El trío que mi marido organizó sin avisarme
El sábado por la mañana, Diego me llamó al móvil mientras yo todavía estaba en la cocina con el segundo café del día. Su voz tenía ese tono bajo y contenido que solo le sale cuando ya tiene algo planeado y aún no quiere contármelo entero.
—Esta noche cenamos fuera. Reserva la tarde para ti.
—¿Algo especial?
—Nos han invitado.
—¿Quién?
—Te lo cuento luego.
Y colgó. Así era él, y así había sido siempre desde que nos conocimos. Dejaba caer una frase y se iba, sabiendo que yo me iba a pasar las próximas seis horas dándole vueltas. Y vaya si se las di.
A las seis empecé el ritual. Me metí en la ducha, me afeité con calma, me puse crema en las piernas. Cuando salgo a cenar me gusta arreglarme. Mis amigas se ríen, me dicen que voy siempre demasiado producida, pero ya saben lo que pienso: prefiero pasarme que quedarme corta.
Para los lectores curiosos, les cuento. Empecé con un tanga de encaje blanco que reservaba para las ocasiones especiales. Encima me puse un vestido de tirantes que se me pegaba al cuerpo, sin sostén, porque los tirantes eran finos y no quería que se viera nada por debajo. Unos tacones de aguja, de esos que duelen pero que estiran las piernas. El maquillaje suave, un poco de rímel y los labios apenas pintados. Quería parecer una mujer arreglada, no un escaparate.
Diego entró al cuarto cuando yo terminaba con los pendientes. Me miró de arriba abajo, despacio, sin decir nada al principio. Luego negó con la cabeza.
—Quítatelo.
—¿El vestido?
—Ponte el negro. El corto.
El negro era otra cosa. Más ceñido, más corto, con un escote que dejaba ver casi todo lo que había debajo. Lo había estrenado meses atrás, una noche que ahora recuerdo como una bisagra. Una noche que él, evidentemente, también recordaba.
—¿Por qué ese?
—Porque te lo pido.
Lo miré un segundo. Luego me bajé la cremallera y dejé caer el vestido blanco al suelo. Me cambié también el tanga, por uno negro de hilo, sin que él me lo pidiera. Sabía cómo iba a querer encontrarme cuando se le antojara mirar.
—¿A dónde vamos?
—A un hotel.
—¿Cenar en el hotel o cenar y algo más?
Diego me dio un beso largo en la boca y no respondió.
***
El Hotel Marítimo estaba en la parte alta de la ciudad, sobre el paseo del puerto. Uno de esos edificios nuevos, de cristal, donde las luces de la bahía se reflejan en cada ventana. Aparcamos en el sótano y subimos en ascensor hasta la cafetería del primer piso.
Cuando salí del ascensor lo vi al fondo. Estaba sentado junto a un ventanal grande, mirando hacia el agua. Un hombre alto, de hombros muy anchos, la piel oscura como la caoba. Llevaba una camisa de lino abierta en el primer botón y un reloj plateado que brillaba bajo la luz cálida del salón. Se levantó al vernos, y al levantarse pareció ocupar la mitad del lugar.
—Karim —dijo Diego, presentándolo.
—Encantado de conocerte por fin.
Le di dos besos. Olía a algo amaderado, caro, distinto a cualquier perfume que yo conociera. Diego me ayudó a quitarme la chaqueta antes de que yo pudiera hacerlo, y vi cómo los ojos de Karim se posaron en mis pechos un segundo más de lo que la cortesía permitía. Mis pezones ya estaban duros bajo la tela. Soy de pezón rápido, siempre lo he sido, y aquel aire acondicionado helado del hotel terminó de hacer el resto.
Pedimos vino blanco. Karim eligió un Albariño que estaba a varios euros de mi presupuesto habitual. Brindamos y él levantó su copa mirando directamente a la mía.
—Por las casualidades.
—¿Casualidad? —pregunté.
Diego se rió bajito y bebió. Karim sonrió con la boca cerrada.
—Tu marido y yo nos conocemos desde hace meses. Tú y yo, en cambio, todavía no nos conocemos como deberíamos.
—Pues aclárenmelo, por favor.
Diego me lo contó por encima. Se habían cruzado por un amigo común, en una conversación había salido mi nombre, Karim había hecho preguntas y, después de varias semanas, había llegado una propuesta concreta. Aquella cena era el preámbulo.
—¿Y a ti te pareció bien? —le pregunté a Diego.
—Solo si a ti también.
Karim no intervino. Era de esos hombres que saben que la respuesta no se fuerza. Bebí un trago largo de vino, sentí cómo me bajaba por la garganta, miré por el ventanal a las luces del puerto y luego miré a Karim de frente.
—¿Y si digo que sí?
—Subimos a la habitación cuando terminemos de cenar.
***
Cenamos sin prisa. Pescado, una ensalada, otra botella de vino. Karim me hablaba con educación, me preguntaba cosas que no eran las habituales de un hombre que pretende seducirte: por mi trabajo, por un libro que había leído, por la última película que había visto. Era buen conversador. Diego nos miraba alternativamente, contento de ver cómo el aire entre nosotros se cargaba sin necesidad de empujarlo.
Al terminar el postre, Karim pidió la cuenta y la firmó como quien firma un cheque sin mirar el importe. Pasamos por recepción para que recogiera algo y subimos en silencio en el ascensor. Yo iba en el medio. Sentía la mano de Diego en mi cintura y la de Karim, apenas, rozándome el codo.
La habitación era una suite. Una pared entera de cristal daba a la bahía. Karim preparó tres gin-tonics en una mesita junto a la ventana. Yo me senté a los pies de la cama, con las piernas cruzadas, y bebí un trago. El alcohol me bajó por dentro como un fósforo encendido.
Diego se sentó a mi derecha, Karim a mi izquierda. Diego empezó a besarme primero, mientras me bajaba un tirante del vestido y me acariciaba el pecho izquierdo. Karim me puso una mano en la rodilla y la fue subiendo despacio por la cara interna del muslo, sin prisa, parándose a mitad de camino, retrocediendo, volviendo a subir. Yo había soltado el vaso sobre la mesilla. Tenía las dos manos ocupadas: una en la nuca de Diego, la otra buscando el bulto en el pantalón de Karim.
Cuando la mano de Karim llegó por fin entre mis piernas, mi tanga ya estaba húmedo. Pasó el dedo por encima de la tela, despacio, midiendo, y me oyó suspirar contra la boca de Diego.
Se desabrocharon los pantalones casi al mismo tiempo. Los dos tenían la polla dura, gruesa, distinta. La de Diego la conocía de memoria. La de Karim no, y la abarqué con la mano para hacerme una idea. Era larga, muy gruesa, con una vena marcada que palpitaba contra mi palma.
—Para empezar —dijo Diego, y me llevó la cabeza hacia su regazo.
Empecé por él. Lo lamí desde la base hasta la punta, despacio, mientras mi mano libre seguía masturbando a Karim. Luego pasé a la de Karim, abrí mucho la boca para acomodarla, y me concentré en el ritmo. Iba de uno al otro, alternaba, lamía, chupaba, masturbaba. Las dos manos en mi nuca me empujaban suavemente, sin forzar, marcando el compás. En un momento conseguí meterme las dos puntas en la boca a la vez, una a cada lado, y vi a Karim sonreír al techo cuando lo logré.
—Quítate eso —me dijo Diego, refiriéndose al vestido.
Me levanté para sacármelo por la cabeza. Ellos también se desnudaron, sin dramatismo, dejando la ropa caer al suelo. Cuando volví a la cama estaban los dos esperándome de pie. Karim me hizo tumbarme bocarriba, atravesada en el colchón, con la cabeza colgando ligeramente del borde. Diego se colocó allí, encima de mí en sentido inverso, para meterme la polla en la boca desde arriba, mientras Karim se arrodillaba entre mis piernas, me abría con dos dedos y empezaba a lamerme.
Su lengua tenía algo de paciencia y algo de hambre. Subía y bajaba, daba vueltas alrededor del clítoris, se metía adentro y volvía a salir. Cuando empezó a meterme un dedo y a curvarlo, mientras seguía con la lengua, yo ya no sabía dónde poner las manos. Tenía la polla de Diego en la garganta y la lengua de Karim entre las piernas, y el primer orgasmo me llegó como una sacudida que no pude avisar. Diego sintió cómo lo apretaba con la garganta y se echó hacia atrás, riéndose.
—Cambiamos —dijo.
***
Me puse a cuatro patas en el centro de la cama. Karim se colocó frente a mí, de rodillas, y le tomé la polla en la boca otra vez. Era enorme, pero ya había aprendido el truco para que cupiera. Detrás, sentí a Diego subir al colchón, abrirme con las manos y entrar de un solo empuje. Conoce mi cuerpo de memoria y sabe cuándo puede ser brusco y cuándo no. Aquella noche fue brusco. Cada embestida me lanzaba hacia adelante y me hacía tragar más de Karim. Era una coreografía contra la que no quería luchar.
Diego me dio la primera palmada en la nalga derecha. Sonó. Karim me agarraba el pecho con la mano libre y me lo apretaba con un poco de violencia, justo en el límite donde el dolor se confunde con el placer. Cuando Diego sintió que estaba a punto, paró. Salió de mí y respiró hondo. No quería terminar todavía.
—Ven, súbete —dijo Karim, tumbándose bocarriba.
Me senté sobre él. Lo agarré con la mano y guié la punta hasta mi entrada. Bajé despacio. Era mucho. Cerré los ojos, respiré, y bajé un poco más, y un poco más, hasta que lo tuve dentro hasta el final. Me quedé un segundo quieta. Luego empecé a moverme.
Karim me miraba los pechos. Botaban con cada subida. Los agarró con las dos manos, los manoseó, los apretó, y luego les dio un par de palmadas. La mezcla de dolor y placer me arrancó un gemido que sonó más fuerte de lo que esperaba. Diego, a un lado, me miraba con la polla en la mano, esperando su turno.
—Échate —me dijo, mostrándome el bote de lubricante.
Sabía exactamente lo que quería. Me eché hacia adelante, sobre el pecho de Karim, sin dejar de tenerlo dentro. Karim aprovechó para cogerse uno de mis pechos con la boca y lo chupó como si tuviera todo el tiempo del mundo. Detrás, Diego me untó con cuidado, me metió primero un dedo, luego dos, ensanchando, preparándome. Después colocó la punta de su polla en la entrada de mi culo y empezó a entrar muy despacio.
Se quedaron quietos cuando los tuve a los dos dentro. Me dieron unos segundos para que mi cuerpo se acomodara. Yo tenía la cara apoyada en el cuello de Karim y notaba el latido de su carótida contra mi mejilla.
—¿Estás bien? —preguntó Diego.
—Sí.
Empezaron a moverse en contratiempo. Cuando uno entraba, el otro salía. Cuando uno salía, el otro entraba. Cogieron un ritmo que no se detenía nunca, y entre las penetraciones, los pezones en la boca de Karim, las manos por todas partes, dejé de pensar. Los gemidos no me salían: me salían directamente del estómago, sin pasar por la cabeza. El segundo orgasmo me partió por la mitad y oí, lejos, cómo se corrían los dos casi al mismo tiempo, dentro de mí, uno detrás del otro.
Nos quedamos los tres así, encajados, durante un minuto largo. Ninguno se movía. Solo respirábamos.
***
Diego se levantó primero y se metió en la ducha. Yo me incorporé a duras penas y caminé descalza hasta el ventanal. Apoyé la frente en el cristal frío. La bahía estaba llena de luces, los barcos quietos, y se veía la luna sobre el mar. Estaba pensando en nada, todavía vibrando, cuando noté unas manos en mis caderas.
Era Karim. Se había acercado en silencio. Me agarró los pechos por detrás, me besó el cuello, el hombro. Me apartó la coleta y me besó la nuca. Cuando se acercó a mi oído, me susurró algo que yo ya había intuido en el ascensor.
—Quiero acabar dentro de tu culo.
Eché la mano hacia atrás. La tenía dura otra vez, como si no hubiera pasado nada hacía diez minutos. Le dije que sí. Que era suyo.
Apoyó la punta de su polla en la entrada de mi ano y empezó a entrar despacio. Yo seguía dilatada y no costó tanto como había imaginado. Me dejó la frente apoyada en el cristal y me agarró por la cintura. Empezó suave, midiendo, y poco a poco fue aumentando el ritmo y la profundidad.
Una de mis manos se quedó pegada al marco de la ventana. La otra se metió entre mis piernas y empezó a trabajar el clítoris hinchado. En la habitación solo se oían mis gemidos, los sollozos cortos que se me escapaban, y la respiración pesada de Karim contra mi nuca.
Me agarró del pelo en algún momento, me tiró suavemente de la coleta hacia atrás. Sus embestidas fueron haciéndose más rápidas, más profundas. Con la mejilla pegada al cristal yo veía mi propio reflejo confundido con las luces del puerto, y me costaba reconocerme.
El tercer orgasmo me alcanzó casi sin avisar. Se me doblaron las rodillas, pero Karim me sostuvo. Cuando terminó de descargarse dentro de mí, los dos nos quedamos un momento parados, su polla todavía dentro, su pecho contra mi espalda, su boca en mi hombro.
La voz de Diego, desde el baño, nos sacó del trance.
—¿Quedáis enteros?
Karim se rió contra mi piel. Me dio un beso en la nuca, salió despacio y me dejó ir.
Fui al baño a limpiarme. Karim entró detrás. Diego, ya con un albornoz, me esperaba con una toalla. Los tres nos metimos después en la cama, sin discutir el orden. Yo en el medio, ellos a los lados. La última imagen que recuerdo de aquella noche es la luna sobre la bahía, asomando por el resquicio de la cortina mal cerrada, antes de que el sueño me llevara hasta la mañana siguiente.
Pero esa mañana, claro, es ya otro relato.