La noche que cumplimos cuarenta y rompimos todo
Cuando Diego nos anunció el plan, las tres rompimos a llorar a la vez. Una semana en Asturias, sin niños, sin trabajo, sin nada. Solo Raquel, mi hermana gemela Lucía y yo. Y él, claro, encadenado a tres mujeres a punto de cumplir cuarenta y desesperadas por respirar. La casa era de la familia de Raquel, un caserón blanco en un pueblo pesquero al oeste de Llanes, con las ventanas mirando al Cantábrico y el suelo siempre con un dedo de arena por mucho que barriéramos.
El sábado de nuestro cumpleaños, el de Lucía y el mío, llevábamos seis días allí. Habíamos visto Cudillero, Ribadesella, las cuevas de Tito Bustillo. Habíamos comido fabada hasta sentir el corazón pesado. Habíamos dormido siestas larguísimas. Y aun así, después de cenar, mientras los cuatro nos sentábamos en el salón con la chimenea encendida y una copa de sidra, Raquel dijo lo que yo llevaba semanas sin atreverme a pensar.
—Esto no puede acabar así, tías.
—¿Así, cómo? —preguntó Lucía.
—Como un viaje más. Hemos llegado a la mitad de la vida y no se nos va a recordar por nada. Yo no me voy de aquí sin hacer una locura.
Diego puso los ojos en blanco. Conocía esa cara desde antes de casarme. La cara de «ya estamos otra vez». Pero Raquel tenía razón, y yo lo sabía. Mi vida llevaba años siendo una sucesión de cosas correctas. Cuna, colegio, universidad, trabajo, marido, hijos, hipoteca. Nunca había sacado los pies del tiesto. Ni cuando era joven. Y menos cuando era joven.
—¿Qué propones? —dije yo.
—No lo sé. Algo que no podamos contarle a nadie. Algo ilegal incluso.
Diego soltó un bufido y dejó la copa sobre la mesa.
—Tirarnos en paracaídas.
Las tres negamos a la vez. Lucía propuso un tatuaje, pero a las demás nos pareció horrible. A Diego, peor todavía. Raquel se mordió el labio. Vi cómo la idea le subía de la barriga a los ojos antes de pronunciarla.
—Una orgía.
Diego se atragantó con la sidra.
—¿Estás de broma?
—De broma, no. Cumpliendo cuarenta. Que es peor.
—¿Pretendes que me folle a mi cuñada delante de mi mujer?
Lucía levantó la mano.
—Tranquilo, cuñadito. No tendrás esa suerte.
Nos reímos los cuatro, pero la risa duró poco. Raquel matizó: orgía no entre nosotros, sino con desconocidos. Tres chicos para nosotras tres y un par de chicas para Diego. Yo cerré los ojos. Llevaba toda la vida con el mismo hombre. La idea de verlo dentro de otra mujer me revolvió el estómago.
—No —dije—. A mí no me apetece ver follar a mi hermana. Y mucho menos a Diego con otra.
—Pues entonces, droga —respondió Raquel.
El silencio bajó como una manta sobre el salón.
—¿Cocaína? —preguntó Lucía despacio, como si la palabra le quemara en la boca.
—Una vez en la vida —insistió Raquel—. Cuarenta cumpleaños solo se cumplen una vez.
Diego se puso de pie.
—De eso ni hablar. Carmen, te lo pido por favor. Eso no.
Lo miré. Conocía cada arruga de su cara, cada pequeño desvío de su nariz, el lunar bajo el ojo izquierdo. Y aun así, me pesaba más la vergüenza de quedarme atrás que el miedo a su decepción. ¿Desde cuándo me importaba quedar mal con mi propio marido? Esa noche, mucho. Y poco al mismo tiempo.
—Una vez —dije—. Solo una.
***
La votación fue rápida y mal repartida. Diego se quedó solo en su trinchera. Raquel sacó el móvil y llamó a un tal Lalo, viejo conocido del pueblo, hijo malcriado de buena familia que se había quedado en el caserío y vivía de los favores de su padre y de pequeños trapicheos. Cuando descolgó, hablaron diez minutos como si no hubieran pasado veinticinco años desde la última vez. Raquel colgó con los ojos brillantes.
—Lalo nunca falla. He quedado con él en el cajero. Conoce a alguien que nos puede conseguir algo bueno.
Volvió una hora más tarde con él y con una mujer. Lalo era un cuarentón de pelo demasiado largo y ojos demasiado claros, guapo de joven, ahora gastado. La mujer se llamaba Sandra. Morena, casi cuarenta también, ojeras profundas y una boca que en otra vida había sido preciosa. Amante de Lalo y, por lo visto, también del polvo blanco.
—Lo bueno —dijo Raquel— es que Sandra se apunta. Ya tenemos la primera mujer para ti, Diego.
Diego ni siquiera la miró.
—Tres tíos nos faltan —añadió Lucía—. Lalo solo no llega para nosotras tres.
—Vamos al bar de Manolín —dijo Raquel—. Algo encontraremos.
Se cambiaron las dos. Lucía con un vestido negro corto que yo no le conocía. Raquel con uno azul, ajustado en la cintura. Yo me quedé en casa con Diego, con Lalo y con Sandra. Diego no me miraba. Tenía la mandíbula apretada y se servía una segunda copa con demasiada urgencia.
***
Lo que pasó en el bar me lo contó Lucía por la mañana, con detalle, mientras desayunábamos café y huevos revueltos. El garito estaba lleno de gente joven, parejas enrollándose contra la pared, reguetón a tope. Raquel intentó ligar con un chico que estaba bailando solo y, cuando le propuso el plan, el muchacho pensó que le tomaba el pelo y se largó. Las dos se rieron y siguieron buscando.
Acabaron acercándose a una mesa con tres chicos de unos treinta años. Uno bajito y normalito, con cara de buen chaval. Los otros dos altos, anchos, deportistas, evidentemente fuera de su liga. Pero Raquel siempre apuntaba alto.
—Hola, guapos —dijo, apoyándose en la mesa.
El bajito se llamaba Iván. Los otros dos, Mateo y Sergio. Eran de Oviedo. Mateo era profesor de matemáticas, Sergio médico de urgencias, Iván ingeniero. Habían bajado al pueblo a ahogar la pena de la ruptura reciente de Iván, que llevaba el alma colgando como una toalla mojada.
—¿Os han dejado libres vuestros maridos? —preguntó Sergio.
—Estamos divorciadas y disponibles —respondió Raquel—. Mi amiga cumple hoy cuarenta. Y su hermana gemela también.
—Gemelas —dijo Mateo en voz baja, como quien acaba de ganar la lotería.
Lucía me confesó que en ese momento se sintió guapa por primera vez en años. Que esos tres tíos las miraban como nadie las había mirado desde que eran veinteañeras. Que se le había olvidado lo que era sentirse deseada por alguien que no llevaba años durmiendo a tu lado.
Cuando Raquel les contó el plan completo, droga incluida, los tres se quedaron un momento quietos. Sergio, el médico, fue el más serio.
—No la toméis —dijo—. He visto cosas en urgencias que no os gustaría oír.
—Ya está comprada —respondió Raquel—. Y hoy es nuestra noche.
Sergio se encogió de hombros.
—Vosotras sabréis. ¿Y vuestra hermana? ¿Su marido? ¿Son liberales?
—Lo van a ser por una noche —dijo Lucía.
Pasaron por la farmacia de guardia y compraron cinco cajas de preservativos. Los chicos miraron el mostrador como si nunca hubieran visto algo así.
—Cincuenta condones —murmuró Mateo—. Estas mujeres vienen en serio.
***
Cuando llegaron a casa, yo ya había bebido dos copas y media de sidra y me reía sola de cualquier cosa para no pensar. Los tres chicos eran exactamente como Lucía me los había descrito. Iván tímido, con cara de no entender cómo había llegado hasta allí. Mateo y Sergio, dos bestias guapas con la sonrisa demasiado fácil. Diego los recibió con un apretón de manos seco. Yo le acaricié la mejilla y él no se apartó, pero tampoco respondió.
Lalo sacó las bolsitas. Yo nunca había visto cocaína de verdad, solo en películas, y siempre apartaba la mirada porque me parecía obscena. Esa noche no podía. Sabía que en pocos minutos sería yo la del espejito.
—Aún estáis a tiempo de tirar esa mierda —dijo Diego.
—Sí, hombre —respondió Raquel—. Con lo que me ha costado.
—Te la pago yo y la tiro.
—Calladito estás más guapo, cuñado.
Lalo dispuso seis rayas pequeñas para nosotras y dos grandes para él y para Sandra. Raquel sacó un billete naranja del monedero, lo enrolló y se inclinó sobre el espejo. Aspiró sin temblar. Cuando levantó la cabeza, tenía los ojos abiertos como platos y la mandíbula relajada. Sonrió como si acabara de morder algo dulce.
—Joder —dijo—. Joder.
Lucía fue la siguiente. Se persignó antes, en broma, y luego se persignó otra vez en serio. Mi hermana, esnifando coca delante de mí, era una imagen que no iba a olvidar nunca. Cuando terminó, soltó una carcajada nerviosa y se frotó la nariz con el dorso de la mano.
Me tocaba a mí. Me llevé el espejo, el billete y la bolsita al baño y cerré el pestillo. No quería que Diego me viera. Bastante había hecho ya con quedarse. Me arrodillé frente a la tapa del inodoro, me aparté el pelo de la cara y, con el corazón saliéndoseme por la boca, esnifé las dos rayas, una por fosa. Sentí un ardor inmediato detrás de los ojos. Una gota me bajó por la garganta, amarga, química. Me miré al espejo del lavabo y vi a una mujer que no reconocía. Una mujer de cuarenta años con la nariz roja y la mirada brillante. Pensé en mis hijos. Pensé en mi madre. Pensé «soy gilipollas». Y, acto seguido, me empezó a subir.
***
Volví al salón con las piernas zumbándome. Lucía puso música. Sin saber muy bien cómo, ya estábamos las tres bailando, riendo, saltando como adolescentes. Lalo y Sandra se nos unieron. Los chicos de Oviedo y Diego nos miraban con copas en la mano. Yo no podía parar de hablar. Sentía un torrente de palabras subiéndome por la garganta y, a la vez, una euforia limpia, casi tonta, como si por primera vez en años estuviera totalmente presente. Aquí. Ahora. Sin lista de tareas mentales.
Raquel se interpuso entre Lalo y Sandra y le tendió las manos a él. Sandra se rio y se las cedió con un gesto teatral. Yo cogí a Diego de las muñecas y lo levanté del sillón. No quería bailar, lo sabía, pero al notar mis manos, cedió. Lucía agarró a Sergio. Mateo se acercó a Sandra y, cuando esta lo apretó contra su cuerpo, el chico tragó saliva visiblemente. Iván se quedó solo en el sofá, con una copa entre las rodillas, hasta que Sandra le hizo un gesto y lo incorporó al grupo.
Después de un rato, Raquel y Lalo subieron a la planta de arriba sin decir adiós. Antes de salir habíamos repartido cajas de condones por las cuatro habitaciones y otra en el sofá del salón. Los demás fuimos buscando pareja. Para mi sorpresa, Diego me cogió de la mano y tiró de mí escaleras arriba. Quería ser el primero. Lucía subió con Sergio. Mateo y Sandra se metieron en la habitación pequeña. Iván se quedó abajo, terminando su copa.
***
En cuanto cerramos la puerta, Diego me empujó contra la pared. No me besó. Me miró. Como cuando éramos novios y todo estaba por hacer. Como si quisiera asegurarse de que yo seguía estando ahí dentro de aquella mujer drogada y temblona que había vuelto del baño.
—No te reconozco —me dijo.
—Yo tampoco.
Y entonces sí me besó. Con rabia, con miedo, con todo. Me arrancó la blusa, me bajó los vaqueros con dos tirones y se arrodilló entre mis piernas. Yo apenas podía sostenerme. La sangre me golpeaba en sitios donde no me golpeaba desde hacía mucho tiempo. Cada lametazo me hacía ver luces. La cocaína intensificaba todo: el frío de la pared en la espalda, el calor de su lengua, la aspereza de su barba en la cara interna del muslo.
—Aaay —dije, y me oí decirlo, y me sorprendí.
Yo no soy de hablar en la cama. Llevaba años no siendo de hablar en la cama. Esa noche hablaba como una desconocida.
—Cómemelo —seguí—. Más. No pares.
Diego obedeció. Me metió un dedo donde nunca antes se había atrevido a meter nada y yo lo dejé. Más todavía: lo disfruté. La habitación de al lado retumbaba con los gemidos de Raquel, que llevaba tres años secos y se estaba desquitando con Lalo de un golpe. Detrás de la pared se oía a Lucía reírse y luego callarse y luego volver a reírse. La casa entera era un animal jadeante.
—Métemela —pedí.
Diego se puso un condón. Sin que yo se lo dijera. Era una pequeña aceptación de que esa noche no era nuestra noche normal. Cuando me la metió, le mordí el hombro. Nos besamos como si fuera nuestra primera vez y la última a la vez. Le susurré cosas al oído que no me había oído nunca decir.
De repente se retiró. Salió de mí.
—¿Qué pasa? —pregunté, todavía con la respiración entrecortada.
—Me reservo —dijo, y me sostuvo la mirada con un punto de chulería.
—¿Para Sandra?
—Para quien me toque.
Me quedé mirándolo. Mi marido, el que no quería ni hablar de orgías hace cuatro horas, ahora se reservaba. La cocaína me hizo reír. Una risa que tampoco reconocí.
—Hoy te conviene llevarte bien conmigo —le dije—. Tú solo follas con Sandra y conmigo. Yo tengo cuatro tíos esperando.
—No serás capaz.
—Cariño. Hace media hora me has visto esnifar coca. ¿Qué crees que soy capaz de hacer hoy?
Nos vestimos en silencio. Diego me dio un beso en la frente, raro, casi solemne. Salimos de la habitación juntos y, al llegar al pasillo, nos separamos. Él bajó. Yo me quedé arriba, mirando las puertas cerradas, sintiendo el corazón galopar y la noche apenas empezando.
Hacía cuarenta años, exactamente, que mi madre me había traído al mundo. Y, por primera vez desde entonces, yo había decidido quién quería ser.