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Relatos Ardientes

Apostaron por ella en su cumpleaños

4.6(12)

Todo empezó dos semanas antes del cumpleaños de Laura. Era medianoche y los dos estaban en la cama, con la respiración aún pesada después de una hora larga de follar. Marcos le acariciaba el cabello, ella tenía la cabeza apoyada en su pecho, con el semen de él todavía resbalándole por el interior del muslo.

—Quiero hacer algo especial este año —dijo él—. Nada de cenas con la familia. Algo nuestro. Solo para nosotros… y para quienes ya saben cómo somos.

Laura levantó la vista.

—¿Qué estás pensando?

—Una noche de casino. En algún lugar privado, lejos de todo. Trajes, vestidos largos, champán. Pero las apuestas no serían dinero.

Ella se incorporó un poco sobre el codo. Los pezones todavía duros le rozaron el antebrazo a Marcos.

—¿Cuáles serían?

—Favores. Con las mujeres presentes. Y al final de la noche… una subasta. El premio mayor serías tú. Tu coño para el que junte más fichas.

Laura no respondió de inmediato. Lo procesó despacio, sintiendo cómo la idea le recorría el cuerpo de arriba abajo y le apretaba de nuevo entre las piernas.

—¿Quiénes?

—Diego, porque tiene la casa perfecta y lleva tiempo mirándote las tetas cada vez que venimos. Sofía y Pablo, que ya saben cómo funciona esto. Nicolás, el amigo de la universidad. Y Sebastián.

—Tu primo Sebastián.

—Sí.

Laura soltó una risa corta, bajó la mano y la deslizó por debajo de la sábana hasta la polla de Marcos, que se levantó otra vez bajo sus dedos como si no hubiera terminado hacía diez minutos.

—Arréglalo —dijo, apretando el puño alrededor de la verga—. Y que nadie llegue con ganas flojas.

Se subió encima antes de que él pudiera contestar. Se ensartó de golpe, sin usar la mano para guiarlo, y empezó a montarlo con la boca abierta y los ojos cerrados, mientras la idea del casino se le instalaba entre las piernas como un anticipo.

***

Diego tenía una casa de campo en las afueras de la ciudad: jardín grande, piscina climatizada, sala amplia con ventanales y tres habitaciones de invitados que olían a madera antigua. Cuando Marcos le explicó la idea por teléfono, Diego aceptó antes de que terminara la frase.

—La mesa de blackjack la traigo yo. Tengo una ruleta de casino en el garaje desde hace años, sin estrenar. El bar lo preparo completo. Y las habitaciones, ya sabes para qué sirven. Con paredes gruesas, así puede gritar todo lo que quiera.

Llegaron el viernes por la noche. Laura llevaba un vestido rojo con una abertura lateral que subía hasta la mitad del muslo. Debajo, nada: se lo había dicho a Marcos en el coche, levantando un poco la tela para mostrárselo, y él estuvo el resto del viaje con la polla dura contra el pantalón. Sofía iba de negro, con la espalda completamente al aire y sin sujetador; las tetas se le marcaban a través de la tela cada vez que se movía. Los hombres llegaron impecables: trajes oscuros, corbatas, como si fueran a cenar en algún lugar serio.

Diego los recibió en la puerta con copas de cava ya servidas. La sala estaba transformada: mesas cubiertas de fieltro verde, fichas apiladas en columnas ordenadas, luz tenue que hacía brillar los bordes de las copas. Música de jazz salía de algún altavoz invisible.

—Bienvenidos al casino privado de Laura —dijo Diego, mirándola directamente, deteniendo los ojos en el escote y bajando después por la abertura del vestido—. Espero que la cumpleañera haya descansado. Va a ser una noche larga.

***

Las reglas las explicó Marcos mientras servían la segunda ronda de champán. Todos escuchaban de pie, con las copas en la mano y esa mezcla de excitación y fingida formalidad que tienen las cosas que se saben a dónde van a llegar.

—Las fichas se ganan jugando. Blackjack, póker y ruleta. Cada ficha equivale a un favor: un beso, una caricia, que te quiten una prenda, un baile, una mamada, lo que quieran pedir. Hasta dónde llegan los favores depende de lo que acuerden en el momento, pero acá esta noche no hay límites. Al final de la noche, subasta: el que acumule más fichas se folla a Laura para lo que ella acepte. Yo participo al final.

Sofía levantó la copa hacia él.

—¿Y yo?

—Tú eres el otro premio disponible. Quien gane la ronda de póker también puede pedirte lo que quiera. Boca, coño, culo. Lo que se le antoje.

Pablo, el marido de Sofía, no dijo nada. Solo sonrió con esa sonrisa que tenía cuando algo lo ponía muy bien. Llevaba años siendo así: mirando cómo se cogían a su mujer, disfrutando con la polla dura sin necesitar tocar, sin necesitar más que eso.

Primera ronda: blackjack. Ganó Sebastián.

Se quedó mirando a Laura un momento, calculando, como si hubiera varias opciones y estuviera eligiendo la mejor.

—Quiero que me beses. Largo. Sentada en mis piernas. Y que me sientas debajo.

Laura caminó hacia él sin apuro. Se sentó a horcajadas, con el vestido subiéndosele hasta la cadera, y sintió enseguida el bulto duro de Sebastián apretándose contra su coño desnudo. Se restregó una vez, muy lentamente, y lo besó: no fue un beso de cortesía sino algo profundo, con la lengua metida hasta el fondo, mientras las manos de Sebastián le subían por los muslos, le agarraban el culo por debajo del vestido y la apretaban contra su verga. Cuando se separaron, Laura tenía los labios hinchados y él tenía una mancha húmeda en el pantalón, del coño mojado de ella. Sofía aplaudió dos veces.

—Empieza bien —dijo, y se pasó la lengua por el labio.

Segunda ronda: ruleta. Ganó Nicolás.

—Sofía —dijo—. Quítate el vestido. Despacio. Y date la vuelta mientras te bajás la tanga.

Sofía se levantó sin prisa, se quitó los zapatos de un tirón, y bajó el vestido con la misma calma con la que lo habría hecho en su propia habitación. Quedó solo en tanga negra, con las tetas al aire, los pezones marcados y duros. Se giró de espaldas, se inclinó despacio, y bajó la tela mostrando el culo primero y después el coño depilado entre los muslos abiertos. Pablo la miraba desde su silla con los ojos muy abiertos, la copa quieta en la mano y la otra mano apretándose la polla por encima del pantalón.

—Así me gusta más —dijo Nicolás, con la voz un poco ronca—. Ahora ven a mi lado y sentate con las piernas abiertas mientras jugamos.

Sofía obedeció. Se sentó desnuda al lado de él, con las piernas separadas, y Nicolás le pasó una mano por el interior del muslo sin dejar de mirar sus cartas. Le metió dos dedos en el coño sin ceremonias y siguió apostando, moviéndoselos adentro con calma, como si fuera parte del juego. Sofía apretaba los labios para no gemir mientras Pablo, del otro lado, se abría el pantalón sin quitárselo y empezaba a masturbarse en silencio.

Tercera ronda: póker. Ganó Diego.

—Laura. Ven aquí.

Ella se acercó. Diego le indicó que se arrodillara frente a él. Laura lo hizo sin que nadie dijera nada más, con ese aplomo que da saber que uno está exactamente donde quiere estar. Le abrió el pantalón despacio, le sacó la polla ya dura y grande, y se la metió en la boca de una sola vez, hasta el fondo. La lengua le rodeó la punta antes de bajar, y después empezó a chupar de verdad: con las dos manos apretadas en la base, la boca hasta las pelotas, un ritmo lento primero y después cada vez más rápido, con ruido, con saliva cayéndole por la barbilla y goteando entre sus tetas. Diego le agarró el pelo con una mano, no para forzarla, solo para verle la cara mientras se la comía. Laura levantó los ojos y lo miró con la polla entera adentro, y Diego dejó escapar un gruñido bajo. Ella se retiró en el último momento, cuando lo sintió tensarse, y le apretó la base con fuerza.

—Todavía no. Que dure la noche.

Se limpió el labio inferior con el pulgar, se lo llevó a la boca y lo chupó, y volvió a su sitio como si nada.

Marcos la siguió con la mirada durante todo el camino de vuelta. Tenía la mandíbula apretada, los nudillos blancos sobre la copa y la polla dura marcada bajo el pantalón.

—Sigan —dijo—. Esto no ha empezado.

***

Las rondas siguientes fueron perdiendo la formalidad de los juegos. Seguían apostando, seguían contando fichas, pero los favores se acumulaban sin esperar el turno oficial. Nicolás terminó de sacarle la tanga a Sofía y la puso de rodillas debajo de la mesa mientras seguía jugando; ella le chupaba la polla en silencio mientras él pedía cartas, y Pablo, desde el otro lado, se corría por primera vez en la mano sin dejar de mirarla, con la boca entreabierta. Sebastián le desabrochó la abertura lateral del vestido a Laura de un tirón, dejándoselo colgando de los hombros, y le apretaba las tetas por encima de la tela con una mano mientras con la otra le separaba los muslos y le pasaba los dedos por el coño mojado, jugando con el clítoris mientras ella intentaba concentrarse en la siguiente mano.

—Está empapada —le dijo a Diego, mostrándole los dedos brillantes—. Toca.

Diego los chupó directamente de la mano de Sebastián, sin apartar los ojos de Laura.

—Ya lo sé.

Diego se acercó por detrás, le pasó el brazo por los hombros a Sofía y le hablaba bajito al oído mientras le pellizcaba los pezones. Sofía organizaba sus fichas sin prestarle demasiada atención, concentrada en sus cartas, aunque cada tanto se le escapaba un suspiro y arqueaba la espalda contra la mano de él.

Cuando llegó la subasta final, ya nadie llevaba la cuenta con exactitud. Diego, Sebastián y Nicolás tenían los montones más altos. Laura estaba con el vestido bajado hasta la cintura, las tetas al aire, y una mancha oscura de humedad en la tela que le cubría el culo. Sofía estaba directamente desnuda, sentada en las piernas de Pablo, que la abrazaba por atrás y le acariciaba distraídamente el coño mientras hablaba.

Marcos contó tres veces, comparó, y sonrió.

—Empate entre los tres. Así que propongo algo diferente.

—Di —dijo Diego.

—Los tres ganadores pasan juntos con Laura. La cogen los tres a la vez, si ella quiere. Yo entro al final. Pablo puede quedarse donde quiera.

Pablo levantó su copa desde el rincón, con Sofía todavía encima.

—Yo me quedo aquí. Con la mía. Gracias.

Sofía se dio vuelta y le mordió el cuello.

Laura no esperó a que nadie le preguntara su opinión. Se levantó, se quitó del todo el vestido, lo dejó caer al piso y quedó desnuda en el centro de la sala, con el coño brillándole entre los muslos por la humedad acumulada de toda la noche. Dejó la copa sobre la mesa y miró hacia el pasillo.

—¿Qué habitación?

***

La habitación principal tenía una cama grande con sábanas blancas y una ventana que daba al jardín iluminado. Laura entró primero y se acostó en el medio, boca arriba, con las piernas abiertas y una mano tocándose el clítoris con dos dedos, sin apuro, mientras esperaba. Cuando los tres hombres entraron, todavía vestidos, ella los miró desde la cama con la lengua asomándole entre los labios.

—Desnúdense. Todos. Ya.

Se desnudaron sin decir nada, con la urgencia de haberse contenido durante horas. Sebastián fue el primero en subirse a la cama. La besó de pie sobre las rodillas, con las manos en su cara, y bajó enseguida por el cuello, las tetas, el vientre, hasta hundirle la boca entre los muslos. Le lamió el coño con hambre, la lengua entera desde el culo hasta el clítoris, una y otra vez, hasta que Laura arqueó la espalda y le agarró la cabeza con las dos manos.

—Así, chúpame así, no pares…

Diego se subió detrás y le ofreció la polla en la boca; Laura giró la cabeza y se la metió entera, sin respirar, con la lengua marcándole toda la longitud. Nicolás le buscó una teta y empezó a chupársela mientras se masturbaba con la otra mano al lado de su cara.

Se la comieron entre los tres durante un rato largo. Sebastián no le sacó la boca del coño hasta que Laura se corrió con un grito bajo, apretándole la cabeza entre los muslos, y aun así siguió lamiéndola despacio mientras ella se retorcía. Después Diego se acostó de espaldas y ella se subió encima; se ensartó de golpe, la polla entera adentro, y empezó a montarlo con la boca abierta.

—Mierda, qué apretada estás —jadeó Diego, agarrándole el culo con las dos manos y clavándole los dedos en la carne.

—Cállate y cógeme fuerte.

Sebastián se puso detrás de ella, arrodillado en la cama, y le escupió en el culo antes de meterle la punta despacio. Laura se tensó un segundo, respiró hondo y siguió moviéndose sobre Diego mientras Sebastián le empujaba centímetro a centímetro por atrás. Cuando entró del todo, ella soltó un gemido largo, ronco, con la cabeza colgando y el pelo cayéndole sobre la cara de Diego.

—Los dos, así, no paren…

Nicolás se puso de rodillas frente a ella y le acercó la polla a la boca. Laura abrió los labios y lo dejó entrar, y los tres empezaron a moverse a la vez, coordinándose como si lo hubieran ensayado. Coño, culo y boca al mismo tiempo, tres pollas metidas hasta el fondo, tres cuerpos moviéndose sobre el suyo. Laura no podía ni pensar. Se corrió dos veces más antes de que ninguno de ellos acabara: una con la polla de Nicolás en la boca, tragando saliva y sonidos ahogados, y otra cuando Sebastián le cambió el ritmo por atrás y le apretó las caderas con fuerza.

Cambiaron de posición varias veces. Le acabaron primero en la boca —Nicolás, con las dos manos en su nuca, jadeando obscenidades mientras ella tragaba todo sin dejar caer una gota—; después Sebastián se corrió dentro de su culo con un gruñido largo, empujando hasta el final; y Diego, el último, la dio vuelta boca abajo y la cogió por atrás desde arriba, agarrándola del pelo, hasta acabar dentro de ella con la boca contra su oreja.

Saben lo que hacen, pensó Laura en algún momento, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, con semen ajeno saliéndole del coño y del culo. Marcos los eligió bien.

—Así —dijo en voz alta, con la respiración cortada—. No paren.

No pararon.

Marcos entró cuando los otros tres ya estaban agotados y satisfechos, tumbados a su alrededor en distintas posiciones, con las pollas todavía brillantes y la respiración lenta. Se acercó a Laura, la miró con toda ella marcada por lo que le acababan de hacer —el maquillaje corrido, las tetas rojas, el semen escurriéndole por los muslos abiertos— y la besó en la boca sin decir nada, saboreando lo que le quedaba de Nicolás en la lengua.

—¿Estás bien?

—Mejor que bien. Cógeme tú ahora.

La cogió despacio, él solo, poniéndose entre sus piernas y entrando en su coño usado con una lentitud casi dolorosa, mirándola a los ojos todo el tiempo. La besaba mientras se movía, con las manos entrelazadas encima de su cabeza. Los demás miraban desde donde habían quedado, sin decir nada, con esa quietud que tienen los que han terminado. Marcos duró mucho. Cuando por fin se corrió dentro de ella, Laura ya se había corrido otra vez, la cuarta o quinta de la noche, con la boca en el cuello de él y las uñas clavadas en su espalda.

Cuando terminaron, nadie habló durante un rato largo. Solo el sonido del jardín afuera y la respiración de los cinco dentro.

***

La mañana del sábado llegó con olor a café y pan tostado. Diego había preparado el desayuno en la terraza antes de que nadie se levantara: frutas, huevos, jugo, el resto del champán de la noche. Laura bajó con una bata de seda prestada, mal cerrada, con las marcas de las manos de los tres todavía visibles en las caderas, y se sentó junto a él, que leía en silencio con una taza entre las manos.

—Gracias por la casa —dijo ella.

—Gracias a ti por la noche —respondió él, sin levantar la vista—. Y por dejarme entrar así.

Sofía y Pablo bajaron juntos. Ella llevaba una camiseta de él que le llegaba a medio muslo y nada más; se le veían las marcas de dedos en los muslos y un chupón oscuro cerca de la cadera. Él llevaba su expresión habitual: tranquila, levemente soñadora, con esa satisfacción particular del que ha pasado horas mirando exactamente lo que quería ver mientras se masturbaba con calma. Sebastián llegó el último, con el pelo revuelto y los ojos aún entrecerrados.

—¿Queda café?

—Queda de todo —dijo Diego.

El desayuno fue largo y sin apuro. Hablaron de cosas sin importancia: un viaje que alguien tenía pendiente, el jardín que Diego quería reformar en primavera, una serie que Nicolás había empezado y no terminaba de engancharle. De vez en cuando alguien hacía una referencia a la noche anterior —Sebastián le preguntó a Laura si le dolía el culo, con toda naturalidad, mientras se servía jugo, y ella le contestó que sí, que bastante, y todos se rieron—, pero nadie necesitó analizarla.

Después del café, Laura se asomó a la piscina. El agua estaba azul y quieta bajo la luz de las once de la mañana.

—¿Alguien se mete?

***

El agua estaba tibia. Entraron todos desnudos, primero con respeto por la temperatura y luego sin ningún respeto por nada más. Sofía nadó hasta Nicolás y le pasó los brazos por el cuello; enseguida se sentó en su cintura debajo del agua y él la penetró de a poco, con las manos apretándole el culo, mientras ella le mordía el hombro para no gritar. Diego se puso detrás de Laura y le susurró algo al oído que nadie oyó, mientras la mano se le hundía entre las nalgas. Ella se giró y lo besó con los ojos abiertos, y le agarró la polla debajo del agua sin dejar de besarlo.

Pablo observaba desde el escalón de la esquina, con los brazos apoyados en el borde y los pies dentro del agua, la polla dura fuera del agua y una mano moviéndose lentamente sobre ella. De vez en cuando Sofía lo miraba directamente antes de hacer algo que sabía que a él le gustaba ver: chuparle la boca a Nicolás, arquear la espalda, dejar que le agarraran las tetas. Era un juego que tenían desde hacía años y que los dos manejaban con una precisión completamente silenciosa.

Sebastián se sumergió, apareció detrás de Laura, la tomó por la cintura por debajo del agua. Le apartó a Diego con la mirada, le levantó una pierna y la penetró desde atrás, con la espalda de Laura contra su pecho. Diego se puso adelante, le agarró las tetas y le chupó los pezones mientras Sebastián la cogía debajo del agua. Ella cerró los ojos, se dejó llevar, dejó que el agua tibia y las manos de los demás fueran borrando los límites entre una cosa y la siguiente. Se corrió sin ruido, mordiéndose el labio, con Diego mirándola a la cara desde muy cerca.

El sol del mediodía estaba alto cuando salieron. Se tendieron sobre las toallas alrededor de la piscina, callados y lentos, con el cuerpo pesado de una manera agradable. Nadie tenía prisa por hacer nada.

—Feliz cumpleaños —dijo Marcos, sentado junto a ella.

Laura lo miró de lado.

—Ya me lo dijiste anoche.

—Y te lo voy a decir mañana también.

***

Al mediodía comieron en la terraza. Diego había preparado carnes a la parrilla, ensaladas, más vino blanco muy frío. Sofía se puso un vestido ligero, sin nada debajo, que el viento levantaba a cada rato mostrándole el coño depilado y todos fingían no notar mientras la miraban directamente.

Nicolás brindó por Laura con la copa levantada:

—Por la mujer que convirtió un cumpleaños en algo que no voy a olvidar en años.

—Ni yo el culo apretado que tiene —añadió Sebastián, y todos se rieron, incluida Laura.

La tarde del sábado se disolvió en conversaciones, alguna siesta, dos rondas más de sexo que empezaron sin la estructura del casino esta vez. Sofía se comió la polla de Diego en el sofá mientras Nicolás la penetraba por atrás; Laura se dejó follar por Sebastián en la habitación de invitados mientras Marcos miraba desde la puerta y después la cogió él a su vez, con el semen del primo todavía dentro. Solo cuerpos que se conocían ya lo suficiente como para no necesitar reglas escritas.

***

El domingo por la mañana, el grupo empezó a dispersarse. Sofía y Pablo se fueron primero, con el maletero lleno y ella con los labios aún ligeramente hinchados y esa expresión de quien ha sido cogida hasta el agotamiento y no le importa en absoluto. Nicolás se despidió con un abrazo largo de Laura, con una mano bajándole por la espalda hasta apretarle el culo, y una frase en voz muy baja que nadie más oyó. Sebastián se quedó el último, cargando su bolsa al hombro.

—Gracias, primo —le dijo a Marcos en la puerta.

—No hay nada que agradecer. Solo prometiste que la próxima vez te apuntas antes.

Sebastián sonrió y bajó los escalones hacia su coche.

Diego se quedó en la entrada mientras Laura y Marcos cargaban el maletero. Cuando ella pasó a su lado, él le puso una mano brevemente en el brazo, y después bajó los dedos y le rozó un pezón por encima de la blusa.

—Cuando quieran repetir —dijo—. La casa siempre está. Y yo también.

Laura le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la boca.

—Cuenta con ello.

***

En el coche, de vuelta a la ciudad, Laura miraba el paisaje desde la ventanilla. Marcos conducía en silencio. Llevaban así veinte minutos cuando ella habló.

—El año que viene quiero algo distinto.

—¿Diferente a esto?

—Diferente en los detalles. Igual en todo lo demás. Igual de fuerte. O más.

Marcos asintió. Puso una mano sobre el muslo de ella sin apartar los ojos de la carretera, y se la subió hasta apoyarla directamente sobre el coño, encima de la tela.

—Lo que tú quieras.

Laura apoyó la cabeza en el cristal y cerró los ojos, con la mano de Marcos todavía apretándole entre las piernas. Tenía el cuerpo dolorido de la manera justa: el coño hinchado, el culo caliente, las tetas marcadas, con esa pesadez satisfecha que no necesita explicación. Pensó en Diego diciéndole que la casa siempre estaría, con los dedos rozándole el pezón. En Sebastián pidiéndole el primer favor de la noche con esa calma de quien sabe que le van a decir que sí, y después empujándole la polla en el culo hasta el fondo. En Nicolás corriéndose en su boca. En Marcos entrando al final, como siempre, para recordarle a quién pertenecía realmente por más pollas que le hubieran pasado por dentro.

El mejor cumpleaños de mi vida, pensó. Y se durmió antes de llegar a la autopista, con el olor de todos ellos todavía en la piel.

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4.6(12)

Comentarios(8)

Morbologo

que buenisimo!!! me quede con ganas de mas

GabrielNochero

La idea de la apuesta me parecio genail, muy original. Me lo lei de un tiron sin parar

Valentina_K

Nunca habia leido algo con esa dinamica, muy fresca la propuesta. Espero que haya mas!

Jona

Exclente relato... espero el proximo pronto

Dani_88

Muy bien escrito. Me pregunto si Laura sospechaba algo de antemano o fue sorpresa total. Se hizo corto :)

MarianoLP

Por favor una segunda parte!!! Quede con demasiadas ganas de saber que paso despues

PedroFromBA

La tension que se genera desde el principio esta muy lograda. Sigue asi, tenia rato que no leia algo tan entretenido

SolMendoza_22

La idea de las fichas es increible jajaja. Tremendo, saludos desde mexico

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