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Relatos Ardientes

La noche que cumplimos cuarenta y lo cambiamos todo

Lo que voy a contar ocurrió hace unos meses, aunque sigo pensando en ello casi a diario. No sé si fue una locura, un error o lo más honesto que hice en toda mi vida adulta. Probablemente las tres cosas a la vez.

Para entender la historia hay que conocer a los cuatro implicados. Mi nombre es Claudia. Tengo estatura media, soy morena, bastante simpática, tetas grandes y un culo redondo que Marcos siempre dice que le vuelve loco aunque hace años que no me lo folla como se merece. Llevo desde los veinticuatro con Marcos, que es mi marido. Somos de esas parejas que funcionan bien, que se quieren de verdad, pero que llevan tanto tiempo juntos que la rutina lo ha cubierto todo como una capa fina de polvo, incluido el sexo, reducido a un polvo rápido los sábados por la mañana antes de que los niños se despierten. Mi hermana gemela se llama Elena. Nos parecemos mucho, aunque nos distinguen el peinado y la ropa. Elena lleva tres años divorciada y, según ella misma confiesa, tres años sin una polla decente encima. Y luego está Sofía, nuestra amiga desde el instituto, alta y delgada, rubia con tinte, con unas tetas pequeñas pero firmes y una energía nerviosa que siempre ha sido la chispa del grupo.

Los cuatro fuimos a pasar una semana a un pueblo de la costa asturiana. La casita era de la familia de Sofía, que la conoce desde niña. El plan era sencillo: excursiones, comida buena, dormir sin horarios y dejar a los niños con los abuelos durante siete días. Marcos lo organizó todo como sorpresa para Elena y para mí, que cumplíamos los cuarenta esa semana. Cuando nos enteramos, casi lloramos de alivio. Una semana sin niños. Solo eso ya era suficiente regalo.

***

[Desde el punto de vista de Claudia]

El sábado era el día de nuestro cumpleaños. Llevábamos varios días haciendo excursiones, descansando, poniéndonos al día. Esa mañana habíamos visitado un pueblo medieval precioso a media hora de allí. Volvimos a la casita a media tarde, cenamos pronto y nos quedamos charlando en el salón.

Fue Sofía quien abrió la caja de los truenos.

—Tenemos que recordar este viaje para siempre —dijo, con la copa de agua entre las manos—. Hemos llegado a los cuarenta haciendo exactamente lo mismo que hacíamos a los treinta. Y a los veinticinco. Corremos todo el día, criamos hijos, servimos a jefes, a exparejas, a padres. Hace tres años que me divorcié y no he tenido tiempo ni de respirar, ni de que me follen bien. Hoy quiero hacer algo que me haga sentir viva de verdad. Algo que nunca hayamos hecho.

—¿Qué propones? —preguntamos los tres casi al mismo tiempo.

—No lo sé exactamente. Algo que suponga salir del guion. Algo que si se lo contáramos a nuestros hijos en veinte años, se quedarían de piedra.

Elena aplaudió con entusiasmo. Marcos frunció el ceño. Yo escuché.

Barajamos ideas: tirarnos en paracaídas (miedo), hacernos tatuajes (a Marcos ni muerto), probarlo todo en una noche. Sofía lanzó la idea de una orgía. No entre los cuatro, aclaró enseguida, sino con gente de fuera. Ella y Elena se apuntarían con cualquier chico disponible con la polla dura. Marcos podría estar con alguna mujer que encontráramos. Y yo haría lo que quisiera.

—Pero eso es muy fácil de decir y muy difícil de hacer —protesté—. ¿Dónde encontramos a esa gente? ¿Cómo se monta algo así?

—Sofía tiene un amigo del pueblo —dijo Elena—. Ha dicho que conoce a mucha gente por aquí.

Sofía llamó a ese amigo, un tipo llamado Rafa al que conocía desde los veranos de infancia. Media hora después volvió con él y con una mujer de unos treinta y tantos que se llamaba Verónica. Rafa era un hombre de nuestra edad, atractivo aunque con aspecto de haber vivido más noches de las recomendadas. Verónica era morena, delgada, con unas tetas pequeñas que se le marcaban debajo de la camiseta sin sujetador, ojos que miraban desde muy adentro y una sonrisa que lo decía todo sin abrir la boca.

—Ya tenemos un hombre y una mujer —anunció Sofía—. Pero para cuatro somos pocos. Vamos a por más.

***

[Desde el punto de vista de Marcos]

Yo estaba indignado y, al mismo tiempo, más excitado de lo que llevaba años estando. La polla ya se me estaba poniendo dura solo de imaginar a Claudia con otro hombre, y me costaba disimularlo debajo del pantalón. No iba a reconocerlo en voz alta, claro. Estaba haciendo de adulto responsable, que es el papel que me habían asignado esa noche.

—Aquí o jugamos todos o rompemos la baraja —dije al final, cuando vi que las tres mujeres ya tenían el plan casi cerrado—. Si vamos a hacer una locura, que sea de verdad. Pero yo elijo con quién.

—¿Y qué eliges tú? —preguntó Claudia, mirándome con una mezcla de sorpresa y diversión.

—Verónica no me parece suficiente compañía para toda la noche.

Sofía soltó una carcajada. Claudia me miró fijo un momento.

—Bien —dijo—. Pues esta noche lo hacemos en serio. Pero las condiciones las ponemos nosotras.

Sofía y Elena se fueron a uno de los bares de copas del pueblo a buscar más gente. Se cambiaron de ropa antes de salir: dos vestidos de verano cortos, sin sujetador, con las tetas botando debajo de la tela cada vez que se movían, que las hacían parecer diez años más jóvenes, o al menos todo lo jóvenes que pueden parecer dos madres cuarentonas cachondas que nunca tienen tiempo para cuidarse. Claudia se quedó con su vaquero y su blusa. Yo me quedé en la casa con Rafa y Verónica, tomando una copa y mirando el reloj, con Verónica cruzando y descruzando las piernas frente a mí de una forma que no dejaba mucho a la imaginación.

***

[Narrador]

Sofía y Elena entraron en el bar a las once y media. El ambiente era lo de siempre un sábado de verano tardío: gente de todas las edades, música a todo volumen, parejas enrollándose en los rincones, alguna mano perdida bajo una falda.

Sofía se lanzó enseguida. Se acercó a un chico joven que bailaba solo, estuvieron un rato juntos, y hasta se dejó meter mano en el culo un par de canciones, pero cuando le propuso lo que tenían en mente él pensó que era una broma y se alejó entre risas.

Entonces vieron a tres chicos en una mesa del fondo. Tendrían unos treinta años. Dos de ellos eran altos, con ese aspecto de deportistas que no necesitan esforzarse demasiado para resultar atractivos y con un bulto en el pantalón que se notaba desde lejos. El tercero era más bajito y normalito, con cara de buena persona.

Sofía fue directa.

—Hola, me llamo Sofía. ¿Sois del norte?

Los tres dijeron que sí: se llamaban Miguel, Sergio y Tomás. Eran de Vitoria, estaban pasando el fin de semana en la casita de la familia de Sergio.

—Esa de ahí es mi amiga Elena —dijo Sofía señalando—. Hoy cumple cuarenta años y lleva dos sin que un hombre le meta la polla. ¿Os la presento?

Tomás, el más alto, sonrió.

—¿Cuarenta ya? No lo aparenta.

—Gracias, eso le diré. Y yo llevo tres años divorciada, por si os interesa el dato. Y con las bragas mojadas desde hace dos horas, por si os interesa más.

Los cinco empezaron a hablar. Miguel era médico, trabajaba en urgencias y tenía un humor seco muy efectivo. Sergio era arquitecto. Tomás trabajaba en logística y acababa de cortar con su novia. Los habían traído al norte precisamente para ayudarle a olvidar.

Después de un rato, Sofía les contó el plan completo. La casa, los cuatro amigos, el cumpleaños, la orgía. Rafa y Verónica ya esperaban allí. Marcos y Claudia también.

Miguel frunció el ceño.

—¿Y el marido de vuestra amiga está de acuerdo?

—Ha sido idea suya ampliar el grupo —respondió Elena.

Sergio y Tomás ya estaban poniéndose la chaqueta. Miguel tardó un poco más, pero se levantó.

Pasaron antes por la habitación de los chicos a buscar botellas y hielo, porque las cuatro protagonistas de la noche eran tan poco dadas al vicio que no habían comprado una sola botella de alcohol en toda la semana. También hicieron una parada en la farmacia de guardia a por preservativos. Compraron cuatro cajas.

—Madre mía —dijo Tomás mirando las cajas—. Sois impresionantes.

***

[Desde el punto de vista de Claudia]

Era tarde cuando apareció Sofía con tres chicos. Yo estaba sentada en el sofá con Marcos y Verónica, escuchando a Rafa contar historias del pueblo. Cuando entré en el salón vi a esos tres y se me paró el corazón un segundo. Y se me humedecieron las bragas otro segundo después.

Dos de ellos eran guapísimos. No del tipo guapo ordinario, sino de esos que hacen que te recoloque en el asiento sin querer y que aprietes los muslos para calmar el picor entre las piernas. Altos, con mandíbula cuadrada, brazos que se notaban debajo de la camiseta, y unos vaqueros ajustados donde se adivinaba un buen paquete. El tercero, Miguel, era más discreto pero tenía esa seguridad tranquila de las personas que no necesitan demostrar nada.

Marcos los vio y apretó los labios. Yo le tomé la mano.

Hicimos las presentaciones. Rafa preparó copas. Sofía puso música. Y en diez minutos éramos nueve personas en un salón de veinte metros cuadrados intentando hacer como que aquello era completamente normal.

Elena fue la primera en romper el hielo. Se levantó y empezó a bailar con Sergio, que era el más alto. A los dos minutos ya le tenía las manos metidas por debajo del vestido y ella se restregaba contra el bulto que él tenía en los vaqueros con los ojos cerrados. Sofía arrastró a Rafa a la pequeña zona libre junto a la televisión, y sin ninguna vergüenza le desabrochó los pantalones y le sacó la polla ahí mismo, empezándosela a menear despacio mientras se besaban. Verónica se quedó con Tomás y Miguel, uno a cada lado, y las manos de los tres desaparecieron rápido debajo de la ropa. Marcos y yo nos miramos.

—¿Bailamos? —pregunté.

—¿Tú quieres bailar? —respondió él, y en su voz había algo que no era exactamente enfado.

Me levanté y lo arrastré hacia mí. Bailamos pegados, como no lo hacíamos desde hacía años. Sentí su cuerpo tenso al principio y después, poco a poco, aflojarse. También sentí su polla poniéndose dura contra mi barriga, y eso me puso más cachonda todavía.

—Estás preciosa esta noche —me dijo al oído.

—Tú también. Y la tienes durísima.

—Es tu culpa.

Al cabo de un rato, las parejas empezaron a subir a las habitaciones. Habíamos repartido condones y papel antes de que llegaran los chicos, una caja en cada cuarto. Sofía subió con Rafa, ya con la polla fuera y ella con una teta al aire. Elena con Sergio, arrastrándolo casi de la mano. Verónica bajó con Tomás y Miguel a la habitación pequeña de la planta baja.

Marcos y yo subimos juntos al cuarto principal.

***

Dentro de la habitación, con la puerta cerrada, la situación cobró otra dimensión. Ya no éramos los adultos responsables organizando una locura. Éramos dos personas que llevaban dieciséis años juntas y que de pronto tenían permiso para ser completamente distintos.

Marcos me besó de una forma en que no lo hacía desde hacía mucho tiempo. Despacio al principio, después con más urgencia, metiéndome la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio. Me quitó la blusa sin prisa y después el sujetador. Se quedó un momento mirándome las tetas, como si las viera por primera vez, y bajó la boca a chuparme un pezón con una intensidad que me arrancó un gemido. Después el otro. Los chupó, los mordió, tiró de ellos con los dientes hasta que los sentí duros como piedras y palpitando.

Yo le desabroché la camisa con los dedos que me temblaban un poco, no de miedo sino de anticipación. Le bajé los pantalones y los calzoncillos de un tirón y su polla saltó, dura, con la punta ya brillante. Me arrodillé en el suelo y me la metí en la boca entera, hasta el fondo, hasta que sentí la punta en la garganta. Marcos gimió y me agarró del pelo.

—Joder, Claudia —susurró.

Se la chupé despacio primero, lamiéndole toda la longitud desde los huevos hasta la punta, jugando con la lengua en el glande, ensalivándosela hasta que le chorreaba. Después más rápido, metiéndomela hasta atragantarme, sacándomela para respirar, volviéndomela a meter. Le agarré los huevos con una mano y se los acaricié mientras se la mamaba, y él empezó a follarme la boca con embestidas cortas, pequeñas.

—Para, para, o me corro ya —dijo tirándome del pelo hacia arriba.

Me levantó, me tumbó en la cama y me arrancó el vaquero y las bragas de un tirón. Se arrodilló entre mis piernas, me las separó bien abiertas y hundió la cara en mi coño. Cuando empezó a lamerme, tuve que ahogar un grito. Lo hacía con una atención que hacía tiempo que no le prestaba a eso, como si tuviera toda la noche, como si no hubiera nada más importante en el mundo que ese momento concreto. Me chupaba el clítoris, lo mordisqueaba con los labios, después bajaba y me metía la lengua entera dentro del coño, follándome con ella. Volvía al clítoris. Bajaba otra vez. Me metió un dedo, después dos, curvándolos hacia arriba para tocarme ese punto que casi siempre olvidaba que existía.

—No pares —conseguí decir—. No pares, joder, no pares.

Él no paró.

Desde la habitación de al lado llegaban los sonidos de Sofía con Rafa, amortiguados por la pared pero inconfundibles: los golpes de la cama contra la pared, los gemidos agudos de Sofía cada vez que Rafa le metía la polla hasta el fondo, y las palabras sueltas —«así, más fuerte, rómpeme»— que se colaban por las rendijas. En el salón, voces y risas. Debajo de nosotros, el ruido rítmico de Verónica siendo follada por los dos vascos a la vez. Toda esa vida paralela a unos metros hacía que lo que ocurría en nuestra habitación se sintiera más intenso, más real, más nuestro.

Me corrí sin haber previsto exactamente cuándo iba a ocurrir. Una ola que empezó en la pelvis y se expandió hacia arriba, apretándome las piernas contra la cabeza de Marcos, mojándole la cara, con los muslos temblando. Marcos levantó la cabeza y me miró con la barbilla brillante.

—Bien —dijo simplemente.

Yo me reí. Me reí de una forma que hacía tiempo que no recordaba. Después lo tumbé y le hice lo mismo que él me había hecho a mí, algo que rara vez hago y que esa noche hice con una calma y un placer que me sorprendieron. Le chupé la polla otra vez, le lamí los huevos uno a uno, y hasta bajé más abajo, lamiéndole el perineo, algo que nunca le había hecho. Él gimió como no le había oído gemir nunca.

Después me subí encima. Me senté sobre su polla despacio, notando cómo me abría centímetro a centímetro, hasta que la tuve dentro entera. Me quedé quieta un momento, saboreándolo, y después empecé a moverme. Al principio despacio, meciendo las caderas, con las manos apoyadas en su pecho. Después más rápido, botando encima de él, con las tetas moviéndose delante de su cara. Él me agarró las tetas, me pellizcó los pezones, tiró de ellos. Me tumbé encima de él para besarlo y él aprovechó para agarrarme el culo con las dos manos y empezar a follarme desde abajo con embestidas duras, secas, que me hacían gritar contra su boca.

—Vuélvete —me susurró.

Me tumbé a cuatro patas en la cama y él se puso detrás. Me la metió de un empujón, hasta el fondo, y me agarró de las caderas. Empezó a follarme fuerte, chocando su pelvis contra mi culo, haciendo que la cama crujiera. Con una mano me agarró del pelo y me tiró hacia atrás para que arqueara la espalda.

—Así, así —jadeé—. Más fuerte, joder.

Me folló así hasta que me corrí otra vez, gritando contra la almohada. Sentí cómo la polla se le hinchaba dentro de mí, y con dos embestidas más se corrió él también, apretándome las caderas con tanta fuerza que al día siguiente tendría marcas de sus dedos.

Cayó encima de mí, sudando, jadeando. Nos quedamos un rato así, con él todavía dentro, hasta que la polla se le fue ablandando y se salió sola.

Luego nos tumbamos boca arriba, el uno junto al otro, mirando al techo.

—¿Vas a salir? —preguntó él en voz baja.

—¿Tú quieres que salga?

Una pausa larga.

—No. Pero tampoco quiero que esta noche sea solo esta habitación para ninguno de los dos.

Le miré. Estaba serio pero no estaba enfadado. Había algo en su cara que era nuevo o que hacía mucho que no veía: curiosidad genuina.

—Una noche es una noche —dije.

—Una noche es una noche —repitió él.

Nos vestimos despacio. Antes de salir me cogió de la mano un momento.

—Feliz cumpleaños —dijo.

Abrí la puerta.

***

El salón estaba diferente cuando bajé. La luz más baja, las botellas a medias sobre la mesa. Desde el cuarto de abajo se seguían oyendo a Verónica y a los dos chicos, los gemidos de ella subiendo de tono cada pocos segundos. Tomás estaba sentado en el sofá con una copa, solo. Me senté a su lado.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí. Los otros dos están abajo con Verónica. Yo he preferido esperar aquí.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—No me va lo de las prisas. Ni lo de compartir a una tía por turnos. Prefiero tomarme mi tiempo.

Me gustó esa respuesta. Estuvimos hablando un rato, sin música, con las voces que llegaban de abajo como fondo. Me habló de su ex, de lo que había cambiado cuando se terminó aquello, de la sensación de empezar desde cero a los treinta y uno. Le conté cosas de los últimos años que no le cuento a casi nadie. No sé si fue la hora, o el vino, o simplemente que a veces es más fácil hablar con un desconocido.

En algún momento, sin que ninguno de los dos lo planificara exactamente, nos besamos.

Era diferente. No mejor ni peor, simplemente diferente. Otro cuerpo, otro ritmo, otra forma de tomarse el tiempo. Sus labios eran más finos que los de Marcos, su barba corta me raspaba de otra manera. Me metió la lengua despacio, explorándome la boca sin prisa, y sentí cómo se me volvían a mojar las bragas después de haberme corrido dos veces arriba.

Me pasó la mano por dentro de la blusa y me acarició una teta por encima del sujetador. Después metió los dedos por debajo y me pellizcó el pezón, todavía sensible del trabajo de Marcos. Yo bajé la mano a su entrepierna y le apreté la polla por encima del vaquero. La tenía dura, gruesa, más larga que la de mi marido.

—¿Aquí? —susurró.

—Aquí.

Se desabrochó el pantalón y se la sacó. Me la quedé mirando un momento —era la primera polla nueva que veía en dieciséis años— y después me arrodillé en el suelo delante de él, entre sus piernas. Me la metí en la boca despacio, saboreándola. Era distinta, más gruesa en la base, con la piel más lisa. Se la chupé con calma, mirándolo a los ojos, disfrutando de la novedad de cada milímetro. Tomás me acariciaba el pelo sin tirar, dejándome llevar el ritmo.

—Joder, qué bien la chupas —murmuró.

Después me levantó y me tumbó en el sofá. Me quitó el vaquero y las bragas, se arrodilló entre mis piernas y se quedó mirándome el coño un momento antes de bajar la cabeza. Cuando su lengua me tocó el clítoris tuve que morderme el puño para no gritar. Lo hacía diferente que Marcos: más despacio, con más lengua plana, dibujando círculos en vez de golpear con la punta. Me lamió durante un rato largo, hasta que yo estaba retorciéndome y suplicándole que me la metiera.

Se puso un condón —yo le insistí, y él ni discutió— y se colocó entre mis piernas. Empujó despacio, dejándome sentir cada centímetro entrar. Cuando la tuvo dentro entera, se quedó quieto un momento, mirándome.

—¿Bien? —preguntó.

—Bien. Muy bien.

Empezó a follarme despacio, con embestidas largas, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter hasta el fondo. Me agarró una teta con una mano y con la otra me buscó el clítoris y me lo empezó a acariciar con el pulgar mientras me la metía. Yo cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación de tener a un desconocido dentro, en el sofá donde había estado tomando café con Marcos por la mañana, mientras arriba mi marido dormía o quizás no dormía.

Le pedí que me pusiera a cuatro patas, y él me obedeció. Me apoyé en el respaldo del sofá y él se colocó detrás. Cuando me la metió por detrás, gemí sin poder controlarme. La sentía más profunda en esa postura. Me folló despacio primero, agarrándome del culo, y después más fuerte, hasta que la cabeza me golpeaba contra el respaldo con cada embestida.

—Más fuerte —le pedí—. Fóllame más fuerte.

Me obedeció. Me metió una mano en el pelo y tiró suavemente, mientras con la otra me daba una palmada en el culo que sonó por todo el salón. Me corrí así, apretando su polla con mi coño, mordiendo el cojín para no despertar a toda la casa. Él aguantó unos minutos más, disfrutándolo, hasta que se salió, se quitó el condón y se corrió sobre mi espalda con un gruñido contenido.

Nos quedamos un momento así, jadeando, hasta que él me pasó una servilleta y se limpió a sí mismo. Nos vestimos en silencio, con esa complicidad rara que tienen dos desconocidos que acaban de compartir algo íntimo. Me besó una última vez, despacio, en el sofá.

—Feliz cumpleaños —susurró.

—Gracias.

Cuando subí de nuevo al cuarto principal, Marcos ya estaba tumbado. Me miró cuando entré. Yo todavía tenía las mejillas rojas y el pelo revuelto.

—¿Bien? —preguntó.

—Bien —dije.

Me metí en la cama a su lado, desnuda, y me pegué a su cuerpo. Él me pasó el brazo por encima y me apretó contra él, oliéndome el pelo. Apagó la luz. Afuera, el pueblo dormía. Dentro de la casa, poco a poco, fue quedando todo en silencio, aunque de vez en cuando todavía se oía algún gemido lejano.

Cerré los ojos y pensé que si alguien me hubiera dicho una semana antes que así iba a celebrar los cuarenta, no le habría creído. Y que, sin embargo, no cambiaría nada de lo que había pasado.

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Comentarios(10)

MaricelT_BA

buenisimo!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

curiosa88

Que manera de contar esto. Se siente tan real, casi como si lo hubiera vivido. Hay segunda parte?

Guenco

excelente, de los mejores relatos que lei en este sitio

Meli95

Me recordo a una conversacion que tuve con mi pareja hace tiempo jaja, capaz nos animamos algun dia

RamonNocturno

tremendo!!! segui asi por favor

SantiagoMdq

Lo que mas me gusto es como describis los pensamientos internos, no solo lo que pasa sino lo que sienten. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno mediocre. Gracias por compartirlo.

noche_eterna88

Los cuarenta como punto de quiebre me parece un detalle muy bien elegido. Le da una profundidad que no es comun en estos relatos

CarlosNK47

jajaja ahora entiendo por que mis viejos estaban tan contentos despues de cada aniversario

LunaNocturna

Se hizo cortisimo, queria seguir leyendo. Espero que tengas mas guardado :)

pampero_73

Muy buen ritmo narrativo, no se hace pesado en ningun momento. Felicitaciones

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