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Relatos Ardientes

Lo que mi jefe casado no sabía de mí los viernes

De lunes a jueves yo era Cristian. Camisa blanca, pantalón de vestir, corbata gris, zapatos lustrados. Subía al piso doce a las ocho y media, saludaba a la recepcionista con una sonrisa medida y me sentaba frente a la planilla de Excel a llevar las cuentas de la consultora. Sebastián, mi jefe, pasaba dos veces al día junto a mi escritorio. Me palmeaba el hombro, me preguntaba por la familia que no tenía, me felicitaba por el último cierre. Era un hombre grande, de espalda ancha y manos ásperas, con un anillo de oro en el dedo y una foto de su mujer y sus tres hijos sobre el escritorio del despacho.

Los viernes la cosa era distinta.

Los viernes a las siete de la tarde, cuando la oficina se vaciaba, yo me encerraba en el baño del fondo del piso. Llevaba una mochila negra cargada con todo lo necesario para dejar de ser Cristian. Lo primero, la peluca rubia y lacia que me caía hasta el medio de la espalda. Después, el corsé negro que me apretaba la cintura y empujaba hacia arriba el pecho que las hormonas me habían regalado en los últimos catorce meses. Una tanga blanca, medias hasta el muslo con la liga ancha, falda plisada apenas más larga que la goma de las medias. Tacones de doce centímetros, charol negro. Maquillaje rápido pero preciso: contorno, labio rojo, una línea firme en cada párpado.

Cuando me miraba en el espejo del baño, no quedaba nada de Cristian. Era Camila.

Sebastián fue el primero en saberlo. Siete meses atrás, una noche en la que se me había hecho tarde corrigiendo un balance, dejé olvidada la mochila junto a la fotocopiadora. Él la abrió pensando que era de la chica de marketing. Lo que encontró no era de ella. Cuando levanté la vista, lo tenía parado frente a mí con la peluca colgándole del puño y una mirada que no supe leer.

—¿Esto es tuyo?

Le dije la verdad. Toda. Le hablé del nombre, de las hormonas, de los viernes solitarios en mi departamento poniéndome ropa que después guardaba bajo la cama. Esperaba el despido al lunes siguiente.

Lo que recibí fue un mensaje de WhatsApp el viernes a las siete y diez.

Sube al despacho. Vestida.

***

Aquella primera vez fue torpe. Yo temblaba como una hoja, él respiraba pesado del otro lado del escritorio. Cerró la puerta con llave y me hizo pararme en medio de la alfombra. Caminé en tacones igual que había practicado mil veces en mi cocina. Me dio una vuelta entera con un dedo levantado, despacio, como un comprador examinando una pieza única.

—No sé qué demonios me pasa contigo —me dijo entonces, y se desabrochó el cinturón.

Esa noche aprendí dos cosas. Que Sebastián era mucho más paciente de lo que aparentaba en la oficina. Y que yo era capaz de pedir cosas que jamás había pronunciado en voz alta.

Esta noche, siete meses más tarde, ya no tiembla nadie.

***

Cuando entro al despacho, Sebastián está sentado en el sillón de cuero, con el saco colgado del respaldo y la corbata aflojada. Tiene un vaso de whisky en una mano y la otra apoyada en el muslo. Me mira de arriba abajo sin decir nada por un rato largo. Yo me quedo en el umbral, dejando que mire.

—Cierra con llave —me ordena por fin.

Lo hago. El clic suena más fuerte de lo que debería en ese piso vacío.

—Ven.

Camino hasta él en línea recta. Los tacones se hunden en la alfombra. Él no se levanta. Cuando llego, me pone una mano en la cintura y la otra detrás de la rodilla, y me empuja para que me siente a horcajadas sobre él. La falda se sube sola. El corsé me obliga a mantener la espalda recta como si me hubieran enseñado modales.

—Hoy estás distinta —dice, mirándome a los ojos—. Estás más mujer que nunca.

Me besa antes de que pueda contestar. Es un beso lento al principio, después no. Su lengua entra en mi boca con la confianza de quien ya conoce el camino. Una de sus manos me agarra la nuca para que no me mueva; la otra me sube por el muslo, por debajo de la falda, hasta encontrar la tanga.

—Sigo sin entender cómo escondes esto debajo de un pantalón de oficina —murmura contra mi oreja.

Me muerde el lóbulo. Me muerde el cuello. Me muerde donde el corsé deja la piel libre. Yo le hundo los dedos en el pelo y dejo escapar un quejido que no me preocupo en disimular: hace rato que aprendí que a él le gusta escucharme.

—Para. Bájate.

Me deslizo hasta el suelo. Las rodillas me reciben sobre la alfombra mullida. Le abro el cinturón con dedos acostumbrados, le bajo el cierre, le saco la camisa de adentro del pantalón. Cuando le bajo el bóxer, su sexo cae pesado contra mi mejilla. Está casi duro y huele a él, a colonia cara y a transpiración del día entero.

Lo agarro con las dos manos y le doy un primer lengüetazo desde la base hasta la punta. Sebastián cierra los ojos y deja escapar un suspiro entre dientes. Lo conozco. Sé que le gusta que empiece despacio, que lo bese, que lo lama, que lo provoque antes de tomarlo. Le doy lo que quiere durante unos minutos. Después abro la boca y me lo trago hasta donde puedo, hasta que lo siento topar contra el fondo de mi garganta y los ojos se me llenan de lágrimas.

—Buena chica —jadea él, agarrándome de la peluca para guiar el ritmo.

Cuando me suelta, tengo el labial corrido y la barbilla húmeda. Me limpio con el dorso de la mano. Sebastián me mira como si recién ahora me viera del todo.

—Al escritorio. Boca abajo.

***

El escritorio es enorme, de madera oscura, con dos pantallas y una pila de carpetas que él aparta con el brazo en un solo gesto. Las carpetas caen al piso. No le importa. Me acuesta encima con la cara contra la madera fría y la falda subida hasta la cintura. Me baja la tanga hasta los muslos y me deja expuesta así, con los tacones todavía puestos, las medias hasta arriba y el corsé apretado.

Lo escucho abrir el cajón donde guarda el lubricante. Es nuestra rutina ya. Una rutina que de lunes a jueves no existe.

Sus dedos llegan primero. Fríos al principio, después tibios. Me prepara con paciencia, sin prisa, separando despacio. Yo apoyo la frente contra el escritorio y respiro hondo, dejando que entren. Él lo sabe hacer. Lo aprendió con el tiempo, conmigo. La primera vez le dolí; ahora sabe esperar.

—Mira cómo se abre para mí —dice bajo, casi para sí mismo.

Cuando finalmente lo siento empujarse contra mi entrada, todo el cuerpo se me tensa de pura anticipación. Entra en una sola embestida lenta, profunda, midiendo cada centímetro. Yo dejo escapar un quejido largo que se enreda con su gruñido. Cuando llega al fondo, se queda quieto un instante, dándome tiempo a respirar.

—Aguanta —me susurra, y empieza a moverse.

Me toma despacio al principio. Me agarra de las caderas con las dos manos, me sostiene como si fuera algo frágil. Después acelera. Las embestidas se vuelven más profundas, más duras, más mías. Cada vez que entra hasta el fondo, me arranca un gemido nuevo. La madera del escritorio me golpea contra los huesos de la cadera y no me importa: me importa él, su respiración, sus dedos clavándose en mi cintura, el roce de la corbata que se olvidó de quitarse contra mi espalda.

—Dime que eres mía —jadea contra mi oreja, sin dejar de moverse.

—Soy tuya. Soy tu Camila. Soy lo que tú quieras.

Me agarra del pelo —de la peluca, en realidad, pero a esta altura ya es lo mismo— y me obliga a girar la cara hacia él para mirarlo. Sebastián me mira con los ojos muy abiertos, la frente brillante, la mandíbula tensa. Y dice una cosa que no me había dicho nunca antes.

—No quiero compartirte con nadie.

Algo se me desarma adentro. No sé si por las palabras o por la forma en que se mueve a partir de ese momento, más lento, más pegado. Me suelta el pelo, me da vuelta sobre el escritorio, me levanta una pierna y se acomoda entre las mías. Quiere mirarme la cara. Quiere mirar a Camila a los ojos mientras me toma.

—No cierres los ojos —me ordena.

No los cierro. Aunque el placer me sube por la columna como un cable de alta tensión, aunque siento que las piernas me empiezan a temblar, no los cierro. Lo miro. Le miro la frente, el cuello, el anillo de oro en la mano que me sostiene el muslo. Lo miro y siento que algo entre nosotros, en este despacho, deja de ser solamente sexo de viernes.

El orgasmo me llega de adentro, en oleadas. No necesito tocarme: el roce de mi vientre contra el suyo, la fricción, la profundidad, son suficientes. Mi propio sexo, pequeño, casi ignorado, libera un chorro tibio que me moja el corsé. Yo me arqueo, gimo más fuerte de lo que debería en una oficina aunque sean las nueve de la noche, y aprieto las piernas alrededor de su cintura.

Sebastián aguanta dos, tres embestidas más. Después se hunde hasta el fondo y se vacía adentro de mí con un gruñido ronco. Lo siento latir varias veces, el calor que se queda, el cuerpo que se le afloja sobre el mío. Me apoya la frente en el cuello. Se queda así, respirando contra mi piel, hasta que el reloj de la pared marca las nueve y media y el aire del despacho se llena de olor a sexo y whisky tibio.

***

Después de un rato me ayuda a sentarme. Me alcanza unos pañuelos del cajón y se ríe bajito cuando ve el desastre del labial corrido. Me besa la frente. Me besa la sien. Me besa esa parte del hombro que el corsé deja libre.

—¿Lo de antes lo dijiste en serio? —le pregunto, sin mirarlo.

Tarda en contestar. Cuando lo hace, su voz es más baja de lo habitual.

—Lo dije en serio.

—Tienes mujer.

—Tengo mujer.

Nos quedamos en silencio un rato. Afuera, en alguna parte del edificio, una aspiradora se enciende. El servicio de limpieza está empezando su ronda. En quince minutos voy a tener que volver al baño, sacarme la peluca, despegarme las pestañas, ponerme la corbata, ser Cristian otra vez para la garita de seguridad.

Pero todavía no.

Sebastián me sienta sobre sus rodillas en el sillón, me abraza con los dos brazos y me deja apoyar la cabeza en su hombro como si fuera lo más natural del mundo. Yo cierro los ojos. Huele a él. Huele a nosotros. Por un instante imagino lo imposible: una vida en la que no haya que esperar al viernes, en la que no exista esa foto familiar sobre su escritorio, en la que Camila no tenga que vivir guardada bajo una cama.

El lunes va a pasar dos veces junto a mi escritorio. Me va a palmear el hombro. Me va a preguntar por el cierre del mes. Yo le voy a contestar con la voz neutra de Cristian y los dos vamos a fingir muy bien.

Pero al pasar, sin que nadie lo vea, me va a deslizar un papelito doblado bajo el teclado.

Y yo, desde adentro de la camisa blanca, ya voy a saber lo que dice.

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Comentarios (7)

AndreaMdq

Que bueno!! quede enganchada desde el primer parrafo, no pude parar de leer

nikoBA

Tiene que haber una segunda parte, me quede con las ganas de saber como termino todo esto 😩

PatriciaRJ

Muy bien narrado, se nota que hay mucho detras de esta historia. Felicidades por compartirlo!

Torrebruno

Y el jefe se dio cuenta alguna vez? la pregunta que me hago desde que termine de leer jaja

GabyBaires

Me emociono un poco leyendo esto, honestamente no lo esperaba. Gracias por escribirlo

LuciaMar91

el titulo solo ya es un gancho tremendo, y el relato cumple de sobra. seguí así!!

SantiagoR_77

Increible historia, de las mejores que lei aca ultimamente. Esperando mas de tu parte

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