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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi vecina trans una noche de pijamada

Hay cosas que una no planea. Que ni siquiera imagina. Y después pasan, y te cambian la forma de mirarte al espejo durante semanas. Lo que voy a contar pasó hace poco más de un año, en mi departamento del quinto piso, un viernes de invierno que empezó como cualquier otro.

Mi hijo Tomás, que en ese entonces tenía nueve años, me avisó a las seis de la tarde que Mateo, su mejor amigo del cuarto piso, lo había invitado a dormir. Pijamada, película, pochoclos: el combo clásico. Le dije que sí sin pensarlo dos veces. Me hacía bien tener la noche libre.

Me di una ducha larga, me puse una remera vieja que me llegaba a medio muslo y nada más. Descorché un malbec que tenía guardado, me tiré en la cama con la notebook y busqué algo para ver. Terminé eligiendo una serie tailandesa que me había recomendado una compañera de trabajo. Romántica, con dos chicos, y cada capítulo subía un poco más de tono. El vino me iba aflojando y la pantalla me iba calentando, despacio, sin apuro.

A las diez de la noche sonó el timbre.

Pausé la serie, me acomodé la remera y fui hasta la puerta. Al abrir me encontré con Daniela, mi vecina del departamento de al lado. Tenía el pelo recogido en un rodete flojo, un short de algodón gris y una musculosa negra sin corpiño. Se le marcaban los pezones con el frío del pasillo.

—Sofi, se fue mi sobrina a la misma pijamada que tu hijo —me dijo apoyándose en el marco—. Estoy muerta de aburrimiento. ¿Puedo pasar un rato?

Daniela vivía con su sobrina desde hacía dos años. Tenía veintiocho, tres menos que yo. Era alta, de caderas anchas y piel canela. La conocía desde que me mudé al edificio y siempre me había parecido atractiva, aunque nunca había pensado en ella de esa manera. O tal vez sí, pero nunca me lo había permitido. Sabía que era trans desde el primer mes de vecinas, cuando me lo contó con naturalidad mientras compartíamos un café en su cocina.

—Pasa, estoy viendo una serie —le dije haciéndome a un lado.

Se sentó en mi cama como si fuera la suya. Agarró la botella de vino, vio que estaba por la mitad y levantó una ceja.

—¿Empezaste sin mí?

—Traje otra —le dije sacando una del mueble de la cocina.

Le expliqué de qué iba la serie y se enganchó enseguida. Resultó que veía las mismas cosas que yo: dramas asiáticos con subtexto, tensión lenta, escenas que no mostraban todo pero sugerían más de lo necesario. Elegimos un capítulo que las dos teníamos pendiente y nos acomodamos las dos en mi cama, cada una con su copa, la notebook entre las almohadas.

El primer episodio fue tranquilo. Risas, comentarios, el vino bajando. El segundo ya tenía una escena de cama que nos dejó calladas. Los dos protagonistas se tocaban con una delicadeza que me puso la piel de gallina. Sentí calor en la cara y entre las piernas. Miré de reojo a Daniela. Estaba quieta, con los labios entreabiertos y los ojos fijos en la pantalla.

—Está buena esta serie —murmuró sin mirarme.

—Mucho —le contesté con la boca seca.

Seguimos viendo. El tercer episodio tenía una escena más explícita. Yo estaba boca arriba, con la remera subida hasta la cintura sin darme cuenta, y Daniela estaba de costado mirando la pantalla. En algún momento giré la cabeza y vi que se había destapado. El short de algodón le marcaba un bulto que se movía levemente, como si respirara con ella. Me quedé mirando más tiempo del que debería.

Daniela se dio cuenta. Bajó la vista, vio lo que yo estaba viendo y se puso roja. Agarró una almohada y se la puso encima con un gesto rápido, casi violento.

—Perdón, Sofi, perdón. Es que la serie... yo no quería que...

—Dani —la interrumpí.

No sé de dónde me salió lo que dije después. Tal vez del vino. Tal vez de los tres episodios de tensión acumulada. Tal vez de algo que llevaba meses guardándome sin saberlo.

—Si querés, te ayudo.

Se quedó muda. Me miró con los ojos enormes, como esperando que le dijera que era un chiste. Pero no era un chiste. Le saqué la almohada despacio, sin dejar de mirarla a los ojos. Ella no se resistió.

Le desabotoné el short con los dedos torpes del nervio y del vino. Adentro no tenía nada. Su miembro apareció entre la tela, grande y tibio. Lo tomé con las dos manos y sentí cómo latía. Era suave, firme, y tenía un calor que me subió por los brazos hasta el pecho.

Me incliné y le di un beso en la punta. Apenas un roce con los labios. Daniela soltó un gemido cortito, casi un suspiro, y cerró los ojos. Sentí que me mojaba en ese instante, de golpe, como si alguien hubiera abierto una canilla.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—No pares —me dijo con la voz rota.

Empecé con la lengua. Recorrí desde la base hasta la punta, despacio, probándola, aprendiéndola. Nunca había hecho esto con una mujer trans y no sabía bien qué esperar, pero la reacción de Daniela me guiaba: cada vez que hacía algo bien, su cuerpo se tensaba y sus manos me agarraban el pelo con más fuerza.

La metí entera en mi boca. Sentí cómo tocaba el fondo de mi garganta y en vez de incomodarme me excitó más. Empecé a moverme, a subir y a bajar, con ritmo, usando la mano en lo que no alcanzaba. Los gemidos de Daniela llenaban la habitación, mezclados con el ruido de la serie que seguía corriendo en la notebook, olvidada.

Se vino en mi boca sin avisar. Caliente, espesa, con un sabor que me sorprendió porque no me disgustó. Me la tragué toda mientras ella temblaba con los ojos cerrados y la boca abierta.

Antes de que pudiera decir nada, Daniela me agarró de los hombros y me levantó hacia ella. Me besó con hambre, con la lengua, mordiéndome el labio inferior. Sus manos bajaron hasta mis pechos y me apretó los pezones con los dedos, primero suave, después con fuerza. Yo los tenía duros como piedras y cada apretón me mandaba una descarga directa al centro del cuerpo.

—Sacate esto —me dijo tirando de mi remera.

Me la saqué de un tirón. Ella se quitó la musculosa. Las dos quedamos desnudas de la cintura para arriba. Sus pechos eran más pequeños que los míos pero perfectos, con pezones oscuros que necesité probar. Me incliné y los lamí mientras ella me bajaba la ropa interior.

Quedamos completamente desnudas, piel contra piel. Daniela me puso arriba de ella y empezamos a frotarnos. Su miembro, que ya estaba duro otra vez, se deslizaba entre mis labios mojados. Cada movimiento era una descarga. Nos agarrábamos de los hombros, del cuello, del pelo, con una desesperación que me asustaba un poco y me encantaba mucho.

—Sofi —me dijo mirándome a los ojos—. ¿Querés que te la meta?

No le contesté con palabras. Le agarré la mano, se la llevé hasta su propio miembro y la guié hasta mi entrada. Sentí cómo empujaba, cómo me abría, cómo entraba centímetro a centímetro. Fue un dolor dulce que duró un segundo y después fue puro placer.

—Por favor, no pares —le dije al oído.

Empezó a moverse dentro de mí. Primero despacio, buscando el ángulo, acomodándose. Después más rápido, con un ritmo que nos hacía chocar las caderas con un ruido húmedo que me ponía más loca todavía. Yo apretaba las piernas alrededor de su cintura y la besaba con los ojos cerrados, perdida.

Me vine por primera vez con un grito que no pude contener. Daniela no paró. Siguió embistiendo mientras yo temblaba y me agarraba de las sábanas.

Me dio vuelta sin sacar. Me puso en cuatro y volvió a entrar desde atrás. Desde esa posición era más profundo, más intenso. Sentía cómo su pelvis chocaba contra mí, cómo sus manos me agarraban la cintura con firmeza, cómo su respiración se volvía más pesada con cada empujón.

Con una mano me agarraba la cadera y con la otra me tomó un pecho, apretándome el pezón entre los dedos. La combinación de sensaciones me hizo cerrar los ojos y morder la almohada.

—Más fuerte —le pedí sin reconocer mi propia voz.

Daniela obedeció. Sus caderas golpeaban contra mí con una urgencia que era casi violenta, pero exactamente lo que necesitaba. Me vine por segunda vez, por tercera, perdí la cuenta. Sentí cómo ella se venía adentro, caliente, llenándome, y el gemido que soltó fue tan largo que parecía que le salía del fondo del cuerpo.

Nos desplomamos las dos, empapadas de sudor y de todo lo demás. Respirábamos agitadas, sin hablar, tratando de entender lo que acababa de pasar.

Daniela fue la primera en moverse. Se acostó de costado y me jaló hacia ella. Me abrazó por detrás, pegando su cuerpo al mío, sus pechos contra mi espalda, sus piernas entrelazadas con las mías. Sentí su miembro, ya blando, tibio contra mi trasero.

—¿Estás bien? —me susurró al oído.

—Estoy muy bien —le contesté tomándole la mano y poniéndola sobre mi pecho.

Nos quedamos así, en silencio, escuchando la serie que seguía sonando de fondo. En la notebook, los dos protagonistas se besaban bajo la lluvia. En mi cama, dos vecinas se abrazaban con los cuerpos todavía calientes y las piernas pegajosas.

Me quedé dormida sin soltar su mano.

***

A la mañana siguiente me desperté sola. En la almohada de al lado había un papelito doblado. Lo abrí con el corazón acelerado.

«Fui a preparar el desayuno a mi depto. Vení cuando te levantes. Dani.»

Me puse la remera del piso, crucé el pasillo descalza y toqué su puerta. Abrió con esa misma sonrisa del día anterior, pero ahora era distinta. Más completa. Más mía.

Desayunamos en su cocina sin hablar de lo que había pasado. No hacía falta. Los silencios entre las dos ya no eran incómodos. Eran otra forma de decir lo que las palabras no alcanzaban.

Nunca le conté a nadie. Hasta ahora.

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