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Relatos Ardientes

La noche que mi esposa volvió a ser ella misma

4.6(14)

Lo que voy a contar sucedió hace poco más de un año, y todavía me cuesta encontrar la manera de contarlo sin que suene a algo que no fue. No fue una aventura. No fue una traición. Fue, de alguna manera que aún trato de entender, la noche en que Natalia volvió a ser Natalia.

Llevamos dieciséis años juntos. Dieciséis años que incluyen una hija, dos mudanzas, tres trabajos distintos y un dolor que llegó hace tres años y no quiso irse. Algo relacionado con nuestro hijo mayor que no me pertenece detallar. Lo que sí puedo decir es que ese dolor la golpeó de una manera que yo no supe cómo amortiguar. La vi apagarse despacio. Dejó de pintar, que era lo que más amaba. Dejó de poner música en la cocina. Se volvió seria de una forma que no tenía que ver con la madurez sino con el peso de algo que cargaba sola, aunque yo estuviera siempre ahí.

El aniversario fue mi iniciativa. Elegí un salón pequeño en el centro, con manteles de lino, velas y un músico que actuaba los sábados. Me lo recomendaron como un lugar íntimo y tranquilo. No me dijeron que fuera a cambiar algo en nosotros.

Xavier subió al pequeño escenario cuando ya habíamos pedido los entrantes y yo empezaba a notar que la conversación no fluía con facilidad. Natalia estaba ahí, presente pero a medias, como tenía por costumbre desde hacía tiempo. Y entonces él empezó a cantar.

Tenía una voz que parecía venir de más adentro de lo que el cuerpo debería contener. Grave, cálida, con un leve ronco que suavizaba cada nota antes de soltarla. Empezó con boleros del Caribe, siguió con baladas que yo desconocía pero que Natalia claramente sí conocía, y en la segunda canción la vi cambiar.

Dejó el tenedor en el plato. Levantó la cara. Sus labios se entreabrieron levemente, de esa manera que tiene cuando algo la sorprende pero también la reconoce, y por primera vez en meses la vi completamente en el lugar donde estaba. No a medias. No del otro lado de ese muro de tristeza que nos había separado sin que ninguno de los dos lo hubiera decidido.

Xavier tenía ese instinto de los cantantes con oficio: elegía a alguien en el salón y le cantaba directamente, con una intensidad tranquila que hacía que la persona elegida sintiera que esa canción existía solo para ella. Esa noche la eligió a Natalia. Clavó los ojos en su cara, suavizó el tono, y siguió cantando sin apartar la mirada.

Natalia lloró. No mucho, y lo disimuló sin aspavientos, pero la vi limpiar una lágrima con el dorso de la mano mientras aplaudía al final. No era un llanto de tristeza. Era el llanto de quien lleva mucho tiempo sin que algo le llegue de verdad.

Cuando agotó su repertorio y el salón lo aplaudió con ganas, Xavier se acercó a nuestra mesa. Lo invité a sentarse sin haberlo pensado demasiado. Él aceptó con una sonrisa amplia y desplegada, tomó la mano de Natalia y le depositó un beso que duró exactamente dos segundos más de lo protocolar. Ella no retiró la mano.

Hablamos más de una hora. Xavier viajaba mucho, cantaba en bares y hoteles de distintos países, y contaba las cosas con ese ritmo que tienen los hombres que han visto suficiente como para saber qué vale la pena contar y qué no. Natalia se fue descongelando despacio: primero con una sonrisa cautelosa, luego con una carcajada real que hacía tiempo no le escuchaba. Me vi a mí mismo sintiéndome aliviado y, al mismo tiempo, algo más que tardé en reconocer.

Cuando la invitó a bailar, Natalia me miró buscando permiso. Le asentí con la cabeza. La vi alejarse hacia la pequeña pista y desde la mesa los observé moverse. Sus cuerpos empezaron a distancia, con esa rigidez inicial de dos personas que apenas se conocen intentando encontrar el mismo ritmo. Pero la música los fue acercando, compás a compás, como si cada cambio de nota redujera un centímetro la distancia entre los dos.

En un momento Xavier le dijo algo al oído. Ella sonrió con los ojos cerrados y apoyó levemente la cabeza hacia su hombro. Y yo, sentado solo en la mesa con mi copa, sentí algo en el pecho que tardé en identificar. No eran celos. Era deseo. Deseo de verla así, entregada y presente. Deseo de que lo que ese hombre le estaba devolviendo no se detuviera. Se me puso dura debajo del mantel, sin aviso, mirando cómo la mano de Xavier bajaba de la cintura de Natalia hasta apoyarse justo en el nacimiento del culo, y cómo ella no se apartaba.

***

Propuse subir a la habitación cuando volvieron a la mesa. No lo había planeado: se me ocurrió y lo dije, y en el segundo siguiente ya era irreversible. Xavier nos miró a los dos con una calma que no tenía nada de sorpresa. Natalia me apretó la mano bajo el mantel.

La suite tenía champán en hielo que hacía parte del paquete de aniversario y fruta en un bol de cerámica que nadie había pedido. Elegimos música entre los tres. Natalia fue al baño y volvió con el mismo vestido pero sin los zapatos, con el pelo suelto sobre los hombros. Esa pequeña diferencia la hacía distinta. Más liviana.

Bailamos los tres en el espacio entre el sofá y la ventana, con las copas en la mano y la música muy baja. En algún momento —no recuerdo exactamente cuándo— Xavier y Natalia se besaron. No fue un momento dramático. Fue la conclusión lógica de dos horas de tensión acumulada. Yo estaba a menos de un metro viendo todo, y lo que sentí no fue lo que había esperado.

Me excité. Así de simple y sin matices. Ver a mi mujer meterle la lengua en la boca a ese hombre, ver cómo él le agarraba el culo con las dos manos por encima del vestido y la levantaba un poco contra su cuerpo, me puso la polla dura como no la sentía en años. Me acerqué despacio, puse una mano en su espalda. Ella se giró un momento para buscar mi boca también, y en ese beso había algo que no supe nombrar de inmediato pero que reconocí después: gratitud.

Xavier bajó el cierre del vestido de Natalia con cuidado, sin apuro. La tela cayó al piso y ella quedó en ropa interior negra, la que se había puesto para mí esa noche y que ahora se estrenaba delante de otro hombre. Le besó el cuello, la curva del hombro, la clavícula, mientras le desabrochaba el corpiño y le liberaba las tetas. Le pellizcó los pezones despacio, mirándola a los ojos, hasta que ella dejó escapar un jadeo bajo. Apoyó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y dejó escapar un sonido que era todo lo contrario al silencio en que había vivido los últimos dos años. Un sonido genuino, sin esfuerzo, sin nada que demostrar.

Xavier se agachó y le lamió un pezón, después el otro, chupándolos con hambre, mordiendo apenas, hasta que Natalia le agarró la cabeza con las dos manos y lo apretó contra su pecho. Le bajó la bombacha por las piernas y la dejó caer al piso. Metió la mano entre los muslos de mi mujer y ella se abrió sin resistencia. Vi cómo dos dedos de Xavier se hundían en su coño y salían brillantes, mojados hasta los nudillos. Natalia estaba empapada. Hacía meses que en nuestra cama no se ponía así.

Me senté en el borde del sofá y los observé. No por incomodidad sino porque quería ver. Quería ver a Natalia así. Xavier la trataba con atención: la miraba a los ojos antes de cada movimiento, frenaba cuando notaba que ella tensaba el cuerpo, esperaba la señal para seguir. Ella se lo agradecía con las manos, con la manera de arquearse hacia él, con la manera de restregarse contra los dedos que la seguían abriendo.

La llevó al borde de la cama, la hizo sentarse y se arrodilló entre sus piernas. Le abrió los muslos con las dos manos y le hundió la cara en el coño sin ceremonia. Yo lo veía desde un costado: la lengua de Xavier trabajando arriba, despacio primero, después con más presión, mientras dos dedos entraban y salían de ella con un ruido húmedo que llenaba la habitación. Natalia se agarró del pelo de Xavier con las dos manos y empezó a moverle la cabeza al ritmo que ella necesitaba. Le dijo, con la voz más ronca que le escuché en años:

—Así, chúpame así, no pares.

La escuché usar esa palabra y me di cuenta de que hacía años que Natalia no hablaba en la cama. Estaba desatándose delante de mí, y yo tenía la polla en la mano dentro del pantalón, apretándomela sin darme cuenta.

Xavier la lamió hasta que ella se corrió por primera vez con las piernas temblando y los talones clavados en la espalda de él. La escuché aullar bajo, casi mordiéndose el labio, y después soltar el aire de golpe como quien había estado en apnea mucho tiempo.

Se puso de pie. Se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón y los calzoncillos de una sola vez. Se me escapó el aire. Xavier tenía una polla notablemente grande, gruesa, oscura, y a Natalia se le fueron los ojos ahí sin disimulo. Se relamió los labios de una manera que yo nunca le había visto.

Natalia se arrodilló frente a él. Lo tomó con las dos manos, lo estudió un momento con esa atención que tiene cuando algo le interesa de verdad, y luego se lo metió en la boca con una concentración absoluta. Empezó por la punta, chupándola despacio, jugando con la lengua alrededor del glande, y de a poco fue bajando hasta que le entró toda. Trabajó despacio, alternando las manos con la boca en ritmos distintos: una mano en la base ordeñándolo, la otra en los huevos, y la boca subiendo y bajando por el resto. Las lágrimas que se le formaban en los ojos eran de esfuerzo y de placer mezclados, imposibles de separar. Se atragantaba, tosía apenas, se apartaba para respirar con un hilo de saliva colgándole del labio, y volvía a metérsela.

Me acerqué. Me arrodillé a su lado. Ella levantó la vista hacia mí y sin decir nada hizo un gesto que era una invitación. Tomé la verga de Xavier con la mano y la acerqué a mi boca. Nunca lo había hecho. No lo había planeado. Pero estaba ahí, tibia y palpitando entre mis dedos, y ella me estaba mirando con los labios entreabiertos, y el momento tenía una lógica propia que no pedía explicación. Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, torpe al principio, y sentí el gusto salado del semen premonitorio en la lengua.

Los dos compartimos ese momento: nuestras bocas se encontraban en la polla de Xavier, se buscaban entre sí, intercambiaban calor y saliva y el sabor de él. Natalia me chupaba a mí los labios entre lamida y lamida, con la punta de Xavier apoyada contra las mejillas de los dos. Cuando Natalia se lo metía entera hasta la garganta, yo le chupaba los huevos. Cuando yo intentaba tragarlo, ella me guiaba con la mano en la nuca, sin apuro, enseñándome. Xavier nos miraba desde arriba y nos hablaba en voz baja, diciendo cosas simples y crudas.

—Así, los dos. Qué bien lo hacen los dos juntos.

Natalia me buscó directamente para besarme y en ese beso había algo que hacía mucho tiempo que no teníamos entre los dos. Intimidad sin distancia. Cercanía sin la sombra del dolor que nos había separado.

Cuando Xavier llegó al límite, Natalia lo recibió sin retroceder. Se lo metió entera y él le agarró la cabeza con las dos manos y le vació la corrida en la boca con un gruñido largo. Vi los chorros. Vi cómo Natalia tragaba lo que pudo y cómo el resto le chorreaba por la comisura y le caía sobre las tetas. Después me buscó la boca. Nos besamos con todo eso entre las lenguas, lo compartimos, la corrida tibia y salada pasando de su boca a la mía, y fue uno de los momentos más extraños y más reales de mi vida. Le limpié con los dedos lo que le quedaba en el pecho y me lo llevé también a la boca.

***

Natalia se recostó en la cama y lo llamó con los brazos extendidos. Xavier fue paciente. Se acostó a su lado y le trabajó el coño con la mano durante un tiempo largo, atento y sin apuro, tres dedos entrando y saliendo mientras el pulgar le trabajaba el clítoris. Natalia se retorcía, arqueaba la espalda, se le escapaban jadeos cada vez más fuertes. Yo me había desnudado ya y me metí en la cama del otro lado. Le ofrecí la polla a la boca y ella la aceptó sin dejar de moverse contra la mano de Xavier. Me chupó de costado, con esa hambre nueva, mientras Xavier la seguía abriendo abajo con los dedos.

—Basta ya —le dijo ella a Xavier con la voz quebrada, dejándome un momento la polla libre—. Métemela ya. No aguanto más.

Xavier usó lubricante igual, por lo grande que era, y se acomodó entre sus piernas. Le apoyó la punta y empezó a empujar muy despacio. Natalia abrió la boca sin que le saliera sonido. Yo veía desde el costado cómo la polla oscura y gruesa se iba metiendo centímetro a centímetro en el coño de mi mujer, cómo los labios de ella se estiraban alrededor, cómo se detenía Xavier cuando notaba que ella tensaba el cuerpo, esperaba, y volvía a empujar un poco más. Era mucho. Natalia necesitó un tiempo para adaptarse. Le agarró los antebrazos con las dos manos, las uñas clavadas, y respiraba por la boca.

Y cuando lo hizo, cuando lo sintió todo adentro, dejó escapar un gemido de alivio y ya no pedía que frenara. Lo pedía más profundo y sin bajar la voz.

—Cógeme —le decía—. Cógeme fuerte. Rómpeme.

Xavier empezó a moverse. Primero en embestidas largas, sacándola casi entera y volviendo a hundírsela hasta el fondo. Después más rápido. La cama empezó a golpear contra la pared. Yo estaba a su lado, con la polla dura contra su cadera, y ella me buscó con la boca mientras Xavier la seguía cogiendo. Nos besamos con lengua, sin dejar de mirarnos, y así estuvimos los tres: ella recibiendo la verga de Xavier abajo y mi lengua arriba, yo con los ojos fijos en su cara para asegurarme de que estaba bien. La respuesta en su cara no dejaba margen para la duda. Tenía las mejillas rojas, la boca abierta, la mirada perdida.

Le agarré una teta con la mano y se la apreté. Le pellizqué el pezón. Ella me guio la mano hacia abajo, entre sus piernas, hasta donde Xavier la seguía embistiendo. Le froté el clítoris al ritmo de él. Sentía la polla de Xavier entrando y saliendo bajo mis dedos, el coño de mi mujer estirado alrededor, todo empapado.

—Me voy a correr —dijo ella con los dientes apretados—. Me voy a correr otra vez, no paren.

En un momento abrió los ojos y me buscó. No para pedirme nada. Solo para asegurarse de que yo seguía ahí. Asentí con la cabeza. Ella cerró los ojos de nuevo y se entregó completamente. Se corrió con Xavier adentro, apretándolo con el coño de tal manera que él tuvo que detenerse un segundo y respirar hondo para no acabar en ese mismo instante.

Pidió más tiempo. Pidió que la diera vuelta. Xavier la puso a cuatro patas y le agarró las caderas con las dos manos. La volvió a penetrar por atrás, más profundo todavía en esa posición, y le dio embestidas duras que la hacían avanzar sobre la cama. Natalia bajó la cara contra el colchón, con el culo bien arriba, y se ofrecía a él sin ningún tipo de reserva. Yo me puse frente a ella y le ofrecí la polla otra vez. Me la aceptó en la boca sin abrir los ojos, y así la tuvimos: cogida por los dos extremos, dando por delante y por detrás, un cuerpo entre dos hombres.

Xavier cambió el ritmo para que durara. La agarró del pelo, le levantó la cara del colchón, la hizo mirarse en el espejo grande que había frente a la cama.

—Mírate —le dijo—. Mírate cómo te gusta.

Natalia se miró. Se vio la cara colorada, la boca abierta, mi polla saliendo y entrando de sus labios, la verga de Xavier detrás desapareciendo dentro de ella. Tensó los dedos en las sábanas, apretó la mandíbula, y en algún punto dejó escapar un grito que fue cortándose solo, como algo que se desborda y se contiene al mismo tiempo. Se corrió de nuevo, más largo, más hondo, gritándolo esta vez sin miedo a que la escucharan.

Yo no aguanté. Me corrí en su boca con ella todavía temblando por el orgasmo, y ella me tragó todo sin soltarme la polla, chupándomela hasta la última gota. Xavier duró unos segundos más. La sacó a último momento y le acabó en la espalda y en el culo, largos chorros calientes que le resbalaron por la piel. Después le hundió la polla otra vez, todavía escurriendo, para dejarle adentro las últimas gotas. Yo la sostuve. Xavier la sostuvo. Los tres quedamos inmóviles unos segundos, respirando como después de una carrera.

***

Cuando todo terminó, los tres quedamos en silencio en la cama grande. Xavier descansó. Natalia y yo nos quedamos despiertos, mirando el techo, con los dedos entrelazados en el espacio entre nuestros cuerpos.

—Tengo vergüenza —dijo ella en voz baja, sin girar la cabeza.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Porque lo gocé de verdad. Sin reservas. Y sé que lo viste todo.

—Lo sé —le dije—. Por eso no tienes que tener vergüenza.

Tardó en volver a hablar.

—Lo había imaginado algunas veces, sin saber nunca si te lo podía decir. Y ahora siento que te debo algo.

—No me debes nada, amor.

—¿Estuviste bien tú también?

Le apreté la mano antes de responder.

—Sí. Hacía mucho que no te veía así.

Se quedó un momento en silencio. Luego se dio vuelta, apoyó la cabeza en mi pecho, y en algún momento nos quedamos dormidos los dos sin haber apagado la luz.

***

Xavier se fue antes del amanecer. Se vistió en silencio, recogió sus cosas, le dio un beso suave en la frente a Natalia dormida y me estrechó la mano en la puerta.

—Cuídala —me dijo.

—Eso hago —le respondí.

Cuando se cerró la puerta y volví a la cama, Natalia se movió sin abrir los ojos, me buscó con el brazo y se acomodó contra mí. Afuera empezaba a clarear.

Ha pasado casi un año desde esa noche. Natalia volvió a pintar. No de golpe: despacio, como quien retoma algo que creía perdido y descubre que los músculos todavía recuerdan cómo hacerlo. Hay días todavía difíciles. Pero hay también otros días. Días en que la veo canturrear algo en la cocina mientras prepara el desayuno, o sonreírse sola frente a una tela nueva, y sé que lo que aquella noche le devolvió no fue solo placer.

Le devolvió a sí misma. Y eso fue suficiente para mí.

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4.6(14)

Comentarios(10)

Martincho87

Tremendo relato!!! me tuvo enganchado hasta la ultima linea, que forma de contar las cosas

Lorena_Baires

hay segunda parte?? por favor que si, quede con ganas de mas

pepon78

jajaja la tension del escenario me mato, uno no espera que salga asi

Dani_88

Buenisimo. Me recordo a una situacion parecida que vivi con mi pareja en un viaje, esas noches quedan grabadas para siempre

RobertoBA

muy bien escrito, se lee de un tiron sin querer parar

PilardeNoche

La manera de describir esa tension es increible, te mete adentro de la historia sin darte cuenta. Asi se escribe

Gonza_B

esperando ansioso el proximo relato. saludos desde el sur!

marianela_82

Que lindo que lo contaste, sin ser burdo pero con todo el morbo igual. Ojalá haya continuacion

Wangchung

increible!!! mas relatos asi por favor

ClaroQueNo

se siente real, eso es lo que me gusta. no es inventado para impresionar, se nota autentico y eso engancha mas que cualquier fantasia

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