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Relatos Ardientes

La noche que mi marido me ofreció a dos extraños

El bar «El Mirador» tenía esa atmósfera densa que solo aparece después de medianoche, cuando las luces se vuelven más rojas y la cumbia empieza a sonar con un golpe más bajo, casi cansado. Yo bailaba sola en el centro de la pista, con un vestido negro que se me pegaba justo donde tenía que pegarse, y entre las piernas, oculto bajo la tela, latía el secreto que Damián y yo habíamos preparado en casa esa misma tarde.

Un huevo vibrador, suave y silencioso, conectado por bluetooth al móvil de mi marido. Él estaba en la mesa del rincón, con un whisky en la mano y la cara medio en sombra, fingiendo ser un cliente cualquiera que había llegado solo a tomar algo. Nadie en el bar sospechaba que esa mujer que se movía en la pista era su esposa. Nadie sabía que cada vez que yo cerraba los ojos y me mordía el labio, era porque él acababa de subir la intensidad desde la otra punta del local.

—¿Bailas? —me preguntó el primero, un moreno alto con camisa azul y un olor a colonia cara que se notaba a un metro de distancia.

Le sonreí y le tendí la mano. La salsa empezó. Él me tomó por la cintura con seguridad, ese tipo de hombre que sabe llevar a una mujer en la pista. Damián, desde su rincón, debió leer la situación al instante, porque a los pocos segundos sentí el primer pulso suave del juguete. Mis caderas se ajustaron solas al ritmo, y el moreno sonrió, creyendo que yo seguía su compás.

Si supieras lo que tengo dentro, pensé.

El siguiente fue un rubio más joven, atlético, con esa mandíbula que mi marido sabía que me ponía. Damián subió la intensidad. La vibración se volvió constante, profunda, golpeándome en un punto que solo él conocía. Trastabillé, y el rubio me sostuvo por la cadera, con la mano bajando un poco más de lo que correspondía a un baile cualquiera.

—¿Estás bien? —me preguntó al oído.

—Sí. Es el calor —mentí, con la voz apenas audible.

Lo miré por encima del hombro hacia la mesa de Damián. Él levantó el vaso, brindando en silencio. Yo era suya, y él me estaba prestando a la noche.

***

Cuando llegó el cuarto baile yo ya estaba al borde. Las mejillas me ardían, los pezones se marcaban a través del sostén, y entre las piernas tenía un calor húmedo que el juguete solo hacía crecer. Damián debió notarlo, porque me llegó un mensaje al móvil que tenía guardado en el bolso pequeño: «Ve al baño. Te espero afuera con alguien».

Caminé hasta el pasillo trasero con las rodillas flojas. Cuando salí del baño, Damián estaba apoyado contra la pared con dos hombres a su lado.

El primero era Tomás. Lo había visto ya en el bar antes, sin saber quién era. Alto, treinta y muchos, con el pelo castaño un poco revuelto y unos ojos verdes que no dejaban dudas. El segundo se llamaba Iván. Ese me sorprendió. Damián no me había avisado. Era moreno, con el pelo negro corto y los hombros tan anchos que la camisa parecía a punto de reventar.

—Carolina —dijo mi marido, con esa voz baja que usaba solo cuando estábamos solos—. Ellos vienen con nosotros.

Lo miré. Dos. No uno. Dos.

—¿Estás de acuerdo? —me preguntó, rozándome la espalda con la yema de los dedos.

No respondí con palabras. Le di un beso en la comisura de los labios y me giré hacia los dos hombres. Tomás me miraba con esa media sonrisa de quien sabe que la noche le va a salir bien. Iván me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

—Vámonos —dije.

***

El trayecto en el coche fue una tortura preciosa. Yo iba detrás, en el medio, con Tomás a mi izquierda y Iván a mi derecha. Damián conducía sin decir nada, mirándonos cada tanto por el espejo retrovisor. El juguete seguía dentro de mí, en pulsación baja. Sentía la mano de Tomás en mi muslo, subiendo poco a poco bajo el vestido. Iván fue más directo: me besó el cuello, mordiéndome con suavidad detrás de la oreja.

—Estás temblando —dijo Iván—. Tu marido te dejó así, ¿verdad?

Asentí, con la respiración entrecortada. Tomás se inclinó y me besó en la boca, profundo, sin pedir permiso. Su lengua sabía a whisky y a algo dulce. Iván aprovechó para deslizar la mano entre mis piernas, encontrando la tela empapada de mis bragas.

—Damián —llamó hacia adelante—, tu mujer está chorreando.

Mi marido sonrió en el espejo y subió un poco la intensidad del vibrador.

***

Llegamos a casa. Damián abrió la puerta y nos hizo pasar al salón sin encender más que las lámparas bajas. Se sentó en su sillón de siempre, ese de cuero marrón desde el que tantas otras noches me había observado, y se sirvió otro whisky. Yo me quedé de pie en el centro del salón, entre Tomás e Iván, esperando.

—Despacio —dijo Damián—. Quiero verlo todo.

Tomás se acercó por detrás. Sus manos me bajaron el cierre del vestido lentamente, y mientras la tela caía hacia mis caderas, sus labios trazaron una línea por mi columna. Iván, frente a mí, me besaba el cuello, las clavículas, descendiendo hasta los pechos cuando el sostén ya había caído al suelo. Tenía las manos grandes, y cuando me apretó los pezones entre los dedos, gemí en voz alta por primera vez.

—Más —pidió Damián desde el sillón.

Iván se arrodilló frente a mí. Me bajó las bragas con los dientes, y al hacerlo, el huevo vibrador resbaló y cayó sobre la alfombra. Lo miró con curiosidad, lo recogió, y se lo enseñó a mi marido como si fuera un trofeo.

—Esto ya no hace falta —dijo.

Tomás me llevó hasta el dormitorio. La cama estaba abierta, las sábanas frescas. Me acostaron en el centro, y los dos se quitaron la ropa frente a mí. Tomás tenía el cuerpo más delgado, casi atlético, con una polla larga y curvada hacia arriba que prometía rozarme justo donde necesitaba. Iván era más grueso, más denso, con un miembro pesado y de venas marcadas que apenas se contenía.

—¿Quieres a los dos, Carolina? —me preguntó Damián, que se había acercado hasta apoyarse en el marco de la puerta—. Dilo en voz alta.

—Sí —susurré—. A los dos.

***

Tomás se subió a la cama primero. Me abrió las piernas y se hundió entre ellas, lamiéndome despacio, con la lengua trazando círculos lentos alrededor del clítoris hinchado. Yo arqueé la espalda. Iván, a mi lado, me ofreció su polla, y yo la acepté en la boca con hambre, succionando sin elegancia, dejando que la saliva me cayera por la barbilla.

—Así —decía Damián desde la puerta, mientras se desabrochaba el cinturón—. Que te oiga toda la calle.

Cuando Tomás me penetró, lo hizo con esa lentitud cruel que solo entiende un hombre experimentado. Centímetro a centímetro, dejándome sentir cada surco, cada vena. Su curva me golpeó un punto interior que me hizo gritar contra la polla de Iván, ahogada y feliz al mismo tiempo.

—Joder, Damián —gruñó Tomás—. Tu mujer aprieta como ninguna.

Mi marido no contestó. Solo se acercó más, se sentó en el borde de la cama, y empezó a masturbarse despacio, mirándome a los ojos. Yo estaba haciendo todo eso para él.

Cambiamos de posición. Iván me hizo subir encima suyo, y empecé a cabalgarlo con las palmas apoyadas en su pecho. Sus manos me sujetaban las caderas, y la verga se me clavaba hasta el fondo cada vez que bajaba. Tomás se posicionó detrás. Sentí el chorro frío del lubricante que Damián les había dejado en la mesa de noche, y luego el dedo de Tomás abriéndome con paciencia.

—Respira —me dijo al oído—. Despacio.

Cuando entró, lo hizo con cuidado. Primero la punta, luego un poco más, esperando a que mi cuerpo cediera. El ardor inicial se transformó en una plenitud que no había sentido nunca. Por delante, por detrás, llena de los dos, con mi marido mirando.

—Mira lo que eres capaz de hacer —murmuró Damián—. Mírate.

Empezaron a moverse. Al principio sin coordinación, cada uno buscando su ritmo. Después, encontrando el compás: cuando Iván empujaba hacia arriba, Tomás retrocedía; cuando Tomás entraba, Iván se quedaba quieto, dejándome sentirlos a los dos, uno a un lado de la fina pared interior, el otro al otro.

—No puedo más —jadeé—. No puedo… me corro…

—Aguanta —ordenó Damián, sin tocarme, solo con la voz.

Pero yo no podía. El orgasmo me golpeó como una ola que venía desde muy adentro, una descarga que me sacudió de la cabeza a los pies. Grité. Las uñas se me clavaron en el pecho de Iván, y noté cómo Tomás aceleraba detrás, cada vez más errático.

—Yo también —gruñó Tomás—. Joder, yo también.

Lo sentí terminar dentro del preservativo, las pulsaciones contra mi interior. Iván aguantó unos segundos más, luego me levantó, salió de mí, y se corrió sobre mi vientre, en chorros gruesos y calientes que me cayeron hasta el ombligo.

Damián, todavía vestido salvo por el cinturón abierto, se acercó al fin. Se inclinó sobre mí y me besó en la boca con una ternura que contrastó con todo lo que acababa de pasar.

—Mi amor —dijo bajito—. Mi amor.

***

Después, mucho después, cuando los dos se habían ido y la casa volvía a estar en silencio, yo seguía despierta sobre las sábanas revueltas. Damián salió de la ducha con una toalla a la cintura y se acostó a mi lado. Me rodeó con el brazo y me apartó el pelo de la frente.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Más que bien.

Hubo un silencio largo. Solo se oía la lluvia que había empezado a caer fuera, golpeando suave contra el cristal.

—¿Qué buscas en esto? —le pregunté—. De verdad. Cuando me miras así.

Tardó un poco en contestar. Cuando lo hizo, su voz sonó muy clara.

—Verte feliz haciendo algo que no podrías hacer con nadie más. Y verte volver a mí cuando todo termina.

Le tomé la mano y se la apreté contra el pecho. Afuera, la lluvia arreciaba. Adentro, el huevo vibrador seguía olvidado sobre la alfombra, callado por primera vez en toda la noche.

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Comentarios (6)

Lautaro_BA

dios mio que intenso esto, no pude parar de leer!!!

MaycaLoza

Buenisimo. Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

SilviaMar

El comienzo me engancho de una. Me recuerda a algo que viví con mi pareja hace tiempo... mucho menos dramático claro jajaja

NocturnoLector

Y como te sentiste al otro dia? esa parte me da curiosidad, el relato termina justo antes

Raul

Tremendo!!! de lo mejor que lei en esta pagina

AnonimaZeta

Me gusta como fue armando la tension desde el inicio, no es facil contar este tipo de situaciones sin que suene burdo. A este le sale bien

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