de regreso. Antes de bajar me pasó una bolsa.
—Es para ti. Espero que lo uses pronto.
Le di las gracias, un beso rápido en la mejilla y entré a casa con la bolsa apretada contra el pecho. En mi cuarto la abrí y casi se me escapa un grito: dos faldas, dos blusas y un juego completo de ropa interior, todo de aspecto juvenil. Pasé buena parte de la noche probándomelo frente al espejo, girando, imaginando la cara de Diego al verme así.
Pasó una semana entera sin que llamara. Era sábado y yo había quedado para ir a una fiesta con unos amigos. A eso de las seis de la tarde, antes de meterme a la ducha, sonó el teléfono.
—¿Nos vemos hoy? —preguntó.
—Tengo una fiesta, pero te paso la dirección y pasas por mí más tarde —le dije.
—Me parece. Pero quiero verte con algo de lo que te regalé puesto.
Me puse roja de solo pensarlo.
—No me animo a salir en falda todavía —murmuré.
—No hace falta. Llévalo debajo de la ropa de hombre, usa algo holgado y nadie se va a dar cuenta.
Acepté. Quedamos a las once. Me arreglé con calma y me puse una de las prendas que me había regalado: una de color rosa, con un moñito al frente, suave, que me marcaba el trasero de una forma que me gustó. Encima una falda negra, por encima de la rodilla, cómoda. No me atreví con el sostén por miedo a que se notara, pero sí me puse la blusa blanca. Pensé en maquillarme, tuve que resistirme. Encima de todo, un pantalón ajustado y una camisa enorme para tapar cualquier rastro.
Si alguien se acerca demasiado, estoy perdida.
Salí nerviosa y en la fiesta me quedé casi inmóvil en un rincón, serio, contando los minutos. Cuando dieron las once y vi el auto de Diego acercarse, le escribí que me esperara a una cuadra. Me despedí de todos con una sonrisa que nadie entendió.
***
Subí al auto de un salto. Apenas arrancó, me quité la camisa y dejé que viera la blusa blanca. Me dijo que me quedaba muy bien. Me saqué el pantalón mientras él manejaba y le mostré la falda.
—Tienes unas piernas lindas —dijo, y yo me sonrojé hasta las orejas.
—¿Vamos al mismo lugar de la otra vez? —pregunté.
—No. Encontré uno mejor, más solo, más tranquilo.
Me pasó otra bolsa y me pidió que la abriera. Adentro había una peluca de cabello largo, castaño.
—¿De dónde sacaste esto? —pregunté.
—De una tienda de disfraces. Pensé que te iba a quedar bien.
—Gracias. Parezco toda una chica con todo esto puesto —dije, acomodándomela.
Detuvo el auto y me pidió que bajara, que diera una vuelta para verme. Me reí de pura vergüenza, pero al mirarme en el espejo retrovisor me di cuenta de que, con un poco de maquillaje, nadie habría dudado. Bajé, caminé un par de pasos, giré.
—Te ves preciosa —repetía él.
Sacó una cámara pequeña y me tomó una foto. Me asusté y le reclamé.
—Es digital —se rió—. La foto solo la veo yo. Es un recuerdo de tu primera vez vestida en la calle.
—Está bien, pero que no la vea nadie.
—¿Te puedo tomar un par más?
—Rápido.
Hice algunas poses tontas de modelo. Después Diego empezó a bromear, aceleró un poco y me hizo correr detrás del auto. No me causó gracia, pero cuando volví a subir me besó y sentí olor a alcohol. Ahí entendí su humor raro: había estado bebiendo.
***
Llegamos al lugar que había prometido, un parque a las afueras de la ciudad, oscuro y sin un alma. Apenas apagó el motor y las luces, nos besamos con una intensidad distinta. Sentía que me quería devorar. Sus manos bajaron a mi trasero, se metieron debajo de la falda, y esa sensación me volvía loca. Hicimos una pausa, los dos agitados.
—Es como la cuarta vez que veo a esta señorita y todavía no sé cómo se llama —dijo—. ¿Cuál es tu nombre, mi niña?
—No sé. No lo he pensado. ¿Qué nombre me pondrías tú?
—¿Qué te parece Daniela? ¿Brenda? ¿Marina? ¿Renata?
Me quedé pensando. Renata me gustó enseguida, no sabía bien por qué; tal vez porque sonaba a empezar de nuevo, a renacer.
—Me gusta Renata —dije—. Suena bonito y me gusta cómo lo dices tú.
—Entonces desde ahora eres mi preciosa Renata. ¿Te gusta?
—¡Me encanta!
Después de quedar bautizada, seguimos besándonos. Sus manos no salían de debajo de mi falda. Me preguntó si quería pasar atrás y, sin pensarlo, le dije que sí. Se acomodó boca arriba en el asiento trasero y yo me senté sobre él. Me apretaba con fuerza, de vez en cuando me daba una nalgada que me encendía más.
—Si hubieras nacido mujer, estas caderas serían la envidia de toda la escuela —dijo, sujetándome.
—Tendría que haber sido mujer —respondí—. Seguro sería de las más bonitas.
—Serías la más bonita y la más sensual. Todos los chicos querrían contigo, las demás te odiarían y los profesores te coquetearían sin disimulo.
—A veces sí me gustaría ir así a clase, que todos vieran lo linda que puedo ser.
—No te pusiste el sostén. ¿No te gustó?
—Sí, pero tenía miedo de que se notara. La próxima vez que salga contigo me lo pongo, aunque no tenga con qué rellenarlo.
—No importa. Te vas a ver igual de sensual. Con suerte, algún día te crecen un poco —dijo, y me reí.
Sus manos subieron de mis caderas a mi pecho. Empezó a masajearme por encima de la blusa, después metió las manos debajo y jugó con mis pezones. Era una sensación nueva. Al principio me dio cosquillas, pero con los minutos, y por lo suave que lo hacía, me fue gustando. Me los pellizcaba con cuidado, casi con dulzura, y sin darme cuenta empecé a mover las caderas, frotando mi trasero contra su entrepierna.
—Me tienes muy cachonda, Diego —le dije al oído—. Estoy lista para ser tuya.
***
Al escucharme, se incorporó y volvió a besarme, esta vez con un hambre distinta, recorriéndome el cuerpo entero. Sentí sus labios bajar por mi cuello hasta mi pecho, donde me mordió los pezones con suavidad. Empecé a gemir bajito, me salía solo. Después me recostó en el asiento y me abrió las piernas.
—Esa ropa interior te queda demasiado bien —murmuró, deslizándola hacia abajo.
Empezó a tocarme. Le dije que no hacía falta que me lo besara, pero negó con la cabeza.
—Esta noche voy a dejar bien complacida a mi dama.
Era la primera vez que alguien me hacía sexo oral. Al principio sentí cosquillas, después solo placer. Estaba tan dura que pensé que iba a terminar en cualquier momento. Entonces cambió de objetivo: dejó mi miembro y bajó la boca hasta mi entrada. Me dio más vergüenza que nada, pero él estaba descontrolado, decidido a seguir. Cuando sentí su lengua, se me escaparon unos gemidos que ni reconocí como míos. Llegué a un punto en que me sentí lista de verdad.
—Quítate el pantalón —le pedí, jadeando—. Ya es momento de hacerlo.
Pero antes de que se moviera, sonó una sirena. Vimos luces azules y rojas barriendo los árboles y nos quedamos congelados. El corazón se me detuvo. Estábamos en un problema enorme: nos habían encontrado a punto de acostarnos, o peor, habían encontrado a Diego con alguien mucho más joven que él.
Nos quedamos en silencio, sin saber cómo reaccionar. Diego levantó apenas la cabeza y se asomó por la ventanilla. Entonces soltó el aire de golpe: la patrulla no venía por nosotros, sino por otro auto estacionado a unos treinta metros. El alivio fue tan grande que casi me río. Me puse la blusa a toda velocidad, pasamos adelante, encendió el motor y salimos del lugar.
Después de un par de kilómetros empezamos a reírnos, más del susto que de otra cosa. La calentura se nos había bajado por completo. Eran casi las dos de la mañana y los dos estuvimos de acuerdo en que era suficiente por hoy.
***
Me llevó a casa, pero no sin antes retarme a bajar así como estaba, vestida, y entrar caminando. Me aseguré de que no hubiera nadie y bajé con la falda, la blusa y la peluca puestas. Recién entonces me di cuenta de que había olvidado ponerme de nuevo la ropa interior; la había dejado en el asiento de atrás. Como última travesura, antes de cerrar la puerta me giré hacia Diego, le mandé un beso y me levanté un poco la falda para que viera lo que se quedaba de recuerdo en su auto.
Entré y subí directo a mi cuarto. Cuando cerré con llave y me supe a salvo, todo el calor volvió de golpe. Me tiré en la cama y empecé a tocarme recordando la lengua de Diego, su voz diciéndome Renata, sus manos debajo de la falda. Terminé con un orgasmo largo y me quedé tendida, agotada y feliz.
Tenía un nombre nuevo, experiencias que nunca había imaginado y la certeza de que, la próxima vez, Diego por fin me haría completamente suya.