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Relatos Ardientes

Aquella noche en el festival no fuimos solo dos

La tienda olía a hierba, a sudor y a algo parecido a la mañana. Sara estaba tumbada bocarriba, con Vera todavía encima, y los dos cuerpos seguían pegados por algo que ya no era solo deseo. Era pereza. Era complicidad. Era esa quietud rara que viene después de correrse.

Entonces la cremallera se abrió con un tirón seco. Dos cabezas se asomaron a la entrada como si llevaran rato esperando turno. Sara cerró los ojos por instinto, pero ninguno de los dos chicos se sorprendió al verlas desnudas y enredadas. Más bien al contrario.

—Tío, mira a la Vera. Ya pilló la cabrona —dijo el rubio.

—Con lo guarra que es, no me extraña —respondió el otro—. Y como le pega a todo, pues lo tiene fácil.

—Tendréis vosotros queja, cabrones —saltó Vera sin separarse del cuerpo de Sara—. Me voy a mear y me dejáis tirada, pues me tengo que buscar la vida.

—Te dijimos que íbamos a ver si pillábamos cacho. Lo que pasa es que a ti te ha salido mejor la jugada.

—Sí, pues viendo cómo estáis, parece que no pillasteis mucho.

Cuando los dos chicos terminaron de meterse en la tienda, Vera pudo mirarles a la entrepierna sin disimulo. Conocía bien el bulto de cada uno. No era la primera vez que se los follaba, así que sabía lo que llevaban dentro de los pantalones cortos. Y lo que veía ahora era la prueba evidente de que no habían tenido la mitad de suerte que ella esa madrugada.

Sara, por su parte, seguía debajo, todavía aturdida. Vera y ella seguían compartiendo flujos en la piel, pegadas por la humedad, sin haber tenido tiempo de respirar de verdad. Ahora viene lo otro, pensó. No tenía claro qué iba a pasar exactamente, pero tampoco le importaba. Acababa de tener su primera experiencia con otra mujer y, viendo cómo miraban a Vera los dos amigos, aquello empezaba a oler a orgía. Lo que pasaba en los festivales se quedaba en los festivales. Aun así, miró a Vera con cierta cara de extrañeza, y su amante captó la pregunta antes de que la formulara.

—Perdona, Sara, que estos dos capullos me lían y se me olvida —dijo Vera apartándole un mechón de la frente—. Te presento a Diego y a Iván. Los dos son de aquí, pero para hacerse los guays hay que llamarlos en inglés. Son colegas de festivales y hoy están un poco más gilipollas de lo normal.

—Vaya presentación, guapa —replicó Diego—. Cuando te estábamos dando caña ayer estabas más simpática.

Sara levantó una mano para saludar y no dijo nada. La situación era rara, pero ninguno de los tres parecía estar viviéndola por primera vez. Con los chicos dentro de la tienda pudo verlos con calma. Casi parecían gemelos. Los dos rondaban el metro ochenta, los dos delgados, sin un solo pelo en el pecho, los dos con un paquete que tensaba la tela del pantalón. La diferencia estaba en el pelo: Diego rubio, Iván moreno. Y en los detalles. Diego llevaba un piercing en el pezón izquierdo. Iván tenía un dragón tatuado alrededor del ombligo, y la cola del bicho se perdía hacia abajo, hacia la zona donde Sara empezaba a fijarse demasiado.

Diego no esperó más conversación. Pasó por encima de las dos chicas hasta el fondo de la tienda y dejó la entrepierna a la altura de la boca de Vera. Ella ya sabía lo que tocaba. Tiró del cordón del pantalón corto, bajó la goma de los calzoncillos y la polla de Diego le rozó los labios sin esfuerzo. Estaba dura, brillante, con una gota colgando de la punta. La tela del pezón perforado le rozaba el estómago a Vera cada vez que se movía.

De un solo bocado se tragó casi todo el rabo. Sara, desde abajo, se quedó mirando con la boca un poco abierta. Debían ser unos dieciocho centímetros, gruesos, recortados. A ella le costaba bastante con los catorce de su novio. Vera era otra cosa. Sacaba la lengua, mezclaba la saliva con el lubricante propio de Diego, jugueteaba con el frenillo y le acariciaba los testículos con una mano mientras con la otra acababa de bajarle el pantalón hasta los tobillos. Sara le echó una mano sin pensarlo. Cada lametón de Vera arrancaba un gemido bajo de Diego, y la polla se le ponía cada vez más tensa contra el techo de la boca.

Iván, mientras tanto, había elegido la otra punta. Se había arrodillado en la entrada y husmeaba la entrepierna de Vera como un perro reconociendo una zona conocida. Notó la humedad y soltó una risa floja por la nariz. Sacó la lengua y la metió donde había estado Sara hacía dos minutos. Vera dio un respingo y soltó la polla de Diego solo el tiempo suficiente para soltar un taco. El movimiento la hizo apretarse contra Sara, y el coño de Vera rozó el de Sara con una fuerza que las recorrió a las dos. Iván fue a más. Subió la lengua, separó las nalgas de Vera con los pulgares y empezó a pasársela por el agujero del culo, lento, con saliva, sin avisar.

—Joder —murmuró Vera contra los huevos de Diego.

Sara empezó a entender que aquello era una coreografía aprendida. Los tres se conocían demasiado bien. Y ella, sin haberlo decidido del todo, ya había entrado dentro.

***

Si hasta ese momento Sara había estado intentando asimilar lo que veía, dejó de intentarlo. Subió las manos hasta los testículos de Diego, los pesó en la palma y notó cómo se replegaban contra el cuerpo. Vera no dijo nada y siguió con lo suyo. Tenía la mandíbula brillante de saliva, un hilo le caía por el cuello y otro goteaba sobre el escroto del rubio. Entre chupada y chupada ahogaba los gemidos que le sacaba Iván desde atrás, cada uno más cerca del oído de Sara que del suyo propio.

Sara abrió más las piernas para acomodar mejor a Vera encima de ella. Las dos chorreaban, y cualquier movimiento mínimo se convertía en una descarga que les subía por el ombligo. Diego se dio cuenta y se puso de rodillas, bajando el rabo hasta donde Sara podía alcanzarlo. Vera entendió enseguida y le orientó la polla a la boca.

—Lámela despacio —le dijo—. Como si fuera tuya.

Sara obedeció. La lengua le salió torpe al principio, pero Vera la guio. La punta primero, luego el frenillo, luego una pasada larga por toda la cara inferior. Diego se reía bajito y le metía el rabo un poco más cada vez. Sara abrió la boca todo lo que pudo y se tragó lo que le cabía, empujada por las caderas de él, mientras Vera seguía lamiendo el resto del tronco y los testículos. Las dos compartían la polla como si fuera una piruleta enorme y, a la vez, se buscaban la lengua entre embestida y embestida.

Por abajo, Iván se había cansado de comer culo. Frotó la punta de su polla contra los labios de Vera y ella subió las caderas, sin hablar, abriéndose para él. Iván empezó a apretar y los veintidós centímetros se fueron metiendo de un solo viaje, casi sin pausa. Vera dio una sacudida, soltó la polla de Diego y dejó escapar un grito ahogado contra la pierna de Sara. Iván esperó dos segundos, todavía hundido del todo, antes de empezar a moverse.

—Avisad cuando os corráis —pidió Vera entre dientes—. Quiero verlos.

Iván la cogió por las caderas y la folló sin medirse. Sacaba el rabo entero y volvía a meterlo de golpe, una embestida tras otra. Sara notaba todos los jugos de Vera caer sobre su propio coño, calientes, pegajosos. Diego seguía repartido entre las dos bocas, y de vez en cuando las dos chicas se buscaban la lengua con su polla en medio. En un momento, Vera dejó de moverse, miró a Sara desde arriba con los ojos muy abiertos y la voz le salió rota.

—¿Te gusta?

—Mucho. Estoy muy cerda —dijo Sara.

—Pues entonces es tu momento, guapa.

***

Sara se quedó parada un instante, pero respondió con la lengua al beso que le dio Vera antes de empezar a girar sobre el cuerpo de la otra. Acabó casi en un sesenta y nueve invertido, con la cara entre los muslos de Vera y la entrepierna a la altura de la cara de Iván. Los dos chicos ya sabían qué hacer.

Diego apoyó el capullo contra el agujero de Vera, todavía dilatado por la lengua de Iván. Sara, debajo, no podía creer lo que estaba viendo. La polla de Diego se iba colando entre las nalgas de Vera centímetro a centímetro hasta desaparecer por completo. Y Vera, lejos de quejarse, soltaba un quejido largo, casi de alivio. Sara la ayudó como pudo, pasándole la lengua por el clítoris mientras Iván terminaba de colocarse delante de ella.

—Tranquila —le dijo Iván—. Voy con cuidado.

Y entró despacio. Más despacio que con Vera, dejando que el cuerpo de Sara se fuera abriendo. Sara nunca había tenido nada tan largo dentro, ni siquiera con sus propios dedos. Sintió que descubría sitios suyos que no sabía que existían. Cada vez que Iván empujaba un poco más, ella se quedaba sin respiración un segundo. Cuando por fin la tuvo entera dentro, se quedó quieto unos segundos para que se acostumbrara.

—Sigue —pidió ella.

Como en una orquesta entrenada, en pocos segundos las dos chicas estaban empaladas. Diego abriendo el culo de Vera, Vera moviéndose como sabía que a él le gustaba, los dos gritando. Iván metiéndole a Sara una follada como ninguno le había metido antes, no solo por el tamaño, también por el ángulo, por la manera en que rotaba las caderas contra ella. De postre, Vera deslizaba la lengua sobre el clítoris de Sara cada vez que los gemidos se lo permitían, y Sara hacía lo mismo, perdiendo la voz contra el coño de Vera y los testículos de Diego. Nunca se había sentido tan cachonda. Nunca había sabido lo que era esto.

El primero en caer fue Diego. Vera lo notó cuando aceleró el ritmo. Apretó el esfínter, se movió contra él de una forma que parecía ensayada, y Diego la cogió de las caderas y se vino dentro de su culo con una serie de gemidos roncos. Los chorros empezaron a desbordar a Vera y a caer hacia abajo, en parte sobre la cara de Sara. Ella sacó la lengua sin pensarlo y notó el sabor del semen mezclado con el sudor, salado, espeso. Vera se rio bajito al verla.

Iván llegó treinta segundos después. Su follada se hizo más corta, más rápida, casi torpe. Sara sintió cómo le crecía dentro y se preparó. El primer chorro la inundó por dentro y le arrancó un grito que no supo desde dónde le había salido. Iván siguió, golpe tras golpe, vaciándose entero. Vera bajó la cara y empezó a chuparle el coño a Sara con ganas, lamiendo lo que se le escapaba por los bordes. El semen acabó goteando hasta la lona, mezclado con todo lo demás.

***

Los cuatro quedaron desplomados en el suelo de la tienda, apilados, brillantes, sin aire. No habrían podido decir cuánto tiempo había pasado. Tampoco les importaba. Fuera, los primeros rayos de sol empezaban a colarse por la lona naranja, y alguien, en otra tienda, intentaba cantar mal una canción que nadie reconocía. Sara cerró los ojos y notó la mano de Vera buscándole la suya entre la confusión de piernas.

Poco a poco, las pollas de Diego e Iván volvieron a endurecerse, ayudadas por las manos pacientes de Vera. La noche del festival se estaba acabando. La orgía, en cambio, todavía tenía un par de horas por delante.

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Comentarios (6)

Pancho_99

que arranque!!! me engancho desde la primera linea, no pude parar de leer

TomasGdl

jajaja el titulo lo dice todo y el relato lo cumple con creces

AnaV_87

Muy bien narrado, se siente todo tan natural y sin dramas. Se me hizo corto, espero que haya mas!

RaulD77

Segui escribiendo por favor, esto es de los mejores que lei en mucho tiempo

DiegoMar22

Que buen relato, de los mejores que lei en este sitio ultimamente. Me gusto mucho la naturalidad con la que esta contado, sin dramas ni explicaciones de mas. El remate final es perfecto. Ojala subas mas porque tenes habilidad para esto.

LectoRa_pam

y como reaccionaron al otro dia? me quede con curiosidad jaja. Muy bueno

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