Mi amante me pidió que dejara la cámara encendida
Marcelo siempre me decía que yo tenía algo peligroso. Y tenía razón.
Yo, Camila, veintiocho años, sabía perfectamente lo que provocaba cuando entraba a un lugar. Y él, con sus cuarenta y ocho, lo sabía mejor que nadie.
Lo nuestro nunca fue una relación normal. Marcelo estaba casado, con dos hijos adolescentes y una rutina de domingo que yo nunca llegaría a conocer. Aun así, llevábamos casi cuatro años siendo amantes. Nos entendíamos en todo, pero sobre todo en eso, en el deseo. A mí me gustaba provocarlo, llevarlo al límite, sentir cómo perdía el control por mí. Y a él eso lo volvía loco.
Una noche se lo dije sin rodeos.
—Quiero estar con otro hombre.
Estábamos en el departamento que él alquilaba para nosotros, sentados en el sillón, después del segundo whisky. Lo dije mirándolo a los ojos, sin pestañear.
—Quiero sentir algo distinto. Más intenso. Alguien que me tome diferente, que me haga reaccionar de otra forma.
Esperaba enojo. Reproche. Algún tipo de orgullo masculino herido.
Marcelo no se enojó.
Al contrario.
Su mirada cambió. Se quedó en silencio unos segundos largos, demasiado largos, mientras hacía girar el hielo dentro del vaso. Lo dejó sobre la mesa. Se acercó. Me corrió un mechón de pelo de la cara con una calma que me puso la piel de gallina.
—Hazlo —dijo bajito—. Pero quiero verlo todo. Quiero ver qué te hacen, cómo reaccionas, qué cara ponés cuando te toca otro.
Eso encendió todo.
Algo en su voz, algo en cómo lo dijo, sin súplica pero sin orden tampoco, me dejó sin aire. No era un permiso, era un trato. Y yo lo acepté antes de poder pensarlo dos veces.
Así apareció Iván.
Lo conocí por una aplicación. Treinta y seis años, alto, ancho de espalda, con ese tipo de presencia que se siente apenas se acerca. No era especialmente guapo, pero tenía algo en la mirada, una seguridad fría, que me hizo aceptar el café antes de terminar de leerle el perfil.
Nos vimos primero para almorzar. Un lugar discreto en un barrio donde ninguno de los dos podía cruzarse con conocidos. Charlamos de cosas vacías —su trabajo, mi trabajo, la ciudad, el calor— pero desde el primer minuto la tensión estaba ahí, debajo de cada frase. Las miradas duraban más de la cuenta. Cuando me sirvió el vino, sus dedos rozaron los míos y ninguno de los dos retiró la mano.
Sabíamos perfectamente a dónde íbamos a terminar.
Del restaurante nos fuimos al motel.
***
La habitación era anónima, eso me gustó. Paredes blancas, una cama enorme, una luz cálida que ocultaba lo justo. Iván cerró la puerta y se quedó cerca, esperando.
—Dame un minuto —le dije, y me metí al baño.
Adentro, marqué a Marcelo. Apareció enseguida en la pantalla. Estaba en su estudio, con la luz baja, la corbata floja. No dijo nada. Yo tampoco.
—¿Lista? —preguntó al fin.
—Lista.
Salí del baño con el celular en la mano. Caminé hasta la cómoda que estaba frente a la cama y lo apoyé de canto, apuntando hacia el colchón, escondido detrás de un cenicero de vidrio para que Iván no lo notara. Marcelo me veía. Yo lo sabía.
Y eso me excitaba más que cualquier otra cosa.
Llevaba una falda negra corta, de esas que con cualquier movimiento dejan ver de más, y una blusa de seda gris perla. Iván se acercó por detrás. Puso las manos sobre mis caderas y me pegó a él con firmeza, sin pedir permiso. Sentí claramente cómo su cuerpo reaccionaba contra mis nalgas.
No me aparté.
Me moví hacia atrás, presionándome más contra él, dejando en claro que sabía exactamente lo que hacía. Mis manos subieron a su cara, a su pelo corto, jalándolo hacia mí mientras inclinaba el cuello. Empezó a besarme ahí, primero lento, después con dientes. Una mordida suave debajo de la oreja me hizo soltar el primer suspiro de la noche.
Cuando subió a mi boca, lo hizo sin suavidad. Respiraba pesado. Su mano izquierda se metió debajo de mi blusa y me apretó el pecho por encima del sostén, con esa fuerza que no se pide, se toma. Yo seguí moviendo las caderas contra él, provocándolo, sintiendo cómo crecía detrás de la tela del pantalón.
Marcelo está mirando.
El pensamiento me atravesó como una corriente.
Sin dejar de besarlo, me bajé el cierre de la falda y la dejé caer al piso. Iván dio un paso atrás para mirarme. Se sacó la camisa, después el cinturón, después todo lo demás, sin apartar los ojos de mí. Cuando lo vi completamente desnudo, frente a mí, supe que no iba a frenar nada.
Me acosté boca arriba en la cama y lo miré desde abajo. Abrí las piernas un poco, lo justo, sin decir una palabra. La invitación era clara.
Él se subió sobre mí.
Su cuerpo cayó con peso, con intención. Mis manos recorrieron su espalda, sintiéndolo tenso, cada músculo en alerta. Bajó hacia mi pecho, mordiendo por encima del encaje, después corriendo la tela con la boca. Mi espalda se arqueó sin permiso. Mis manos se aferraron a su nuca.
Mi respiración cambió.
Todo se volvió más directo.
Yo abría más las piernas, buscaba más contacto. Mi cuerpo se calentaba sin control, reaccionaba antes de que mi cabeza pudiera registrar nada. Cuando entró fue de un solo movimiento. Yo solté un sonido ronco que no reconocí como propio.
En algún punto, durante los primeros minutos, dejé de pensar en Marcelo.
Solo estaba sintiendo.
***
Cambiamos de posición sin hablar. Me giré sobre el colchón, apoyé las manos en las sábanas y bajé la cara contra la almohada. Sentí sus manos sujetando mis caderas con fuerza, las uñas marcándome la piel.
El ritmo empezó intenso desde la primera embestida.
Mi cuerpo se movía hacia adelante y hacia atrás con cada golpe. Sentía el impacto, la presión, el sonido de la piel contra la piel mezclado con mis propios gemidos. Mis manos se clavaban en las sábanas, agarraban la tela como si necesitara sostenerme de algo concreto para no perderme del todo.
Iván tomó mi pelo con la mano derecha y jaló hacia atrás. Mi espalda se arqueó más. Mi cuello quedó ofrecido. Eso me hizo perder más el control.
Después llegaron las palmadas sobre mis nalgas. Firmes, secas, marcando el ritmo. Cada una me hacía reaccionar más fuerte que la anterior. Una. Dos. Tres. Yo me empujaba contra él, le pedía más sin decirlo.
Los sonidos me salían sin filtro. Mi cuerpo se movía solo, siguiendo su ritmo.
En ese momento ya no estaba pensando en nada.
Solo en lo que estaba sintiendo.
Lo detuve después. Le puse una mano en el muslo y le pedí, casi sin voz, que se sentara contra el respaldo. Lo hizo. Me subí encima de él, frente a frente, y apoyé las manos en su pecho. Empecé a moverme, primero lento, sintiendo cada centímetro, después más rápido. Más intenso.
Mi cuerpo no paraba.
Lo veía mirarme, veía cómo eso lo enloquecía a él, cómo apretaba la mandíbula tratando de aguantar. Y eso me llevó más lejos.
En algún momento, sin querer, mis ojos se desviaron por encima de su hombro hacia la cómoda. Hacia el cenicero. Hacia el celular escondido detrás. Hacia Marcelo, del otro lado, mirándome.
Ese pensamiento, lejos de frenarme, me empujó al borde.
El orgasmo me agarró desprevenida, fuerte, intenso, me hizo tensar todo el cuerpo y después aflojarme entera contra Iván. Quedé ahí un momento, respirando agitada contra su cuello, todavía temblando, sin poder hablar.
Iván me dio vuelta sin esperar a que volviera del todo.
Me dejó caer boca arriba otra vez.
Y se subió encima de mí.
Más fuerte. Más desbordado. Como si lo que hubiera estado reteniendo se le hubiera soltado de golpe. Mis piernas se abrieron más, mi cuerpo reaccionó de inmediato, sin pensar, sin pedir tregua. Le clavé las uñas en la espalda. Lo escuché gemir bajito al lado de mi oreja.
En medio de todo, volvió a aparecer.
Marcelo está mirando.
En cómo me estaba viendo así, completamente abierta, dejándome llevar con otro hombre, con la cara contra la almohada y los ojos cerrados de placer.
Ese pensamiento no me detuvo.
Me hizo perderme más.
***
Hasta que todo terminó.
El ritmo se rompió. Iván se derrumbó contra mí un segundo, después rodó sobre el colchón. Mi cuerpo se relajó por capas, primero los hombros, después las piernas, al final la respiración. Me quedé un rato larga ahí, mirando el techo, sin moverme, dejando que el aire me entrara despacio.
Iván me preguntó si quería agua. Le dije que sí. Aprovechó para meterse al baño.
En cuanto cerró la puerta, me senté en la cama. Tomé el celular de la cómoda. La videollamada seguía abierta. Marcelo estaba ahí, del otro lado, en silencio, con la corbata todavía más floja, los ojos brillantes, la respiración pesada. No había hablado en todo ese tiempo.
Lo acerqué a la cara.
—¿Viste? —le dije bajito.
Asintió, sin apartar los ojos de mí.
—Ven mañana —dije, antes de cortar.
Cuando Iván salió del baño, yo ya estaba vistiéndome. Me acompañó hasta la puerta del motel, me besó en el cuello una última vez y me dijo que llamaría. Yo asentí, sonreí, mentí amablemente.
No iba a llamar a nadie.
Lo único que necesitaba en ese momento era llegar al departamento, abrir la puerta y encontrarme a Marcelo del otro lado, con la marca de todo lo que acababa de ver todavía en la cara.
Esa noche, después de Iván, mi amante me hizo el amor de una manera que nunca antes había hecho conmigo. Más callado. Más intenso. Como si me estuviera reclamando desde un lugar al que él mismo me había mandado.
Y yo, debajo de él, supe que esa había sido la idea desde el principio.