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Relatos Ardientes

Mi amante quería verme con otro y yo acepté

Rodrigo siempre decía que yo era demasiado para él. Y probablemente tenía razón.

Yo, Valeria, treinta años, sabía perfectamente qué efecto producía. Rodrigo, con sus cincuenta y tres, lo sabía mejor que nadie. Llevábamos cuatro años siendo amantes: él casado, yo libre, y los dos con plena conciencia de que lo que teníamos no tenía nombre fácil. No era solo el sexo, aunque el sexo era extraordinario. Era que nos entendíamos de una forma que se vuelve rara después de cierta edad.

Había una dinámica entre nosotros que cultivábamos con cuidado. Me gustaba llevarlo al límite, provocarlo, jugar con la tensión hasta que él perdía esa compostura suya que tanto lo caracterizaba. Y a él eso le resultaba casi insoportable, en el mejor sentido. Me miraba de formas que ninguna otra persona me había mirado, como si yo fuera algo que necesitara descifrar.

Una noche, mientras tomábamos vino tinto en su departamento, se lo dije.

Sin preámbulos.

Quería follar con otro hombre.

No porque me faltara algo. No era una queja. Era una curiosidad que llevaba meses creciendo en silencio: quería saber cómo se sentía otra polla dentro de mí, otras manos apretándome el culo, alguien que no me conociera todavía, alguien que me tocara sin saber exactamente dónde ni cómo.

Rodrigo no reaccionó como esperaba.

No hubo enojo. No hubo silencio incómodo. Me observó durante varios segundos con esa calma suya que siempre me desestabilizaba más que cualquier reacción brusca, y después dijo:

—Hazlo. Pero quiero verlo.

Eso no lo había calculado.

—¿Verlo? —repetí.

—Todo. Quiero ver cómo te la meten. Quiero ver la cara que ponés cuando te corres con otro.

Algo en esa frase me golpeó en un lugar que no supe nombrar de inmediato. Sentí el coño humedecerse ahí mismo, en el sillón, con la copa de vino todavía en la mano. No me generó incomodidad. Me generó exactamente lo contrario.

***

Mateo apareció a través de una aplicación. Treinta y ocho años, fotógrafo de arquitectura, físico robusto. Nos escribimos durante una semana sin hablar directamente de lo que era en realidad, aunque los dos lo sabíamos. Él sabía que yo tenía una situación complicada. Yo sabía que él no buscaba nada permanente. Esa claridad hacía la conversación más honesta que la mayoría.

Nos vimos a tomar algo un jueves a la tarde, en un bar del centro que ninguno de los dos frecuentaba.

Llegué antes que él. Pedí un café y miré la puerta durante diez minutos. Cuando Mateo entró, lo reconocí antes de que se acercara: más alto de lo que imaginaba en las fotos, con una forma de moverse que ocupaba el espacio sin disculparse por ello. Me saludó con un beso en la mejilla y el contacto duró un segundo más de lo necesario.

Después de ese saludo, la conversación fue extraordinariamente normal. Hablamos de trabajo, de una película que los dos habíamos visto, de su último viaje a Cartagena. Pero debajo de todo eso había otra conversación, la que ocurre sin palabras: las miradas que duran demasiado, el ángulo del cuerpo cuando alguien te está prestando atención real, las pausas que no son incómodas sino cargadas. Yo miraba sus manos y pensaba en cómo se sentirían apretándome las tetas, cómo se verían agarrándome del pelo mientras me la metía.

A las dos horas, me preguntó si quería seguir en otro lado.

Dije que sí sin pensarlo demasiado.

***

El motel estaba a quince minutos en su auto. Entramos en un cuarto con luz cálida, cama grande, el tipo de habitación anónima que existe exactamente para esto. Lo primero que hice fue dejar el bolso sobre la silla y acomodar el teléfono en el estante frente a la cama, apoyado contra la pared a un ángulo que cubría bien.

Videollamada con Rodrigo. Pantalla en negro, sonido activo.

Mateo no sabía que había alguien mirando.

Yo sí lo sabía.

Y ese detalle, esa asimetría, cambió toda la experiencia antes de que empezara.

Me giré hacia Mateo. Él estaba de pie junto a la cama, evaluándome con una expresión que no era arrogante pero tampoco era pasiva. Le puse una mano en el pecho y lo empujé suavemente hacia atrás hasta que sus piernas tocaron el colchón.

—Quédate quieto un momento —dije.

Obedeció.

Me quedé parada frente a él y empecé a quitarme la ropa despacio, sin apuro, manteniéndole la mirada mientras lo hacía. Él me miraba con una concentración que se sentía física, como si la atención fuera algo que pudiera tocarse.

La blusa primero. Después la falda. Me quedé en corpiño y bombacha, y le vi la erección marcarse debajo del pantalón. Sonreí. Me quité el corpiño y mis tetas cayeron libres frente a él; los pezones ya estaban duros de puro pensar en lo que venía. Bajé la bombacha por las piernas sin quitarle la vista, y cuando la dejé caer al piso vi cómo tragaba saliva.

Mateo extendió la mano y la posó en mi cadera, midiendo cuánto podía tomar. La presión fue creciendo de a poco hasta que me atrajo hacia él. Su boca encontró la mía: un beso sin los rodeos ni el tanteo nervioso que tienen los primeros besos cuando todavía alguien se pregunta si está haciendo lo correcto. No había duda en ese beso. Su lengua entró directa, y su mano subió y me agarró una teta entera, apretándola, pellizcándome el pezón entre dos dedos hasta que se me escapó un gemido corto contra su boca.

Lo empujé hacia abajo con las manos en sus hombros.

Él entendió y se recostó en la cama. Se quitó la ropa con movimientos directos, sin pausa, sin perder el contacto visual. Cuando lo vi completamente desnudo frente a mí, algo en el pecho se apretó de una forma que solo puede describirse como placentera. Tenía la polla dura contra el abdomen, gruesa, más grande de lo que había supuesto por la ropa. Se me hizo agua la boca.

Me arrodillé entre sus piernas sin decir nada. Le agarré la verga con una mano, la sentí latir contra mi palma, y me la llevé a la boca. La chupé despacio al principio, jugando con la lengua alrededor de la punta, saboreando la primera gota que le salió. Después la tomé entera, hasta atrás, sintiendo cómo me tocaba la garganta. Mateo dejó salir un gruñido bajo, y una de sus manos se hundió en mi pelo, no para forzar, solo para acompañar el ritmo.

La mamé con ganas, subiendo y bajando, dejándola escapar de mi boca solo para volver a metérmela hasta el fondo. Pensé en Rodrigo del otro lado del teléfono, escuchando los ruidos húmedos, escuchando cómo se me llenaba la boca de otra polla que no era la suya. Esa idea me arrancó un gemido con la verga todavía adentro, y Mateo tembló.

—Vení acá —dijo con la voz áspera.

Me acosté sobre él.

Sus manos recorrieron mi espalda mientras bajaba la boca hacia mi cuello. Lento, con una precisión que indicaba que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Cuando bajó al pecho y me chupó un pezón, después el otro, mi respiración se reorganizó sola. Me mordió apenas y el coño me dio un latigazo. El cuerpo empezó a adelantarse a lo que venía.

Siguió bajando. Me abrió las piernas con las palmas y me miró antes de meter la cara entre ellas. La primera lengüetada me atravesó de arriba abajo. Me chupó el clítoris con paciencia, dando vueltas, cerrando los labios alrededor y succionando hasta que empecé a moverle la cadera contra la boca sin poder evitarlo. Me metió dos dedos, curvándolos hacia arriba, tocando ese punto exacto que hace olvidar cualquier otra cosa.

En ese momento pensé en Rodrigo.

Pensé que estaba escuchando todo esto.

Esa idea me recorrió de arriba abajo como una descarga.

Le tiré del pelo hacia arriba antes de correrme. No quería acabar todavía, no así. Me moví para cambiar de posición. Le pedí que se recostara del todo y me ubiqué encima, con las palmas apoyadas en su pecho. Le agarré la polla con una mano, la puse contra la entrada de mi coño y me la fui metiendo despacio, sintiendo cómo me abría de a poco, cómo cada centímetro me llenaba más. Cuando la tenía toda adentro me quedé quieta un segundo, tragándola, acostumbrándome al tamaño.

Después empecé a moverme.

Al principio despacio, encontrando el ritmo. El cuerpo de Mateo respondió de inmediato: sus manos se aferraron a mis caderas sin apretar todavía, siguiéndome. Yo subía casi hasta la punta y bajaba hasta el fondo, con toda la intención, sintiendo cómo la verga me raspaba las paredes por dentro.

Fui acelerando de a poco.

El ritmo cambió. Su respiración cambió. La mía también. Mis tetas se sacudían con cada golpe de cadera y Mateo levantó las manos y me las apretó, pellizcándome los pezones, tirando de ellos hasta que un gemido largo se me escapó de la boca.

Lo miraba a él pero pensaba en Rodrigo, en la pantalla oscura del teléfono, en que en ese momento estaba viendo mi espalda, el movimiento de mis caderas, mi coño tragándose entera la polla de otro hombre, mi cara cuando algo me arrastraba sin que pudiera controlarlo.

Eso me hizo acelerar más.

Mateo arqueó las caderas hacia arriba, encontrando mi movimiento, clavándomela desde abajo con estocadas cortas y precisas. Yo me detuve un segundo para no perder el ritmo, lo recuperé enseguida, y mis manos se apoyaron en su pecho con más fuerza. El calor era concreto, concentrado, el tipo de calor que viene justo antes de algo.

—Así, sí —le dije jadeando—, seguí así, no pares.

***

Después me giré.

Me apoyé sobre las rodillas y las manos, con la espalda hacia él, el culo levantado hacia arriba. Mateo se acomodó detrás de mí. Pasó la palma por mi espalda de abajo hacia arriba antes de sujetarme las caderas con firmeza. Sentí la punta de la polla apoyarse contra la entrada, hacer presión, y de un solo empujón se la metió toda.

Grité. Un grito corto, involuntario, de esos que salen sin permiso.

El ritmo que impuso fue directo desde el primer momento. Golpes secos, profundos, la cadera contra el culo con un ruido que llenaba la habitación. Cada estocada me sacudía entera. Las tetas me colgaban y se movían al compás, y sentía los huevos golpearme suavemente contra el clítoris con cada empujón.

Yo me dejé llevar completamente. Mi cuerpo respondía sin que tuviera que pensar en nada: sentía el impacto, la presión, la verga hundiéndose hasta el fondo, y con cada repetición algo se iba acumulando de forma inevitable.

Mateo tomó mi pelo y tiró hacia atrás, no con brutalidad sino con una decisión que no dejaba lugar a interpretación. Mi cabeza fue para atrás. La espalda se arqueó. Un sonido salió de mí sin que lo hubiera planeado.

—Así, cogéme así —dije, sin saber del todo a quién se lo estaba diciendo.

—Qué coño más rico —murmuró Mateo detrás de mí, la voz cortada por el esfuerzo—. Toda húmeda, cómo me apretás.

La mano en mi pelo se soltó y cayó sobre mi cadera. Me palmeó el culo, una nalgada seca, y me lo apretó dejando la marca de los dedos. El ritmo no paró. Si algo, se volvió más regular, más insistente. Yo me movía junto con él, echándome hacia atrás para recibirlo, buscando más contacto, más profundidad. Los sonidos que salían de mí ya no tenían ningún filtro: gemidos abiertos, palabras sueltas, la respiración entrecortada.

Volví a pensar en Rodrigo.

En que estaba escuchando exactamente esto.

En que me estaba escuchando así: con la voz rota, pidiendo más, con otro hombre partiéndome en dos por detrás.

Ese pensamiento no me frenó. Me empujó más adentro de lo que ya estaba.

Bajé una mano y me toqué el clítoris mientras Mateo seguía cogiéndome. Dos, tres círculos con los dedos y el orgasmo llegó sin la advertencia que a veces da el cuerpo. Todo se tensó al mismo tiempo. Mis manos se cerraron sobre las sábanas. El coño se me contrajo alrededor de su polla en oleadas, apretándolo, y él soltó un gemido gutural sin dejar de moverse. Me quedé quieta un instante, respirando con dificultad, el cuerpo todavía pulsando, la cara aplastada contra el colchón.

Mateo esperó apenas, sacó la verga brillante de mis jugos, y me dio vuelta.

***

Nos cambiamos de posición una vez más. Yo de espaldas en la cama, él encima. Me abrió las piernas de par en par, se puso en el medio, y volvió a metérmela de una. Esta vez sin urgencia, pero hasta el fondo. Sus manos exploraban mientras se movía, sin apuro, una en mi teta y otra en mi cadera. Yo tenía los ojos entreabiertos, mirando el techo, registrando cada punto de contacto como si quisiera grabarlo.

Me levantó una pierna y me la puso sobre el hombro. El ángulo cambió y la polla me llegó a un lugar que me hizo gemir sin control. Empujaba profundo, con estocadas largas, saliendo casi entera y volviendo a meterla hasta que sentía los huevos golpearme.

—Mirame —le dije—, cogéme mirándome.

Él me clavó los ojos y no los soltó más. El ritmo fue creciendo de nuevo, de forma gradual, cada vez más fuerte, más rápido, más animal. Mis piernas rodearon su cintura casi sin intención. Lo jalé hacia adentro con los talones. Él respondió acelerando. La fricción fue aumentando, más específica, más intensa. Mi mano buscó el borde del colchón para tener algo a lo que aferrarme.

—Me voy a correr —dijo él con la voz rota.

—Adentro no —respondí—, en las tetas.

En el umbral del siguiente orgasmo, pensé en el teléfono.

En Rodrigo del otro lado de la pantalla.

En qué estaría pensando mientras me escuchaba pedirle a otro hombre que se corriera sobre mí.

Ese pensamiento me llevó al borde y me empujó a cruzarlo.

El segundo orgasmo fue diferente al primero: más lento en construirse, más profundo cuando llegó. Como una ola que se forma desde lejos antes de romper. Me sacudió entera, el coño apretándose una y otra vez, y grité algo que no fue una palabra. El cuerpo de Mateo alcanzó su punto unos instantes después: sacó la verga, se puso arriba de mí a horcajadas, se la agarró con la mano y descargó chorros gruesos de semen sobre mis tetas, mi cuello, la barbilla. Sentí el líquido tibio deslizarse entre los pechos, y una gota me llegó a los labios; saqué la lengua y la probé sin pensarlo.

Quedamos quietos.

Respirando.

La habitación en silencio.

***

Mateo se levantó al baño. Yo me quedé en la cama, mirando el techo, con el cuerpo en esa calma particular que viene después de algo así y que dura poco si uno la interrumpe. No la interrumpí. Me pasé un dedo por la piel, junté un poco del semen que todavía tenía sobre el pecho, y me lo llevé a la boca. Sabía a él, a lo que acababa de pasar, y a algo que no podía explicar.

Miré el teléfono.

La pantalla seguía oscura. La llamada seguía activa.

—¿Rodrigo? —dije en voz baja.

Una pausa corta.

—Acá estoy —respondió su voz, ronca, como si él también acabara de terminar algo—. Me la hice toda escuchándote.

Nada más. Solo eso.

Pero en esas dos frases había algo que reconocí de inmediato: no era malestar ni arrepentimiento. Era algo que él tampoco sabía cómo nombrar todavía, igual que yo.

Mateo volvió del baño. Se vistió con calma, me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Nos despedimos con un beso corto, sin promesas ni planes. Los dos sabíamos que había sido exactamente lo que tenía que ser.

En el estacionamiento, sola en el frío de la noche, con el coño todavía latiendo y la ropa pegada a la piel, abrí el teléfono.

La llamada todavía no había cortado.

—¿Me estás haciendo esperar adrede? —dijo Rodrigo.

Sonreí sola, sin que nadie lo viera.

—Sí —dije.

Escuché cómo soltaba el aire de a poco, esa forma que tenía de reírse sin usar la risa.

—Vení. Y no te limpies —dijo después—. Quiero verte así, como te dejó.

Y fui.

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Comentarios(9)

Meli95

increible!!! me engancho desde la primera linea, no pude parar de leer

Roxana_M

Por favor continualo, quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo despues

martin_rr

La tension del principio es lo que mas me gusto. Se siente real, no forzado. Muy buen relato

NadiaVR

Me recordo a algo que casi me pasa a mi jaja, no llegue a animarme en su momento. Muy bueno esto

mauro_bsas

Tremendo. Uno de los mejores que lei en este sitio, en serio

Gustavo_87

Quedo cortisimo no?? queriamos mas detalle jajaja. Nah en serio muy bueno, felicitaciones

Fran_ba

Lo que me gusto es como describis lo que sentis por dentro, eso lo hace diferente. Segui escribiendo!

LunaR_77

que buenisimo!! tenes talento, seguí así por favor

ClaudioRosario

Gracias por compartir algo tan personal. Hacia rato que no leia algo que me dejara pensando. Espero el proximo

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