El crucero donde lo compartimos todo una noche
Mi nombre es Rebeca. A los cincuenta y ocho años decidí hacer lo que nunca me había permitido: parar. Treinta años diseñando edificios para otros —oficinas, hoteles, clínicas— y por fin había llegado el momento de diseñar algo para mí misma. Tomé un año sabático, dejé el estudio en manos de mis socios y reservé el primer crucero que me llamó la atención: siete noches por el Danubio, de Viena a Budapest y regreso, en un barco de lujo orientado a adultos que buscaban algo más que postales y museos.
No era ingenua. Sabía de qué iba aquello. Lo sabía cuando rellené el formulario de preferencias en la web, cuando escogí una suite individual, cuando empaqué ropa que llevaba años colgada sin uso. Lo sabía y lo quería. Llevaba demasiado tiempo con el coño dormido, con las manos de los hombres reducidas a un recuerdo que se me escapaba entre los dedos, y necesitaba que alguien —o varios— me recordaran para qué carajo servía este cuerpo que todavía funcionaba.
Embarcamos en Viena una tarde de mayo, con el sol cayendo sobre el río y el agua del Danubio brillando en ese tono entre gris y dorado que tienen los ríos grandes al atardecer. El barco se llamaba Ariadne —cuarenta y dos pasajeros en temporada normal, veintidós en este viaje especial—, y en cuanto pisé la cubierta principal entendí que había tomado la decisión correcta. Las proporciones del espacio, la calidad de los materiales, la ausencia de familias con niños: todo comunicaba algo sin decirlo en voz alta.
En la cena de bienvenida conocí al grupo con el que terminaría compartiendo mucho más que conversaciones.
Viktor fue el primero en acercarse. Cuarenta y cuatro años, historiador austriaco que el barco contrataba como guía cultural en algunos viajes especiales. Alto, con barba de tres días y esa clase de mirada que te hace sentir que te presta una atención que raramente te presta la gente. Se presentó con un apretón de manos firme y una copa de Riesling que me tendió sin preguntar si quería.
—Los viajeros que vienen solos suelen ser los más interesantes —dijo.
Luego estaban Heike y Mehmet. Ella alemana, cincuenta y dos años, directora de recursos humanos en Múnich, con ese tipo de belleza eficiente y funcional que no necesita esfuerzo. Él turco, cuarenta y nueve, ingeniero de telecomunicaciones establecido en Berlín. Llevaban once años juntos y tenían esa energía de pareja que ya no necesita demostrar nada —ni al mundo ni entre ellos—. «Follamos con otros desde hace mucho tiempo», me explicó Heike aquella primera noche, con una naturalidad que me hizo quererla al instante.
Andrew era británico, sesenta y un años, profesor universitario jubilado de Cambridge. Hablaba un español impecable con acento extraño y divertido. Viudo desde hacía cuatro años, decía que el luto ya había pasado y que lo que buscaba ahora era exactamente lo que el barco ofrecía: «Coños calientes sin compromisos eternos». Lo dijo con una sonrisa triste que era también una sonrisa honesta.
Yasmin llegó tarde a la cena. Cincuenta y cinco años, empresaria turca afincada en Estambul, con ese tipo de presencia que hace que la gente gire la cabeza sin saber exactamente por qué. Cuerpo generoso, tetas grandes empujando la seda del vestido, movimientos lentos y deliberados, ojos oscuros que evaluaban cada cosa antes de aprobarla. Se sentó frente a mí y me estudió un momento antes de sonreír.
Y Pilar y Rodrigo, madrileños de cuarenta y ocho y cincuenta y tres. Swingers de largo recorrido, como me dijeron sin rodeos durante el postre. «Este es nuestro quinto crucero así. Ya sabemos lo que queremos y cómo pedirlo», explicó Pilar, y Rodrigo asintió con la boca llena de tiramisú. No había en ellos ningún exhibicionismo ni ganas de impresionar. Solo eran dos personas que conocían bien sus preferencias.
***
La primera noche fue de conversación y tanteo. Copas en la cubierta superior, Viena alejándose entre las luces del muelle, la oscuridad del río abriéndose ante nosotros. Viktor se sentó a mi lado y me habló de los palacios que bordeaban el Danubio, de los imperios que habían muerto y renacido en sus orillas, de cómo el río había servido durante siglos como frontera y como carretera al mismo tiempo.
—¿Y tú qué buscas en este viaje? —preguntó en un momento dado.
—Lo mismo que el río —respondí—. Seguir fluyendo.
Se rió. Tenía una risa baja, sin aspavientos. Me gustó.
Esa noche dormí sola, con la ventana entreabierta y el sonido del agua contra el casco del barco meciéndome hasta quedarme dormida. Antes de caer, sin embargo, me metí la mano entre las piernas y me toqué pensando en Viktor, en la barba raspándome los muslos, en su boca cavando en mi coño. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio, con dos dedos hundidos hasta el fondo. Fue un aperitivo. Lo sabía.
***
Al día siguiente visitamos Bratislava. El castillo blanco sobre la colina, las calles del casco antiguo llenas de turistas y vendedores de ámbar. Por la tarde, de regreso al barco, Heike y Mehmet me invitaron a la piscina superior. El sol ya estaba bajando y la piscina estaba casi vacía.
Nos metimos los tres. El agua estaba tibia. Charlamos de cualquier cosa —de Bratislava, del trabajo, de los hijos que ellos no habían querido tener—, y en algún momento Mehmet acercó su mano a mi muslo bajo el agua. No fue brusco. Fue una pregunta, no una declaración.
—¿Está bien? —preguntó.
—Sí —dije.
Su mano subió por el interior de mi muslo, apartó a un lado la tela del bañador y sus dedos me encontraron abierta bajo el agua. Metió uno primero, con cuidado, y luego dos. Yo apoyé la cabeza en el borde de la piscina y separé más las piernas mientras Heike se acercaba desde el otro lado y me apoyaba la cabeza en el hombro. La mano de Heike buscó mi pecho, me pellizcó el pezón por encima del bañador, y yo sentí cómo se me endurecía al instante entre sus dedos.
—Mira qué mojada está —le murmuró Mehmet a su mujer, con esa naturalidad de años de compartir—. La conoces menos que yo y ya tiene el coño empapado.
—Llevaba mucho sin que la tocaran, ¿verdad? —dijo Heike contra mi oreja, y su lengua trazó el borde del lóbulo mientras los dedos de Mehmet se movían dentro de mí a un ritmo lento, profundo, imposible de resistir bajo el agua tibia—. Se te nota.
No pude contestar. Los dedos de Mehmet giraron dentro de mí y su pulgar encontró el clítoris al mismo tiempo. Me corrí ahí mismo, en la piscina, con los ojos clavados en el cielo violeta y la boca abierta sin ruido, apretando los muslos contra su mano mientras Heike me sostenía y me besaba la sien. Duró largo. Cuando terminó, Mehmet retiró la mano despacio y yo respiré por primera vez en lo que me pareció un minuto entero.
Había algo tranquilizador en esa lentitud. En el hecho de que nadie tuviera prisa por llegar a ninguna parte.
—Esto era el principio —dijo Heike, riéndose bajito—. Esta noche te presentamos al resto.
Aquella tarde terminó ahí. Pero yo supe, cuando bajé a mi suite a ducharme y vi en el espejo mis pezones todavía duros y mis muslos aún tembleques, que algo había empezado en serio.
***
La tercera noche fue la noche de verdad.
El barco había anclado cerca de un pequeño pueblo a orillas del río, y la luz de la luna se derramaba sobre el agua con esa generosidad que solo tienen las noches de mayo en Europa central. La terraza privada del penthouse —que el barco ponía a disposición de los grupos que lo solicitaban— estaba preparada: cojines grandes, iluminación tenue, una mesa con botellas y fruta. Nadie había organizado nada de manera formal. Las cosas simplemente habían derivado hacia allí durante la cena, en una serie de miradas y medias frases que todos entendimos.
Llegamos los siete. Nadie habló de reglas ni de límites. No hacía falta. Había algo en ese espacio —el aire cálido, el sonido del río, la oscuridad punteada de estrellas— que disolvía las resistencias sin esfuerzo.
Viktor me besó primero. Sus manos me sostuvieron por la cintura y su boca sabía a vino blanco y a algo más difícil de nombrar. Yo correspondí sin pensar demasiado, dejándome llevar por las sensaciones concretas: sus labios, su barba raspando mi mejilla, el calor de su cuerpo contra el mío. Sentí su polla dura contra mi vientre a través del pantalón y le puse la mano encima sin preguntar. Era gruesa. Larga. La apreté por encima de la tela y él gimió bajo, contra mi boca.
Heike se acercó por detrás y apartó mi pelo para besar mi nuca. Sus manos rodearon mi cintura desde el otro lado y luego subieron lentamente, recorriendo mis costados, encontrando mis tetas por debajo del vestido y amasándolas con una calma que era casi cruel. Me bajó los tirantes con dos movimientos y el vestido cayó hasta la cintura. Yasmin, que se había acercado en silencio, se agachó frente a mí y se metió uno de mis pezones en la boca. Su lengua era ancha, cálida, y giró alrededor del pezón hasta ponérmelo tan duro que dolía.
Me dejé llevar hacia los cojines. Viktor se arrodilló ante mí y empezó a desabrocharme los pantalones con una lentitud que era casi insoportable. Me los bajó junto con las bragas y me abrió las piernas sin ceremonia. Se quedó un segundo mirándome ahí, con esa atención que ponía en todo, y luego bajó la cara y me lamió de abajo arriba, largo, aplastando la lengua contra mí como si estuviera probando algo por primera vez.
—Joder —murmuró—. Estás empapada.
—Cállate y sigue —le dije, y me sorprendió mi propia voz.
Heike se tumbó a mi lado y yo la besé, saboreando su boca suave, tan diferente a la de Viktor. Le desabroché la camisa y le liberé las tetas —más pequeñas que las mías, con los pezones rosados y erectos—, y me incliné a chuparlos mientras Viktor seguía comiéndome el coño abajo con una paciencia infinita. Su lengua entraba, salía, subía a jugar con el clítoris, bajaba a lamerme entera. Metió dos dedos y los curvó hacia arriba, buscando ese punto que casi ningún hombre encuentra. Lo encontró. Se me arqueó la espalda sola.
—Cuéntame lo que quieres —murmuró Heike contra mis labios.
—Todo —dije—. Todo lo que se les ocurra.
Yasmin se unió entonces, tumbándose junto a Heike. Las dos empezaron a besarse encima de mi cuerpo y luego Yasmin se giró y se sentó a horcajadas sobre mi cara. Se había quitado la ropa en algún momento que se me había escapado. Bajó las caderas hasta que su coño oscuro y hermoso quedó justo sobre mi boca, y yo saqué la lengua sin pensarlo. Sabía a algo espeso y limpio a la vez. La lamí desde la entrada hasta el clítoris y ella soltó un gemido gutural que me hizo apretarla más contra mi cara. Le hundí la lengua todo lo que pude y ella empezó a mecerse encima de mí, follándome la boca con su coño mientras Viktor seguía trabajándome abajo.
Sentí el primer orgasmo construirse despacio, como una marea que sube sin que nadie la empuje. Cuando llegó, lo hizo con esa intensidad sostenida que solo aparece cuando no hay nada que demostrar ni nadie a quien convencer. Grité contra el coño de Yasmin y ella se corrió al mismo tiempo, empapándome la barbilla, apretándome los muslos contra las orejas hasta dejarme sorda un momento.
***
Mehmet se acercó después. Se colocó a mi lado y esperó a que yo iniciara el contacto. Me gustó eso. Me incorporé sobre los codos y le miré la polla —oscura, gruesa, ya dura—, y sin pensarlo mucho me incliné y me la metí en la boca. Sabía salado y a piel limpia. La chupé despacio primero, tanteando el largo con la lengua, y luego más profundo, más rápido, hasta que sentí la punta contra el fondo de la garganta y él me puso una mano en la nuca para sostenerme ahí un segundo antes de dejarme respirar.
—Ven —dijo, y me tumbó de espaldas otra vez.
Cuando entró en mí, lo hizo despacio, empujando centímetro a centímetro hasta que estuvo entero dentro. Se detuvo un momento para dejarme sentirlo. Era grueso. Me llenaba de una manera que hacía años que no recordaba. Empezó a moverse en un ritmo pausado y profundo, y yo lo recibí sin apuro, adaptándome a él, encontrando el nuestro. Heike se acercó y me metió la lengua en la boca mientras su marido me follaba. Podía sentir su coño mojado contra mi costado.
Al rato Viktor se situó detrás de mí. Mehmet salió con cuidado y los dos me giraron hasta ponerme a cuatro patas. La anticipación de lo que venía —saber que estaban los dos, que mi cuerpo iba a recibir ese doble peso— me tensó de una manera que ya no era exactamente tensión. Viktor me la puso en el culo despacio, después de escupir sobre mí y de embadurnarme bien con los dedos. Cuando la punta entró, aguanté la respiración. Cuando estuvo entera, solté el aire.
Mehmet volvió a metérmela en el coño al mismo tiempo. El dolor inicial fue brevísimo y después solo había plenitud, la sensación de estar completamente ocupada, de no tener espacio para pensar en nada que no fuera ese momento. Dos pollas dentro de mí. Los dos empezaron a moverse alternándose, uno entrando cuando el otro salía, y yo me quedé quieta un rato, absorbiendo la sensación, dejando que el cuerpo entendiera lo que estaba pasando.
—¿Bien? —preguntó Viktor, quieto un segundo, esperando mi señal.
—Sigan —dije—. No paren, por favor.
Yasmin se puso delante de mí y me ofreció otra vez el coño. Se lo comí a ciegas, mientras los dos hombres me embestían por atrás con un ritmo cada vez más firme. Pilar y Rodrigo estaban a mi lado —los había visto de reojo llegar—, ella tumbada de espaldas con las piernas abiertas y él comiéndoselo con una dedicación de años de matrimonio. Andrew se sentó cerca, con la polla en la mano, mirando y masturbándose despacio sin unirse todavía. Yasmin le hizo un gesto y él se acercó. Ella se puso a chuparle la polla mientras yo seguía comiéndole el coño a ella.
Escuché a los demás al fondo —la voz baja de Pilar diciéndole algo obsceno a Rodrigo, los gemidos ahogados de Andrew, los sonidos húmedos de todas esas bocas y coños y pollas encontrándose en ese espacio común bajo las estrellas—, todo mezclado, sin jerarquía ni orden, solo personas buscando lo mismo de formas distintas.
El segundo orgasmo me llegó por sorpresa, más profundo que el primero, arrancado desde adentro. Grité contra el coño de Yasmin y sentí cómo mi propio coño se cerraba en espasmos alrededor de la polla de Mehmet, cómo mi culo se apretaba alrededor de la de Viktor, y los dos gimieron al mismo tiempo. Mehmet fue el primero en correrse, dentro de mí, con un gruñido largo y las manos clavadas en mis caderas. Viktor aguantó un poco más, salió del culo en el último momento y se corrió sobre mis nalgas, caliente y abundante, respirando fuerte.
Me derrumbé sobre los cojines. Yasmin me sostuvo, riendo un poco.
—Bienvenida —dijo, como si fuera un lugar al que uno llega.
Me limpió con un paño húmedo que apareció de algún sitio y luego me abrió las piernas otra vez y bajó la cara. Su lengua encontró mi clítoris hinchado y me lo trabajó despacio, sin prisa por hacerme correr, solo prolongando lo que ya estaba pasando. Me corrí por tercera vez, más pequeño, más largo, con la mano de Heike entrelazada con la mía y la boca de Yasmin trabajando entre mis piernas.
***
Lo que más recuerdo de esa noche no es ningún momento en particular sino la acumulación: la piel de Yasmin bajo mi mano cuando se giró hacia mí después y me dejó tocarle las tetas grandes y pesadas con toda la calma del mundo, la manera en que Heike y yo nos besamos largo rato mientras Rodrigo se la follaba a ella por detrás y yo le sostenía la cara entre las manos, el peso reconfortante de Viktor tendido a mi lado cuando todo se fue calmando, con la polla todavía húmeda descansando contra mi cadera y el sonido del río de fondo.
En algún momento Pilar se acercó a mí con una copa en la mano y una sonrisa. Estaba desnuda, con el pelo revuelto y una gota de semen resbalándole por el interior del muslo que no se molestaba en limpiar.
—¿Primera vez en algo así? —preguntó.
—En algo así, sí.
—Se nota que no —dijo—. Lo digo como un cumplido. Chupas coño como si llevaras años.
Nos reímos. Andrew tendió otra copa y brindamos por nada en concreto y por todo en general. El Danubio seguía fluyendo ahí fuera, ajeno y eterno, indiferente a nuestros descubrimientos.
***
Los días siguientes fueron más tranquilos pero no menos intensos. En Budapest, Viktor y yo paseamos solos por el barrio del castillo mientras los demás visitaban el Parlamento. Me habló de su ex mujer, de sus dos hijos que vivían en Graz, de por qué había elegido ese trabajo extraño de guía en cruceros de adultos. «Porque aprendo más sobre la gente en siete noches así que en diez años dando clases», dijo.
Esa noche, en mi suite, estuvimos los dos solos por primera vez. Fue diferente. Más lento, más hablado, más atento al detalle que a la acumulación. Me desnudó despacio, prenda por prenda, besándome cada centímetro que iba descubriendo. Me tumbó boca abajo y me dio un masaje largo con las manos, bajando desde los hombros hasta las nalgas, abriéndomelas de vez en cuando para pasarme la lengua por el culo y por el coño desde atrás. Me tuvo así un rato larguísimo, comiéndome de espaldas, hasta que me corrí gimiendo contra la almohada.
Después me giró y se hundió en mí a pelo, sin apuro. Me folló mirándome a la cara, hablándome mientras lo hacía, preguntándome cosas obscenas que nadie me había preguntado en mucho tiempo. Le respondí con honestidad —qué me gustaba, qué nunca había probado, qué me daba vergüenza pedir—, y él fue haciendo con la información lo que le daba la gana. Me corrí dos veces más antes de que él se corriera dentro de mí con un gemido bajo, mordiéndome el hombro.
En Esztergom, Heike y yo nos escabullimos durante una visita a la basílica y encontramos un rincón en sombra entre dos columnas. Sus manos eran distintas a las de cualquier hombre: sabían exactamente dónde ir sin necesitar indicaciones. Me metió los dedos por debajo de la falda, apartó las bragas y me trabajó el clítoris con el pulgar mientras dos dedos me entraban y salían despacio. Me apoyé contra la piedra fría y me mordí el puño para no gritar, con la catedral enorme encima de nosotras y el Danubio visible a lo lejos por una ventana. Cuando me corrí, ella se llevó los dedos a la boca y los chupó uno por uno sin dejar de mirarme.
—Vamos —dijo después—, o van a notar que faltamos.
Yasmin y yo coincidimos una mañana en la cubierta, solas, antes de que los demás se despertaran. Tomamos café y miramos la orilla pasar. Me contó cosas de su vida en Estambul, de su negocio de importación, de la libertad que había ganado con los años. «A los cuarenta todavía pedía permiso para desear», dijo. «A los cincuenta aprendí que el deseo no necesita permiso de nadie».
—¿Y a los cincuenta y ocho? —pregunté.
Me miró con esos ojos oscuros y precisos.
—Tú ya lo sabes. Por eso estás aquí.
Esa misma tarde me llevó a su camarote y me desnudó despacio, sin decir palabra. Me tumbó en la cama y se puso de rodillas entre mis piernas. Me comió el coño con una técnica que solo tienen las mujeres que se lo han comido a otras muchas veces —ancha, lenta, sin dejar ninguna zona sin visitar—, y cuando me corrí, se subió encima de mí y frotó su coño contra el mío, tijera, mirándome a los ojos todo el tiempo. Sentí sus labios contra los míos, ahí abajo, mojados los dos, y nos corrimos casi juntas, agarradas de las manos, sin dejar de mirarnos.
***
La última noche todos nos reunimos de nuevo en la terraza, pero el ambiente fue más de despedida que de celebración. Bebimos, nos reímos de los momentos de esa semana, intercambiamos contactos sabiendo que algunos nunca volveríamos a usarlos y que eso no le quitaba valor a lo que había pasado. Y follamos otra vez, claro, casi como un ritual de cierre. Más lento esta vez, más íntimo, cada uno buscando a las personas con las que había conectado mejor. Yo terminé entre Viktor y Yasmin, con él dentro de mí por delante y ella besándome la boca y jugando con mis pezones, y me corrí sin drama, casi con ternura, sintiendo cómo la polla de Viktor se vaciaba caliente dentro de mí una última vez.
Andrew hizo un pequeño discurso —inevitable, siendo británico y académico— sobre cómo los griegos distinguían entre distintos tipos de amor, y cómo el mundo moderno había colapsado toda esa riqueza en una sola palabra. Nadie se lo tomó demasiado en serio, pero nadie se rió tampoco. Había algo cierto en lo que decía.
—¿Cuál es el siguiente río? —me preguntó Heike mientras el barco se acercaba de nuevo a las luces de Viena.
—No lo sé todavía —dije—. Pero hay muchos.
Ella asintió y apoyó la cabeza en mi hombro, igual que aquella tarde en la piscina de Bratislava. Mehmet le rodeó los hombros desde el otro lado. Los tres nos quedamos así un rato, mirando las luces de la ciudad acercarse sobre el agua.
Desembarqué en Viena con la misma maleta con que había subido y con algo que no cabía en ninguna maleta —el coño todavía sensible, las tetas marcadas, y una lista mental de todo lo que quería volver a hacer y lo que quería probar por primera vez—. El placer no tiene edad ni itinerario fijo. Solo necesita que te permitas buscarlo, y que sepas reconocerlo cuando aparece.
El año sabático continuaba. Y yo ya sabía, mientras hacía la maleta en el hotel y me metía dos dedos entre las piernas para despedirme del olor de esa semana, que el siguiente viaje no iba a tardar mucho.
