Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Acepté pasar el fin de semana con seis hombres

El primer mensaje de Ricardo me llegó un martes a las once de la mañana. Llevaba meses sin saber nada de él desde aquella tarde de mayo en el departamento de mi padre, y cuando vi su nombre en la pantalla, sentí ese pequeño tirón en el estómago que me había prometido olvidar.

—Te invito a comer —escribió—. Solo a comer.

Lo pensé toda la tarde. Le contesté al día siguiente que sí, con la condición de que pasara a buscarme por casa de mis padres y que la conversación quedara en el restaurante. Él aceptó sin protestar.

El sábado a la una tocó el timbre. Mi madre lo recibió como siempre, con el cariño de quien lo conoce desde antes de que yo naciera, y él me esperó en la puerta sin mirar arriba. Cuando bajé, traía una camisa azul claro que se le pegaba a los hombros y un perfume diferente al que yo recordaba. Tenía sesenta y cuatro años y los llevaba mejor que la mayoría de los hombres de cuarenta que conocía.

Me llevó a un restaurante italiano cerca del río. Pedimos vino blanco, hablamos de su nieta y del libro que estaba leyendo, y entre el plato principal y el café me di cuenta de que algo le pesaba. Apoyaba demasiado los codos sobre la mesa, y cada vez que yo decía algo, esperaba un segundo de más antes de responder.

—Tengo una propuesta —dijo al fin—. Y antes de escucharla, prométeme que no te vas a parar de la mesa.

Le prometí. Y se equivocó al creerme.

—Tengo una casa en San Andrés, a unas dos horas. La heredé de mi padre. Voy una vez al mes con cinco amigos. Hace tres semanas, una noche, después de demasiado whisky, les hablé de ti.

—¿De mí?

—De aquella tarde —dijo, sin bajar la voz pero sin levantarla tampoco—. No les conté quién eras. Solo que existía una mujer que me había gustado más que ninguna otra en los últimos diez años. Y entre los seis se les ocurrió una idea.

Levanté la mirada del café. La fórmula que usó después fue tan delicada que tardé un segundo en entenderla. Cuando la entendí, le dije que no era una puta, dejé los billetes para mi parte sobre la mesa y me fui.

Camina rápido, no llores en la avenida.

Pasaron seis días.

Lo que más me sorprendió de esa semana no fue pensar en Ricardo. Fue pensar en los otros cinco. Cinco hombres a los que no conocía, cinco hombres que sabían algo de mí, cinco hombres que se habían sentado en una galería de noche y habían imaginado mi cuerpo desnudo, mis tetas, mi coño abierto para ellos. Cada vez que la idea volvía, me asustaba un poco menos, y me mojaba un poco más. El sábado siguiente le mandé un mensaje:

—Quiero hablar.

Me llamó esa misma tarde.

—¿Tus amigos saben quién soy?

—No. Y no van a saber.

—¿Qué edad tienen?

—El más joven, sesenta. El más grande, setenta y dos.

—¿Por qué crees que voy a aceptar?

—Porque me llamaste —dijo, y se rió un poco—. Y porque te pasó por la cabeza al menos diez veces antes de marcar. Y porque cada vez que te lo imaginaste, te tocaste.

Me quedé callada. No hacía falta contestar.

Le dije que lo iba a pensar. Lo pensé tres días más. La verdad es que ya lo había decidido la primera vez que escuché su voz.

***

El viernes siguiente, a las cuatro de la tarde, Ricardo pasó a buscarme en una camioneta gris. Llevaba una bolsa con ropa para dos días y una caja de preservativos sin abrir en el bolsillo lateral del bolso.

El camino fue tranquilo. No me preguntó si estaba nerviosa, no intentó ablandarme con bromas. Hablamos de la sequía, de un primo suyo que se había ido a vivir a la costa, de una película que ninguno de los dos había terminado. Cuando estacionamos frente al portón de la casa, el sol empezaba a caer detrás de los olivos.

Los otros cinco salieron a recibirme.

Hernán tenía la cara más amable del grupo. Era el más alto, llevaba el pelo blanco peinado hacia atrás y me dio la mano con una firmeza que no esperaba. Eduardo, el más bajo, parecía más joven que el resto: la espalda recta, los ojos vivos, la sonrisa de alguien que ya había decidido caerme bien. Federico era el cubano del grupo, tenía la piel oscura y una voz grave que llenaba el patio. Tomás, el más callado, asentía mucho y hablaba poco. Y Octavio, el de setenta y dos, me besó la mano como un señor de otra época.

—Pon tus cosas en la habitación azul —me dijo Ricardo—. Después sales cuando quieras.

La habitación azul daba al jardín. Tenía una cama enorme con sábanas blancas, una mesita con una jarra de agua y un ventilador girando despacio en el techo. Me senté en el borde de la cama unos minutos, con el bolso a los pies, mirando la pared. No estaba arrepentida. Estaba buscando el coraje exacto para abrir la puerta. Me metí la mano bajo la falda un segundo, apenas para comprobarlo: ya estaba empapada.

Cuando salí, los seis estaban sentados en la galería con vasos en la mano. Me hicieron un lugar entre Eduardo y Hernán. Octavio me sirvió un fernet con coca, sin preguntarme si lo quería.

—Reglas —dijo Ricardo, y los otros cinco se callaron de golpe—. Una sola, en realidad. Si en cualquier momento ella dice basta, se termina todo. Para todos. Nadie discute, nadie insiste.

—Aceptado —dijo Eduardo.

Los demás repitieron la palabra como si fueran un coro.

Tomé un sorbo largo del fernet. Sentí cómo el líquido me bajaba por la garganta y se asentaba en algún lugar del pecho. Crucé las piernas. Me reí cuando Federico contó un chiste que no entendí del todo, y noté que Hernán me miraba la rodilla, y que Eduardo me miraba el escote, y que Octavio miraba, desde atrás del vaso, todo lo demás.

***

La primera mano que me tocó fue la de Ricardo.

Estábamos los siete adentro, en un sillón largo que era casi una cama, con la luz baja y un disco de bolero sonando a un volumen que apenas se notaba. Ricardo se sentó a mi lado, me puso la palma sobre la rodilla, y los demás dejaron de hablar al mismo tiempo. Como si hubiera una señal. Como si la conocieran.

Me besó despacio, y después no tan despacio. Me metió la lengua en la boca y me mordió el labio de abajo, y su mano subió por el muslo hasta encontrar el elástico de mi bombacha. Tenía gusto a fernet y a una colonia distinta a la que recordaba del departamento de mi padre. Le dejé que me bajara el cierre del costado del vestido, que me pasara la palma por la espalda desnuda, que me metiera dos dedos por debajo de la tela y me tocara el coño por encima del algodón.

—Estás mojada —me dijo al oído, tan bajo que dudo que los otros lo escucharan—. Estás empapada, nena.

—Sí.

—¿Te lo tocaste pensando en esto?

—Sí.

—Decílo.

—Me toqué el coño pensando en ustedes seis.

Eduardo se acercó por el otro lado. No me besó en la boca, me besó la nuca, justo debajo del nacimiento del pelo, mientras sus manos me pasaban por delante y me apretaban las tetas por encima del vestido. Sentí el cosquilleo bajarme por toda la columna y supe que ya no había marcha atrás.

Me quedé desnuda casi sin darme cuenta. Ricardo me sacó el vestido por arriba, Eduardo me desabrochó el corpiño, y entre los dos me dejaron sentada en el sillón con la espalda apoyada, las tetas al aire, la bombacha corrida hacia un costado y las piernas abiertas. Cuando abrí los ojos, los otros cuatro estaban de pie, en semicírculo, mirándome. Federico ya se había desabrochado el cinturón. Tomás tenía la mano encima del bulto del pantalón. Hernán se estaba sacando la camisa por los hombros. Octavio, en el borde del semicírculo, se pasaba la lengua por los labios.

Ese fue el momento más difícil. Y el que peor recuerdo, porque no fue miedo lo que sentí.

Fue una especie de vértigo dulce, como cuando uno se asoma a un balcón muy alto y se queda más rato del que debería. Estiré una mano hacia Hernán y le agarré la verga por encima del pantalón. Estiré la otra hacia Federico y le hice lo mismo. Octavio se acercó por detrás del sillón y me peinó el pelo con los dedos, mientras yo empezaba a bajar el cierre del pantalón de Hernán con una mano y el de Federico con la otra.

—Tranquila, querida —me dijo Octavio al oído—. Tómate tu tiempo. No hay apuro.

No había apuro, pero yo sí lo tenía. Le saqué la polla a Hernán primero, gruesa, dura, con la punta ya brillante, y me la metí en la boca sin pensarlo. Después me pasé a la de Federico, más oscura, más larga, y la mamé despacio, lamiendo desde la base hasta la punta mientras Hernán me metía dos dedos en el coño. Ricardo, arrodillado en el piso entre mis piernas, me había abierto los muslos y me estaba comiendo el coño con la boca entera, la lengua adentro, moviéndola en círculos alrededor del clítoris. Eduardo me apretaba una teta con una mano y con la otra se hacía la paja mirándome mamar.

Me corrí sobre la lengua de Ricardo antes de que ninguno de ellos se hubiera bajado del todo los pantalones. Grité con la boca llena.

***

Ricardo fue el primero adentro. Se acostó sobre el sillón largo, boca arriba, con la polla parada apuntando al techo, y me pidió que me pusiera arriba. Me senté encima despacio, dejando que la punta se metiera de a poco, apretando cada vez que sentía que entraba más profundo, hasta que la tuve toda adentro y me quedé quieta un segundo con los ojos cerrados. Empecé a moverme mirándolo, mientras los otros se sentaban alrededor a esperar con las pollas afuera. No pasó mucho tiempo: doce, trece minutos de cabalgarlo, de subir y bajar sobre su verga hasta que él me agarró de las caderas y me clavó ahí, arriba de todo, y sentí el chorro de leche caliente llenándome el coño. Cuando terminó, me dejó una sonrisa de niño en la cara.

Hernán fue el segundo. Tenía la espalda fuerte y las manos grandes. Me agarró de la cintura y me dio la vuelta sobre el sillón sin esfuerzo, me dejó apoyada boca abajo con el culo levantado, y me la metió por detrás con una calma que yo no me esperaba en un hombre de su edad. Entraba entero cada vez, hasta el fondo, y esperaba un segundo antes de sacarla. Me hablaba al oído mientras me cogía: cosas suaves, cosas que ningún chico joven me había dicho nunca, mezcladas con groserías que me hacían apretarlo más adentro. «Qué coño rico tenés, nena, qué caliente estás, mirá cómo me chupás la verga con este agujero». Le pedí que se corriera en mi boca y me dio el gusto. Me arrodillé en la alfombra, abrí los labios, y él se me vino en la lengua con tres chorros gruesos que casi no pude tragar todos.

Eduardo fue el tercero. El más impaciente de los seis. Me agarró del brazo antes de que terminara de limpiarme la boca y me llevó a la mesa de madera de la galería, me hizo apoyar las palmas en el borde y me arrancó la bombacha que ni siquiera me había vuelto a poner. Miré los olivos del fondo mientras él me la clavaba desde atrás, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra, moviéndose rápido, sin ceremonia, cogiéndome como si llevara veinte años esperando. La mesa golpeaba contra la pared cada embestida. Yo gritaba y me reía al mismo tiempo. Cuando sintió que se venía, sacó la polla y me la puso contra el culo, y me llenó las nalgas de leche con un gemido largo. Después me besó el hombro y me dio las gracias.

Federico tenía la voz más grave que había escuchado en mi vida y la usaba para todo. Me llamaba «niña» y me pedía cosas en un susurro: que le mostrara el coño, que le abriera las nalgas, que le dijera lo puta que era. Me cargó en brazos como si yo no pesara nada, me llevó a la habitación azul y me tiró sobre la cama boca arriba. Me abrió las piernas, me miró el coño rojo y usado un segundo largo, y me dijo: «Mirá lo que te dejaron, niña». Después bajó la cara y me lamió entera, de arriba abajo, chupándome el clítoris hasta que me corrí sobre su boca por segunda vez. Recién ahí me la metió: parado al pie de la cama, con mis piernas sobre sus hombros, empujando con toda la cadera, hondo, hondo, hasta que me tocaba algo por dentro que ningún otro había tocado. Terminé apretándolo con las piernas alrededor de la cintura mientras él vaciaba adentro del preservativo con un gruñido que le salió del pecho.

Tomás fue el quinto y el más callado. Se acostó conmigo sin decir una palabra, en silencio total. Se me subió encima despacio, buscó mi boca, me la besó suave, y me la fue metiendo de a poco mientras me miraba a los ojos. Me la cogió como si estuviéramos solos en el mundo, sin hablar, sin gemir fuerte, apenas con la respiración entrecortada contra mi cuello. Cuando sentí que se venía, le pasé las manos por la espalda y lo apreté contra mí, y él descargó adentro del forro con un temblor largo, sin ruido. Después me apoyó la frente contra la frente, durante una respiración entera, antes de levantarse.

Octavio fue el último. El más viejo, el más lento, el más educado. Me preguntó cinco veces si estaba cómoda. Me llevó de la mano a un sillón individual del living, se sentó él, y me pidió que me sentara encima mirándolo. Me acomodé sobre sus piernas, le agarré la polla con una mano —dura, insistente, sorprendente para sus años— y me la metí yo misma, despacio. Cabalgué encima de él muy lento, casi sin subir y bajar, apretándolo por dentro con los músculos del coño, mientras él me chupaba las tetas una y después la otra. Me arropó las piernas con una manta cuando sintió que tenía frío en los muslos. Me besó las muñecas. Me hizo correrme una tercera vez encima de su verga, con un ronroneo largo en el oído. Cuando terminó de llenarme el forro, me dejó dormirme con la cara apoyada en su pecho durante quince minutos exactos.

***

El sábado pasó como un sueño que no termino de entender ni hoy.

Me cogieron contra la mesa de la cocina mientras Ricardo cocinaba un desayuno tarde: Eduardo por detrás y Federico metiéndome la polla en la boca al mismo tiempo, con el olor del café en el aire. Me cogieron en el patio, bajo la sombra del nogal, con Hernán abajo y Tomás detrás mío, dos vergas adentro a la vez, una en el coño y otra en el culo con saliva y aceite de la cocina, mientras Octavio miraba desde la galería tomándose un vaso de agua y Ricardo, desde la pileta, se hacía la paja despacio sin dejar de mirarme. Me cogieron en el sillón otra vez, los seis encima durante toda una tarde, sin orden ni reglas, pasándome de mano en mano como una muñeca calentita: uno me abría la boca, otro me abría las piernas, otro me daba vuelta, otro me lamía el clítoris mientras yo mamaba a los otros dos. Perdí la cuenta de las veces que me corrí. Perdí la cuenta de las veces que uno de ellos se corrió adentro mío, o encima mío, o en mi boca. Terminé con la cara y las tetas empapadas de semen, el pelo pegoteado, el coño ardiendo, y una sonrisa que no me podía sacar. Cuando el sol cayó sobre los campos, nos quedamos los siete tirados en silencio, escuchando los grillos, con las pieles pegajosas y las respiraciones lentas.

Hubo dos momentos esa tarde en los que olvidé el preservativo. Con Hernán, cuando me tenía en cuatro sobre la alfombra y me pidió permiso con la mirada de meterla así, sin nada, y yo le contesté con la mirada que sí, y él me la clavó a pelo y me llenó el coño de leche caliente hasta que me chorreaba por los muslos. Y con Octavio, casi al final, cuando me apretó contra el sillón, me metió la polla despacio piel contra piel, y los dos sabíamos que era la última vez que nos íbamos a ver, y yo lo dejé acabar adentro sin decir nada.

No me arrepiento. Pero tampoco lo recomiendo.

***

El domingo por la mañana, Ricardo me llevó a casa. No hablamos mucho en el camino. Cuando bajé de la camioneta frente al edificio de mis padres, me agarró la mano un segundo más de lo necesario.

—¿Lo harías otra vez?

Lo pensé. Lo pensé bien.

—No —le dije—. Una vez es una historia. Dos veces, ya es otra cosa.

Subí al departamento, dejé el bolso en la entrada, me metí a la ducha y estuve veinte minutos debajo del agua sin hacer nada. Después me sequé, me puse el camisón viejo y me senté en la cocina con un té.

Mi madre apareció en la puerta a los cinco minutos.

—¿Qué tal el fin de semana, hija?

—Tranquilo —le dije—. Necesitaba descansar.

Me miró con esa mezcla de ternura y sospecha que solo tienen las madres. Después me dio un beso en la frente, agarró la cartera y salió a hacer las compras. Yo me quedé sola en la cocina, con el té enfriándose en la taza, escuchando a los vecinos discutir por algo del balcón de arriba.

Y por primera vez en seis días, sentí que volvía a ser yo.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios(8)

Luna73

jajaja los seis dias pensandolo... eso es lo mejor del relato, le da mucha realidad. Increible!!!

Rodrigo_MX

Excelente, quedó cortísimo. Por favor publicá una segunda parte con más detalle de lo que pasó en la casa de campo.

Lectora77

de los mejores que lei aca en mucho tiempo!!! gracias por compartir

MartinaR

Me encantó como lo narrás, se siente autentico. Esa tension previa se transmite muy bien. Sigue escribiendo!

cantodecisne

y al final valió la pena los seis dias de duda??? jaja pregunta sincera. Muy buen relato

SoledadBaires

Me recordó a algo que me contó una amiga, no tan extremo pero la situacion de decidirse o no era identica jaja. Muy entretenido, gracias por compartirlo

Feli_BA

tremendo!!! sigue asi

NelsonV78

Lo que más me gustó es esa parte de los seis dias pensandolo antes de decir que sí. Le da mucha profundidad al relato. Espero leer más de este estilo!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.