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Relatos Ardientes

El calendario benéfico tuvo una edición privada

—¿Qué te parecería que me apuntara a un bukkake?

Le solté la pregunta así, sin avisar, un viernes por la noche en el que estábamos echados en la cama mirando una película cuyo título ya ni recuerdo. Habría pagado por grabar la cara que puso, esa expresión de quien acaba de ver a su perro pedirle una cerveza. Me reí por dentro mientras él trataba de armar una respuesta coherente.

—¿Tú? ¿Tú sola? —tartamudeó Mateo antes de recomponerse.

—Sola, claro que no —contesté con sorna mientras me estiraba para alcanzar su móvil, que cargaba en la mesita.

—Ya… me refiero sin mí —matizó, sin perderme detalle.

—Toma, anda, era una broma —le dije devolviéndole el teléfono con la app de Lovense ya abierta—. Conecta el trasto, que te quiero enseñar una cosa.

Me levanté de la cama lo justo para encender el juguete que llevaba puesto desde hacía media hora y aproveché para coger el portátil del trabajo, escondido entre el canapé y la mesita. Cuando volví a meterme bajo el edredón, Mateo me miraba como si hubiera entrado un fantasma en la habitación, mitad excitado, mitad con miedo de lo que viniera después.

—La noche viene cargada de sorpresas, por lo que parece —dijo trasteando con el teléfono.

—No te imaginas hasta qué punto —respondí entrecortada cuando el consolador empezó a vibrar al ritmo que él decidía.

—¿Te acuerdas del calendario benéfico que hicimos en la oficina?

—¿Cómo iba a olvidarlo? —contestó como se contesta a una pregunta retórica.

Imposible no acordarse. Doce empleados, yo entre ellos, posando ligeritos de ropa para una causa solidaria. La sesión fue divertida, profesional, y la fotógrafa, una mujer llamada Carolina, supo hacer que todos nos sintiéramos cómodos delante del objetivo. El resultado fue elegante, casi pudoroso: las letras del mes y los objetos de atrezo tapaban lo justo para que ningún empleado tuviera que aparecer del todo desnudo.

—El caso es que me tocó diciembre, fui la última de la última jornada —le conté—, y se me ocurrió una idea que pensé que te encantaría. Tuve dudas sobre cómo planteárselo a Carolina, pero le pareció tan divertida que se ofreció a colaborar.

Abrí el portátil y entré en el cliente de correo. En el escritorio había una carpeta llamada «Juego de la diana». Hice doble clic. Aparecieron veintitantos correos electrónicos de remitentes diferentes, todos con un detalle en común: el clip que indicaba archivo adjunto.

—Se me ocurrió —seguí— que, siendo directora de comunicación y con acceso al directorio internacional de trabajadores, algunos compañeros muy seleccionados podrían disfrutar de una edición privada del mes de diciembre. La envié desde una cuenta que abrí solo para esto: curvyspotted.

Mateo me miraba con cara de pedir explicaciones más precisas, así que se las di sin palabras. Abrí el archivo guardado en el escritorio: una fotografía de altísima resolución, lista para imprimirse en A3. En ella aparecía yo, en dos poses, una de frente y otra de espalda. Lo que la diferenciaba de una ficha policial era que en ambas estaba completamente desnuda.

De frente, salía con la boca entreabierta, el índice derecho apuntándome al pezón y el izquierdo al pubis depilado. De espaldas, una mano en la cintura y la otra señalándome el culo. Con Photoshop había añadido cuadrículas y puntuaciones, como si fuera una diana de tiro: menos doscientos en el ojo, más doscientos en la boca, cincuenta en los pezones, veinticinco en cada pecho, cien en la vulva. Por detrás, menos cuatrocientos en el pelo, cien en cada cachete y doscientos en la unión.

Y debajo, el texto que había redactado y que había leído en voz alta mil veces: «Chicos, aquí va algo especial para ustedes, porque todavía no me apetece vestirme. Empiecen a tocarse, tómense su tiempo y elijan diana. ¿Lo apuntan hacia mi boca, mis tetas, mi coño o mi culo? ¿Lo tienen en el punto de mira? Bien, ahora apunten y disparen. El ganador recibirá un premio magnífico. Buena suerte.»

—Estás como una cabra —me dijo Mateo, con un bulto evidente bajo el bóxer.

—Es solo un juego. A ti te encantan los juegos —contesté pasando la palma por encima de la tela.

—¿Y quién ha sido el ganador? ¿Cuál es el premio? —preguntó atropellándose.

—No tengas prisa. Quería que leyéramos las respuestas juntos. Pero antes, quítate de una vez ese maldito bóxer.

Lo hizo en menos de tres segundos. Yo abrí el primer correo. Era de un compañero alemán, jefe de planta en Hamburgo. Había contestado con dos fotos suyas y un mensaje confesando, entre risas y disculpas, que no había podido aguantarse y que su puntería era pésima. Se autoadjudicaba veinticinco puntos: el pezón izquierdo. Mateo se rio nervioso mientras yo seguía sintiendo las vibraciones del juguete subir y bajar bajo su mando.

El segundo correo era de Lyon, un comercial al que apenas conocía. Había sido valiente y había apuntado al objetivo más caro: la unión de los cachetes, doscientos puntos. La foto que adjuntaba demostraba que había acertado. Mateo soltó un gruñido cuando vi la imagen.

—¿Te molesta? —le pregunté con falsa inocencia.

—Al contrario. Sigue.

Fui leyendo correo a correo. Holandeses, italianos, brasileños, un par de mexicanos. Todos jugando, todos enviando pruebas, todos creyéndose con opciones de ganar un premio que ni siquiera sabían en qué consistía. Algunos se habían pasado de listos y habían apuntado al ojo, menos doscientos puntos, descalificación inmediata. Otros, los más espabilados, se habían concentrado en la boca y el pubis, donde la puntuación era más jugosa.

—Espera, espera —me detuvo Mateo cuando llevaba el decimoquinto correo—. ¿Y quién gana? ¿Cómo se decide?

—Por puntos totales. Pero hay un detalle: la prueba fotográfica tenía que ser convincente. Carolina me ayudó a juzgar.

—La fotógrafa.

—La fotógrafa.

Tragó saliva. Empezaba a intuir que en aquella historia había más capas de las que parecía a primera vista.

—Ganó Diego, un argentino de la oficina de Buenos Aires. Cuatrocientos cincuenta puntos. Boca, ambos pezones y vulva. Tres tiros, los tres en sitio rentable.

—¿Y el premio?

Sonreí.

—El premio era venir a Madrid. Con todos los gastos pagados por curvyspotted, claro está. Una sesión privada con la modelo y la fotógrafa. Sin ropa, sin puntuaciones, sin reglas.

Mateo se quedó muy quieto. Tan quieto que el juguete, ya solo, siguió vibrando un par de segundos antes de que él se acordara de bajar la intensidad.

—Y eso ocurrió.

—Eso ocurrió. Hace dos semanas. Carolina y yo lo recibimos en su estudio. Diego es alto, moreno, con una sonrisa muy de allá. Se presentó con un ramo de tulipanes, como si fuera una primera cita. Carolina le explicó que la sesión era libre, que ella iría disparando, que nosotras dos decidíamos qué pasaba.

—¿Vosotras dos?

—Sí.

—¿Vosotras dos cómo?

—Carolina y yo habíamos hablado mucho durante la edición del calendario. Cosas que pasan cuando estás semidesnuda delante de alguien horas y horas. Aquella tarde fue idea suya tanto como mía.

***

El estudio olía a café recién hecho cuando Diego cruzó la puerta. Carolina ya tenía las luces preparadas, dos focos suaves y un fondo gris claro. Yo iba con el albornoz blanco que ella me había prestado, los pies descalzos sobre el parqué.

—Pasa, ponte cómodo —le dijo Carolina como si fuera una sesión cualquiera, mientras le ofrecía agua—. Tenemos toda la tarde.

Diego, todo lo seguro que se había mostrado en sus correos, parecía más nervioso ahora que la fantasía estaba a punto de materializarse. Carolina, sin embargo, era pura serenidad. Yo sabía que iba a llevarnos ella, y eso me tranquilizaba.

—La regla es sencilla —le dije a Diego dejando caer el albornoz—. No tienes que pedir permiso para nada que yo no diga que no quiero. Pero ella —señalé a Carolina— manda en el ritmo.

Carolina se acercó con la cámara colgando del cuello y me besó. Sin previo aviso, en la boca, despacio, mientras la lente quedaba aplastada entre nuestros pechos. Diego dejó caer el vaso de agua en el suelo. Se rio, ella se separó de mí lo justo para mirarlo, y le dijo:

—Tranquilo, queda toda la sesión por delante.

Lo siguiente fue lento, milimetrado, casi coreografiado. Carolina había pensado en todo. Me hizo arrodillarme frente a Diego, me apartó el pelo, le pidió que dejara las manos quietas, que solo mirara. Cuando empecé a desabrocharle el pantalón, ella estaba a un metro disparando, agachada, eligiendo el ángulo. Cada clic de la cámara era una declaración: esto está pasando, lo estamos contando, la prueba existe.

Diego cumplía con creces lo que la foto premiada había prometido. Yo, de rodillas, lo recibí en la boca con una calma que no sentía por dentro. Carolina seguía rodeando, ajustando, susurrando indicaciones que me llegaban desde detrás del flash.

—Mírame, no a él. Justo así.

Cuando me cansé de las rodillas, Carolina dejó la cámara en un trípode con disparador automático, se desnudó sin teatro, como quien sabe lo que quiere, y se acostó conmigo sobre la alfombra. Diego, por una vez en su vida, debió de pellizcarse para creer que lo que estaba viendo era real.

Carolina me besó otra vez, esta vez en serio, y me fue empujando con suavidad hasta que quedé bocarriba. Su boca bajó por mi cuello, por el esternón, entre los pechos, hasta el ombligo. Cada centímetro era cámara: el disparador automático seguía clickeando cada cuatro segundos. Cuando me abrió las piernas y empezó a usar la lengua como llevaba semanas prometiéndome por mensaje, yo extendí la mano hacia Diego y lo invité a acercarse.

Lo que vino después no se cuenta bien con palabras. Carolina sabía exactamente dónde mover la lengua. Diego, desde encima, encontró la forma de no estorbar y de sumar a la vez. Yo me dejé hacer; miraba al techo, miraba la cámara, los miraba a ellos dos, miraba mi propio cuerpo participando de algo que había orquestado pero que en ese instante ya no me pertenecía.

El final llegó por orden. Primero yo, dos veces, con la boca de Carolina y los dedos de Diego trabajando a la vez. Después Carolina, montada sobre mí, mientras Diego la sujetaba por las caderas desde atrás. Y al final él, donde yo había decidido desde el principio: en mi pecho, donde el calendario marcaba veinticinco puntos por seno pero donde, esa tarde, la puntuación dejó de tener sentido.

***

—Y eso es todo —le dije a Mateo cerrando el portátil.

Él me miraba con una mezcla de incredulidad, deseo y algo parecido al orgullo. Tenía los ojos brillantes y la respiración corta. El juguete seguía dándolo todo entre mis piernas, gestionado todavía a distancia desde su móvil.

—¿Hay fotos?

—Carolina las está revelando. Me las trae el martes.

—¿Todas?

—Todas. Las trescientas y pico que disparó.

—¿Y por qué me lo cuentas hoy?

Lo besé en el cuello, justo bajo la oreja, donde sé que pierde la cabeza, y bajé la mano hasta su entrepierna. La tenía durísima.

—Porque la próxima sesión tiene una entrada reservada para ti. Carolina y yo lo hemos decidido. Y porque quería que me pidieras tú lo del bukkake, no que tuviera que sacarlo yo.

Mateo se rio bajito, me agarró de la nuca y me besó como si llevara una semana sin verme. La película seguía corriendo en la televisión. Ninguno de los dos volvió a mirarla.

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Comentarios (8)

Rulo88

tremendo!!! me engancho desde el titulo

LectorNocturno

Muy buen relato, me quede con ganas de saber como reaccionaron todos esos hombres. Hay continuacion?

FelixCordoba

excelente, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

MarcelaCBA

me encanta cuando la historia tiene ese giro inesperado. Sigue escribiendo por favor!

Peluca88

la cara del marido abriendo esa carpeta... me imagino la escena jajaja. Muy bueno

ElGatoMx

me recordo a algo que paso en mi trabajo. Nada tan picante pero la tension era parecida jaja

IgnacioPBA

cuantos de esos hombres saben que su historia termino publicada? genial el detalle final

VeroBA

sigue asi, cada relato mejor que el anterior!

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