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Relatos Ardientes

Lo que el señor del gimnasio no sabía de mí

Siempre hubo dos versiones de mí. La que iba al gimnasio tres veces por semana, la que cargaba cajas en el almacén, la que tomaba cerveza con los compañeros los viernes. Y la otra: la que guardaba en una mochila negra al fondo del armario todo lo que realmente era.

Tengo veintiséis años. Nunca me he considerado gay en el sentido convencional de la palabra. Me atraen los hombres, sí, pero lo que quiero no es estar con ellos como hombre. Desde adolescente mi fantasía era ser la mujer que los volviera locos.

Durante años lo mantuve como un secreto tan bien escondido que ni yo mismo me lo nombraba. Me vestía a solas, practicaba el maquillaje frente al espejo del baño con la puerta cerrada, aprendí a caminar en tacones sobre el parqué sin hacer ruido. Y lo guardaba todo, siempre, para mí.

Hasta que conocí a Ernesto.

***

Lo vi por primera vez en los vestuarios del gimnasio, un martes por la tarde. Cincuenta y cinco años, al menos. Alto, con el torso cubierto de vello oscuro que se volvía gris en el pecho, barba de tres días, manos grandes. Hablaba con voz grave, de esas que no necesitan subir el volumen para que todo el mundo escuche. Me llamó la atención de una manera que no supe descifrar en ese momento, o quizás no quise.

Con el tiempo nos hicimos de saludar. Después, de hablar entre series. Ernesto era ingeniero retirado, divorciado desde hacía cuatro años, vivía solo en un departamento a diez minutos del gimnasio. Era del tipo de hombre que no pretende nada: decía lo que pensaba, se reía de sus propios chistes y no le importaba si a alguien no le hacía gracia.

Un viernes, cuando ya estábamos terminando la rutina, se apresuró a cambiarse y me dijo con esa naturalidad suya que a veces me descolocaba:

—Esta noche tengo cita con una chica un poco especial.

—¿Su novia? —pregunté, fingiendo indiferencia.

—No, nada de eso. Me refiero a que es especial de otra manera.

Me quedé mirándolo. Él esperó a que dos chicos que estaban cerca se fueran hacia las duchas y bajó un poco la voz.

—Es travesti. ¿Sabes lo que es?

—Claro —dije, con más calma de la que sentía.

—Desde que me separé decidí dejar de ponerle límites a lo que me gusta. Y créeme que estar con alguien así es otra cosa completamente. Son una adicción.

Se fue con paso rápido, todavía sonriendo.

Yo me quedé parado frente a mi taquilla durante un minuto entero sin moverme.

Es ahora o nunca.

***

La oportunidad llegó tres semanas después, un jueves al mediodía. Me llegó un mensaje mientras estaba saliendo del trabajo antes de lo habitual.

—Oye, tengo unos documentos que no entiendo. ¿Me puedes echar un ojo esta tarde, antes del gimnasio? Si quieres paso a buscarte y vamos en mi coche.

Le respondí que sí sin pensarlo dos veces. Luego me senté en mi coche, cerré los ojos un momento y abrí la guantera donde siempre guardaba la mochila. Todo estaba ahí: el kit completo, como siempre, por si acaso.

Por si acaso.

Llegué a su edificio, di mi nombre en la portería y subí. Ernesto me abrió con ropa cómoda: pantalón de chándal gris, camiseta blanca, chanclas. El departamento olía a café recién hecho y había una laptop abierta sobre la mesa del comedor.

Estuvimos revisando sus papeles durante media hora. Después, sin venir mucho a cuento, me dijo:

—¿Te acuerdas de lo que te conté aquel viernes?

—Sí —respondí.

—Desde ese día no puedo dejar de pensar en repetirlo. —Hizo una pausa—. El lunes en el gimnasio no dejaba de mirarte cuando hacías sentadillas. No sé si te diste cuenta.

—Me di cuenta —admití.

Hubo un silencio que duró lo suficiente para que los dos entendiéramos que ya no estábamos hablando de documentos. Se puso de pie, fue a buscar algo a su habitación y volvió con varios billetes en la mano. Los dejó sobre la mesa sin decir nada.

—Si no te incomoda la idea... —dijo.

Los miré. Lo miré a él.

—Dame diez minutos —le dije.

—Te vas a ir —dijo él, con una media sonrisa escéptica.

—No me voy a ir. Solo necesito bajar al coche un momento.

***

Subí con la mochila negra colgada al hombro. Cuando entré al departamento, Ernesto había encendido el televisor en algo que sonaba a película de adultos. Me señaló el pasillo con la barbilla.

—El baño es la primera puerta.

Me encerré. Saqué todo con la calma que dan los años de práctica: medias negras hasta el muslo con liguero, lencería de satén en color burdeos, falda tubo corta, blusa de encaje oscuro, peluca castaña que me llegaba a los hombros y tacones de aguja que ya sabía manejar sin mirarlos. Me retoqué la cara con base, sombra ahumada y labios en rojo oscuro, y me miré en el espejo del baño durante cinco segundos.

Sandra estaba lista.

Cuando salí al pasillo, el sonido de los tacones sobre el parqué detuvo a Ernesto en seco. Se había asomado a ver qué tardaba y se quedó ahí, con la mano apoyada en el marco de la puerta, sin decir nada.

—¿Qué opinas? —le pregunté, con la voz más suave que sé hacer.

—Dios mío —dijo despacio—. Estás preciosa.

—¿De verdad? —Me acerqué un paso. Los tacones resonaban en el silencio—. Esto era un secreto solo mío. Creo que hoy deja de serlo.

—¿Cómo te llamas?

—Sandra. Aunque puedes llamarme como quieras.

Sonrió de esa manera suya, tranquila y sin aspavientos.

—Mucho gusto, Sandra. Yo soy Ernesto, aunque desde esta noche puedes llamarme como te dé la gana.

***

Le preparé algo de comer con lo que encontré en su nevera. Era un detalle tonto, lo sabía, pero necesitaba hacer algo con las manos mientras él me miraba desde el sofá. El sonido de los tacones contra el suelo, el murmullo de la película de fondo, el olor a comida caliente: todo se mezclaba en algo que me parecía, extrañamente, íntimo.

Cuando terminé le llevé una copa y me senté a su lado.

—Llevas mucho tiempo guardando esto —dijo. No era una pregunta.

—Muchos años.

—¿Y bien?

—Aquí, ahora mismo, me siento mejor que nunca.

Me acercó hacia él con una mano en mi nuca y me besó despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su barba me raspó el labio inferior. Su mano recorrió mi espalda de arriba abajo, notando el encaje de la blusa, el borde del liguero por debajo de la falda. Sentí que algo que había estado tenso durante años, de pronto, se soltaba.

—¿Qué quieres esta noche? —preguntó contra mi boca.

—Solo quiero ser tuya.

***

Me llevó al dormitorio sin apresurarse. Se sentó en el borde de la cama y me miró desde ahí, con esa calma que tenía para todo. Me acerqué despacio, consciente de cada paso, de la línea de las medias, del crujido suave del parqué bajo los tacones.

Me arrodillé frente a él.

Le bajé el pantalón y le besé por encima del bóxer. Olía a hombre, a calor, a algo urgente y concreto que me hizo cerrar los ojos un segundo. Cuando lo liberé y lo tomé en la mano, sentí el peso de él, la temperatura, las venas marcadas bajo la piel. No era enorme pero era perfecto, exactamente del tamaño que cabe en la boca sin perder el control.

Estuve largo rato así, arrodillada ante él, escuchando cómo su respiración cambiaba de ritmo. Cada vez que hacía algo que le gustaba, sus dedos se tensaban ligeramente en mi cabello.

—Lo haces muy bien —murmuró—. No pares.

No paré.

Cuando me levantó y me tumbó sobre la cama, lo hizo con fuerza pero sin brusquedad, como si supiera exactamente cuánto peso poner en cada gesto. Me desnudó casi sin quitarme la lencería, solo lo justo, y me recorrió con la boca desde el cuello hacia abajo. Cuando llegó entre mis piernas no vaciló. Me devoró con una paciencia y una habilidad que me hicieron aferrarme a las sábanas con los dos puños.

—Ernesto...

—Quieta —dijo, sin levantar la cabeza.

Me quedé quieta.

***

Cuando me penetró lo hizo despacio y con generosidad de lubricante. Puso una almohada bajo mi cadera, levantó mis piernas y entró con una lentitud calculada que me dio tiempo para acostumbrarme a él, para respirar, para abrirme poco a poco hasta que lo sentí entero adentro.

—¿Bien? —preguntó.

—Muy bien —dije, y era verdad.

Empezó a moverse. Lento al principio, con cadencia, sin dejar de mirarme a la cara. Me tenía sujeta por las caderas y cada empuje era preciso, profundo, sin perder el ritmo. Yo tenía los ojos clavados en el techo y los cerraba a ratos cuando la sensación se volvía demasiado intensa para mantenerlos abiertos.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Sí. No te detengas.

No se detuvo. Me puso boca abajo, me levantó las caderas y continuó desde atrás. Así era diferente: más profundo, más urgente. Su mano me sujetaba la nuca con suavidad pero con firmeza, y yo tenía la frente apoyada en el colchón y los dedos aferrados a la almohada mientras él me hacía suya con cada golpe de cadera.

Había un espejo de cuerpo entero al fondo del dormitorio y en algún momento abrí los ojos y vi la imagen reflejada: yo, de medias y tacones, y él detrás, alto y velludo y completamente entregado. Fue la imagen más erótica que había visto en mi vida, y era real. Era yo. Era todo lo que siempre había querido ser.

***

Cuando terminó, nos recostamos sobre las sábanas sin hablar, escuchando cómo la respiración de los dos volvía poco a poco a la normalidad. Él me pasó un brazo por encima y me acercó sin ningún gesto dramático, como si fuera algo que hacía siempre.

—Llevas años guardando esto —dijo al fin.

—Muchos años.

—Pues se acabó el guardarlo, al menos aquí.

—¿Qué propones?

Ernesto me miró con esa expresión seria que tenía cuando no bromeaba.

—Que esto siga siendo entre tú y yo. Solo cuando tengamos tiempo, solo cuando podamos. Sin presiones, sin compromisos que no queramos. ¿Qué te parece?

—Me parece perfecto.

—¿Tienes alguna fantasía que quieras explorar?

Me reí sin querer.

—Varias.

—Cuéntame.

Le conté. Le hablé de los escenarios que había construido durante años sin nunca poder hacerlos reales, de cosas que ni siquiera me había atrevido a escribir. Él escuchó sin interrumpirme, asintiendo de vez en cuando, y cuando terminé dijo:

—Tiempo al tiempo. Esta noche ha sido suficiente para empezar.

Nos quedamos un rato más en la cama, hablando de nada en particular, con la ciudad entera afuera sin saber nada de lo que había pasado en ese departamento. Pensé en todos los martes que me había cruzado con él en los vestuarios y en la mochila que llevaba siempre en el coche, por si acaso.

Por fin el «por si acaso» había llegado.

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Comentarios (7)

Fernanda_R

Que relato tan bonito, se me hizo un nudo en el pecho leyendolo. Gracias por compartir algo tan personal

MarinaVia

Espero que haya segunda parte porque me quede con ganas de saber como termino todo!!

Marlena_B

Me identifique tanto con esa mochila en el auto jajaja, todos tenemos nuestra mochila guardada en algun lugar esperando el momento. Muy bien escrito

viajero_curioso

Cuanto tiempo llevabas yendo al gimnasio antes de ese jueves?? Me quedo la curiosidad

SandraK77

El detalle de llevar todo preparado por si acaso es tan real... da un morbo especial saber que nadie lo sabe todavia

NocheLibre

el titulo me llamo demasiado la atencion y no me decepciono para nada, tremendo

Facundo_b

Excelente, muy bien narrado. Tenia tiempo sin leer algo que me enganchara asi desde el primer parrafo

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