La fantasía que tardé años en atreverme a cumplir
Acepté aparecer en una casa rural, a horas de mi ciudad, para entregarme a un grupo de hombres que no conocía. Nunca pensé que me gustaría tanto.
Acepté aparecer en una casa rural, a horas de mi ciudad, para entregarme a un grupo de hombres que no conocía. Nunca pensé que me gustaría tanto.
Cuando la puerta del baño se abrió de golpe, entendí que Adrián no me había llevado allí para estar a solas. Y lo más perturbador fue cuánto lo deseaba.
Bruno trajo cruasanes y la noticia de que la oveja negra de la familia pasaría el fin de semana con nosotros. No imaginé hasta dónde llegaría esa tarde.
Dije que no tres veces. La cuarta ya estaba flotando desnuda mientras varias manos decidían por mí qué iba a pasar esa noche bajo las luces.
Cuando los gemidos del cuarto cerrado llegaron hasta el jardín, Andrés supo que tenía que ver con sus propios ojos lo que estaba pasando del otro lado de esa puerta.
Damián se apartó de la puerta con el pulso acelerado: lo que acababa de ver entre sus amigos no se borraría jamás de su memoria.
Bajó la escalera con un vestido negro que apenas la cubría, y los dos invitados entendieron que aquella cena no iba a parecerse a ninguna otra.
Cinco hombres, un autobús vacío y una ruta que se desvió de su recorrido. Reconocí cada una de sus caras y supe que esa noche no llegaría temprano a casa.
Entro con la pollera más corta que tengo y los tacos altos. Ellos ya están en el sillón, esperándome con las manos listas. Y yo, nerviosa, me siento justo en el medio.
Damián me siguió hasta el agua para verme el culo de cerca. Lo que empezó como un juego entre risas terminó con las dos parejas encerradas en su apartamento.
No sabíamos cómo salir del agua sin que se notara lo que acabábamos de hacer. Lo que no imaginábamos era que la noche apenas empezaba, y que la fiesta de los vecinos lo cambiaría todo.
Bruno me cargaba en vilo, clavada a su cuerpo como si no pesara nada, y yo me dejaba llevar. Lo que no imaginé es que alguien nos observaba desde la ventana de enfrente, cámara en mano.
Maldita la hora en que abrí la boca. Solo fue un pensamiento en voz alta, pero mi mujer ya tenía el teléfono de la otra en la mano y una sonrisa que no le conocía.
Marina me vendó los ojos y susurró que esa noche eligiera yo. Tres mujeres me miraban desde la penumbra de la terraza, y mi corazón latía como un tambor.
Me levanté después de hacer el amor y, casi sin pensarlo, probé en mis dedos lo que él había dejado dentro de mí. Esa noche entendí hasta dónde quería llegar.
Llegamos nerviosos, con la excusa de unas copas. Media hora después estábamos los cuatro desnudos en la piscina y ya nadie hablaba de irse temprano.
Cuando Sonia cerró la puerta del camarote y mi esposa entró en el de enfrente, supe que esa noche cruzaríamos una línea de la que no habría vuelta atrás.
Bajé descalza por un vaso de agua, convencida de que estaba sola. Vi la luz encendida en el despacho y supe que esa mañana no iba a terminar como había empezado.
Subí furioso a regañarla por el ruido, pero cuando abrí la puerta y la vi así, fui yo quien se quedó sin palabras y sin voluntad.
El contrato pagaba el doble si adaptaban el número a algo más adulto. Marisol pensó en las deudas; Camila, en cómo las miraba el anfitrión.