Apostaron por ella en su cumpleaños
Todo empezó dos semanas antes del cumpleaños de Laura. Era medianoche y los dos estaban en la cama, con la respiración aún pesada después de una hora larga. Marcos le acariciaba el cabello, ella tenía la cabeza apoyada en su pecho.
—Quiero hacer algo especial este año —dijo él—. Nada de cenas con la familia. Algo nuestro. Solo para nosotros… y para quienes ya saben cómo somos.
Laura levantó la vista.
—¿Qué estás pensando?
—Una noche de casino. En algún lugar privado, lejos de todo. Trajes, vestidos largos, champán. Pero las apuestas no serían dinero.
Ella se incorporó un poco sobre el codo.
—¿Cuáles serían?
—Favores. Con las mujeres presentes. Y al final de la noche… una subasta. El premio mayor serías tú.
Laura no respondió de inmediato. Lo procesó despacio, sintiendo cómo la idea le recorría el cuerpo de arriba abajo.
—¿Quiénes?
—Diego, porque tiene la casa perfecta y lleva tiempo mirándote. Sofía y Pablo, que ya saben cómo funciona esto. Nicolás, el amigo de la universidad. Y Sebastián.
—Tu primo Sebastián.
—Sí.
Laura soltó una risa corta, se giró hacia el otro lado y apagó la luz.
—Arréglalo —dijo—. Y que nadie llegue con ganas flojas.
***
Diego tenía una casa de campo en las afueras de la ciudad: jardín grande, piscina climatizada, sala amplia con ventanales y tres habitaciones de invitados que olían a madera antigua. Cuando Marcos le explicó la idea por teléfono, Diego aceptó antes de que terminara la frase.
—La mesa de blackjack la traigo yo. Tengo una ruleta de casino en el garaje desde hace años, sin estrenar. El bar lo preparo completo. Y las habitaciones, ya sabes para qué sirven.
Llegaron el viernes por la noche. Laura llevaba un vestido rojo con una abertura lateral que subía hasta la mitad del muslo. Sofía iba de negro, con la espalda completamente al aire. Los hombres llegaron impecables: trajes oscuros, corbatas, como si fueran a cenar en algún lugar serio.
Diego los recibió en la puerta con copas de cava ya servidas. La sala estaba transformada: mesas cubiertas de fieltro verde, fichas apiladas en columnas ordenadas, luz tenue que hacía brillar los bordes de las copas. Música de jazz salía de algún altavoz invisible.
—Bienvenidos al casino privado de Laura —dijo Diego, mirándola directamente—. Espero que la cumpleañera haya descansado. Va a ser una noche larga.
***
Las reglas las explicó Marcos mientras servían la segunda ronda de champán. Todos escuchaban de pie, con las copas en la mano y esa mezcla de excitación y fingida formalidad que tienen las cosas que se saben a dónde van a llegar.
—Las fichas se ganan jugando. Blackjack, póker y ruleta. Cada ficha equivale a un favor: un beso, una caricia, que te quiten una prenda, un baile. Hasta dónde llegan los favores depende de lo que acuerden en el momento. Al final de la noche, subasta: el que acumule más fichas se lleva a Laura para lo que ella acepte. Yo participo al final.
Sofía levantó la copa hacia él.
—¿Y yo?
—Tú eres el otro premio disponible. Quien gane la ronda de póker también puede pedirte un favor.
Pablo, el marido de Sofía, no dijo nada. Solo sonrió con esa sonrisa que tenía cuando algo lo ponía muy bien. Llevaba años siendo así: mirando, disfrutando, sin necesitar más que eso.
Primera ronda: blackjack. Ganó Sebastián.
Se quedó mirando a Laura un momento, calculando, como si hubiera varias opciones y estuviera eligiendo la mejor.
—Quiero que me beses. Largo. Sentada en mis piernas.
Laura caminó hacia él sin apuro. Se sentó a horcajadas y lo besó: no fue un beso de cortesía sino algo profundo, con las manos de Sebastián subiéndole lentamente por los muslos hasta donde la abertura del vestido lo permitía. Cuando se separaron, Sofía aplaudió dos veces.
—Empieza bien —dijo.
Segunda ronda: ruleta. Ganó Nicolás.
—Sofía —dijo—. Quítate el vestido. Despacio.
Sofía se levantó sin prisa, se quitó los zapatos de un tirón, y bajó el vestido con la misma calma con la que lo habría hecho en su propia habitación. Quedó en lencería negra, de pie en el centro de la sala. Pablo la miraba desde su silla con los ojos muy abiertos y la copa quieta en la mano.
—Así me gusta más —dijo Nicolás, y apuntó sus fichas con el lápiz que Diego había dejado junto a cada mesa.
Tercera ronda: póker. Ganó Diego.
—Laura. Ven aquí.
Ella se acercó. Diego le indicó que se arrodillara frente a él. Laura lo hizo sin que nadie dijera nada más, con ese aplomo que da saber que uno está exactamente donde quiere estar. Le abrió el pantalón despacio y le hizo oral durante un minuto largo, sin apresurarse, mirándolo de frente mientras lo hacía. Cuando terminó, se limpió el labio inferior con el pulgar y volvió a su sitio como si nada.
Marcos la siguió con la mirada durante todo el camino de vuelta. Tenía la mandíbula apretada y los nudillos blancos sobre la copa.
—Sigan —dijo—. Esto no ha empezado.
***
Las rondas siguientes fueron perdiendo la formalidad de los juegos. Seguían apostando, seguían contando fichas, pero los favores se acumulaban sin esperar el turno oficial. Nicolás le quitó el brasier a Sofía mientras Pablo los miraba desde el otro lado de la mesa. Sebastián le desabrochó la abertura lateral del vestido a Laura y le acarició la cadera mientras ella seguía jugando la siguiente mano. Diego le pasaba el brazo por los hombros a Sofía y le hablaba bajito al oído mientras ella organizaba sus fichas sin prestarle demasiada atención, concentrada en sus cartas.
Cuando llegó la subasta final, ya nadie llevaba la cuenta con exactitud. Diego, Sebastián y Nicolás tenían los montones más altos.
Marcos contó tres veces, comparó, y sonrió.
—Empate entre los tres. Así que propongo algo diferente.
—Di —dijo Diego.
—Los tres ganadores pasan juntos con Laura. Yo entro al final. Pablo puede quedarse donde quiera.
Pablo levantó su copa desde el rincón.
—Yo me quedo aquí. Gracias.
Laura no esperó a que nadie le preguntara su opinión. Se levantó, dejó la copa sobre la mesa y miró hacia el pasillo.
—¿Qué habitación?
***
La habitación principal tenía una cama grande con sábanas blancas y una ventana que daba al jardín iluminado. Laura entró primero, se quitó el vestido y lo dejó doblado sobre la silla del rincón, con esa precisión que tiene quien sabe que va a necesitarlo después. Cuando los tres hombres entraron, ella ya estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y la espalda recta.
Sebastián llegó primero. La besó de pie, con las manos en su cara. Laura lo empujó suavemente hacia atrás hasta que se sentó en la cama y ella se subió encima, tomando el control del ritmo desde el primer movimiento. Diego se arrodilló detrás y le recorrió la espalda con la boca, bajando despacio por cada vértebra. Nicolás se puso frente a ella; Laura lo miró y le ofreció la mano.
Cambiaron de posición varias veces. Cada uno tuvo su momento, cada uno atendió lo que ella pedía con el cuerpo o con la voz. Saben lo que hacen, pensó Laura en algún momento, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados. Marcos los eligió bien.
—Así —dijo en voz alta, con la respiración cortada—. No paren.
No pararon.
Marcos entró cuando los otros tres ya estaban agotados y satisfechos, tumbados a su alrededor en distintas posiciones, con la respiración lenta y los cuerpos pesados. Se acercó a Laura, la tomó de la mano y la besó en la frente.
—¿Estás bien?
—Mejor que bien.
La amó despacio, él solo, mientras los demás miraban sin decir nada. Cuando terminaron, nadie habló durante un rato largo. Solo el sonido del jardín afuera y la respiración de los cinco dentro.
***
La mañana del sábado llegó con olor a café y pan tostado. Diego había preparado el desayuno en la terraza antes de que nadie se levantara: frutas, huevos, jugo, el resto del champán de la noche. Laura bajó con una bata de seda prestada y se sentó junto a él, que leía en silencio con una taza entre las manos.
—Gracias por la casa —dijo ella.
—Gracias a ti por la noche —respondió él, sin levantar la vista.
Sofía y Pablo bajaron juntos. Ella llevaba una camiseta de él que le llegaba a medio muslo y nada más. Él llevaba su expresión habitual: tranquila, levemente soñadora, con esa satisfacción particular del que ha pasado horas mirando exactamente lo que quería ver. Sebastián llegó el último, con el pelo revuelto y los ojos aún entrecerrados.
—¿Queda café?
—Queda de todo —dijo Diego.
El desayuno fue largo y sin apuro. Hablaron de cosas sin importancia: un viaje que alguien tenía pendiente, el jardín que Diego quería reformar en primavera, una serie que Nicolás había empezado y no terminaba de engancharle. De vez en cuando alguien hacía una referencia a la noche anterior y todos sonreían, pero nadie necesitó analizarla.
Después del café, Laura se asomó a la piscina. El agua estaba azul y quieta bajo la luz de las once de la mañana.
—¿Alguien se mete?
***
El agua estaba tibia. Entraron todos, primero con respeto por la temperatura y luego sin ningún respeto por nada más. Sofía nadó hasta Nicolás y le pasó los brazos por el cuello. Diego se puso detrás de Laura y le susurró algo al oído que nadie oyó. Ella se giró y lo besó con los ojos abiertos.
Pablo observaba desde el escalón de la esquina, con los brazos apoyados en el borde y los pies dentro del agua. De vez en cuando Sofía lo miraba directamente antes de hacer algo que sabía que a él le gustaba ver. Era un juego que tenían desde hacía años y que los dos manejaban con una precisión completamente silenciosa.
Sebastián se sumergió, apareció detrás de Laura, la tomó por la cintura por debajo del agua. Ella se dejó llevar, cerró los ojos, dejó que el agua tibia y las manos de los demás fueran borrando los límites entre una cosa y la siguiente.
El sol del mediodía estaba alto cuando salieron. Se tendieron sobre las toallas alrededor de la piscina, callados y lentos, con el cuerpo pesado de una manera agradable. Nadie tenía prisa por hacer nada.
—Feliz cumpleaños —dijo Marcos, sentado junto a ella.
Laura lo miró de lado.
—Ya me lo dijiste anoche.
—Y te lo voy a decir mañana también.
***
Al mediodía comieron en la terraza. Diego había preparado carnes a la parrilla, ensaladas, más vino blanco muy frío. Sofía se puso un vestido ligero que el viento levantaba a cada rato y que nadie fingió no notar.
Nicolás brindó por Laura con la copa levantada:
—Por la mujer que convirtió un cumpleaños en algo que no voy a olvidar en años.
—Demasiados años —añadió Sebastián, y todos se rieron.
La tarde del sábado se disolvió en conversaciones, alguna siesta, dos rondas más de juegos que terminaron como la noche anterior, sin la estructura del casino esta vez. Solo cuerpos que se conocían ya lo suficiente como para no necesitar reglas escritas.
***
El domingo por la mañana, el grupo empezó a dispersarse. Sofía y Pablo se fueron primero, con el maletero lleno y ella con los labios aún ligeramente hinchados y esa expresión de quien ha dormido poco y no le importa en absoluto. Nicolás se despidió con un abrazo largo de Laura y una frase en voz muy baja que nadie más oyó. Sebastián se quedó el último, cargando su bolsa al hombro.
—Gracias, primo —le dijo a Marcos en la puerta.
—No hay nada que agradecer. Solo prometiste que la próxima vez te apuntas antes.
Sebastián sonrió y bajó los escalones hacia su coche.
Diego se quedó en la entrada mientras Laura y Marcos cargaban el maletero. Cuando ella pasó a su lado, él le puso una mano brevemente en el brazo.
—Cuando quieran repetir —dijo—. La casa siempre está.
Laura le dio un beso en la mejilla.
—Cuenta con ello.
***
En el coche, de vuelta a la ciudad, Laura miraba el paisaje desde la ventanilla. Marcos conducía en silencio. Llevaban así veinte minutos cuando ella habló.
—El año que viene quiero algo distinto.
—¿Diferente a esto?
—Diferente en los detalles. Igual en todo lo demás.
Marcos asintió. Puso una mano sobre la de ella sin apartar los ojos de la carretera.
—Lo que tú quieras.
Laura apoyó la cabeza en el cristal y cerró los ojos. Tenía el cuerpo dolorido de la manera justa, con esa pesadez satisfecha que no necesita explicación. Pensó en Diego diciéndole que la casa siempre estaría. En Sebastián pidiéndole el primer favor de la noche con esa calma de quien sabe que le van a decir que sí. En Marcos entrando al final, como siempre, para recordarle a quién pertenecía realmente.
El mejor cumpleaños de mi vida, pensó. Y se durmió antes de llegar a la autopista.