Lo que mis cuatro compañeros me hicieron esa noche
Llevaba semanas esperando esas vacaciones. Quince días libres, sin oficina, sin reuniones, sin pendientes. Y para empezar como correspondía, había decidido que la primera noche iba a ser larga. Muy larga.
Durante toda la semana evité a los chicos de la oficina. Los miraba sin sonreír, los esquivaba en la cocina, no me detenía en el pasillo a charlar. Quería que llegaran al viernes con la tensión a flor de piel, que cuando los viera estuvieran tan cargados como yo lo necesitaba.
—¿Vas al brindis del viernes? —Diego se asomó por la puerta de mi oficina con esa sonrisa que conocía demasiado bien.
—Depende —contesté sin levantar la vista de la pantalla—. ¿Quiénes van?
—Marcos, Tomás, Mateo y yo. Vamos a casa después.
Apreté los dientes para disimular. Los cuatro juntos. Nunca lo había hecho con los cuatro a la vez. Con Diego sí, en aquel hotel del congreso. Con Marcos durante un viaje a Mendoza. Con Tomás y Mateo, los dos más jóvenes, por separado, en alguna escapada del horario laboral. Pero los cuatro al mismo tiempo, esa misma noche, era un experimento que me había imaginado mil veces y nunca había terminado de organizar.
—Voy —dije—. Pero saco las cosas de la oficina temprano.
Diego se rio por lo bajo. Sabía perfectamente lo que significaba.
***
El jueves anterior, después de una jornada interminable, salí a hacer las compras del fin de semana. Quería tener todo listo para no moverme de casa durante las vacaciones. Pasé por el supermercado, después por la farmacia, y al final me desvié hacia el quiosco de Hugo.
Hugo era mi vendedor de revistas desde hacía años. Veterano, sesenta y pocos, con esas manos grandes que sabían exactamente dónde apretar. Hacía dos meses que no lo visitaba, y aunque iba apurada, no se le hace eso a un hombre que siempre te trató bien.
Era casi la hora de cerrar. Cuando me vio aparecer en la vereda, no dudó un segundo en abrirme la puerta y bajar la persiana detrás de mí.
—Pensé que te habías olvidado de mí —dijo, y me dio un beso en los labios apenas pasé el umbral.
—Nunca, Hugo. Solo estuve enloquecida con el cierre del trimestre.
Me dirigí a la heladera del fondo a buscar un sándwich y una gaseosa. Necesitaba comer algo en el camino. No alcancé a abrir la puerta cuando sentí sus manos rodearme la cintura por detrás, su erección apretándose contra mi culo por encima del pantalón.
—Te extrañé —murmuró contra mi cuello—. Mucho.
Le respondí girando la cabeza para alcanzarle la boca. Lo besé despacio, dejando que su lengua entrara con esa hambre vieja que solo tienen los hombres que llevan décadas deseando.
—Estoy agotada, Hugo. No sé si voy a poder darte lo que quieres.
—No vine a pedirte nada. Quiero ser yo el que te dé.
Me sorprendió. Hugo nunca había sido un amante delicado: era directo, urgente, casi brusco. Pero esa noche algo había cambiado en él. Me llevó al cuartito que tenía detrás del local, donde había una cama improvisada que usaba para las siestas largas, y me acostó como si fuera la primera vez.
—Hoy te dejas mimar —dijo.
Empezó por el cuello. Después los hombros, los brazos, cada centímetro de piel que iba descubriendo a medida que me sacaba la ropa. Se arrodilló frente a mí para quitarme el pantalón despacio, y me besó las piernas, las rodillas, los muslos por dentro. Me pidió que me diera vuelta y siguió por la espalda, por las nalgas, por las pantorrillas. No había prisa. Ninguna de esas urgencias desesperadas que yo le conocía.
Cuando me hizo girar otra vez, empezó por los pies. Me besó cada dedo, fue subiendo por las piernas, y cuando llegó entre mis muslos, ya estaba completamente mojada. Me lamió suave, sin desesperación, jugando con la lengua de un modo que no le conocía. Después subió por el vientre, me besó el ombligo, y se prendió a mis pechos con las dos manos, juntándolos para chupar los pezones a la vez.
Era más bajo que yo. Mientras tenía la boca atrapada en mis pechos, se arqueó un poco y se deslizó dentro de mí sin que yo lo viera venir. Estaba tan mojada que entró sin esfuerzo. Me cogió despacio, sin cambiar el ritmo, alternando entre los pezones, mirándome a los ojos cada tanto. Tantas caricias, tantos besos, tanto cuidado, y de pronto el orgasmo me sorprendió, lento y largo, sin que yo me hubiera dado cuenta de que estaba a punto de venirme.
Le pedí que me avisara cuando estuviera por terminar. Quería bajárselo con la boca. Le devolvía el favor: tantos años atendiéndome, tantas veces que él se había venido apurado dentro de mi boca después de cinco minutos. Esta vez lo merecía. Cuando avisó, me arrodillé frente a él, le pasé la lengua suave por el glande y los testículos, y lo dejé venirse entero en mi boca. No desperdicié una gota.
Me quedé dormida ahí, sobre su pecho. Estaba tan agotada de la semana que no me di cuenta hasta que la luz del amanecer entró por la rendija de la persiana. Me vestí en silencio, le dejé un beso en la frente y volví a mi casa. Me quedaba un día más de oficina, y después, los cuatro.
***
El viernes pasó lento. Cada tanto cruzaba miradas con alguno de ellos en el pasillo, en la cocina, en la sala de reuniones. Marcos me guiñó un ojo desde la mesa de la sala grande. Tomás me rozó la mano cuando me alcanzó un café que no le había pedido. Mateo, el más joven, se quedó parado en la puerta de mi oficina demasiado tiempo, como si quisiera entrar y no se animara. Diego, el dueño de la idea, se mantenía tranquilo. Sabía esperar.
A las seis de la tarde apagamos las computadoras y nos fuimos al departamento de Diego. Vivía en un piso alto en pleno centro, con una piscina enorme en la terraza. Subimos los cinco en el ascensor, y la tensión era tanta que nadie habló durante el trayecto.
Apenas entramos, Diego abrió la heladera y sacó cinco cervezas. La terraza estaba lista: música baja, luces de colores, toallas en las reposeras. Yo no esperé. Me saqué la ropa ahí mismo, en el living, y caminé desnuda hacia la piscina. Los cuatro se rieron.
—Bueno, parece que la dama está apurada —dijo Marcos.
Se desnudaron uno por uno, sin prisa, y se metieron al agua conmigo. Cuatro hombres alrededor, perfectamente alineados, como si lo hubieran ensayado. Marcos era el más grande. Lo había sido siempre. Cada vez que lo veía me imaginaba lo que iba a hacer cuando volviera a tenerlo dentro, y esa noche por fin iba a hacerlo en condiciones.
Se acercó por detrás y me apretó contra él. Yo doblé la espalda hacia atrás para alcanzar la boca de Tomás, que estaba a mi otro lado. Diego se sumergió y empezó a lamerme entre las piernas bajo el agua mientras Mateo, demasiado joven, demasiado ansioso, se prendió a uno de mis pechos.
Tomás aprovechó para meterme la verga en la boca, mientras Marcos me apretaba las nalgas con las dos manos como si quisiera dejarme la marca. Diego tenía aire para mucho rato bajo el agua, y cuando salió a respirar, Mateo ocupó su lugar. Cuatro hombres trabajando coordinados, cada uno en lo suyo, y yo en el medio sin saber dónde mirar.
—Vamos adentro —dijo Diego, y todos lo seguimos.
***
El living tenía un sofá enorme en forma de ele. Diego ya lo había preparado: toallas, almohadones, una mesa con bebidas a un costado. Sabía organizar. Por algo era el dueño de la idea.
Me ubiqué en el centro. Marcos sabía que mi culo era para él. Lo habíamos hablado un par de veces, en algún chat de madrugada, y los demás también lo intuían. Mateo se acostó debajo de mí para que yo lo cabalgara, y dejó libre el otro acceso para Marcos. Tomás y Diego se ubicaron a los lados, uno frente a la cara, el otro al alcance de la mano.
Cuando los cuatro entraron en escena al mismo tiempo, perdí la noción de qué cuerpo era qué. Mateo me llenaba por dentro, Marcos me abría despacio por detrás, y entre la boca y la mano me arreglaba con Tomás y Diego alternándose sin pedir permiso. Sentía la verga de Marcos especialmente, gruesa y lenta, abriéndose paso con esa paciencia que solo tienen los que saben que tienen tiempo.
Empecé a moverme yo misma, buscando la profundidad. Con Mateo apretaba las piernas para sentirlo más adentro. Con Marcos arqueaba la espalda para que no perdiera el ritmo. Con la boca buscaba una y otra verga sin importarme cuál era. La primera vez que me corrí fue con Diego en la boca: lo dejé venirse dentro y me tragué cada gota mientras Mateo me llenaba por debajo.
Después fue Mateo el que terminó. Después Tomás. Marcos era el último que quedaba, y se lo guardaba. Me dio vuelta, me puso en cuatro y me cogió de atrás él solo, sin público, sin distracciones, con esa lentitud que parecía interminable. Los otros tres miraban desde el sofá, en silencio, esperando su turno para una segunda vuelta.
Me corrí dos veces más antes de que Marcos terminara. Cuando lo hizo, lo hizo dentro, todo, sin retirarse. Me dejó ahí, recostada sobre el respaldo del sofá, mojada, deshecha, con la respiración rota.
Diego me trajo agua. Mateo prendió un cigarrillo que pasaba en silencio de mano en mano. Tomás me masajeaba los hombros sin decir nada. Marcos seguía detrás de mí, todavía dentro, sin moverse, como si quisiera quedarse así toda la noche.
—Dijiste que querías salir temprano —murmuró Diego, divertido.
Miré el reloj sobre la mesa de luz. Eran las dos de la mañana.
Las vacaciones recién empezaban, y los cuatro tenían toda la noche por delante. Yo también.
—Cambié de idea —dije.