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Relatos Ardientes

Dos travestis a las órdenes de su amo esa noche

El día después de que Sebastián nos dejara claras las nuevas reglas, mi teléfono empezó a vibrar sobre la mesilla y no paró. Era Andrés. Su amigo Lucas acababa de volver a la ciudad y los dos querían salir con nosotras esa misma semana.

Le contesté que tenía que consultarlo y que enseguida lo llamaba. Daniela me observaba desde el otro lado de la cama, todavía con el maquillaje corrido de la noche anterior, y entendió de inmediato lo que significaba esa frase.

—¿Vas a preguntarle? —dijo, aunque ya sabía la respuesta.

—Sabes que sí. No movemos un dedo sin su permiso.

Desde que Daniela y yo nos habíamos puesto bajo el mando de Sebastián, no elegíamos ni la ropa que nos poníamos sin preguntar antes. Marqué su número con el corazón acelerado, esa mezcla de miedo y deseo que él me provocaba con solo descolgar.

—Señor —dije, midiendo cada palabra—, unos amigos nos invitaron a salir. ¿Qué quiere que les digamos?

—¿Ustedes quieren ir? —su voz sonaba tranquila, casi divertida, como si ya disfrutara de algo que yo todavía no veía venir.

—Haremos lo que usted nos indique. Nuestra voluntad es la suya.

Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Lo imaginé recostado, saboreando ese poder que le habíamos entregado por completo. Apreté el teléfono contra la oreja, esperando.

—Tienen mi permiso —dijo al fin—. Pero quiero fotos. De todo. Quiero ver cada cosa que pase entre ustedes y esos hombres. ¿Entendido?

—Así se hará, mi señor.

Colgué y se lo conté a Daniela. Se le iluminó la cara entera.

—Entonces tenemos que estar perfectas —dijo, levantándose ya hacia el espejo.

***

Pasamos la tarde siguiente arreglándonos. Dos travestis no salen a la calle sin estar impecables, y nosotras menos esa noche. Horas de depilación, de maquillaje cuidado al milímetro, de probarnos lencería frente al espejo hasta dar con la que sabíamos que volvía locos a los hombres. Quedamos con los chicos para la noche; cenamos algo ligero en casa y fuimos directas a la discoteca.

El local estaba a reventar. Luces que cortaban la oscuridad, música a todo volumen, mujeres guapas y hombres elegantes por todas partes. Andrés y Lucas nos esperaban en la barra con cuatro copas ya pedidas, y la mirada que nos echaron de arriba abajo cuando entramos valió cada minuto frente al espejo.

Daniela llevaba un vestido negro ajustado que no dejaba nada a la imaginación; yo, uno rojo abierto en la espalda que sentía cada corriente de aire del local. Sabíamos exactamente lo que provocábamos y caminamos entre la gente disfrutando de cada cabeza que se giraba a nuestro paso. Esa sensación de poder, de ser deseadas sin reservas, era una droga en sí misma.

Enseguida nos repartimos en dos parejas. Yo me quedé con Lucas; Daniela, con Andrés. Lo primero, tal como nos había ordenado Sebastián, fue hacernos unas fotos. Les dijimos que eran para nuestro álbum privado, y ellos se rieron sin sospechar el verdadero motivo.

Las copas hicieron su trabajo. Poco a poco nuestros cuerpos dejaron de guardar las distancias, y lo que empezó como roces casuales se convirtió en algo mucho más directo. Yo notaba el aliento de Lucas en mi cuello cada vez que se inclinaba para hablarme al oído por encima de la música.

En la pista, Andrés y Daniela se soltaron sin ningún pudor. Todo el mundo podía ver las manos de él subiéndole la falda hasta las caderas, recorriéndole el culo mientras ella se restregaba contra su entrepierna al ritmo de la música. No bailaban para nadie más; bailaban como si el resto del local no existiera.

Lucas, mientras tanto, tenía una mano dentro de mi escote y la otra firme en mi muslo. Yo le respondía apretándole el bulto del pantalón, que crecía y se endurecía bajo mis dedos. Cada vez que lo apretaba, él dejaba escapar un gruñido bajo que me erizaba la piel.

Cuando la otra pareja volvió a la mesa, no pude evitar pincharlos.

—Vaya espectáculo dieron ustedes dos —les dije—. Todo el club estaba pendiente.

—Nosotros solo estábamos para nosotros —contestó Daniela, mordiéndose el labio—. El resto del mundo nos da igual.

En el sofá donde nos sentamos ya éramos cuatro, y ocho manos buscándose por todas partes. Yo sentía la boca seca y un calor que no tenía nada que ver con la cantidad de gente. Me incliné hacia el centro del grupo y dije lo que las cuatro bocas pensaban.

—Vámonos de aquí —solté, sin reconocer del todo mi propia voz—. Necesito una verga en la boca ya.

—Lo mismo digo, cariño —rió Daniela, ya de pie.

***

Pedimos un taxi a casa de Andrés. Daniela y yo nos sentamos atrás con Lucas en el medio; Andrés se fue delante, de copiloto. La ciudad pasaba en luces borrosas por la ventanilla mientras nosotras teníamos otros planes para el trayecto.

Mis dedos encontraron la bragueta de Lucas y la abrí despacio en la penumbra del asiento trasero. Empecé a acariciarlo, sintiendo cómo se ponía duro contra mi palma. Daniela me lanzó una mirada cómplice, me guiñó un ojo y bajó la cabeza para metérsela en la boca. Yo lo masturbaba por la base mientras ella lo chupaba, las dos turnándonos sobre la misma verga sin decir una palabra.

Andrés se volvió desde el asiento de delante y nos vio enredadas sobre su amigo.

—Chicas, dejen algo para luego —dijo, muerto de risa.

El taxista fingía mirar la carretera, pero sus ojos volvían una y otra vez al espejo retrovisor. Eso solo me puso más. Saber que nos miraban, que éramos exactamente lo que parecíamos, me encendía tanto como las manos de Lucas.

En cuanto cruzamos la puerta del apartamento, lo primero fueron las fotos para nuestro Amo. Primero vestidas, posando una contra la otra; después desnudas, sin guardarnos nada. Ellos seguían sin entender la insistencia con la cámara, pero les repetimos que eran cosas nuestras y se dejaron hacer, demasiado calientes ya como para discutir.

—Empiecen sin mí —les dije—. Tengo que pasar un momento por el baño.

Me tomé mi tiempo allí dentro. Me preparé con calma, me limpié bien por dentro y por fuera; quería estar lista para todo lo que viniera esa noche, y ese cuidado no se hace con prisa.

Cuando volví, no habían perdido ni un segundo. Daniela estaba a cuatro patas sobre la cama, con Andrés clavándosela por detrás y la verga de Lucas entrando y saliendo de su boca. La estaban usando por los dos lados a la vez, y ella gemía con la boca llena, los ojos entornados de puro placer.

Me acerqué y, antes de unirme, hice un par de fotos más para Sebastián. Cada imagen era una ofrenda para él, una prueba de hasta dónde llegábamos siguiendo sus reglas.

Lucas se la sacó de la boca a Daniela y giró la cabeza hacia mí.

—Ven aquí, Valeria —dijo con la voz ronca—. Te voy a partir en dos.

—Sí, por favor —le supliqué, dejando la cámara a un lado—. Hazlo.

Me coloqué junto a Daniela, las dos a cuatro patas, hombro con hombro, y Lucas me penetró de una sola embestida. Estaba tan acostumbrada que ya no había dolor, solo una sensación de plenitud que me hizo arquear la espalda y morder la sábana.

Él me sujetaba de las caderas y marcaba un ritmo cada vez más duro, y yo empujaba hacia atrás para recibirlo entero. Daniela y yo nos mirábamos de reojo entre embestida y embestida, cómplices, leyendo en la cara de la otra exactamente lo que sentíamos. Cada tanto estiraba la mano y le acariciaba el pelo, o ella la suya y entrelazábamos los dedos sobre la cama mientras los dos hombres se turnaban sobre nosotras.

Nos follaban a las dos al mismo tiempo mientras nosotras nos besábamos, ahogando los gemidos en la boca de la otra. Yo me sentía completamente llena, abierta, entregada. Solo quería más: más fuerte, más hondo, que no parara nunca.

—Me van a matar —jadeó Daniela contra mis labios.

—Pues que sea así —le contesté—, a polvos.

Nos hicieron tumbarnos boca arriba sobre la cama. Subí las piernas hasta apoyarlas en los hombros de Lucas y volví a sentirlo entero dentro de mí, hundiéndose desde ese ángulo que me hacía perder la cabeza. A mi lado, Daniela tenía las piernas abiertas de par en par, jadeando sin el menor pudor, una imagen que yo no quería olvidar jamás.

Cuando los dos estuvieron a punto, se salieron a la vez y nos apuntaron a la cara. Terminaron sobre nosotras casi al mismo tiempo, y quedamos las dos empapadas, mirándonos entre el desorden de respiraciones. Nos buscamos sin pensarlo y empezamos a lamernos la una a la otra, limpiándonos a besos lentos, como si fuera lo más natural del mundo.

Después cambiamos de pareja y seguimos un buen rato más, hasta que los dos hombres no pudieron darnos nada más y se desplomaron sobre la cama, agotados.

Mientras me vestía, ya de madrugada, pensé en Sebastián abriendo el teléfono al día siguiente, repasando una a una las fotos de todo lo que habíamos hecho. En eso, más que en esos dos desconocidos, estaba mi verdadero placer. Saber que él vería cada detalle, que cada imagen le pertenecía. Había sido una noche perfecta.

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Comentarios (6)

NocheRoja_21

buenisimo!!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei en esta categoria

PabloSur

Por favor continua esto, quede con muchas ganas de saber como termino la noche. Un relato que engancha desde el principio

Valentina_33

Me encanto el detalle de la preparacion previa, se nota que hay cuidado en como se cuenta cada cosa. Sigue asi!

Miguelin_77

tremendo!!! no lo pude dejar de leer

MarcosMdq

Esperando ansioso el proximo relato. Saludos desde Buenos Aires

ClaraZ_lecto

La tension del comienzo te atrapa enseguida, muy bien lograda la ambientacion. Buen trabajo

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