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Relatos Ardientes

La cena con una pareja que acabó siendo un trío

La primera vez que me escribieron fue un lunes por la tarde. Él dijo que se llamaba Marcos y que llevaba meses leyendo mis relatos con su mujer. Que más de uno los había dejado sin habla y que, según él, les había abierto conversaciones que de otra manera no habrían tenido. Ese último detalle me pareció interesante. No me pedía que les contara algo. Me estaba abriendo una puerta.

Rebeca me escribió dos días después. Su tono era distinto al de Marcos: más directo, menos cauteloso. Me explicó que su marido tenía una fantasía que llevaba tiempo rondándole la cabeza y que a ella le parecía que valía la pena explorarla. Quería saber si yo estaría dispuesto a quedar para conocernos en persona y ver si había algo de química real entre los tres.

Le respondí que sí. Estas cosas no funcionan sin un encuentro previo.

Quedamos un jueves por la tarde en la terraza de un bar de Majadahonda. Llegué primero, pedí una caña y los estuve mirando llegar desde la distancia. Venían cogidos de la mano, con esa naturalidad de las parejas que llevan muchos años juntas y que ya no necesitan demostrar nada.

Rebeca tenía estatura mediana, caderas generosas, pelo castaño suelto que le caía hasta los hombros. Había algo en su forma de moverse que llamaba la atención antes de que uno pudiera identificar exactamente qué era. Marcos era más tranquilo, más callado, con una de esas caras que inspiran confianza sin que sepas bien por qué. Los dos rondaban los cincuenta y se notaba que el tiempo les había tratado bien.

Estuvimos casi tres horas en esa terraza. Hablamos de los relatos, de sus vidas, de lo que buscaban. Con la segunda ronda de bebidas ya encima, Marcos se abrió un poco más y explicó con cierta torpeza lo que le rondaba la cabeza: no quería participar. Solo quería ver. Le respondí que eso era más frecuente de lo que la gente imaginaba, que tenía su propia lógica interna y que, bien gestionado, podía ser una experiencia potente para los dos. Me escuchó con esa atención suya. Asintió sin decir mucho.

Cuando nos despedimos, los tres sabíamos que aquello no iba a quedar en una sola tarde.

***

La invitación llegó dos semanas después. Tenían el fin de semana para ellos solos y me propusieron cenar en su casa el sábado por la noche.

Yo tengo una costumbre que arrastro de años navegando: cuando me invitan a casa de alguien, llevo algo salado, algo dulce y un vino que valga la pena. Es una manera de corresponder que aprendí de un viejo lobo de mar que me explicó que aparecer con las manos vacías dice mucho de una persona. Esa noche llegué con un pequeño tarro de anchoas en aceite, una tableta de chocolate negro con naranja y una botella de un ribera del Duero que me había recomendado la chica de la vinoteca del barrio.

Rebeca abrió la puerta. Llevaba un vestido de lino color verde oscuro que le marcaba bien la cintura y caía suelto por debajo. Me dio dos besos y me quitó la bolsa de las manos antes de que pudiera decir nada. Marcos me esperaba al fondo con una copa en la mano y la misma sonrisa tranquila de la terraza.

La casa era acogedora, con libros en las paredes y una mesa de comedor en la que ya estaban puestos los cubiertos. La cena fue ligera y larga: jamón, queso, ensalada con las anchoas de mi tarro, pan con tomate. El vino bajó solo. Hablamos de un viaje que habían hecho a Portugal el año anterior, de una serie que los dos habían visto tres veces, de mis historias. Rebeca tenía una manera de reírse que ocupaba toda su cara y que contagiaba. Marcos completaba sus frases a veces, como hacen las parejas que llevan muchos años juntas, y ella se lo permitía con esa comodidad de quien ya no necesita pelear el protagonismo.

La electricidad estaba ahí desde el principio, pero nadie tenía prisa por nombrarla.

***

Fue Marcos quien rompió el hielo. Lo hizo de la manera más inesperada posible.

—Cuéntale lo de la danza —le dijo a Rebeca, con esa sonrisa de quien guarda un as en la manga.

Ella puso los ojos en blanco.

—Lleva años estudiando danza oriental —siguió él, mirándome—. Y es buena de verdad. No esas cosas de YouTube.

—No me hagas caso —dijo Rebeca.

—Hazme caso a mí —le dije.

Me miró un segundo con una expresión que no era exactamente resistencia. Luego suspiró, se levantó y desapareció por el pasillo. Volvió con una pequeña bocina bluetooth, la puso sobre la mesa y buscó algo en el móvil. Eligió una pista con percusiones lentas y graves. Se colocó en el centro del salón y comenzó a moverse.

Lo que siguió me dejó quieto en la silla. No era el tipo de cosa que uno se imagina cuando alguien dice «danza del vientre» con un tono entre irónico y condescendiente. Era técnica real, controlada, con esa capacidad de aislar partes del cuerpo y moverlas de maneras que el cerebro no termina de procesar. Rebeca tenía la mirada al frente y los brazos elevados, y su cintura hacía cosas para las que yo no habría tenido palabras precisas.

Marcos la miraba desde el sofá con una expresión que conocía bien: la de alguien que sabe exactamente lo que está viendo y sigue sin acostumbrarse.

Noté el calor antes de ser consciente de estar excitado.

Ella fue acercándose poco a poco, sin interrumpir el ritmo, hasta quedar de pie delante de mí. Giró de espaldas, siguió bailando un momento más, y luego se sentó en el borde de mis rodillas con ese culo firme y redondo que había estado mirando sin disimulo toda la noche.

Puse las manos en su cintura por instinto. Ella no detuvo el movimiento. Solo siguió danzando, despacio, con las caderas rozando lo que ya era una erección bastante evidente. Marcos no quitaba ojo. Tenía la copa apoyada en la rodilla y la boca ligeramente abierta.

***

Rebeca se fue reclinando hacia atrás hasta apoyar la espalda en mi pecho. La música seguía, pero los movimientos se habían vuelto más lentos, más íntimos. Incliné la cabeza hacia su cuello y la besé en la curva donde el cuello se une con el hombro. Ella cerró los ojos y levantó la barbilla, dejando acceso.

Me quedé besando ese cuello un buen rato. No había prisa. Sus manos descansaban sobre las mías y su respiración había cambiado de registro, más honda, más deliberada.

La giré despacio hasta que quedó sentada de cara a mí, con las piernas a ambos lados de mis caderas. Nos miramos un momento sin decir nada. Luego la besé en los labios.

Fue un beso largo, pausado al principio, que se fue cargando solo. Ella rodeó mi cuello con los brazos y yo recorrí su espalda, sus caderas, esa cintura que había seguido con los ojos durante toda la cena. Empezamos a recorrernos con las manos, por encima de la ropa primero, luego buscando debajo, sin prisa porque no la había.

Marcos se había deslizado hacia el borde del sofá. No decía nada. No hacía falta.

***

Rebeca sabía lo que hacía. Eso quedó claro desde el principio. Tenía las manos hábiles y la cabeza despejada, esa combinación que en estas circunstancias vale más que cualquier otra cosa. Me acariciaba con una calma que contrastaba con lo que hacía el calor en el ambiente: movimientos sosegados, precisos, calibrando la reacción.

—Llevas toda la noche mirándome —me dijo al oído.

—Desde que abriste la puerta —le respondí.

Sonrió contra mi cuello y siguió.

Marcos tenía la cara casi desencajada. Se había quitado los pantalones y nos miraba con esa concentración de quien está viviendo exactamente lo que había imaginado durante meses. Su excitación era evidente, pero no hizo ningún gesto por acercarse. No era lo que buscaba. Lo que buscaba era esto: estar ahí, ignorado, y ver que su mujer disfrutaba con otro sin que él importara. Muchos lo llaman de distintas maneras; él lo vivía con una intensidad que era difícil no notar de reojo.

Rebeca se arrodilló delante de mí y me tomó en la boca con calma. Lento, minucioso, sin apresurarse. Lo hacía como quien saborea algo, tomándose el tiempo que necesitaba, haciéndome sufrir de una manera que yo agradecía. Le puse una mano en el pelo y me dejé llevar.

Cuando consideró que había sido suficiente, se puso de pie, se quitó el vestido de un gesto y se colocó encima de mí. Entró despacio, ajustándose, y cuando encontró el ritmo comenzó a moverse con esa ondulación que ya había visto antes en el centro del salón. Yo agarré ese culo y lo apreté contra mí. Nos besamos en la boca. El ritmo fue subiendo solo, sin que ninguno de los dos lo decidiera exactamente.

Marcos emitió un sonido ahogado desde el sofá. Ni Rebeca ni yo le prestamos atención, lo cual, me enteré después, era exactamente lo que él necesitaba.

***

Cuando llegué al límite lo hice dentro de ella, como me había pedido unos minutos antes con esa voz directa y sin rodeos que me había gustado desde el principio.

Después la recosté en el sofá y me arrodillé entre sus piernas. La besé despacio, con tiempo, saboreando la mezcla de los dos. Rebeca tenía los muslos tensos y los ojos cerrados y gemía con la boca apretada, intentando controlarse. Llegó a un orgasmo limpio, sin rodeos, con las manos en mi pelo y los muslos apretados contra mis orejas.

Entonces me incorporé y miré a Marcos.

—Acércate —le dije.

No necesitó que se lo repitiera. Se colocó junto a ella y se corrió sobre su pecho con ese sonido que lleva dentro alguien que ha aguantado todo lo que puede aguantar. Rebeca lo miró y le sonrió con una sonrisa que era solo para él. Marcos se dejó caer a su lado y la abrazó.

Los miré un momento. Tenían el aspecto de dos personas que han encontrado algo que llevaban tiempo buscando.

***

Aquella noche tuve que irme antes de lo que habría querido. Me despedí en la puerta con un abrazo largo de Rebeca y un apretón de manos de Marcos que duró algo más de lo habitual.

Desde entonces hemos vuelto a quedar tres veces más. Cada una mejor que la anterior. En la última, tomando café los tres después de que todo hubiera terminado, Marcos dijo algo que me hizo reír.

—Deberías quedar con Rebeca un día sin mí —dijo—. Cuando salgo de viaje de trabajo, la casa queda vacía.

Rebeca levantó una ceja.

—No le metas ideas en la cabeza —dijo.

Pero sonreía mientras lo decía.

Por mí no hay ningún inconveniente.

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Comentarios (6)

Martina_91

De lo mejor que lei en mucho tiempo!!! gracias por compartir

PabloRD

Por favor que haya continuacion, quede con ganas de mas

Lorena_viajes

Me encanto como lo describiste, se siente como si uno estuviera ahi. Muy bien escrito!

Fer_Mdq

Tremendo relato. La tension que fuiste generando desde el principio es perfecta

tati_cordoba

me recordo a una cena que tuve hace años con unos amigos... digamos que la noche tambien fue larga jajaja

NicoBA_85

genail como siempre!!! ojala publiques mas seguido

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