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Relatos Ardientes

Le conté mi aventura y quiso venir a la rave

Era finales de noviembre, y el aire de Roma ya tenía ese frío húmedo que se cuela por los huesos cuando vuelves caminando de madrugada. Hacía un mes desde la noche con Dario en el Vortex, y por mucho que intentara comportarme normal en la facultad y en el piso, mi cabeza volvía siempre al mismo sitio: a esa polla tan grande, a cómo me había abierto sin pedir permiso, a cómo me había hecho sentir sucia y deseada al mismo tiempo. Ya no era la chica que llegó de Sevilla con una maleta llena de buenas intenciones. Ahora quería más. Quería sentirme desbordada otra vez.

Mi compañera de piso se llamaba Carmen. Gallega, de un pueblo cerca de Pontevedra. Veintitrés años, piel muy clara con pecas dispersas en la nariz, pelo castaño con reflejos rojizos que le caía liso hasta media espalda, ojos verdes que parecían siempre estar mirando otra cosa. Era delgada, casi frágil: cintura estrecha, piernas largas pero finas, pechos pequeños y firmes que apenas llenaban un sujetador de copa B. Solía vestir ropa ancha o jerséis grandes, como si buscara desaparecer dentro de la tela. Hablaba poco, observaba mucho. Cuando reía lo hacía bajito, casi pidiendo perdón. Pero cuando se soltaba… joder, cómo se soltaba. Había roto con su novio de toda la vida tres meses atrás y desde entonces vivía en una especie de letargo: miraba Tinder, miraba a tíos en el bus, pero nunca daba el paso. Hasta que le conté lo de Dario.

Aquella noche, entre botellas de Peroni en la terraza del piso de Trastevere, le conté todo sin filtros. Cómo me había follado la boca contra la pared del baño, cómo me había partido en dos contra el lavabo del bar, cómo había sentido cada chorro caliente dentro. Carmen me escuchaba en silencio, mordiéndose el labio, las mejillas encendidas. Al final dijo, con un hilo de voz:

—Joder… yo no he sentido nunca algo así. Me da rabia.

La miré fijamente.

—Pues vente conmigo esta noche. Hay una rave en una nave abandonada en Ostiense. Techno oscuro, gente rara, hasta que salga el sol. Si aparece Dario, te lo presento. Y si no, ya nos buscaremos algo las dos.

Se quedó callada un rato, mirando el Tíber negro entre los puentes. Luego asintió despacio.

—Vale. Pero no me dejes sola mucho rato, ¿eh?

Nos arreglamos en el piso. Yo fui a por todas: body negro de encaje transparente que dejaba ver los pezones y el piercing del ombligo, minifalda vaquera deshilachada que apenas me cubría el culo, botas militares hasta la rodilla y eyeliner corrido a propósito. Carmen tardó media hora frente al armario. Al final se decidió por un vestido negro ajustado pero hasta medio muslo, de cuello alto y manga larga, con la espalda casi al aire que dejaba ver su piel pálida sin una marca. Tacones bajos, pelo suelto, un poco de brillo en los labios. Parecía la versión tímida y elegante de una chica que iba a comerse la noche sin que nadie lo viera venir.

Llegamos a la nave sobre las dos y media. La cola era corta pero intensa: máscaras, vinilo, piercings en sitios raros, olor a porro mezclado con sudor. Carmen me apretaba la mano sin disimular los nervios. Pagamos la entrada y el bajo nos aplastó nada más cruzar la puerta. Techno industrial, oscuro, con esos kicks que te masajean el estómago. Nos metimos directas en la pista. Yo bailaba sin vergüenza, brazos arriba, culo moviéndose solo. Carmen al principio se quedó dos pasos por detrás, moviendo solo las caderas, mirándolo todo con esos ojos verdes muy abiertos. Pero poco a poco se fue soltando. Acabamos bailando pegadas, su cuerpo delgado contra el mío, riéndonos sin que se nos escuchara nada por encima del bombo.

No tardó en aparecer Lorenzo. Italiano, melena recogida, tatuajes que le subían por el cuello, unos veintiséis. Empezó a bailar cerca de mí, rozándome sin invadir, esperando una señal. Le seguí el juego. Carmen retrocedió un paso, pero no se fue; se quedó mirándonos, mordiéndose el labio.

Lorenzo me cogió por la cintura.

—Ciao, ragazza. Balli da sogno.

—Tú tampoco lo haces mal —le contesté, pegándome más—. ¿Quieres algo más que bailar?

Sonrió y se fijó en mi boca.

—Voglio tutto.

Le dije a Carmen al oído:

—Voy un rato con él. Quédate cerca, ¿vale? Si me necesitas, búscame entre las cortinas.

Asintió, nerviosa pero excitada. Lorenzo me llevó detrás de unas cortinas de plástico negro, a una zona con sofás reventados y un olor dulzón a hachís. Me sentó en uno, me levantó la falda y me bajó las bragas despacio, como quien desenvuelve algo que lleva esperando todo el día.

—Sei bagnata… —murmuró, metiéndome un dedo—. Cazzo, sei tutta bagnata.

Me comió el coño con hambre. Lengua plana sobre el clítoris, dos dedos curvados dentro buscando ese punto exacto. Me corrí pronto, apretándole la cabeza con los muslos, mordiéndome el brazo para no gritar. Después se incorporó, se bajó los pantalones. Polla gruesa, recta, glande brillante. Me la metió en la boca y me folló la garganta despacio al principio, luego más fuerte.

—Ingoia, brava ragazza.

Me puso a cuatro patas en el sofá. Me la metió de una sola embestida. Dolió bonito. Me folló duro, agarrándome las caderas como si tuviera miedo de que me escapara.

—Ti piace? Dimmelo.

—Sí… más fuerte… —jadeé.

Se corrió dentro, gruñendo en italiano. Salí de detrás de las cortinas con las piernas flojas y el semen resbalándome por dentro del muslo. Carmen me esperaba pegada a la barra, una cerveza en la mano y cara de no saber dónde meterse.

—¿Bien? —preguntó bajito.

—Rápido y muy lleno —contesté riéndome—. ¿Y tú?

—He estado mirando hacia ahí… —admitió, sonrojada—. Me ha puesto mala oírte.

***

Sobre las cinco y media, cuando la fiesta ya olía a amanecer pero seguía latiendo, lo vi. Dario. En el centro de la pista, bailando con esa soltura de animal que recordaba demasiado bien. Camiseta negra sin mangas, brazos tatuados brillantes de sudor, piel oscura reflejando el blanco de los estrobos. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió de medio lado, esa sonrisa que me deshacía por dentro.

Se acercó sin prisa, abriendo a la gente con el hombro.

—Ciao, piccola. Sei tornata —dijo grave, la voz ronca por el humo.

—No podía olvidarte —contesté, pegándome a él—. Y traje compañía.

Se giró hacia Carmen. La miró de arriba abajo, despacio, sin esconder que estaba calibrándola.

—E tu chi sei?

—Carmen —dijo ella muy bajito, sin apartar la mirada—. La amiga.

Dario sonrió más amplio.

—Piacere, Carmen. Ti piace ballare?

Ella tragó saliva.

—Un poco… sí.

La cogió de la mano con suavidad, y a mí de la otra.

—Venite con me. Tutte e due.

Nos llevó a un rincón oscuro junto a unas columnas de hormigón. Pared fría a la espalda. Humo denso. El bajo retumbando como un latido demasiado grande para nuestros cuerpos.

Primero me besó a mí, profundo, lengua invadiendo, sabor a tabaco y menta. Luego se giró hacia Carmen, le levantó la barbilla con dos dedos.

—Posso? —preguntó bajito.

Asintió, temblando un poco. La besó lento, exploratorio, sin invadir. Carmen gimió bajito contra su boca.

Dario me miró por encima del hombro.

—Toglile il vestito, bionda. Voglio vederla.

Carmen no esperó a que nadie la tocara: se quitó el vestido por la cabeza ella misma. Se quedó en tanga negro y sujetador a juego, piel pálida casi blanca contra la oscuridad, cuerpo delgado temblando un poco por el frío y por los nervios.

Dario se bajó la cremallera. Sacó esa polla que yo había soñado durante un mes: larga, gruesa, ligeramente curvada, venosa, con la cabeza oscura e hinchada.

Carmen abrió mucho los ojos.

—Madre mía… —susurró—. ¿Eso entra?

—Entrerà —dijo Dario, riéndose entre dientes—. Vieni qui.

Me arrodillé yo primero. La lamí despacio, saboreando ese sabor salado que recordaba. Carmen se arrodilló a mi lado, tímida al principio. Lamimos juntas: lenguas que se rozaban, besos pequeños alrededor del glande. Dario gruñó por encima de nosotras.

—Cazzo… tutte e due… così…

Me levantó del pelo, me puso contra la pared, me levantó una pierna y me penetró despacio. Gemí alto.

—Joder… otra vez… me partes…

—Calma… puoi prenderlo tutto —susurró, empezando a moverse hondo.

Carmen se acercó por detrás, me besó el cuello, me pellizcó los pezones a través del encaje. Después se arrodilló entre nosotros y lamió donde estábamos unidos: mi clítoris, sus testículos.

—Sabéis… los dos —murmuró, voz ronca—. A los dos a la vez.

Dario me folló más fuerte. Me corrí temblando, las piernas a punto de fallarme, jugos resbalando por sus muslos.

Después le tocó a ella. La puso a cuatro patas contra la columna. Se frotó primero contra ella, embadurnándose con lo mío. Empujó despacio, milímetro a milímetro.

Carmen jadeó.

—Es… demasiado… despacio…

—Respira, piccola. Vedrai —dijo Dario, entrando un poco más con cada empujón.

Cuando estuvo dentro del todo, soltó un gemido largo, casi de alivio.

—Joder… me llena… me llena entera…

Dario empezó a moverse. Yo me puse delante, le metí la lengua en la boca mientras él la embestía. Después me senté en el suelo de cemento delante de ella, abrí las piernas, cogí su cabeza. Carmen me comió el coño mientras Dario la follaba por detrás, marcándole el ritmo a las dos.

—Dimmi che siete mie… tutte e due —gruñó Dario.

—Soy tuya… —jadeó Carmen contra mi clítoris—. Más fuerte… por favor…

Se corrió apretándolo, temblando entera, gemidos ahogados contra mi sexo. Dario aceleró el ritmo y se vació dentro de ella con un rugido que se perdió entre el bajo de la sala.

Al final volvimos a mí. Me levantó como si no pesara, piernas alrededor de su cintura, y me folló contra la pared mientras Carmen lamía desde abajo lo que iba goteando. Me corrí gritando, sin esconderlo ya. Él se vació dentro de mí otra vez, chorros calientes que sentí desbordándose.

***

Salimos al amanecer, los tres pegados, oliendo a sexo y a sudor reseco. Caminamos por la orilla del Tíber sin hablar mucho, con el cielo virando del violeta al naranja sobre los puentes. Carmen me cogió la mano con la suya helada, y dijo muy bajito:

—Gracias… por traerme.

Dario nos miró a las dos desde un escalón más arriba, las manos en los bolsillos del pantalón.

—La prossima volta… a casa mia. Letto grande. Senza fretta.

Yo sonreí, con el cuerpo dolorido y todavía lleno por dentro.

—Hecho.

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Comentarios (11)

Camilita_92

que relato!! me tiene con el corazon acelerado jajaja

SofiRios22

Por favor seguí!! quedé con ganas de saber que paso despues en la rave

Roci_Delvai

Me encantó como lo narrás, se siente muy real. Sigue subiendo!

viajera_99

Me recordó a una noche que salí con una amiga buscando a alguien del pasado... que sensacion tan rara y tan buena a la vez

Nati_Baires

Y se encontraron?? no nos dejes en suspenso así jajaja

Guti83

tremendo!!! uno de los mejores de confesiones

Tomas_Lect

El principio con la cola del local esta demasiado bien descripto, me transporté al lugar

LunaVerde22

Muy buen relato, aunque se hizo corto. Espero la segunda parte con muchas ganas :)

fede_lector

jeje me identifico con la amiga que no entiende nada pero acompaña igual

PaulaZ

La tension que se siente desde el principio es increible. Una confesion bien contada, de esas que no te las esperas tan crudas y tan honestas

Nico_Bariloche

Buenisimo!! de esos relatos que se leen de un tirón

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