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Relatos Ardientes

La noche que dejé de ser él para convertirme en ella

Costaba creer que Damián y yo nos hubiéramos acostado apenas unos minutos antes. La urgencia ya se había apagado, alguien había encendido la lámpara del rincón y ahora estábamos cada uno en un extremo de la habitación, como si la distancia pudiera borrar lo que acababa de pasar entre nosotros.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

No contesté. No sabía qué decir, así que moví la cabeza de arriba abajo, confiando en que con ese gesto entendiera que estaba bien. El silencio se instaló entre los dos. Damián sacó un paquete de cigarros que guardaba en el cajón y encendió uno. Fumaba mirando hacia la ventana, con la expresión de un hombre que medita sobre algo demasiado grande para decirlo en voz alta. Parecía un filósofo desnudo.

Hasta esa noche nunca me había fijado, pero mi tío tenía un cuerpo hermoso: delgado, con los músculos apenas marcados, las piernas firmes y, entre ellas, el pene que unos minutos antes me había convertido en mujer. Me ruboricé al darme cuenta de que lo estaba mirando.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —soltó de pronto.

Tardé unos segundos en reaccionar y respondí con otra pregunta.

—¿Decirte qué?

—Que te gustan los hombres.

De nuevo el silencio. Escucharlo decir esas palabras en voz alta me asustó y, por un instante, quise negarlo. Pensé en inventar una mentira, cualquier cosa que le borrara la idea de que yo era distinto, pero sabía que no tenía ningún sentido. Acabábamos de tener sexo. Construir una historia falsa en ese momento no solo me parecía estúpido: tampoco quería hacerlo.

Me incorporé y caminé hasta donde él estaba. Tomé un cigarro de la cajetilla y me acerqué para que me lo encendiera. Damián me miró sorprendido, como si me preguntara «¿Estás loco? Tú no puedes fumar». Yo le devolví la mirada del mismo modo: «¿En serio? Me emborrachaste, me cogiste, ¿y ahora vas a prohibirme un cigarro?». Pareció entenderme, acercó la brasa del suyo y prendí el mío.

La primera bocanada me hizo toser. No estaba acostumbrado, pero después de las siguientes caladas empecé a disfrutarlo y comprendí por qué en las películas las parejas fuman cuando terminan de acostarse.

—¿Y por qué tendría que habértelo contado? —dije al fin.

Cuando acabé el cigarrillo busqué un pañuelo de papel y empecé a limpiar el semen que bajaba por la cara interna de mis muslos. Sobre el papel había manchas rojizas.

—Me hiciste sangrar —le dije.

Damián paseó la mirada del papel manchado a mis ojos.

—¿Te acuestas con muchos chicos? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—¿Son chicos de tu edad? ¿Algún hombre te obligó a algo?

—¡No! —respondí—. Bueno…

—¿Qué pasó? —insistió, ahora preocupado.

Lo miré a los ojos y le confesé su crimen.

—Tú… acabas de quitarme la virginidad.

Al decirlo en voz alta entendí la dimensión de lo que acababa de vivir. Damián me observó un segundo y luego se acercó para tomarme entre sus brazos. Yo estaba confundido: por un lado sentía una alegría inmensa, una emoción que me desbordaba; por otro, no podía dejar de pensar que todo había sido un error gravísimo. Lo abracé también, con fuerza. Me llamó «mi amor» y yo lo besé. Cuando nos separamos me preguntó si me había gustado y volví a asentir con la cabeza.

—No te preocupes por el sangrado. Es normal la primera vez.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé y ya.

Nos sentamos en la cama y empezamos a hablar. Teníamos demasiadas cosas que aclarar.

—Entonces, ¿desde cuándo te gustan los hombres?

—Desde hace poco, supongo.

—¿Supones?

Era difícil de explicar. A mí siempre me habían gustado las chicas, nunca los chicos. Pero, por alguna razón que jamás logré entender, yo siempre le gusté a los hombres. Desde hacía algunos años empecé a recibir propuestas de muchachos que se acercaban con intenciones románticas. Había quien me regalaba chocolates, quien me hacía llegar cartas. En esas cartas me decían que les gustaba, me preguntaban si quería estar con ellos.

En el colegio circulaban rumores de que yo era «la novia» de tal o de cual, aunque nunca pasó nada concreto. Una vez, uno se atrevió a decírmelo a la cara, valiente, sin rodeos. Le contesté que dos chicos no podían estar juntos de esa manera, y durante un tiempo me libré de esas propuestas. Pero, en el fondo, me sentía feliz de saber que les gustaba, de saber que era «bonita».

Las propuestas, sin embargo, nunca se detuvieron. Con el tiempo aparecieron otros, mayores, y aunque no entendía por qué lo hacían, tampoco podía negar que me encantaba que lo hicieran. Más de una vez estuve tentado de aceptar, de intentar ser «la novia» de alguno. Nunca había tenido novia, y la idea de tener novio me parecía mucho más cercana y mucho más emocionante.

—Me alegra que nunca hayas aceptado —dijo Damián.

Me quedé callado. Quise quedarme así, en silencio, pero no pude y le dije la verdad.

—Sí tengo novio.

—¿Cómo?

—Tengo novio.

—Pero dijiste que esta era tu primera vez.

—Y lo fue.

Damián no entendía nada, así que tuve que explicárselo.

—Tengo novio, pero él y yo todavía no nos acostamos.

De todas las propuestas que recibí, hubo una a la que no supe negarme: la de mi mejor amigo, Mateo.

—No lo conozco —dijo mi tío, con un dejo de molestia.

Una tarde me dijo que necesitaba hablar conmigo. Yo sospechaba lo que estaba a punto de decir y quise huir, pero algo había cambiado dentro de mí y deseaba escucharlo. Me confesó que estaba enamorado, que quería que nos diéramos una oportunidad. Y acepté.

—Ya veo… ¿Y por qué todavía no se acostaron?

—Nos estábamos preparando para hacerlo. Él me había prometido que iba a ser especial, que esperaríamos hasta estar seguros. Y yo le creí. Pasábamos las tardes encerrados en su cuarto, besándonos hasta que se nos hinchaban los labios, pero siempre nos deteníamos antes del último paso. Mateo decía que no había prisa, que teníamos toda la vida por delante.

Mientras lo contaba en voz alta, una punzada de culpa me apretó el pecho. Mateo había sido tan paciente, tan cuidadoso, y yo acababa de entregarle a otro hombre lo que con tanto cariño habíamos estado guardando. Pero la culpa duró poco. La aplastó el peso del brazo de Damián sobre mis hombros, el olor a tabaco y a sudor de su piel, la certeza de que esa noche no la cambiaría por nada.

Afuera había dejado de llover y en la habitación reinaba una calma extraña. Damián y yo hablábamos en voz baja, como si no quisiéramos que nadie escuchara nuestra conversación. Me abrazó y yo hundí la cara en su pecho.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó.

—¿Hacer qué?

—Ofrecerte a mí…

—¡No lo sé! —respondí, aunque sí lo sabía—. El alcohol… verte desnudo… ¡y tu estúpida película!

—Esa escena de sexo fue intensa, ¿verdad?

—Sí…

Volvimos a callar. Recordé a Nadia, sentada a horcajadas sobre Lautrec, la cara entregada al placer mientras el detective la penetraba en aquella pantalla que habíamos visto juntos un par de horas antes. Recordé cuánto había deseado sentir un hombre dentro de mí, sentirme mujer de verdad. Y ahora, por fin, lo había vivido.

Bajé la mano y la deslicé entre las piernas de Damián hasta encontrar su pene. Estaba duro otra vez. Levanté la cabeza y lo miré a los ojos. Empecé a masajearlo despacio, corriendo la piel hacia atrás y devolviéndola a su lugar. No hizo falta hablar. Nos besamos.

***

Damián se puso de pie y buscó algunas cosas entre el desorden de su cuarto. Cuando volvió a la cama me quitó la playera y me ciñó al cuello una gargantilla de terciopelo negro. Del centro colgaba una piedrecita blanca, parecida a una perla, que quedó descansando sobre mi garganta. Me sentí distinto al notar el roce del terciopelo en la piel, como si esa cinta me señalara, como si dijera en voz alta lo que yo todavía no me atrevía a nombrar.

Me recosté y abrí las piernas. Damián se colocó frente a mí, destapó un frasco pequeño de líquido transparente y empezó a aplicarlo en mi entrada. Lubricó con paciencia, sin prisa, masajeando el borde con la yema de los dedos hasta que dejé de tensarme. Después se acomodó encima de mí, dispuesto a penetrarme de nuevo.

—Hazlo lento, todavía me duele —le pedí.

—Sí, mi amor…

Entró despacio, y esta vez no fue urgencia: esta vez me hizo el amor. Nos besábamos mientras nuestros cuerpos desnudos se frotaban, y yo sentía un placer que no había sentido nunca. Damián besaba mis pezones, recorría mis piernas con las manos, me acariciaba como si yo fuera la cosa más frágil del mundo. Yo le recorría la espalda y las nalgas, deleitándome con cada músculo, aprendiendo su cuerpo con las palmas.

El sonido de nuestros gemidos volvió a llenar la habitación. El lubricante dejaba que su pene se deslizara suave, entrando y saliendo de mí con un ritmo paciente. Sentía un dolor sordo en el ano, pero no me importaba; sabía que podía soportarlo, que quería soportarlo. Era una hembra recibiendo a su hombre, y eso bastaba para que el dolor se confundiera con otra cosa.

—Yo soy Lautrec —me susurró al oído mientras se movía dentro de mí.

Damián no era Lautrec. Solo era un hombre que había tenido la suerte de quitarme la virginidad esa noche de tormenta. Pero había algo que sí era cierto, algo que él entendió antes que yo.

—Y tú eres Nadia —dijo.

Cerré los ojos. Sentí el terciopelo en la garganta, su peso encima, su aliento en mi cuello, y por primera vez todo encajó. No me sentí avergonzado, ni culpable, ni un error. Me sentí, simplemente, en el lugar al que pertenecía.

—Sí —respondí entre gemidos—. Yo soy Nadia.

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Comentarios (5)

NocheDeMiel

increible, que relato!!

SoledadT

No suelo leer esta categoria pero me atrapo desde el primer párrafo. Muy bueno.

Rodrigo_SCR

uff, tremendo. Me dejo pensando un buen rato.

Fiamma_sf

Que valentía compartir algo tan intimo. Me llego al corazon de verdad.

Valentina_R

Lo lei de una sola sentada y creo que es de lo mejor que encontré acá. Tiene algo diferente, se siente autentico. Espero que haya segunda parte porque quede con muchas ganas de saber como sigue.

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