Lo que me hicieron tres hombres en la finca
El roce de la cera caliente bajó por mi vientre y se detuvo justo donde mi piel todavía latía del último golpe. Los tres me observaban en silencio. Mateo sostenía la vela inclinada, Rodrigo me apretaba los muslos contra la madera, y Sebastián, sentado en una silla frente a mí, se llevaba un cigarro a los labios sin dejar de mirarme.
—¿Te gusta, princesa? —preguntó.
Asentí, porque no podía hablar. La mordaza me apretaba la mandíbula y mis manos seguían atadas al techo con una cuerda gruesa que no me permitía bajar los brazos. Las piernas, separadas por una barra metálica que me obligaba a mantenerme abierta, temblaban después del último orgasmo.
—Quiero escucharte. Quítasela.
Rodrigo me sacó la mordaza y un hilo de saliva me cayó por la barbilla. Aproveché el primer respiro para llenarme los pulmones de aire.
—Sí, señor —murmuré.
—«Señor» no, «papi» —corrigió Sebastián—. ¿Cuántas veces hay que decírtelo?
—Sí, papi. Perdón, papi.
***
Conocí a Sebastián tres semanas antes, en un bar oscuro del centro al que entré por casualidad. Llovía, y yo había salido de una cena que se había arruinado por una llamada de mi exmarido. Pedí un trago doble y me senté en una mesa cualquiera. Él estaba dos taburetes a la derecha, fumando con una calma que parecía ensayada. Tenía las manos largas, los dedos finos, y una forma de exhalar el humo que me hizo cruzar las piernas sin pensarlo.
Hablamos de tonterías hasta la una de la madrugada. Después, sin saber por qué, me encontré contándole cosas que nunca había dicho en voz alta. Le hablé de mis fantasías, de las escenas que me imaginaba a solas y que jamás me había atrevido a buscar. Le dije que quería ser usada, exigida, llevada al límite. Que quería gritar sin que nadie viniera a salvarme.
Él escuchó sin interrumpirme. Después me contó que tenía una finca en las afueras, alejada de todo, equipada para ese tipo de juegos. Me habló de Mateo y de Rodrigo, sus dos amigos de toda la vida, los únicos en quienes confiaba para algo así. Me explicó las reglas, las palabras de seguridad, los límites. No era un capricho de borrachera: era una propuesta seria.
Dudé tres días. Después le escribí.
***
El presente me trajo de vuelta cuando Mateo me dio una bofetada limpia en la mejilla derecha. No fuerte, pero precisa. Suficiente para que abriera los ojos.
—¿Te estás durmiendo? —preguntó—. Eso no se hace, princesa.
—No, papi. Estaba pensando.
—No estás aquí para pensar.
Me besó con violencia y me mordió el labio inferior hasta hacerme sangrar un poco. Yo gemí, pero esta vez con cuidado. Si gemía demasiado fuerte, ya me lo habían advertido, las consecuencias iban a ser peores.
—Suficiente —ordenó Sebastián—. Bájenla.
Rodrigo aflojó la cuerda del techo y mis brazos cayeron a los costados, entumecidos. Antes de que pudiera estirarme, me tomó del cabello y me obligó a arrodillarme. La rodilla derecha golpeó la madera con un ruido seco.
—Tráela acá —dijo Sebastián.
Rodrigo me arrastró del brazo hasta la mesa que ocupaba el centro de la habitación. La había visto al entrar, pero entonces no había entendido para qué servía. Ahora lo entendía. Era una mesa de madera maciza, vieja, con grilletes de hierro en cada esquina y dos soportes para los pies que mantenían las rodillas dobladas y las piernas separadas. Una postura imposible, expuesta hasta el último centímetro.
Me tendieron sobre ella. Las correas frías me apretaron las muñecas y los tobillos. Sentí la madera helada contra la espalda, contra los muslos, contra el cuello. Estaba completamente abierta, sin nada que tapara nada.
No tenía vuelta atrás. Y no la quería.
—Mira nada más cómo te ves —dijo Mateo desde un costado—. Toda para nosotros.
Sebastián se acercó por entre mis piernas. No dijo nada. Se inclinó y me besó la cara interna del muslo izquierdo, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo apreté los puños porque sabía lo que venía.
Su lengua bajó hasta donde yo ya estaba empapada de antes. La pasó entera, de abajo hacia arriba, y se detuvo en el clítoris. Lo succionó con la boca cerrada y un gemido se me escapó de la garganta sin que pudiera controlarlo.
—Esa boca, princesa —me advirtió Rodrigo—. Cuidadito.
Pero Sebastián no paró. Metió dos dedos y los curvó hacia adentro, buscando el punto que me hacía perder la cabeza. Lo encontró a la primera. Mi cuerpo se arqueó contra los grilletes, las muñecas se me clavaron en el hierro, y un orgasmo me explotó por dentro casi sin aviso.
Cuando abrí los ojos, Mateo y Rodrigo ya tenían los pantalones por los tobillos. Se habían colocado uno a cada lado de mi cara y se acariciaban con calma, mirándome.
—Abre la boca —dijo Mateo.
El miembro de Mateo era grueso, de venas marcadas. El de Rodrigo era más largo, un poco más fino, pero igual de duro. Empezaron a alternar. Uno entraba mientras el otro me acariciaba la mejilla con la punta. Yo intentaba seguir el ritmo, pero el ángulo me ahogaba y me obligaba a respirar entre embestidas.
—Mira cómo chupa —jadeó Rodrigo—. Esta sí sabe.
—A mí lo que me mata son los gemidos —respondió Mateo—. Sigue así, princesa, sigue.
Sebastián seguía entre mis piernas, ya sin la lengua. Lo escuché bajarse el pantalón. Cuando entró, lo hizo de un solo empujón y me dejó sin aire. Era el más grande de los tres. Lo había visto al principio, cuando me hicieron arrodillarme delante de él para mirarlo de cerca, y desde entonces sabía que iba a sentirlo hasta los huesos.
Lo sentí. Su pelvis chocaba contra la mía con un ritmo brutal. Cada embestida me sacaba un gemido de la garganta, y los gemidos se mezclaban con los miembros de Mateo y Rodrigo, que no me daban tregua. Las manos de Rodrigo me apretaban los pechos hasta dejarme las marcas de los dedos, y Mateo me sujetaba el cabello en un puño cerrado contra la mesa.
Sebastián aceleró. Lo sentí palpitar adentro y después tibio, derramándose. Cuando salió, me pasó la punta por toda la vulva, golpeándome el clítoris con golpecitos lentos que me hacían temblar.
—Cambio —ordenó.
Mateo dio la vuelta a la mesa. Antes de meterse, sacó el plug que llevaba puesto desde el principio del juego y lo dejó caer sobre la madera con un ruido apagado. Después se posicionó. La penetración fue distinta, menos profunda, pero más rápida y más violenta. La mesa entera empezó a moverse.
—Mira —dijo entre jadeos—, todavía está apretada. Después de todo lo que le hemos hecho, sigue apretada.
Sebastián tomó el lugar que Mateo había dejado y me obligó a abrir la boca. Me embistió con la garganta sin paciencia, marcando el ritmo con la mano que tenía en mi cabello. Rodrigo, mientras tanto, me masturbaba con la mano libre y se acercaba al orgasmo. Lo sentí venir antes de que él lo dijera. Se inclinó sobre mi vientre y se vació encima, cálido y espeso, marcándome la piel.
Mateo aguantó un poco más. Salió de golpe en el último segundo y se derramó dentro de mí.
***
Me desataron solo en parte. Me quitaron los grilletes de las muñecas, pero me dejaron las piernas en los soportes, abierta, sola en la habitación. Apagaron la luz principal y dejaron solo una lámpara baja que iluminaba el techo desde un rincón. Escuché la puerta cerrarse.
No sé cuánto tiempo pasó. Veinte minutos, una hora, dos. Mi cuerpo había empezado a relajarse y a dolerme al mismo tiempo. Las piernas me hormigueaban. Las muñecas me ardían donde el hierro me había marcado. El semen se me había secado en el vientre. Y aun así, una parte de mí seguía caliente. Esperando.
No me arrepentía de nada. Ese era el problema.
Cuando volvieron, traían una bandeja.
Sebastián la dejó sobre una mesita auxiliar y la fue mostrándome objeto por objeto, sin prisa. Una botella grande de lubricante. Un especuló ginecológico de metal. Un puñado de pinzas pequeñas de las que se usan para sujetar telas. Un vibrador con forma de pene, oscuro, brillante. Una bombita de succión, de las que se enchufan, con una copa pequeña.
—Princesa —dijo, agachándose para mirarme a los ojos—, esto es el final. Si quieres parar, la palabra sigue siendo la misma. Si no la dices, seguimos.
Tragué saliva. No dije la palabra.
Él sonrió.
Vertió el lubricante sin escatimar, frío contra mi piel ya hinchada. Después introdujo el especuló y lo abrió poco a poco. La sensación fue extraña, no dolorosa, pero invasiva. Me sentí abierta de una forma que no había estado nunca. Mateo se inclinó a mirar y silbó.
—Qué desastre.
Las pinzas vinieron una por una. Sebastián las fue colocando alrededor del clítoris, en los labios, sin tocar el centro. Cada una era un pellizco breve, un dolor pequeño que se mezclaba con el calor que ya tenía adentro. Cuando terminó, me sentía cubierta de pequeños puntos de fuego.
—Mira las tetas —ordenó Mateo.
Yo bajé la vista. Las pinzas que tenía en los pezones desde antes seguían ahí, pero ahora me las apretaron con un giro corto. El dolor me cortó la respiración.
Rodrigo encendió el vibrador y lo colocó contra mi ano. Lubricó primero, despacio, y después fue empujando. Cuando entró del todo, lo subió a la velocidad más alta. Una corriente subió por toda mi columna y me erizó cada vello del cuerpo.
—Y para terminar —dijo Sebastián, mostrándome la bombita.
La acercó al clítoris, ya rodeado de pinzas, y la encendió. La succión me hizo gritar. No fue un grito controlado, fue uno de los reales, esos que no se piensan. Me arqueé contra la mesa, me retorcí entre los grilletes, y los tres se rieron a la vez.
Estuve así no sé cuánto. Tal vez minutos, tal vez más. Cada parte de mí estaba gritando algo distinto. El vibrador atrás, la succión adelante, las pinzas tirando, el especuló manteniéndome abierta, los pezones latiendo. Y cuando el orgasmo llegó, no fue uno: fue una marea, una ola larga que no terminaba, que me sacudía y me dejaba un segundo y volvía a empezar.
Sentí los pellizcos de las pinzas como brasas, los gritos saliendo de mi garganta sin permiso, los músculos cerrándose alrededor del especuló. Me corrí hasta que perdí la cuenta, hasta que no supe ya si era placer o si era otra cosa que aún no tenía nombre.
Cuando empecé a bajar, abrí los ojos. Sebastián estaba a unos centímetros de mi cara. Sonreía.
Me dio una bofetada limpia en la mejilla.
—Buena niña —dijo—. Esto recién empieza.
(Continuará…)