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Relatos Ardientes

La ruta en moto que terminó en su cama con mi amigo

Empezó una tarde de lluvia, frente a la pantalla, con un clic distraído mientras el agua resbalaba por los balcones y el silencio de casa se volvía un murmullo. Llevaba meses notando esa grieta: una mezcla de cansancio, deseo y la sensación de estar viviendo una vida demasiado ordenada, demasiado previsible. No me decía a mí mismo la palabra «traición», pero sabía que estaba abriendo una puerta.

Me hice perfil en una aplicación de citas. Subí un par de fotos donde aparecía con la chaqueta de cuero y los guantes, las manos curtidas de quien lleva años montando una Yamaha de mil centímetros cúbicos. En el anuncio fui directo: hombre casado, discreción absoluta, sexo sin compromiso, sin dramas, sin promesas. Buscaba mujeres que necesitaran lo mismo que yo y que entendieran las reglas.

Mi argumento, repetido en cada chat, era casi un guion: el hecho de ser casado era una garantía. Tenía tanto que perder como ellas. Las que buscaban un escándalo se iban al leer el anuncio. Las que sabían lo que querían se quedaban.

Funcionó. El perfil empezó a echar humo: «me gustas», iconos de regalo, conversaciones tibias que se enfriaban al tercer mensaje. Hasta que apareció Daniela.

Su anuncio no decía gran cosa, pero su primer correo fuera de la plataforma, ya en mi gmail, lo dejaba todo claro. Había puesto que era de Lleida para despistar, aunque vivía en Zaragoza. Tenía pánico a cruzarse con un conocido. Quería fantasear con alguien externo, alguien que no pudiera contaminarle la vida.

—No busco caricias de seda —me escribió la tercera noche—. Busco sentir el peso de una mano que no dude. Me obsesiona la presión justo en el ombligo, ese hundimiento que me obliga a soltar el aire y a rendirme.

Para demostrarlo, empezaron a llegar las fotos. Daniela, bajo la luz cálida de una lámpara, mostrándome cómo presionaba su propio vientre con un consolador, marcando con sus propios dedos el punto exacto donde quería sentir mi mano. Yo leía sus correos en el garaje, a escondidas, y sentía cómo el rugido de mi sangre superaba al de la moto.

No es solo tocar, me explicó otra noche. Es hundir. Sentir que el peso de tu mano busca mi columna a través de mi vientre.

Le respondía con fotos del taller: yo, rodeado de herramientas, los guantes negros, las manos cerradas alrededor del manillar. «Estas manos saben domar máquinas», le escribí una vez. «Imagina lo que harían sobre tu ombligo cuando el único ruido sea tu respiración.»

Una madrugada, después de un correo especialmente largo, Daniela escribió algo distinto. Una pregunta sin adornos:

—¿Alguna vez has pensado qué pasaría si dejáramos de escribir?

Me quedé mirando la pantalla varios minutos. Afuera había dejado de llover.

***

Lucía, mi mujer, era una presencia atenta. Una escapada de ocho horas no se justifica fácil. La solución llegó vestida de cuero. Le dije que el sábado haría una ruta larga con Iván, mi amigo de toda la vida y la única persona a la que podía contarle algo así sin que se le moviera la cara. Ella se lo creyó sin un solo gesto raro: sabía que Iván era de fiar, y eso le bastó.

A Iván se lo conté sin rodeos. Le hablé de Daniela, de los correos, de la presión en el vientre, del consolador, de Zaragoza. Iván se rio de pura incredulidad y aceptó hacer de coartada. Iría conmigo en su moto, daría una vuelta por el centro mientras yo subía a su piso, y después regresaríamos juntos.

El sábado, mientras ajustaba las maletas, Iván llegó puntual. Saludó a Lucía con la naturalidad de quien no oculta nada y ella nos despidió con un «id con cuidado» que en mis oídos sonó casi a ironía. Me coloqué el casco, sintiendo cómo el mundo exterior se amortiguaba, y arranqué.

Doscientos kilómetros de autovía. Iván me iba contando bromas por el intercomunicador y yo le iba detallando las confesiones de Daniela. A cada nueva descripción, soltaba una carcajada por el auricular.

—Joder, Adri, qué ruta con recompensa —decía—. Si tiene una amiga por ahí con esas mismas ideas, ya estás tardando.

Nos reíamos, pero a cada curva yo notaba el pulso más alto. El GPS marcaba la dirección que ella me había enviado. Cuando llegamos al portal, paramos las motos y dejamos los escapes enfriándose con ese chasquido metálico que tan bien conocía. La llamé al móvil. Tres tonos.

—¿Hola?

—Estoy abajo. Con un amigo.

—Espera, que bajo.

El portal se abrió. Y ahí estaba ella. De pelo castaño a la altura de la mandíbula, con una caída natural que le enmarcaba el rostro. Hasta entonces nunca me había enseñado la cara: solo el cuerpo, el abdomen, el ombligo. Verla en persona me desarmó. Era guapa, mucho más de lo que la imaginación había proyectado.

Iván tampoco decía nada. Daniela se acercó con paso seguro y me dio dos besos.

—¿Adrián? Encantada.

Me quité el casco. Le presenté a Iván, que también se quitó el suyo y le dio dos besos con una mezcla cómica de cortesía y asombro. Le expliqué que él se iba a dar una vuelta por el centro mientras nosotros estábamos arriba.

—Pero antes una cervecita, ¿no? —dijo ella, mirando a Iván con una soltura que no me esperaba—. Después de tantos kilómetros os la merecéis.

Iván intentó declinar. Ella insistió. Acabó cediendo con una sonrisa.

***

El ascensor era pequeño. Apenas cabíamos los tres entre los cascos, las chaquetas y las mochilas. Daniela se colocó delante de mí, de espaldas, y a mitad de subida noté cómo apretaba el culo despacio contra mi entrepierna, con un movimiento mínimo que Iván no podía ver. Un desafío en silencio. Cuando se abrieron las puertas yo ya tenía la polla dura dentro del pantalón.

El piso olía a café recién hecho. Ella cerró la puerta sin prisa, como marcando una frontera, y nos guio hasta un saloncito acogedor. Salió de la cocina con tres botellines bien fríos y se sentó justo entre los dos, en el sofá.

—Salud.

Brindamos. Yo era incapaz de quitarle ojo: cómo sus labios rodeaban el cuello del botellín, cómo bebía despacio. El bulto en mi entrepierna no había bajado desde el ascensor.

De pronto Daniela miró hacia mi pantalón y soltó una carcajada que casi la hace atragantarse.

—¿Adriiián? ¿Eso qué es? Parece que no has apagado la moto. Sigues «en marcha».

Iván se puso colorado y miró hacia otro lado. Empezó a balbucear algo de terminarse la cerveza rápido y dejarnos solos. Yo levanté la mano.

—Espera.

Me incliné hacia ella y la besé. Fue un beso brusco, mordiéndole los labios, sintiendo cómo se le entrecortaba la respiración. Sin soltarla, pegué la boca a su oído.

—¿Alguna vez te has masturbado pensando en estar con dos a la vez?

Se estremeció contra mi cuerpo. Asintió sin decir nada.

—¿Ahora?

Volvió a asentir, encogiendo la cabeza entre los hombros como una niña que confiesa algo prohibido. Levanté la vista hacia Iván, que esperaba en la puerta sin haber oído nada.

—Me preguntabas si tenía amiga, ¿no?

Iván abrió mucho los ojos. Pasó la mirada de ella a mí, sin terminar de creérselo.

—¿Tiene una amiga?

—No. Pero si quieres echarme una mano, te quedas.

Hubo un silencio largo. Daniela me miraba desde el sofá, atrapada entre nuestras dos presencias, con los mofletes encendidos y las manos temblorosas sobre las rodillas. Le aparté el pelo de la cara y le di una bofetada apenas sonora, más para marcar el tono que por nada.

—¿Te vas a portar como una buena chica, verdad?

Asintió. Y en la mirada ya no había duda.

***

Iván dejó la botella en la mesa, soltó el aire y se acercó. La levanté del sofá agarrándola por las muñecas. Le metí las manos bajo la camiseta y se la saqué de un tirón. Sus pechos aparecieron tersos, los pezones reaccionando al aire del salón. Le clavé los dedos en uno y apreté hasta que se le puso duro como una piedra; Iván hizo lo mismo con el otro, hundiéndole los dedos sin medida.

Daniela soltó un «ay» corto, mordiéndose la lengua, y apretó los párpados. Le bajé los shorts blancos que apenas le tapaban nada y hundí la mano dentro del tanga. La encontré empapada. Le metí un dedo y entró con una facilidad insultante. Iván, detrás, le iba dando azotes en los glúteos mientras le tiraba del resto de la ropa hacia abajo.

—Trae tu mano —le dije a Iván—. Méteselo tú también. Tú por detrás y yo por delante.

Sentí cómo su dedo se deslizaba junto al mío dentro de ella, los dos hundidos a la vez en el mismo calor.

—Está deshaciéndose —gruñó Iván.

Le agarré el pelo por la nuca, tirando hasta que se le fue la cabeza hacia atrás y se le tensó el cuello. Tenía los ojos perdidos.

—Te gusta esto, ¿verdad?

No contestó. No hacía falta.

***

Eché un vistazo a la mesita. Quedaba un botellín vacío. Lo agarré por el cuello, sentí el vidrio frío en mi mano y se lo deslicé por el vientre, presionando justo donde ella me había descrito en aquellos correos. Su cuerpo se tensó. Apreté con saña, hundiendo el cristal contra el ombligo, esa zona que tantas veces había imaginado bajo mi mano. Se le aflojaron las rodillas.

—Nota esto —le susurré.

La empujé hasta dejarla de cuatro patas sobre la mesita del salón, ofreciendo el culo hacia mí. Me coloqué detrás y se la metí de un envite. El calor de su coño contra el aire del salón me hizo apretar los dientes. Con la otra mano seguí hundiéndole el cristal del botellín en el vientre, sintiendo cómo, desde dentro, mi polla notaba ese estrechamiento que ella tanto había explicado por correo. Ese abrazo muscular forzado desde fuera era exactamente lo que había prometido.

Iván se colocó delante de ella y le agarró la nuca. Daniela abrió los labios sin que se lo pidieran. Él se la metió hasta el fondo y empezó a moverle la cabeza al ritmo de mis embestidas. El sonido del salón era una mezcla de respiraciones, de mis caderas chocando contra sus nalgas, de su garganta tragando.

—No aguanto —avisó Iván al cabo de un par de minutos, con la voz rota.

—Córrete en su cara.

Daniela sacó la polla de la boca de Iván justo a tiempo. Él descargó en su lengua, en sus mejillas, en su frente. Lejos de apartarse, ella se relamió y se restregó la polla por las facciones, extendiendo el semen como si fuera maquillaje. Yo seguía clavándole el botellín en el vientre y la polla en el coño hasta que mi propio cuerpo dijo basta. Solté la última embestida apretando el cristal con las dos manos contra su abdomen, sintiendo cómo su vagina se cerraba alrededor de mi polla en el momento exacto en que reventé dentro de ella.

***

Nos derrumbamos en el sofá. Iván fue a la nevera, trajo más cervezas y nos quedamos los tres recuperando el aliento, ella entre los dos, con el pelo pegado a la frente y la cara todavía manchada.

—Una cosa —le dije, dejando la botella en la mesa—. ¿Estamos siendo demasiado bruscos? Lo de llamarte zorra, lo de la bofetada... no es nuestro estilo. Es el rol. Si te molesta, lo paramos.

Daniela soltó un suspiro largo, como si llevara años aguantándolo.

—Me da vergüenza, no os voy a engañar. Pero a la vez me excita tanto que me tratéis así... como si fuera vuestra. Una cosa es soltar barbaridades por chat y otra es esto, en mi salón, con dos hombres a los que apenas conozco. Lo curioso es que me ayuda que tú lo ordenes. Me da una excusa para hacer lo que también quiero, sin tener que decir que sale de mí.

Iván y yo nos miramos. La confesión nos quitó las pocas dudas que quedaban.

Pedimos pizzas. Comimos los tres en el sofá, ya con ella vestida con una camiseta ancha. Hablamos de tonterías, de motos, de por qué accedía a esto sabiendo que yo estaba casado.

—Precisamente por eso —dijo, cruzando las piernas—. Sé que no vas a aparecer en mi puerta pidiendo nada. No vamos a coincidir en la calle. No tenemos amigos comunes. Es sexo limpio, sin dramas. Esa libertad es lo que me ha hecho atreverme.

***

Cuando recogimos los platos, Iván se desperezó y me miró con una sonrisa.

—Muy bonito el discurso, pero el tiempo apremia y aún hay postre.

Volvimos al dormitorio. Me tumbé boca arriba y Daniela se montó a horcajadas, en sentido inverso, dejando su entrepierna a la altura de mi cara. La olí antes de probarla: a sexo, al rastro de lo de antes, a su propio aroma. Empecé a lamerla con calma, concentrándome en el clítoris, mientras desde arriba ella rodeaba mi polla con los labios y empezaba a chuparla con un ritmo lento.

Iván se echó lubricante y se colocó detrás. Cuando empezó a hundirle la polla en el coño, Daniela soltó un gemido ahogado contra mi glande y todo su cuerpo empezó a vibrar sobre mi cara. Yo le agarré las caderas con fuerza para mantenerla fija sobre mi boca. Cada embestida de Iván desde arriba la empujaba a tragarme más profundo.

El sándwich era brutal. Su lengua trabajaba mi polla con una desesperación que me iba a hacer estallar. Sentí cómo, dentro de ella, sus paredes empezaban a contraerse en espasmos. Iván aceleró las últimas embestidas. Yo apreté los párpados.

—Trágatela —fue lo único que conseguí decir.

Reventé en su boca al mismo tiempo que Iván descargaba dentro de su coño. Daniela recibió las dos cargas a la vez y se quedó rígida unos segundos antes de derrumbarse sobre mí, totalmente vencida.

***

Nos quedamos unos minutos así, sintiendo nuestras respiraciones. Después nos turnamos en la ducha. Iván se quedó en el baño y ella y yo coincidimos a solas en el pasillo. Daniela llevaba una bata, el pelo húmedo y la mirada clavada en el suelo. Me acerqué.

—Ha sido lo más excitante que he hecho en mi vida. Gracias.

Se lanzó a mis brazos.

—Adrián, yo no soy así. No quiero que te lleves una idea equivocada.

La separé un poco para mirarla a los ojos.

—Sí eres así. Y eso es lo que más me gusta de ti. Esa parte que guardas bajo llave y que has decidido compartir conmigo. No te voy a pedir que cambies. Y no sé si volveremos a vernos, pero me llevo el mejor recuerdo de mi vida.

Iván salió del baño y rompió el momento con una palmada en mi hombro. Nos despedimos en la puerta con un beso casto en la mejilla, como si no hubiera pasado nada.

Bajamos las escaleras en silencio. En el portal, mientras nos ajustábamos las chaquetas de cuero, le miré.

—De esto, ni una palabra. A nadie.

—Ni lo dudes. Pacto entre colegas. Si necesitas que te tape algo con Lucía, cuenta conmigo.

Asentí. Lucía estaba a kilómetros, en otro mundo. Eran las seis de la tarde y el sol empezaba a teñir el asfalto de naranja. Metí primera, el rugido del motor vibró entre mis piernas — un eco lejano de la vibración que había sentido horas antes — y salimos de Zaragoza.

Mientras las farolas iban quedando atrás en el retrovisor, sentía una mezcla extraña de vacío y plenitud. Habíamos cruzado una línea. Habíamos convertido el fantasma del chat en carne, sudor y realidad. Y aunque volviéramos a nuestras vidas decentes, ninguno de los tres iba a ser exactamente el mismo.

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Comentarios (8)

danny52

tremendo relato!!! me quede sin palabras

MarcoNoche

el titulo me engancho desde el principio y el relato no decepciona. bien narrado, se lee solo

Curiosa22

y como siguio despues?? me quede con ganas de saber mas jaja. necesito una segunda parte si o si

TangoLoco99

me recordo a un viaje que hice hace años con unos amigos, aunque el mio no termino tan bien jajaja. excelente

NormaOK64

segunda parte porfavor!! se hizo cortisimo y estaba buenisimo

Rodrigo_Cba

buen ritmo, se lee de un tiron. de lo mejor que lei ultimamente en este sitio

Lautaro_V

me gusto mucho como describis la tension entre los tres, se nota que sabes escribir. esperando mas relatos tuyos

PabloN_22

muy bueno, ojalá haya mas cosas tuyas por aca

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