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Relatos Ardientes

La propuesta de mi fisio después de aquel viernes

La cosa con Camila empezó como una sesión de fisioterapia y se convirtió en otra cosa muy distinta. Yo me había caído mal en un partido de rugby y el médico del club me la recomendó. La conocí un martes por la tarde, en su consulta del centro, y ya en la primera sesión, mientras me trabajaba el muslo con esas manos suyas que parecían saber demasiado, supe que aquello no se iba a quedar en lo profesional.

Los viernes por la noche se convirtieron en un ritual. Yo llegaba a su casa con cervezas y comida preparada, ella me daba la sesión de masaje y casi siempre terminábamos teniendo sexo. Unas veces en la propia camilla, otras en la bañera, otras en el sofá del salón. Después calentábamos la cena, poníamos un disco y veíamos alguna serie abrazados. Eso último, lo de los abrazos, fue lo único que me hizo creer que aquello podía ser algo más.

Camila era muy clara con sus límites. No éramos novios. Ni siquiera salíamos a ningún sitio juntos. Ella imponía las reglas y yo me iba a mi casa después de cada encuentro, como un buen niño. Hasta aquel viernes en que nos quedamos dormidos en el sofá viendo una película aburrida.

—Son las cuatro de la mañana —dijo mirando el reloj cuando me desperté con un respingo—. No tiene sentido que te vayas ahora. Vente a la cama.

Me dio la mano y caminamos juntos por el pasillo. Nos metimos desnudos bajo las sábanas, se acomodó en posición de cucharita pegada a mí y nos quedamos dormidos así. Sin sexo. Solo abrazados. Esa noche cambió algo. Al menos para mí.

Por la mañana fui yo el último en despertar. Camila llevaba ya un buen rato inmóvil contra mi cuerpo, y noté algo tibio y húmedo envolviéndome el glande. Tardé unos segundos en entender la escena. Mi brazo le rodeaba el torso y le sujetaba un pecho. Ella había abierto las piernas lo justo para acomodarme el pene entre los muslos, contra los labios de su sexo. Estaba empapada.

—Buenos días —murmuró sin volverse.

—¿Hace mucho que estás así?

—Bastante.

Apreté el pecho que tenía en la mano y la atraje contra mí. Le di pequeños mordiscos en el cuello y ella gimió bajito. La cucharita era una postura que adoraba: sentirse abrazada, mi respiración en su nuca, los pechos sujetos por mi mano, mi miembro acomodado contra su trasero. Empecé a moverme y respondió empujando hacia atrás. Pero la postura no daba para mucha penetración y ella lo supo enseguida.

—Quiero que me folles —susurró.

Y sin más, giró sobre sí misma, se puso boca abajo y abrió las piernas todo lo que la cama le permitió. Metió las manos debajo de la almohada y esperó. Era una declaración de intenciones que no necesitaba traducción.

Me coloqué encima de ella, los codos a los lados, las rodillas entre sus piernas abiertas. Mi peso descansaba sobre el colchón, no sobre ella, pero mi pecho rozaba su espalda y mi vientre se ajustaba a la curvatura de su trasero. Le besé la nuca, los hombros, los riñones. Bajé despacio, con la lengua, hasta el surco que separaba sus glúteos.

Ella respondió alzando el culo hacia mi boca. Pasé la lengua, escupí saliva en la rabadilla y dejé que resbalara por la hendidura. Cuando rocé el ano con la yema del dedo, gimió y relajó los músculos de manera deliberada. Era una invitación clara.

Insistí. Pasé el dedo desde la rabadilla hasta el clítoris y de vuelta, esparciendo lubricante con cada recorrido. Cada vez que rozaba el ano, ella gemía más fuerte. Acumulé saliva, escupí otra vez, presioné los costados sin llegar a entrar. Ella movía las caderas en círculo, suplicando sin palabras. Al final perdí el control. Coloqué la yema del índice en la entrada y empecé a hacer presión muy despacio.

—Mmm… —susurró ella, y me agarró la muñeca antes de que el dedo venciera el esfínter—. Me encanta lo que quieres hacer, pero hoy no. Para entrar ahí dentro hay que prepararse y no lo he hecho. Mejor por delante, ¿vale?

Me quedé paralizado. No por la negativa, sino por lo que había implícito en la frase. Hoy no significaba que algún día sí. Y solo de imaginarlo se me puso más dura todavía.

Le besé los glúteos, la espalda, la nuca. Me tumbé sobre ella otra vez y empecé a buscar la entrada vaginal con movimientos de pelvis. Cuando la encontré, me metí de una sola embestida hasta donde nuestros cuerpos lo permitieron. Camila soltó un chillido a medio camino entre la sorpresa y el dolor, y luego lo convirtió en gemido.

—Fóllame ya, por favor.

Le agarré las muñecas debajo de la almohada y le abrí más las piernas con las mías. A ella le encantaba esa sensación: sentirse inmovilizada, sin poder cerrar las piernas aunque quisiera, con todo mi peso encima. Me lo había dicho otras veces. Le ponía cierto grado de sumisión, no la dominación dura, pero sí la sensación de estar a merced de alguien más fuerte.

Empecé a embestir. Fuerte, rítmico, sin parar. La penetración no era profunda en esa postura, pero sí lo bastante para que mi glande golpeara la zona más sensible en cada empuje. No tardé en correrme. Grité como si me hubieran clavado un cuchillo en la espalda y me vacié dentro de ella con tres o cuatro empujones violentos. Caí derrengado encima.

—No la saques —dijo ella jadeando—. Yo también quiero correrme.

No tenía fuerzas ni para moverme. Ella consiguió liberar una mano, se la llevó al sexo y se acarició el clítoris con mi miembro aún dentro. A los pocos minutos convulsionó debajo de mí, tensó todo el cuerpo y se relajó por completo. Notó que el aire le faltaba bajo mi peso y me lo dijo.

—Chiqui, no puedo respirar.

Rodé hacia un lado y se acomodó contra mi pecho, una pierna sobre las mías, la cara hundida en mi cuello. Volvimos a dormirnos así, hasta que el teléfono vibró en la mesilla más de una hora después.

***

Camila se levantó primero y se metió en la ducha. Yo me quedé un rato mirando el techo, pensando en lo que había dicho sobre el sexo anal. Cuando oí el agua correr, me levanté y entré en la mampara sin pedir permiso.

—¿Aún quieres más? —preguntó sonriendo.

No contesté. La abracé bajo el chorro y la besé en los labios. Ella cerró el grifo, cogió el bote de gel y empezó a esparcirlo por mi pecho con las manos, generando espuma. Bajó hasta los testículos, me los frotó con cuidado y empezó a masturbarme sin apartar los ojos de los míos. Volvió a abrir el grifo, me aclaró y se fue agachando despacio, dejando un reguero de besos por todo mi torso.

Cuando estuvo de cuclillas, no perdió el tiempo. Se metió mi miembro en la boca y empezó a chuparla con una intensidad que me dejó la mente en blanco. La mano izquierda en mis testículos, la derecha acompañando los movimientos de la cabeza. Yo le sujetaba el pelo, mirándola hacia abajo. No tardé mucho. Le avisé y aplicó más succión. Cuando me corrí, no se apartó. Lo escupió todo después y se enjuagó la boca con el chorro de la ducha.

—Te espero en la cocina —dijo dándome un beso rápido—. Tengo hambre.

***

El olor a café italiano inundaba el pasillo antes de que llegara a la cocina. Camila estaba en bata frente a los fogones, friendo huevos con beicon y haciendo tostadas. Le saqué naranjas para el zumo y monté la mesa. Pusimos un disco de Leonard Cohen y nos sentamos a desayunar como una pareja que no éramos.

—Gracias por dejarme quedarme a dormir —dije.

—No tienes que darlas. Pero no te acostumbres. Me gusta vivir sola.

Era el momento de hablar del tema. Yo lo presentía desde hacía semanas y ella también.

—¿No te parece un poco egoísta?

Levantó la vista del plato y me miró fijamente.

—¿Tú crees que soy egoísta?

—No. Pero a veces parece que solo me quieres por el sexo. Y yo tengo mi corazón.

Dejó el tenedor sobre la mesa, se limpió la comisura con la servilleta y respiró hondo. Yo sabía que se venía algo importante.

—Mateo, escucha. No quiero una relación. Ni contigo ni con nadie. Hace mucho que decidí que no me iba a atar y me mantengo fiel a esa idea. Me gusta vivir sola, ser dueña de mi tiempo, conocer gente, probar cosas nuevas. Atarme a una sola persona elimina demasiadas posibilidades. Eso no significa que sea una golfa, no me revuelco con cualquiera. Pero cuando me apetece un revolcón, lo busco. Y con pareja estable, eso siempre es un problema.

Me quedé callado, jugando con el tenedor.

—¿No te estarás enamorando de mí?

—No lo sé. No sé qué es estar enamorado. Nunca he tenido novia.

Se levantó, rodeó la mesa y se sentó a horcajadas sobre mí. Me cubrió la cara de besos. Yo no respondí, dejé los brazos caídos.

—No quería que terminara así —dijo—. Tenía pensado proponerte algo, pero ahora no sé si lo vas a querer escuchar.

—Cuéntalo.

Se acomodó mejor en mi regazo y me cogió la cara con las dos manos.

—Esta mañana has estado increíble. Y has notado que me gustan otras cosas, ¿verdad? Cuando jugabas atrás con los dedos, cuando me sujetabas las muñecas. Me pone la sumisión. No la dominación dura, no me va el bondage ni el dolor. Pero sí ese punto de sentir que me manejan.

—Lo he notado.

—Vale, pues mira. Quiero hacer dos cosas contigo que aún no hemos hecho. La primera es sexo anal. Necesita preparación, no se hace de un día para otro, pero quiero hacerlo. Contigo.

Asentí. No me sorprendió. Lo había visto venir esa misma mañana, en la cama.

—Pero también hay otra cosa —continuó—. Una fantasía mía. Algo que llevo años queriendo probar y nunca surgió. Quiero un trío. Tú por delante, otro por detrás. Doble penetración.

Me quedé mudo. Sentí cómo se me secaba la boca.

—¿Otra chica? —pregunté sabiendo la respuesta.

—No. Otro chico.

Tardé varios segundos en procesarlo. Pasé por todos los estados posibles: miedo, celos, inseguridad, una inesperada curiosidad. Camila lo notó enseguida.

—Si tienes algún amigo de mucha confianza, alguien con quien te dé menos corte estar desnudo, sería lo mejor. Con un desconocido te bloquearías. Yo me encargo del resto. Tú solo tienes que traerlo con alguna excusa. Esta mañana te llevarás unos libros míos para devolvérmelos en otro momento. Cuando vengas con él a entregármelos, yo me ocupo de subir la temperatura.

—¿Lo has hecho antes?

—Tríos sí, dos veces. Pero nunca con doble penetración simultánea. Es lo que más me pone ahora mismo.

Se inclinó y me besó en la boca, despacio. Me agarró la entrepierna por encima del pantalón y notó que la idea, contra todo pronóstico, ya me estaba poniendo duro otra vez. Sonrió.

—Esto es un sí —dijo.

No contesté. Solo le devolví el beso.

***

Salí de su casa una hora después con cinco libros bajo el brazo y la cabeza en otro sitio. Caminé hasta el coche pensando solo en una persona: Joaquín. Si había alguien en el mundo con quien podía hacer aquello, era él. Mi mejor amigo desde que llegué a la ciudad con la beca de rugby. El que me acogió en su piso los primeros meses, el que vio mi pene cien veces en el vestuario y en el pasillo de su casa, sin pudor ni morbo. Habíamos bromeado mil veces sobre nuestros tamaños, sobre las chicas, sobre todo. Y acababa de cortar con su novia de tres años porque la pilló besándose con otro en plena calle. Estaba bajo de moral y ganas de juerga le sobraban.

No iba a ser fácil planteárselo de frente. No pensaba hacerlo. Le diría que íbamos a tomar unas cervezas a casa de una amiga, que ella era guapa, soltera y con ganas de pasarlo bien. El resto, que lo manejara Camila.

Esa misma tarde le mandé un WhatsApp:

«Viernes, diez de la noche. Una amiga invita a cervezas y pizza. Soltera, guapa, simpática. Le dije que llevaba a un amigo. ¿Te apuntas?»

Tardó dos minutos en contestar:

«Cuenta conmigo.»

Pasé los dos días siguientes sin poder pensar en otra cosa. Yo nunca había estado en una situación parecida. Había visto otros hombres desnudos cien veces en los vestuarios, cierto, pero nunca había compartido nada más allá de una ducha. Lo que Camila me proponía cruzaba una línea que ni siquiera sabía que existía hasta esa mañana en su cocina. Y, sin embargo, cada vez que pensaba en ello, se me ponía dura otra vez.

El viernes a la salida del entrenamiento pasé por casa a ducharme y cambiarme. Joaquín me esperaba en su portal a las nueve y media. Subió al coche con una camisa azul y una sonrisa que no le veía desde antes de la ruptura.

—¿Está buena de verdad o me la estás colando? —preguntó.

—Ya verás.

—¿Soltera?

—Total. Y simpática. Y sabe lo que quiere.

Se rió y subió el volumen de la radio. Yo no le devolví la sonrisa. Apreté el volante y arranqué hacia el centro, pensando que en menos de media hora estaríamos los tres en el mismo salón. Y que lo que pasara después no dependía ya de mí.

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Comentarios (7)

Wolf1122

excelente!!!

MartinBaires

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como termino todo jajaja

ViajeraSecreta

Me encanto, tiene esa cuota de realismo que no es facil de encontrar. Y el final abierto es un golazo, te deja pensando. Sigan así

DiegoAr22

jaja yo en esa situacion no sabria ni que cara poner. Tremendo relato

AndrésC

Tiene algo en como esta escrito que te engancha desde el principio. Muy buen trabajo

curiosa88

Hay segunda parte? porque esto no puede quedar asi jaja

NachoPzMdq

Lo lei dos veces y la segunda fue mejor. Muy bueno

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