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Relatos Ardientes

La obsesión de Vera llegó hasta nuestra cama

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Soy Rodrigo, y llevaba dos años con Clara cuando esto ocurrió. Dos años que no habían sido precisamente tranquilos, porque Clara es el tipo de mujer que te descoloca la vida entera con solo mirarte. Pelo castaño hasta los hombros, caderas generosas, y esa manera suya de reírse que hacía que todo lo demás dejara de importar. La conocí en una fiesta de cumpleaños de un amigo común, y en menos de una hora ya sabíamos que había algo entre nosotros. Nos fuimos juntos esa noche y no nos separamos más.

La vida en pareja con Clara era buena. Teníamos nuestros roces, como cualquiera, pero la atracción nunca bajó. En la cama éramos compulsivos. Eso no cambió. Lo que sí cambió, poco a poco, fue otra cosa: la aparición de Vera.

Vera era compañera de trabajo de Clara en la agencia de comunicación donde ella llevaba cuentas de clientes. Alta, pelo negro muy corto, complexión atlética. Lesbiana, y no lo escondía ante nadie. Clara me la presentó una noche en una cena de empresa a la que me invitaron de acompañante. Estreché su mano, intercambiamos cuatro palabras sobre no sé qué exposición, y en ese momento no le di mayor importancia.

Pero Vera sí le dio importancia a Clara.

Los regalos empezaron un mes después. Primero un ramo de girasoles enviado directamente al trabajo. Luego una caja de bombones con una nota escrita a mano. Luego una novela que Clara había mencionado querer leer, envuelta en papel de regalo con un lazo. «Para la persona que hace que los lunes valgan la pena», ponía la tarjeta. Clara me los enseñaba con una mezcla de incomodidad y halago que no sabía muy bien cómo interpretar.

—Es su forma de ser —me explicaba—. Es intensa, ya te dije.

—¿Y no te parece demasiado?

—Me parece que está un poco obsesionada, sí. Pero no va a pasar nada, Rodrigo. Estoy contigo.

Yo le creía. Y al mismo tiempo, no podía dejar de pensar en ello.

Empecé a notar cambios en Clara. Pequeñas cosas. Cuando hacíamos el amor, era más directa en lo que quería, más precisa en sus indicaciones. «Más despacio ahí, con la lengua así.» Detalles que antes no aparecían con esa nitidez. No decía nada, pero la pregunta rondaba mi cabeza todas las noches: ¿alguien le había enseñado eso? Y lo extraño era que esa pregunta no me generaba rabia. Me generaba una excitación que no acababa de entender.

Lo racionalizaba como podía. Era una fantasía, nada más. El pensamiento abstracto de Clara con una mujer. Pero cuando me detenía a ser honesto conmigo mismo, sabía que había algo más concreto. Era Vera específicamente. Vera con sus manos grandes y seguras. Vera mirando a Clara con ese hambre que yo había visto en la cena de empresa y que fingí no haber visto.

***

La noche del cambio llegó un viernes de noviembre.

Clara entró al piso con un ramo de rosas rojas que le tapaba media cara. Las dejó sobre la encimera sin mirarme a los ojos, fue a buscar un jarrón, y solo cuando las estaba colocando me dijo:

—Son de Vera. Otra vez.

—Bonitas —dije, desde el sofá.

—Rodrigo.

—¿Qué?

—No me mires así.

—No te estoy mirando de ninguna manera.

Se giró, y vi algo en su cara que no era exactamente culpa pero se le parecía. Se acercó y se sentó a mi lado, demasiado cerca para que fuera una conversación casual. Me puso una mano en el muslo.

—Vera me ha preguntado si puedo cenar con ella mañana. Dice que quiere hablar de algo importante.

Sentí un calor en el pecho que no era celos, o no solo eso.

—¿Y tú qué crees que quiere decir?

Clara tardó un momento.

—Creo que ya sé lo que quiere decir.

La besé entonces. Sus labios sabían a algo que no era del todo familiar y eso me encendió más de lo que debería. Mis manos fueron a su cintura, la acerqué, y ella respondió sin resistencia. La senté sobre mí y, mientras la besaba, noté cómo se le aflojaba la respiración, cómo se le abría la boca buscando más. Le metí la mano bajo la camiseta, le subí la tela por la espalda y le recorrí la piel con los dedos hasta llegar al cierre del sujetador. Clara soltó un pequeño gemido cuando le desabroché el broche y le aparté los tirantes de los hombros.

—Dime la verdad —murmuré contra su boca—. ¿Has pensado en ella?

Clara cerró los ojos.

—No es algo que haya buscado.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Le bajé la camiseta hasta dejarle los pechos al descubierto. Los tenía firmes, llenos, con los pezones ya duros por la excitación. Me los chupé uno a uno, alternando la lengua con la boca y apretándole la cintura para que no se me escapara. Clara echó la cabeza hacia atrás y se le escapó un suspiro áspero.

—A veces sí. Un poco. Pero no...

No terminó la frase. La tumbé en el sofá y no hizo falta que la terminara.

Le bajé el pantalón junto con la ropa interior, despacio, mirándole la cara para no perderme ni una reacción. Tenía el coño ya mojado, brillante, con los labios hinchados de tanto deseo contenido. Pasé los dedos por su raja y se estremeció entera. Luego me incliné y le lamí primero por fuera, apartando con la lengua los labios blandos, y después por dentro, largo, hondo, dejándome el gusto de ella en la boca mientras ella me agarraba del pelo con fuerza.

—Así —jadeó—. Más así.

Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris, marcándole un ritmo que la hacía arquearse una y otra vez. Clara respiraba a golpes, los muslos tensos, el cuerpo cada vez más desarmado. Cuando se corrió, lo hizo con un temblor brutal, apretándome la cabeza entre las piernas y soltando un gemido roto que me dejó la polla dura como una piedra.

Esa noche fue distinta. No sé si fue la tensión acumulada, o las rosas sobre la encimera, o el hecho de que por primera vez estábamos nombrando algo que llevaba semanas en el aire. Cuando Clara me pidió que bajara el ritmo justo cuando ya no podía más, y cuando arqueó la espalda de esa manera tan específica que me hizo pensar que había practicado ese movimiento con alguien, no pude quedarme callado.

—¿Quién te enseñó eso?

Ella abrió los ojos.

—¿Qué?

—Eso que haces con la cadera. Eso nuevo.

Una pausa larga.

—Nadie te ha enseñado nada que no supieras ya —dijo, y me atrajo hacia ella para que no pudiera seguir hablando.

Pero sonrió mientras lo decía.

***

Al día siguiente, antes de que Clara saliera a cenar con Vera, le propuse algo.

—Invítala aquí. Los tres.

Clara me miró fijamente durante varios segundos.

—¿Para qué?

—Para cenar. Para hablar. Para que la conozca mejor.

—Rodrigo...

—No te estoy pidiendo nada. Solo cenar.

Otro silencio largo. Luego cogió el teléfono y escribió un mensaje.

Vera apareció el sábado por la noche a las nueve y cuarto. Llevaba una camiseta gris sin mangas que dejaba ver los brazos, vaqueros oscuros, y una botella de vino tinto en la mano. Saludó a Clara primero, con un abrazo que duró exactamente un segundo más de lo normal, y luego me tendió la botella con una sonrisa directa.

—He oído hablar mucho de ti —dijo.

—Cosas buenas, espero.

—Cosas interesantes.

Durante la cena no pasó nada en apariencia. Hablamos de trabajo, de una serie que Clara y ella seguían, de un viaje que Vera había hecho a Lisboa el año anterior. Pero el aire tenía una textura distinta. Vera no quitaba los ojos de Clara durante más de treinta segundos seguidos, y cada vez que Clara reía, Vera se inclinaba levemente hacia ella, como si gravitara.

Yo lo observaba todo desde el otro lado de la mesa y notaba cómo la sangre me circulaba más rápido.

Después del postre, cuando la botella estaba casi vacía, Vera apoyó los codos en la mesa y miró a Clara directamente.

—¿Puedo ser honesta?

—Siempre —dijo Clara, aunque noté que apretó el vaso con más fuerza.

—Llevo meses queriendo decirte algo que ya probablemente sabes. Los regalos no son solo amabilidad. Tú me gustas, Clara. Y no como amiga.

El silencio que siguió duró lo suficiente para que yo notara mi propio pulso.

Clara abrió la boca, pero fui yo quien habló primero.

—¿Y si te dijera que eso no me molesta?

Vera se giró hacia mí lentamente.

—¿No te molesta?

—Me lo llevo pensando semanas. Y no, no me molesta. Me pasa exactamente lo contrario.

Vera me sostuvo la mirada durante un momento. Luego volvió a mirar a Clara.

—¿Y tú?

Clara no contestó con palabras. Alargó la mano y posó los dedos sobre el dorso de la mano de Vera.

***

Lo que pasó después fue despacio al principio y luego todo a la vez.

Vera besó a Clara en el sofá del salón, con las copas todavía en la mesa. Un beso cauto que se fue convirtiendo en otra cosa a medida que Clara no lo cortaba. Yo estaba sentado frente a ellas y no me moví. No podía apartar los ojos. Vera le metía la lengua despacio, tanteando, y Clara respondió abriéndose más, echándole el cuerpo encima con una urgencia que me dejó la boca seca.

Clara se separó un instante y me buscó con la mirada.

—Ven —dijo.

Me acerqué y la besé a ella, y cuando me separé, Vera estaba ahí con esa expresión de alguien que lleva mucho tiempo esperando algo. Le pasé la mano por la nuca, acerqué su cara a la mía y la besé también. Tenía la boca caliente, los labios firmes, y olía a vino y a esa electricidad suya que había llenado el piso desde que entró.

Lo que siguió fue en el dormitorio.

Vera se tomó su tiempo con Clara, como si hubiera planeado ese momento durante meses, que probablemente sí lo había hecho. Le recorrió el cuello con los labios, le desabrochó la blusa lentamente, le quitó el sujetador sin prisa. Clara tenía los ojos cerrados y respiraba con una calma que era en realidad lo opuesto a la calma. Yo me arrodillé detrás de ella, le bajé el pantalón por las caderas y le aparté la ropa interior para dejarle el culo expuesto y el coño abierto, ya empapado.

—¿Así? —murmuró Vera, metiéndole dos dedos entre los labios y frotándole despacio el clítoris.

—Sí —dijo Clara—. Justo así.

Yo hundí la cara entre sus piernas y empecé a chuparle con ganas, lamiéndole el centro mientras Vera le abría los muslos con una mano y le apretaba los pechos con la otra. Clara se retorcía entre los dos, empujando el culo hacia atrás para rozarme la boca mejor, jadeando cuando Vera le mordía suavemente un pezón. Le lamí el coño hasta que empezó a temblar, y entonces Vera me apartó con una sonrisa ladeada.

—No te quedes ahí parado.

Me acerqué por detrás de Clara, le aparté el pelo del cuello y apoyé los labios en su nuca. Ella se arqueó hacia mí mientras Vera seguía descendiendo con la boca, tomándose su tiempo, sin saltarse nada. Vera le lamía el clítoris con precisión, abriéndola con los dedos, mientras yo le frotaba la polla entre las nalgas ya mojadas por la saliva y la humedad del cuerpo de Clara. Fue en ese momento cuando Clara, entre respiraciones, dijo algo que no esperaba:

—Hace una semana estuve en su casa.

Me detuve.

—¿Qué?

—Fue un momento —dijo Clara, sin abrir los ojos—. Tomamos vino, empezamos a hablar, y pasó. No supe cómo contártelo.

Vera no interrumpió nada. Siguió a lo suyo como si la confesión fuera parte del plan.

Procesé lo que acababa de escuchar. Busqué dentro de mí algún tipo de rabia y no encontré ninguna. Lo que encontré fue lo mismo de siempre: ese fuego que me había estado quemando durante semanas, más intenso ahora que tenía forma concreta.

—¿Te gustó? —pregunté.

Una pausa.

—Sí —respondió Clara en voz baja.

La abracé desde atrás.

—Bien —dije.

Vera me miró con esos ojos oscuros suyos y, sin dejar de tocar a Clara, me hizo una seña con la cabeza hacia la cama. Me quité la camiseta, me bajé los pantalones y me quedé desnudo mientras Clara se incorporaba a medias para mirarme. Tenía la respiración rota, el pelo revuelto, los labios húmedos por los besos y por la boca de Vera. Me acercó la mano y me agarró la polla, pesada, palpitando.

—Ven aquí —dijo.

Me tumbé entre ellas y primero fue Clara la que me montó despacio, metiéndose encima con una lentitud casi cruel. Me hundí en su coño caliente mientras ella se apoyaba en mis muslos y Vera le sujetaba la cintura para guiarla. Clara empezaba arriba, bajando poco a poco, abriéndose para mí con esa facilidad que solo tiene alguien que te conoce la cabeza y el cuerpo. Cuando estuvo toda dentro, se quedó quieta un segundo, mordiendo el aire.

—Joder —susurró.

Vera le pasó la lengua por el hombro.

—Muévete —le dijo.

Clara empezó a cabalgarme con fuerza, levantándose y cayendo sobre mí, apretándome la polla con el coño hasta casi sacarme el aliento. Le agarré el culo con ambas manos y le marqué el ritmo desde abajo, mientras Vera le metía la mano entre las piernas y la ayudaba a coger mejor el ángulo. Cada golpe de cadera hacía que los pechos de Clara rebotaran, que su cara cambiara de expresión, que fuera perdiendo la última defensa que le quedaba.

Vera se colocó detrás de mí y me chupó la oreja.

—Mírala —me susurró.

Y la miré. Miré cómo Clara se me venía encima con la boca abierta, cómo se sujetaba a mi pecho, cómo se dejaba hacer por los dos sin una pizca de vergüenza. Me llevé la mano a su clítoris y la froté con el pulgar justo cuando Vera le metía dos dedos en la boca para que los chupara. Clara obedeció, los mamó despacio, húmeda, mirándonos con los ojos muy abiertos y una expresión sucia, deliciosa.

—Así me gusta —dijo Vera.

Clara soltó una risa ahogada y se corrió sobre mi polla con un espasmo largo, apretándome hasta casi sacarme yo también el orgasmo. La sostuve por las caderas mientras seguía moviéndose, cada vez más deshecha, hasta que Vera la hizo bajar de encima de mí y la tumbó boca arriba.

Lo que siguió fue una mezcla de bocas, manos y cuerpos cambiando de sitio sin pausa. Vera me montó después, metiéndose encima con una seguridad fría y deliciosa; llevaba el coño mojado por Clara y por mí, y se movía con una soltura que me volvió loco. Le agarré los muslos y la llené desde abajo mientras ella echaba la cabeza atrás, mostrando el cuello, respirando fuerte, y Clara, al lado, le chupaba los pezones con ganas mientras la mano se le perdía entre mis testículos y la base de mi polla.

—Más fuerte —pidió Vera.

No hubo suavidad en lo que vino después. Empujé más hondo, más rápido, hasta que Vera empezó a gemir sin disimulo y Clara, todavía temblando, se arrodilló frente a nosotros para chuparme la polla mojada de los restos de su propio coño. Me miró mientras lo hacía, con la lengua recorriéndome el glande y los labios sellándose alrededor de la cabeza, y casi me rompo en ese instante. Vera le sujetó la cara a Clara y las dos se besaron otra vez, con mi polla entre ambas, húmeda de saliva y de semen a punto de salir.

Hubo un momento en que me detuve y me quedé mirando a Clara, que tenía la cabeza echada hacia atrás y respiraba despacio, completamente dentro de lo que estaba pasando, sin el zumbido habitual de su cabeza llena de cosas pendientes. Hacía mucho tiempo que no la veía así de presente.

Vera me miró desde el otro lado.

—¿Estás bien?

—Muy bien —dije.

Y era verdad.

***

Después, los tres nos quedamos un rato en la cama sin hablar. Clara en el medio, Vera a un lado, yo al otro. La habitación olía a algo cálido y el silencio era de los que no incomodan.

Fue Vera quien habló primero.

—Llevaba mucho tiempo con esto guardado.

—Lo sé —dijo Clara.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—Desde la presentación de clientes de octubre del año pasado. Clara hizo una presentación delante de toda la agencia y yo pensé: «esto es un problema».

Clara se rió.

—¿Un problema?

—Un problema gordo, sí.

Yo también me reí. Era raro reírse en ese contexto, pero era la risa adecuada para ese momento.

—¿Y los regalos? —pregunté.

—Son mi forma de cortejar. Soy antigua para algunas cosas.

—A mí me gustaban los regalos —admitió Clara.

—Lo sé. Por eso no paré.

Hubo otro silencio, más corto.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté, sin acusación en la pregunta, solo curiosidad.

Vera se incorporó un poco sobre el codo.

—Eso depende de vosotros dos. Yo no vengo a complicar nada.

Clara me buscó la mano bajo las sábanas.

—¿Y tú qué quieres? —me preguntó.

Pensé en las últimas semanas. En la tensión acumulada, en las preguntas que no hacía, en las noches en que Clara me pedía algo nuevo y yo me preguntaba de dónde venía.

—Creo que quiero ver adónde lleva esto —dije.

Clara apretó mi mano.

—Yo también.

***

Eso fue hace tres meses. Desde entonces las cosas han cambiado, pero no de la manera dramática que uno podría imaginar. Vera no se mudó con nosotros ni nada por el estilo. Sigue siendo la compañera de trabajo de Clara, sigue enviando mensajes directos y sin rodeos, y cada dos o tres semanas aparece en el piso y los tres cenamos juntos, o salimos, o simplemente pasamos la noche.

No es una relación convencional. No tengo muy claro cómo llamarla. Pero hay algo que sé con seguridad: desde que todo esto empezó, Clara y yo hablamos más. Sobre lo que queremos, sobre lo que nos excita, sobre los límites que tenemos y los que no. Esas conversaciones, que antes evitábamos porque parecían incómodas, ahora son fáciles.

Vera tuvo algo que ver con eso. Su honestidad directa, su forma de no andarse con rodeos, nos enseñó algo sobre cómo decir las cosas en voz alta.

Los regalos siguen llegando. Ya no solo para Clara. El mes pasado me llegó a mí una botella de whisky con una nota que decía: «Por no salir corriendo aquella noche».

Me hizo gracia.

No se me había ocurrido salir corriendo en ningún momento.

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4.4(36)

Comentarios(9)

CarlosCali

exelente!!! me quede con ganas de mas

NocturnoMX

La tension del comienzo esta muy bien lograda, se siente que algo va a pasar desde el primer parrafo. Esperando la continuacion!

granluis

genial, de verdad. sigue asi

Marcos_BA

Me recordo a una cena que tuve hace un par de años jajaja, aunque la mia no termino ni cerca de esto. Muy bueno el relato

ElCurioso99

y como termina todo eso?? necesito una segunda parte por favor, no nos dejes asi

Gastón_86

Lo que mas me gusto es la forma en que contás la tension antes de que empiece todo. Muy bien logrado

Rulo_cba

increible como con tan pocas palabras me enganchaste hasta el final

Tatianita97

Ojala todas las cenas terminaran asi jajaja. Muy entretenido, lo lei dos veces y la segunda vez igual de bueno

lector777

corto pero intenso, me gusto

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