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Relatos Ardientes

Mi amiga y el trío que nunca me quiso contar

La primera vez que Valeria me habló del viaje a Búzios fue a los cuatro días de haber vuelto, en mi cocina, mientras esperábamos que hirviera el agua para el mate. «Conocí a un chico», me dijo, y cuando le pregunté detalles me respondió «después te cuento». Ese después duró cuatro meses.

La versión completa la escuché un viernes a la noche, tiradas en su cuarto con una botella de vino blanco a medias y YouTube poniendo algo que ninguna de las dos escuchaba. Valeria estaba en el puff con una remera enorme de esas que le quedaban chicas antes y ahora le quedaban grandes, el pelo en un rodete deshecho, y de repente soltó una carcajada sin ningún motivo aparente.

—Paula. Nunca te conté todo lo de Búzios.

Me incorporé de golpe.

—¿Cómo que no me contaste todo? ¿Hay un «todo» que no sé?

—Hay bastante. ¿Querés los detalles o el resumen?

—Los detalles. Todos.

Valeria se tapó la cara con las manos un segundo, se rio, y arrancó.

Fue en enero, con su mamá, en auto desde Buenos Aires hasta Río y de ahí hasta Búzios. Dos días de ruta, una noche en un hotel barato en Río, y al tercer día llegaron al pueblo: calles de piedra, bougainvilleas por todos lados, el olor a sal desde cualquier punto. Se quedaron en una posada pequeña cerca de la playa João Fernandes, que tiene el agua de ese azul que parece retocado pero que es completamente real.

Su mamá tenía cuarenta y seis años y era el tipo de mujer que detiene el tráfico sin proponérselo. Alta, rubia, con esa manera de moverse que algunos tienen y que hace que la gente gire la cabeza casi sin darse cuenta. En las playas de Búzios los tipos se le acercaban con una regularidad que a Valeria le resultaba casi cómica: brasileños con cuerpos de surf, turistas con ropa cara, hombres de mediana edad que sabían perfectamente lo que estaban haciendo. «¿De onde você é, linda?», «Vem tomar um drink comigo». La mamá de Valeria agradecía con una sonrisa y seguía caminando.

Valeria, al lado. Veintidós años, un cuerpo que siempre describe con la misma palabra: «demasiado». Demasiadas curvas, demasiado culo, demasiadas tetas que le costaban tres tallas más de lo que la mayoría de los locales tenía. En la playa los que se le acercaban eran siempre los equivocados. Los borrachos del atardecer, los que te miraban la boca antes de mirarte los ojos, los que ya habían decidido lo que querías antes de preguntarte. Se sentía invisible de una manera específica: no que nadie la viera, sino que los que la veían la veían mal.

—Me hervía la sangre —me dijo—. Caminaba con el microbikini y la cabeza alta y pensaba: que miren, que se jodan. Pero por adentro me quería morir.

El quinto día apareció Nicolás. Y con él, Mateo y Gabriel.

Estaban jugando al fútbol en Geribá, la playa más grande, cerca de la orilla. Nicolás tenía veintitrés años, morocho, con esa cara de tipo que sabe que es lindo pero prefiere no mencionarlo. Mateo era rubio, más flaco, con modales de chico de colegio bilingüe. Gabriel era brasileño, veinticuatro años, piel clara contrastando con el pelo negro, y una sonrisa que cerraba silencios sin esfuerzo. Los tres veraneaban juntos, compartiendo una casa alquilada en Manguinhos.

Empezaron hablando de la manera que se habla en las playas del exterior: sin presentación formal, sin excusa, como si ya se conocieran. Tomaron açaí en un kiosco, caminaron por la Rua das Pedras mirando las vidrieras, compraron caipirinha de coco en un tarro de plástico y se sentaron en la orilla a ver pasar la tarde. Valeria me contó que Nicolás la hacía reír de una manera que no era la de los tipos que intentan impresionar. Reía con ella, no para ella.

Pasaron tres días así. Valeria y los tres, de playa en playa, de kiosco en kiosco, sin que pasara nada más que conversación y roce casual. El cuarto día, al atardecer, Nicolás la invitó a pasar por la casa.

—Los chicos están, vamos a tomar algo. Después te llevo de vuelta.

Su mamá estaba agotada y le dio el sí sin mucho análisis. Valeria compró una botellita de vodka en el camino y llegó a las ocho.

La casa era de alquiler semanal, pequeña, con muebles de mimbre desgastados y una sola cama decente en el cuarto principal. Las otras habitaciones tenían catres que crujían con solo mirarlos. Empezaron con el vodka mezclado con gaseosa de naranja, charlando pavadas, y después Mateo propuso juegos.

El «Yo nunca» arrancó inocente. Yo nunca me perdí en un aeropuerto, yo nunca comí algo sin saber lo que era, yo nunca lloré mirando una película de animación. Tomaron bastante. Después el juego migró solo hacia otro territorio, de la manera en que esas cosas migran cuando hay suficiente alcohol y suficientes ganas de que migren.

—Yo nunca estuve en un trío —dijo Nicolás, mirando a Valeria con una sonrisa que no era del todo inocente.

Valeria bebió. Los tres se volvieron un poco locos.

—Yo nunca le chupé la pija a alguien en la playa —dijo Gabriel.

Todos bebieron.

Pasaron al Verdad o Consecuencia cuando el vodka ya había hecho su trabajo. Las consecuencias fueron escalando: primero un beso entre Valeria y Nicolás, un beso largo con lengua que él le devolvió metiéndole la mano por debajo de la remera y apretándole una teta por encima del corpiño del bikini. Después que ella les tocara la pija a los otros dos por encima del short, y sintió las tres vergas duras contra la palma de la mano, cada una con su textura, cada una hinchándose más cuando se las apretaba. Después que se arrodillara frente a Nicolás y le bajara el short de un tirón.

Le saltó la polla en la cara. Gruesa, morena, con el glande brillante ya de la ansiedad. Valeria se la agarró con las dos manos, se la miró un segundo como midiéndola, y después abrió la boca y se la metió entera hasta que la punta le tocó la garganta. Nicolás soltó un gemido ronco y le puso la mano en la nuca. Ella empezó despacio, chupando desde la base hasta el glande, dejándole las bolas mojadas con la lengua, escupiéndole encima para que corriera todo con más ruido. Después subió el ritmo hasta que le mamaba la verga entera con las dos manos en la base, la boca haciendo un chapoteo húmedo cada vez que él le empujaba la cabeza. Mateo y Gabriel se habían bajado el short en el sillón y se hacían la paja mirándola, las pijas al aire, las manos yendo y viniendo despacio.

—Ahí me di cuenta de que la cosa ya no tenía vuelta atrás —me dijo—. Estaba de rodillas, chupándole la pija a un tipo que había conocido hacía cuatro días, con otros dos garcheándose al lado, y lo único que pensaba era que quería más.

La propuesta formal la hizo Gabriel, con la misma naturalidad con la que había propuesto todo lo anterior. La consecuencia de la última ronda: Valeria se queda con los tres.

Silencio. Valeria miró a Nicolás, con el hilo de saliva y presemen colgándole todavía del mentón.

—¿Ustedes quieren? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí —dijo Nicolás. Simple. Sin adorno.

Valeria tomó un sorbo largo del vaso.

—Con forro todo el tiempo. Eso no se negocia.

—Claro —dijeron los tres, casi al mismo tiempo.

Lo que pensé en ese momento, me contó Valeria, fue que había hecho ese viaje para sentirse deseada de verdad, no de lejos, no desde la indiferencia. Y en ese cuarto había tres hombres con la pija dura por ella. Era suficiente.

Empezaron solo con Nicolás, torpemente al principio. La llevó a la cama del cuarto principal, le desató el bikini de un tirón y le mordió una teta apenas la tuvo desnuda. Valeria tiene tetas grandes y él se le prendió como si tuviera hambre, chupándole los pezones hasta dejárselos duros y rojos, mordiéndole el pecho de costado, dejándole marcas que se iban a poner moradas al día siguiente. Después bajó, le abrió las piernas y le hundió la cara en el coño. Le chupó el clítoris con paciencia, con la lengua plana y ancha, y le metió dos dedos que le curvó adentro buscando ese punto que no todos saben encontrar. Valeria se arqueó, le agarró la cabeza con las dos manos y le empujó la cara contra la concha hasta que se corrió la primera vez, con las piernas temblando y los talones clavados en la espalda de él.

La cama se hundía en el medio y crujía con cada movimiento. La primera vez que Nicolás se resbaló poniéndose el forro y tuvo que agarrarse del cabecero los dos se cagaron de risa, y eso rompió algo que hacía que la escena fuera más real y menos de película. Cuando por fin se lo puso bien, la giró boca abajo, le levantó el culo agarrándole las caderas y se la metió de un solo empujón que le sacó a Valeria un grito medio ahogado contra la almohada. Empezó a garcharla fuerte de entrada, la mano abierta en el medio de la espalda, la pelvis chocándole contra el culo con un ruido seco y húmedo.

Después se sumaron los otros dos. Fue exactamente lo que Valeria describió como «un desastre coordinado»: cabezas que se chocaban, posiciones que no cerraban, Gabriel yendo a la cocina a buscar un aceite de coco que tenían para cocinar cuando Valeria se lo pidió a Nicolás para que entrara por el culo, la cama haciendo un ruido que debía escucharse desde la vereda.

Mateo se subió a la cama con la pija ya con el forro puesto y se la metió en la boca. Valeria abrió grande y se la tragó entera, mientras Nicolás la seguía cogiendo por el coño desde atrás. Los dos entraron en un ritmo: cuando Nicolás la empujaba hacia adelante, la boca de Valeria se hundía en la pija de Mateo; cuando se retiraba, ella subía. Gabriel, mientras tanto, se le acercó por el costado, le agarró una teta y se la lamió mientras se hacía la paja despacio esperando el turno.

Cambiaron. La pusieron sobre Gabriel, ella arriba, cabalgándolo. Gabriel la agarró de la cintura y la empezó a subir y bajar sobre su pija con las dos manos, mientras Valeria se apoyaba con las palmas en el pecho de él y le movía las caderas en círculo. Nicolás se puso detrás. Le echó una cantidad generosa del aceite de coco en el culo, le metió un dedo primero, después dos, y cuando la sintió lo suficientemente aflojada le puso la punta y empezó a empujar despacio. Valeria se quedó quieta un segundo, con la boca abierta, sin respirar, hasta que la cabeza de la polla de Nicolás se abrió camino y entró entera. Después soltó un gemido largo que no había soltado en toda la noche.

La cogieron a doble penetración un rato largo. Gabriel por el coño desde abajo, Nicolás por el culo desde atrás, los dos moviéndose en contratiempo para que ella siempre tuviera una polla adentro empujando. Mateo se le paró adelante de la cara y Valeria abrió la boca sin que se lo pidiera. Los tres al mismo tiempo, entrándole por los tres lados, mientras ella gemía con la boca llena y las manos apretándose las tetas ella misma, retorciéndose los pezones entre los dedos.

—Nunca en mi vida me sentí tan cogida —me dijo, sin sonreír, como constatando un hecho—. Y nunca me sentí tan a gusto adentro de mi propio cuerpo. Fue rarísimo.

Cambiaron seis o siete veces más porque ninguna posición terminaba de funcionar del todo, y en cada cambio alguien se reía o pedía perdón por haber chocado una cabeza o un codo. Valeria de costado con Gabriel atrás y Mateo adelante. Valeria a cuatro patas con Nicolás en el culo y una polla en cada mano. Valeria sentada en el borde de la cama chupando a los tres por turnos, pasando de una boca a la otra sin soltar las otras dos con las manos, dejando hilos de baba entre pija y pija.

Al final la pusieron de rodillas en el piso, sobre la alfombra. Los tres se sacaron el forro al mismo tiempo, formaron un semicírculo cerrado alrededor de ella y empezaron a hacerse la paja mirándole la cara. Valeria abrió la boca y sacó la lengua, se agarró las tetas y se las juntó hacia arriba. Nicolás fue el primero: le acabó en la boca un chorro grueso que ella tragó a medias y a medias le quedó colgando del labio. Gabriel enseguida después, también en la boca, y algo le cayó en el mentón. Mateo se corrió último, en las tetas, un chorro largo que le cruzó desde el escote hasta el cuello.

Valeria se quedó ahí un segundo, arrodillada, con la cara y el pecho embadurnados de semen, respirando fuerte. Transpirada, con las rodillas marcadas de la alfombra, y me dijo que lo que sintió en ese momento no era exactamente felicidad. Era algo más parecido a la satisfacción de haber hecho algo que sabías que ibas a hacer.

—Antes de limpiarme les pedí que me sacaran fotos con mi cámara —dijo, con una sonrisa que era mitad vergüenza y mitad orgullo—. Quería acordarme. Las tengo guardadas todavía. Se me ve la cara chorreada y los ojos brillantes. Es la foto más honesta que me sacaron en mi vida.

***

Al día siguiente, a la tarde, Valeria volvió a la casa. Los otros dos habían salido a surfear. Nicolás la recibió en la puerta con una sonrisa diferente, más quieta, menos de juego.

—Hoy es solo nuestro —le dijo.

Esa tarde fue otra cosa. Nicolás no tuvo apuro. La besó despacio en la puerta, contra el marco, con la mano en la nuca y la otra bajando por la espalda hasta agarrarle el culo por encima del short. La llevó a la cama sin el crujido porque habían puesto varias mantas debajo para amortiguar. Le sacó la ropa de a una prenda, mirándola cada vez que le descubría una parte del cuerpo, como si estuviera memorizándola.

La recorrió sin prisas. Le besó el cuello, la clavícula, entre las tetas. Le chupó los pezones despacio, uno y después el otro, haciendo círculos con la lengua alrededor y después cerrando los labios y tirando apenas hasta que ella soltó el aire de golpe. Bajó besándole el vientre, se detuvo un rato en la ingle, y después se acomodó entre sus piernas y le abrió el coño con los pulgares. Le chupó el clítoris con una paciencia que la noche anterior no había tenido, dibujándole letras con la lengua, alternando presión y suavidad, metiéndole y sacándole la lengua entera del coño. Le metió los dedos y le buscó el punto de adentro, y cuando lo encontró se quedó ahí, moviéndolos apenas, mientras seguía chupándole el clítoris.

Valeria acabó temblando contra la almohada, con las dos manos agarrándose el pelo, mordiéndose el labio para no gritar demasiado fuerte. Cuando terminó le tiró del pelo a él, tirándolo hacia arriba, y le devolvió el favor: le bajó por el cuerpo, le chupó las bolas primero, una a la vez, y después subió por la verga con la lengua hasta llegar al glande. Se lo metió en la boca sin apuro, con los ojos cerrados, con esa manera de chupar que ya no era la del día anterior. Ese día lo había hecho para calentarlo. Ese día lo estaba haciendo para gustarle.

Después se puso el forro y se la metió en misionero, con las piernas de ella abiertas y sus manos entrelazadas con las de él arriba de la almohada. La cogió despacio, con la frente pegada a la de ella, mirándola a los ojos todo el rato. Cada vez que la penetraba entero él soltaba un gemido bajito que ella le devolvía con otro. Le murmuraba cosas al oído, cosas simples como «sos hermosa» y «me gustás mucho», y Valeria me dijo que por primera vez en ese viaje le creyó a alguien.

Cambiaron a cucharita, con él detrás, la pierna de ella levantada sobre la de él y una mano en su clítoris mientras la cogía de costado. Le mordió el hombro cuando acabó él, mordida suave, dejándole la marca. Descansaron un rato y volvieron a empezar. Con ella arriba después, moviéndose despacio, apoyada con las manos en el pecho de él, dejándose caer entera y volviendo a subir. Y así otras dos veces más esa tarde, sin apuro, sin cronómetro, quedándose adentro un rato incluso después de que él terminaba.

Quedaron tendidos mirando el techo, sin hablar durante un rato. Después Nicolás le dijo que la noche anterior lo había pasado bien pero que le había dado un poco de cosa haber «compartido», porque ella le gustaba de una manera más específica. «Pero vos estabas de acuerdo, así que no me quejé», aclaró. A Valeria le pareció honesto de una manera que le resultó atípica en ese viaje.

Los días que quedaban Valeria volvía a verlo solo a él. A veces en la casa, a veces escondidos detrás de las rocas en alguna playa más tranquila. Una tarde la llevó a un mirador sobre el mar, cerca de la Praia Brava, y lo hicieron parados con el viento y el ruido de las olas de fondo. Ella apoyada contra una roca, con el vestido levantado hasta la cintura, la bombacha corrida a un costado, y él parado detrás cogiéndola despacio para no hacer ruido, con una mano tapándole la boca porque a lo lejos había gente. Se corrió adentro, con el forro, mordiéndole el cuello. Antes de que Valeria se volviera a Buenos Aires, Nicolás le pidió el número. «Cuando estés en BA me avisás. Quiero seguir viéndote.» Valeria le dijo que sí, emocionada de una manera que intentó disimular.

***

El penúltimo día, Valeria salió a caminar sola por Geribá para despejarse. Ahí apareció un brasileño que no era de los que piden permiso para acercarse: grandote, moreno, tatuado en el brazo, con esa energía de los que saben exactamente lo que quieren y lo dicen sin rodeos. Le tiró onda directamente. Valeria, calentona todavía del día anterior y con esa mezcla de confianza y nihilismo que da el final de las vacaciones, aceptó.

Fue intenso de una manera completamente diferente. El tipo la llevó a un departamento cercano y no perdió tiempo en conversación. Apenas cerró la puerta la puso contra la pared, le agarró la mandíbula con una mano y la besó metiéndole la lengua entera en la boca. Con la otra le bajó el short del bikini de un tirón y le metió dos dedos en el coño sin preámbulo, encontrándola ya mojada.

—Que puta que tás, hein —le dijo en portugués, con una sonrisa que no era del todo amable.

La llevó al colchón que había en el piso del living, sin sábana, y la puso de cuatro desde el principio. Le arrancó lo que le quedaba del bikini y se lo tiró a un costado. Le abrió el culo con las dos manos y le escupió en la concha, y después se paró detrás y se la metió toda de una, sin forro, sin jugueteo previo. Valeria dejó escapar un grito y él le agarró el pelo del rodete y le tiró la cabeza para atrás, cogiéndola fuerte, dando cachetadas en el culo que le dejaron la marca de la mano roja.

—Pide más —le dijo—. Pídemelo en español, quiero oírtelo.

—Más —dijo Valeria—. Más fuerte. Cogeme más fuerte.

Y él la cogió más fuerte, hasta que el sonido de los muslos contra su culo se escuchaba desde el pasillo. Le agarraba las tetas desde atrás y se las apretaba hasta hacerle doler. La bajó de la posición de cuatro y la puso boca arriba, le levantó las piernas y se las apoyó en los hombros, doblándola casi por la mitad. Se la metió otra vez y la cogió mirándola a los ojos con una sonrisa que no era simpática, escupiéndole encima de las tetas de vez en cuando y frotándole la saliva por el pecho.

Después la giró de costado, le levantó una pierna, y sin decirle nada le cambió de agujero. Le hizo un anal sin aviso y sin lubricante, apenas con la saliva y el flujo que le había quedado de antes, que la hizo maldecir en voz alta, morder la almohada, y que sin embargo la excitó de maneras que no supo explicar del todo. La cogió por el culo durante un rato largo, sin apuro, deteniéndose cuando ella jadeaba muy fuerte y volviendo a empezar más despacio. Le metió dos dedos en el coño mientras la seguía cogiendo por el culo y a Valeria se le nubló la vista.

—Te vas a correr en mi mano —le dijo él—. Ahora.

Y se corrió. Un orgasmo raro, distinto a todos los que había tenido con Nicolás, que le vino de una parte del cuerpo que no reconocía como propia, y que le sacó un gemido gutural que le dio un poco de vergüenza escucharse a sí misma.

Cuando él estaba por acabar la sacó y la puso de rodillas en el piso. Se la metió en la boca hasta la garganta, agarrándole la cabeza con las dos manos, dándole embestidas cortas mientras ella hacía arcadas y se le llenaban los ojos de lágrimas. Acabó en su boca, un chorro largo y grueso, y le apretó la mandíbula con la mano para que no escupiera. Valeria tragó todo.

Después la llamó un Uber con una amabilidad que le pareció casi bizarra dadas las circunstancias. Le convidó una botella de agua para el camino y le abrió la puerta de la calle.

En el Uber, con arena en los muslos, semen todavía en las comisuras, y ardor en el culo, pensó: me siento usada y al mismo tiempo completamente viva. No sé qué dice eso de mí. No tenía una respuesta. Se duchó, se puso la misma ropa y fue a cenar con su mamá como si nada hubiera pasado.

***

El último día fue con Nicolás. Luces bajas, música suave, con esa calma de las últimas veces que los dos sabían que era la última. Se desnudaron sin apuro y esa vez no hubo pose ni cambio, solo él encima de ella, ella con las piernas cruzadas atrás de su cintura, cogiendo despacio, prolongándolo todo lo que se podía. Ella se corrió dos veces así, la segunda casi al mismo tiempo que él, mordiéndole el hombro y clavándole las uñas en la espalda.

Después del sexo charlaron una hora en la cama: de sus trabajos, de Buenos Aires, de los planes que tenían y los que no. Descubrieron que tenían cosas en común que no habían mencionado antes, o que solo se mencionan cuando ya no hay mucho tiempo. Valeria me dijo que esa hora charlando fue lo más real de todo el viaje.

Y en un momento, sin pensarlo demasiado, le contó lo del brasileño del día anterior.

Nicolás se quedó callado. Valeria notó el cambio de inmediato: los ojos se endurecieron, la sonrisa pasó a ser cortés. «Ah, qué loco», dijo. Nada más. Le dio un beso de despedida seco en la mejilla. No la escribió más. Ni cuando ella llegó a Buenos Aires, ni en el Año Nuevo, ni nunca.

Valeria se quedó mirando el vaso de vino con esa sonrisa que no llega a los ojos.

—Curioso, ¿no? —dijo—. El tipo que me compartió con sus dos amigos se ofendió porque me cogí a alguien más por mi cuenta. Cómo funciona la cabeza de la gente.

Hizo una pausa larga. Después:

—Mi mamá no cogió ni una vez en todo el viaje. El brasileño que conoció el primer día la invitó a cenar en los mejores restaurantes del pueblo, la llevó a pasear en barco al atardecer, le mandó flores al hotel. Ella volvió a Buenos Aires radiante, contándome «fue tan caballero, hablamos de todo». Y quedaron en verse cuando él venga por trabajo. Yo cogí con cuatro tipos distintos, me tragué litros de leche, me dejé hacer cosas que no le conté ni al espejo, y me quedé sola igual. Siempre la misma historia: ella gana sin esfuerzo, yo hago todo y llego con las manos vacías.

Se rio bajito, pero los ojos no acompañaron la risa.

—Capaz algún día aparezca un tipo que no se asquee. O capaz no. Pero por ahora me toca esto.

Levantó el vaso para brindar.

Me quedé sin palabras porque tenía razón en algo que no sé cómo nombrar bien. Las dos habían ido al mismo lugar, a las mismas playas, bajo el mismo sol de enero. Una volvió con algo que quizás no duraría pero que era suyo. La otra volvió con recuerdos, con fotos en una cámara digital, y con la sensación de haber estado muy cerca del deseo sin poder quedarse a dormir en él.

—¿Pedimos otra botella? —pregunté.

—Pedimos otra botella —dijo Valeria.

Y eso hicimos.

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Comentarios(9)

Marito_lector

excelente!!! quede con ganas de mas

LauraM22

Dios que arranque, me enganché desde la primera línea. Seguí por favor!

MonicaR

Me encanto como lo narraste, tiene ese toque de que todo paso de verdad. Esperando la continuacion

Dante_cba

lo de Búzios me mató jaja, siempre hay algo que los amigos no terminan de contarte del todo. Me recordó a un viaje con unos amigos, igual de misterioso

nocheslocas22

tremendo, se siente autentico. Segui escribiendo!

toni_lectura

me dejo con el corazon en la boca jajaja. Seguira?

Ricky_BA

buenisimo!!! 🔥

ViajeraNocturna

La tension del principio es lo mejor. Esa sensacion de que te van a contar algo que no esperabas... muy bien escrito

juli_fan

Que buen relato, me enganche de principio a fin. Ojala haya segunda parte!

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