El lechero le hizo probar algo más que la leche
Abrió la puerta esperando la botella de siempre. En su lugar, él le tendió un delantal de encaje y una sonrisa que no admitía un no por respuesta.
Abrió la puerta esperando la botella de siempre. En su lugar, él le tendió un delantal de encaje y una sonrisa que no admitía un no por respuesta.
Bajé a la piscina creyendo que solo buscaba gimnasio y sol. No sabía que ellas ya habían decidido qué iban a hacer conmigo cuando los maridos cerraran los ojos.
Un post-it amarillo sobre la cajita decía una sola palabra: «Ponme». Eran las dos de la madrugada y la curiosidad pudo más que el cansancio acumulado de la noche.
—Hoy solo vamos a cuidarte —susurró, y entendí que después de ser su puta toda la noche, ahora me tocaba volver a ser su chica.
Sorbía su gin tonic cuando dos hombres se sentaron a su lado y le hablaron de una película. Para cuando terminó la copa, ya había firmado.
Todavía tenía la cara manchada cuando me metí a la ducha. En menos de una hora iban a tocar el timbre, y yo ya estaba lista para entregarme otra vez.
Me dejó sus bragas sobre la mesilla como cada noche. Pero esta vez entré en su cuarto sin avisar y encontré algo que lo cambió todo entre nosotros.
Crucé la puerta de la suite esperando a una mujer asustada. No imaginé lo que escondía bajo aquella falda larga, ni las ganas con las que pensaba enseñármelo.
Yo siempre había sido el que cogía, nunca el que recibía. Hasta que esa noche, en la oscuridad de aquel cuarto, alguien decidió cambiar las reglas sin pedirme permiso.
Le dije que era muy chico para mí, y su respuesta fue una foto que me hizo cambiar de opinión. Nunca había estado con alguien tan joven desde que empecé a vestirme de mujer.
Podía haberme cambiado en treinta segundos. En vez de eso caminé hacia la puerta con los tacones marcando cada paso, sabiendo perfectamente lo que él iba a ver.
Cuando tropezó en el andén y se le bajó el pantalón, vi el encaje rojo ceñido a su piel. Duró dos segundos, pero no pude pensar en otra cosa el resto del día.
Me visto solo cuando tengo una cita, siempre en un cuarto de hotel, y esa noche el desconocido que me esperaba no tenía idea de lo que iba a encontrar bajo mi vestido.
Cuando bajé a la biblioteca esa tarde no sabía que mi madrastra y su imponente socia ya habían decidido qué clase de hombre iban a hacer de mí.
Andrés creía que el viaje los iba a reconciliar. Carmen bajó a la piscina con su bikini rojo y volvió tres horas después, sonrojada, oliendo a sal y a algo más.
Apoyé la cabeza en su hombro como siempre, pero esa noche su mano se quedó en mi cintura. Y ninguno de los dos la retiró.
Su mano subió por mi muslo y se metió bajo mi ropa interior. Esperaba encontrar lo que tantas veces había imaginado, pero lo que toqué me dejó sin aliento.
Cuando bajó del tren con dos maletas y unos tacones imposibles, supe que aquella convivencia con mi sobrina no se parecería en nada a lo que había imaginado.
Coincidimos tres veces el mismo sábado: en el tranvía, en un bar del centro y otra vez en el andén. A la tercera entendí que no podía dejarla ir sin saber su nombre.
Bastaba que Diego girase la cabeza un instante para verlos. Aun así, Lucía bajó la cremallera del chico con esa sonrisa que siempre lo arrastraba al borde.