La señora del rancho y su hija nos dieron más que refugio
El viento en la puna jujeña no avisa. Un momento el cielo estaba despejado, con ese azul profundo del altiplano que engaña por su belleza, y al siguiente las nubes negras cubrieron todo sin dejar escapatoria. Andrés e Ignacio lo aprendieron de la peor manera, a cuatro horas de marcha del último pueblo, con las mochilas pesadas que ahora absorbían agua como esponjas.
—Si no encontramos algo en diez minutos, armamos las carpas acá mismo —dijo Ignacio, con la capucha pegada a la cara y el barro cubriéndole las botas hasta los tobillos.
—Mirá allá —respondió Andrés, señalando hacia el oeste.
Entre la lluvia y la niebla se adivinaban luces. Débiles, anaranjadas, pero luces al fin. Apuraron el paso por el camino convertido en arroyo, cruzaron un alambrado oxidado y atravesaron un campo donde pastaban unas llamas que los miraron sin inmutarse. La construcción era pequeña: paredes de adobe y techo de chapas viejas, una sola ventana con luz adentro.
Golpearon. Esperaron. Golpearon más fuerte.
La puerta se abrió y apareció Elena.
Tendría unos sesenta y cinco años. El cabello oscuro con vetas grises recogido en una trenza gruesa, la piel curtida por el sol de altura, y unos ojos oscuros que los midieron de arriba abajo sin apuro. Llevaba un vestido de lana gruesa que no ocultaba del todo lo que había debajo: pechos grandes y caderas anchas que llenaban la tela con comodidad.
Detrás de ella apareció su hija.
—Soy Sofía —dijo la joven desde el marco de la puerta. Treinta años, el mismo cabello oscuro de la madre pero suelto sobre los hombros, y una figura curvilínea que la ropa no disimulaba.
—Perdón por molestar a esta hora —dijo Andrés, temblando—. La tormenta nos agarró en el camino. Somos senderistas. ¿Nos pueden dar refugio esta noche?
Elena los miró un momento más, sin moverse. Luego se corrió a un lado.
—Pasen.
***
La cocina era pequeña pero caliente. Una salamandra de hierro en el rincón irradiaba un calor que les llegó a los huesos casi de inmediato. Sofía les sirvió mate cocido y un plato de sopa que Andrés comió sin levantar la vista. Ignacio hizo lo mismo.
Elena se sentó frente a ellos al otro lado de la mesa y los observó terminar.
—Hay un cuarto con dos camas —dijo—. Por doscientos pesos cada uno, la noche y el desayuno.
—Aceptado —dijo Ignacio, sin dudar.
—Hay otra opción —agregó Elena, con el mismo tono de voz con el que podría hablar del tiempo—. Trescientos cada uno. Incluye el cuarto, el desayuno y nuestra compañía. La noche entera.
Hubo un silencio. Afuera, la lluvia seguía repicando contra las chapas.
Sofía estaba parada junto a la salamandra. Los miraba desde abajo de las pestañas. No sonreía exactamente, pero había algo en esa expresión que no era neutral.
Andrés miró a Ignacio. Ignacio ya estaba sacando la billetera.
—Trato hecho.
Elena recibió los billetes y los guardó en el delantal con la misma calma con la que había dicho todo lo anterior. Se levantó y apagó la lámpara de la cocina.
—Vengan.
***
El cuarto tenía dos camas angostas separadas por una mesita de luz con una vela encendida. Las sombras se movían en las paredes. La lluvia afuera era un rumor constante.
Elena cerró la puerta con llave y se dio vuelta hacia ellos.
—La ropa mojada, fuera.
Lo dijo sin ceremonia, y mientras ellos se quitaban las prendas encharcadas, ella también empezó a desvestirse. El vestido cayó al suelo de un solo movimiento. Debajo no llevaba nada.
Los pechos de Elena eran grandes y pesados, con pezones oscuros que ya estaban duros. Su vientre era suave, sus caderas anchas, y entre sus muslos había vello oscuro y espeso. Era el cuerpo de una mujer que no se disculpaba por sus años, y algo en esa certeza sacudió a Andrés de una manera que no esperaba.
Sofía se desnudó despacio frente a Ignacio. El sujetador cayó y sus pechos quedaron libres: más firmes que los de su madre, con pezones rosados que apuntaban hacia arriba. Bajó la falda y quedó de pie, sin ropa, mirándolo.
—¿Qué esperan? —dijo Elena.
***
Ignacio agarró a Sofía de la cintura y la llevó hacia la cama de la derecha. Ella lo recibió de frente, con las palmas en su pecho, buscando su boca. Se besaron mientras él le recorría la espalda con las manos y llegaba al trasero redondo y firme.
—Sacátela ya —le dijo Sofía contra la boca.
Él obedeció. Se bajó el bóxer y su verga saltó erguida. Sofía la tomó con la mano y apretó despacio, calibrando.
—Rica —dijo, y se acostó de espaldas abriendo las piernas.
Ignacio se posicionó entre ellas y entró de a poco. Sofía soltó un sonido corto y afilado, y luego empezó a mover las caderas para encontrarlo.
Andrés, mientras tanto, quedó de pie frente a Elena. Ella extendió la mano y le tomó el miembro por encima del pantalón todavía puesto. Lo apretó. Él se endureció de inmediato bajo esa presión.
—Quitátelo —ordenó Elena.
Se desnudó. Ella lo miró sin disimulo, asintió apenas, y se acostó en la otra cama, abriendo las piernas.
—Metémela —dijo, directo.
Andrés se puso entre sus muslos y empujó. La encontró caliente y húmeda. Su cuerpo lo recibió con facilidad, apretándolo desde adentro con una fuerza que lo sorprendió. Comenzó a moverse despacio, sintiendo cómo ella respondía, cómo sus caderas se levantaban para encontrar cada embestida.
—Más fuerte —ordenó Elena.
Él empujó más fuerte. Los gemidos de Elena eran bajos y continuos, sin pausa. Los de Sofía, en la cama de al lado, eran más agudos, más intermitentes, como si cada vez que Ignacio la cogía profundo le arrancara un sonido nuevo.
El cuarto se llenó de calor y del ruido de piel contra piel. La vela proyectaba sombras que se alargaban y acortaban con cada movimiento.
***
Después de un rato, Sofía levantó la cabeza desde la otra cama.
—Mamá, ¿cambiamos?
Elena asintió sin responder con palabras. Le dijo a Andrés que se sentara. Él obedeció, y ella cruzó a la otra cama, donde Ignacio la esperaba recostado. Sin preámbulo, Elena tomó su verga en la mano y se la metió en la boca.
Chupó despacio al principio, con lengua y labios, mientras Ignacio cerraba los ojos y apoyaba la cabeza en la almohada. Luego fue más profundo, bajando hasta donde no todos llegan, sin esfuerzo aparente. La experiencia de Elena se notaba en cómo lo hacía: sin urgencia, con precisión, sabiendo exactamente qué presión aplicar y cuándo.
—Chupá todo —le dijo Ignacio, con la voz ronca.
Elena levantó los ojos hacia él sin dejar de mamar, y en esa mirada había algo que oscilaba entre la diversión y el desafío.
Sofía, mientras tanto, se había sentado a horcajadas sobre Andrés y lo guiaba con la mano hacia su entrada. Bajó despacio, y Andrés tuvo que apretar los dientes para no correrse ahí mismo. Ella empezó a cabalgar con movimientos lentos y circulares, con los pechos cerca de su cara.
—Chupalos —le dijo Sofía, inclinándose hacia adelante.
Él los tomó con las manos y le chupó los pezones uno por uno, primero suave, luego con más fuerza. Ella aceleró el ritmo encima de él.
***
Elena se separó de la boca de Ignacio con un sonido húmedo y se puso en cuatro sobre el colchón, mirándolo por encima del hombro.
—Cogeme por detrás —dijo.
Ignacio se posicionó detrás de ella y entró de un empujón. Elena soltó un gemido largo y grave, y empezó a empujar hacia atrás para que él fuera más adentro. La agarró de las caderas anchas y comenzó a cogerla con ritmo constante, sintiendo cómo el cuerpo de la mujer respondía a cada embestida.
—Más duro —pidió Elena, con la cara hundida en la almohada.
Ignacio empujó más duro. El golpeteo de su cuerpo contra el trasero grande de Elena llenó el cuarto.
Sofía, que acababa de correrse encima de Andrés con un grito que sofocó con la mano, se recuperó y miró hacia la otra cama. Observó a su madre siendo cogida desde atrás, el cuerpo sacudiéndose con cada embestida, los pechos grandes balanceándose.
—Mirá cómo la cogés —le dijo a Ignacio, con voz ronca.
Andrés estaba todavía duro. Sofía lo notó, y antes de que él dijera nada, se dio vuelta y lo miró por encima del hombro.
—¿Querés probar el culo? —preguntó, directa.
Él vaciló un segundo.
—Si querés vos.
—Preguntá de nuevo.
Sofía se puso en cuatro al borde de la cama. Andrés escupió en la mano y se lubricó, luego presionó la cabeza contra el orificio apretado. Empujó con cuidado, sintiendo la resistencia, y Sofía expulsó un aliento largo mientras él iba entrando de a poco.
—Despacio al principio —dijo ella, con los dedos aferrados al colchón.
Andrés obedeció. Avanzó centímetro a centímetro hasta estar adentro, y esperó. Sofía respiró hondo.
—Ahora sí —dijo.
Comenzó a cogerla por el culo. Lento primero, luego más rápido cuando los gemidos de ella lo indicaron. El cuerpo de Sofía respondía a cada embestida con un sonido que se fue haciendo más urgente, más continuo.
***
La primera corrida de Ignacio llegó poco después. Elena lo sintió tensarse adentro de ella y supo lo que venía.
—Afuera —le dijo.
Él sacó y se corrió sobre la espalda de Elena, con un gemido que no intentó reprimir. Ella sintió el calor sobre la piel y no dijo nada.
Andrés llegó casi al mismo tiempo. Se corrió adentro de Sofía, que también estaba llegando, y los dos se quedaron un momento quietos, con los cuerpos apretados.
Los cuatro quedaron jadeando en las dos camas, en silencio, mientras la vela seguía ardiendo y la lluvia seguía cayendo.
Elena fue la primera en moverse. Se levantó, fue al baño y volvió con una palangana con agua tibia y unos trapos. Los pasó en silencio, primero por su propia espalda, luego le ofreció uno a Sofía. Los dos hombres se limpiaron solos.
—La noche es larga —dijo Elena, volviendo a acostarse—. Si quieren seguir, seguimos.
***
Siguieron.
Durante la siguiente hora, los cuatro se movieron entre las camas con una familiaridad nueva, como si se conocieran de antes. Sofía se acostó entre los dos hombres mientras Elena los guiaba con la autoridad tranquila de quien sabe exactamente lo que hace. Cuando Sofía tuvo una verga en la boca y otra cogiéndola desde atrás, cerró los ojos y se entregó al ritmo. Sus gemidos eran continuos, sin pausa.
Elena participó cuando quiso. Se sentó a horcajadas sobre Ignacio mientras él estaba recostado, lo metió sin aviso y empezó a cabalgar con una lentitud deliberada que lo volvía loco. Lo miraba a los ojos mientras lo hacía. Él no supo adónde mirar primero: a la cara de Elena o a los pechos grandes que se movían frente a él.
—Agarralos —le dijo ella.
Los agarró.
La segunda ronda de orgasmos fue más dispersa, menos simultánea. Sofía llegó primero, con las manos en la cabeza de Andrés. Ignacio después, adentro de Elena por pedido expreso de ella. Elena misma al final, sin apuro, con un sonido grave y continuo que llegó a su cumbre y se apagó despacio.
***
Cuando amaneció, la tormenta había parado. Andrés salió un momento al patio de tierra y encontró el altiplano envuelto en niebla baja, con el filo de las montañas asomando por encima como dientes. Era un paisaje quieto y frío que no tenía nada que ver con lo que había pasado adentro.
Elena estaba en la cocina cuando volvió. Tenía el delantal puesto de nuevo y revolvía algo en la olla. Le sirvió un tazón de leche caliente sin preguntarle si quería.
—¿Cuánto tiempo llevan viajando? —preguntó, sin levantar la vista del fuego.
—Tres semanas —respondió él.
Ella asintió.
—Se nota.
No dijo más. No hacía falta.
Ignacio bajó media hora después, con Sofía detrás. Desayunaron los cuatro alrededor de la mesa pequeña, con el sol entrando apenas por la ventana. Nadie habló demasiado. Era el silencio cómodo de gente que ya sabe lo que sabe de la otra.
Cuando se pusieron las mochilas para irse, Elena estaba en la puerta.
—Si vuelven a pasar por acá —dijo—, ya saben dónde es.
Sofía, desde adentro, levantó una mano a modo de despedida.
Bajaron por el camino de tierra hacia el valle. La niebla se iba levantando. Ninguno habló durante un buen rato, hasta que Ignacio abrió la boca.
—Esa mujer sabe exactamente lo que hace.
—Sí —dijo Andrés.
Y siguieron caminando.