Mi abuela nunca había hecho esto con dos hombres
Marco llevaba días dándole vueltas al mismo problema. Su abuela Carmela, a sus sesenta y cuatro años, había descubierto algo que según ella siempre había tenido dormido y que ahora se negaba a volver a dormir. Marco la quería con locura, y hacía semanas que entre ellos existía una intimidad que habría resultado imposible de explicar a cualquier persona ajena a su relación, pero había un límite físico que la voluntad sola no podía resolver: él era uno y ella, últimamente, parecía no conformarse con uno. Le pedía dos y hasta tres corridas por tarde, se le sentaba encima con el coño empapado apenas él terminaba de acabar dentro, y Marco, con veintitrés años y toda la voluntad del mundo, se quedaba corto.
La idea de recurrir a Diego le vino una tarde mientras tomaban cervezas en el piso de su amigo. Diego había vuelto hacía poco de un viaje largo, estaba bronceado y con esa energía particular de quien ha descansado de verdad. Le contó la situación a medias, sin los detalles más comprometedores, pero Diego era listo.
—¿Cuántos años tiene tu abuela? —preguntó.
—Sesenta y cuatro.
Diego asintió despacio.
—¿Y está bien?
—Está muy bien —dijo Marco—. Tetas grandes, culo redondo, y follando parece que tuviera treinta. Y con un apetito que no doy abasto yo solo.
—¿Me la presentas?
Marco se rio, pero la idea ya había cruzado el umbral donde las cosas se vuelven reales.
***
Carmela supo desde el primer momento que la sorpresa que le había prometido su nieto no iba a ser un ramo de flores. Llevaban suficiente tiempo siendo lo que eran como para que Marco no intentara disimular con ella. Así que cuando la llamó para decirle que pasaría por casa esa tarde con algo especial, ella fue directa al armario y sacó el vestido verde.
Era un vestido que había comprado el verano anterior, antes de que todo esto empezara, cuando todavía se compraba ropa pensando en si era apropiada para su edad. Ahora se lo probó frente al espejo sin ese tipo de consideraciones. Le ceñía la cintura, mostraba un escote justo, y la tela caía hasta la mitad del muslo con una elegancia que a ella misma le gustaba. Se pintó los labios de un rojo discreto y esperó.
Si va a traer a alguien —pensó—, que me encuentre presentable. Y con el coño listo, por si acaso.
***
El timbre sonó a las siete. Carmela escuchó la llave de Marco en la cerradura, pasos, voces. Reconoció la de su nieto y luego otra, más grave, que no reconoció. Cuando los dos aparecieron en el salón, Carmela estaba de pie junto a la ventana con una copa de vino en la mano, en una postura que no era exactamente calculada pero que tampoco era accidental.
—Abuela —dijo Marco—, te presento a Diego. Lo conozco desde la universidad.
Diego era alto, con el pelo oscuro y corto, y una sonrisa que llegaba con un ligero retraso, como si siempre estuviera considerando si valía la pena. Le tendió la mano y cuando Carmela se la estrechó, él mantuvo el contacto un segundo más de lo necesario.
—He oído hablar mucho de usted —dijo.
—Llámame Carmela —respondió ella—. Y no te creo nada de lo que te haya dicho este chico de mí.
Diego miró a Marco con un gesto que equivalía a una carcajada.
—Solo cosas buenas —dijo.
—Eso es todavía menos creíble —dijo Carmela, y los tres se rieron.
***
Se sentaron en el salón. Marco abrió una botella de vino tinto que había traído. Hablaron durante un rato de cosas sin importancia: una película que había salido esa semana, el barrio, el calor que todavía no terminaba de irse aunque ya era septiembre. Pero debajo de cada frase había otra frase. Carmela lo notaba cada vez que Diego la miraba —los ojos bajándole al escote sin ningún disimulo, deteniéndose en la línea de las tetas apretadas contra la tela verde—, y lo notaba también en la forma en que Marco se movía, más quieto que de costumbre, como quien espera a que algo empiece.
Fue ella quien lo empezó.
—Bueno —dijo, dejando la copa en la mesa con un gesto definitivo—. Voy a ahorrarles el tiempo de la actuación, que ninguno de los dos es gran actor.
Marco se rio por lo bajo.
—Abuela…
—Tú me has traído a tu amigo con una intención, y tu amigo ha venido sabiendo cuál era esa intención. —Carmela miró a Diego—. ¿Me equivoco?
Diego le sostuvo la mirada sin titubear.
—No se equivoca en nada —dijo—. Marco me contó que necesitabas una polla extra. Y aquí estoy.
—Bien —dijo Carmela, sin sonrojarse ni un poco—. Entonces podemos saltarnos la parte donde finjo que no sé lo que está pasando. Y podemos empezar a follar de una vez, que llevo desde la mañana pensando en esto.
***
Diego se levantó primero. Cruzó el espacio que los separaba con una calma que Carmela encontró inmediatamente atractiva, y cuando se inclinó hacia ella lo hizo sin prisa. La besó despacio, con una mano abierta en su mejilla, y Carmela respondió dejando que el beso tomara el tiempo que quisiera. Sabía a vino tinto y a algo más difícil de nombrar. Enseguida él le metió la lengua hasta el fondo, y ella se la chupó con ganas, mordiéndole el labio de abajo cuando se separaron.
Cuando se separaron, Marco estaba a su lado. La besó él también, de otra manera, más conocida, con la ternura particular que tenían entre ellos y que no había cambiado aunque todo lo demás sí hubiera cambiado. Pero enseguida el beso se puso obsceno: Marco le agarró una teta por encima del vestido, la apretó fuerte, y Carmela gimió dentro de su boca.
Entre los dos le bajaron las hombreras del vestido. Carmela dejó que lo hicieran sin interferir. La tela cayó hasta la cintura y la luz de la tarde entró oblicua por las rendijas de las persianas, iluminándole las tetas desnudas, todavía firmes para su edad, con los pezones ya duros como piedras.
Los dos jóvenes inclinaron la cabeza al mismo tiempo hacia su pecho, y Carmela cerró los ojos y exhaló lentamente. Marco le chupaba un pezón con la boca abierta, tirando de él con los labios, mientras Diego le mordisqueaba el otro y le pasaba la lengua alrededor. Ella les sujetó las cabezas con las dos manos, hundiéndoles la cara contra sus tetas.
—Dios mío —murmuró—. Esto es lo que necesitaba. Chúpenmelas, más fuerte.
Marco levantó el vestido por la parte baja y lo que encontró debajo —o más bien, lo que no encontró— hizo que se detuviera un segundo. El coño de su abuela estaba ahí, sin bragas, ya brillante de lo mojado que estaba, con los labios hinchados y separados como si llevara horas pidiendo guerra.
—Abuela —dijo, con un tono que era mitad reproche y mitad admiración.
—Lo pensé esta mañana —admitió ella, sin abrir los ojos—. Me pareció lo más práctico. Para qué perder tiempo con bragas si sabía cómo iba a terminar la tarde.
Diego sonrió contra su piel y bajó una mano directa al coño, metiéndole dos dedos de una vez. Carmela se abrió de piernas ahí mismo, de pie, para que él pudiera moverlos mejor.
—Estás empapada —dijo Diego contra su oreja—. Joder, cómo chorreas.
—Llevo toda la mañana así —contestó ella—. Métemelos hasta el fondo.
***
Marco se arrodilló frente a ella y le abrió las piernas con calma. Le pasó primero los labios por la cara interna de los muslos, subiendo despacio, hasta que le clavó la lengua entera contra el coño, de abajo arriba, chupándole todo el jugo que ya le corría hasta las rodillas. Carmela se aferró al respaldo del sofá con los dos puños. Él conocía su cuerpo, sabía exactamente dónde aplicar la presión y durante cuánto tiempo mantenerla: le buscó el clítoris con la punta de la lengua y empezó a lamerlo en círculos rápidos, sin descanso, mientras le metía dos dedos en el coño y otro apoyado justo en el culo, sin llegar a entrar todavía. Mientras tanto, Diego seguía con la boca en su pecho, mamándole las tetas con una avidez de crío, y con una mano recorriendo su costado, bajando despacio, hasta ir a parar al culo, que le apretó con fuerza.
—Esto no puede ser legal —dijo Carmela, con la voz menos firme de lo que habría querido.
—¿Quieres que pare? —preguntó Marco desde abajo, con la barbilla brillante de sus flujos.
—Ni se te ocurra —respondió ella—. Cómeme el coño, Marco, cómemelo entero.
Carmela atrajo a Diego hacia su boca y lo besó con ganas mientras Marco seguía entre sus piernas, chupándole ya el clítoris con los labios cerrados alrededor, tirando de él con succiones cortas que le arrancaban a ella espasmos por toda la espalda. La combinación de las dos bocas y las cuatro manos haciendo cosas distintas al mismo tiempo creaba una especie de ruido blanco placentero que le impedía pensar en nada concreto. Diego se había abierto ya la bragueta y se había sacado la polla, larga y gruesa, más gruesa de lo que Carmela se había atrevido a imaginar, y se la puso en la mano. Ella se la agarró sin dejar de besarlo y empezó a masturbarlo con el puño cerrado, arriba y abajo, apretando en cada bajada.
—Joder, qué polla tienes —le murmuró contra la boca—. Cómo la voy a disfrutar.
—No voy a poder estar de pie mucho más tiempo —avisó, con las rodillas ya temblándole.
Los dos la sujetaron.
***
Acabaron los tres en el sofá con la lógica improvisada de quien resuelve un problema en tiempo real. Diego se desnudó de un tirón —tenía el cuerpo trabajado, el pecho ancho, y la polla apuntándole hacia arriba, tensa contra el vientre— y se recostó bocarriba. Carmela se subió encima con la concentración de quien hace algo que requiere atención. Le tomó la polla con la mano, se la restregó primero por los labios del coño, empapándosela bien con sus propios jugos, y la colocó donde quería antes de bajar despacio, muy despacio, sintiendo cómo la iba llenando centímetro a centímetro, con esa mezcla de incomodidad inicial —era gruesa, más de lo que estaba acostumbrada— y luego su opuesto exacto, el placer sordo de tenerla clavada hasta el fondo, tocándole sitios que Marco solo no le tocaba.
—Ay, hijo de puta —jadeó Carmela cuando la tuvo entera dentro—. Qué grande la tienes.
Empezó a moverse encima de él, subiendo y bajando con las manos apoyadas en el pecho de Diego, con las tetas botándole a cada golpe. Diego la sujetaba por la cintura y la ayudaba a marcar el ritmo, dejándola trabajar arriba pero empujando él también desde abajo, sacándole gemidos cortos con cada envite.
Marco se subió al sofá de pie, ya desnudo también, con la polla dura frente a la cara de su abuela, y Carmela lo tomó en la boca sin que él dijera nada, porque no era necesario decirlo. Se la metió entera, hasta la garganta, con la práctica que ya tenía de tantas tardes de las últimas semanas, y empezó a chupársela mientras seguía cabalgando a Diego.
Tenerlos a los dos así, Diego llenándola desde abajo con esa polla gruesa y Marco follándole la boca despacio con la suya, con los ritmos distintos de cada uno encontrando algún tipo de acuerdo tácito, era algo que Carmela no habría sabido anticipar. No era solo el placer físico, que era considerable. Era también la atención: dos personas completamente centradas en ella, respondiendo a cada uno de sus movimientos, dos pollas atendiéndola al mismo tiempo, dos pares de manos recorriéndole el cuerpo.
Tendría que haberlo probado antes —pensó, con la boca llena de su nieto—. Décadas antes.
—¿Estás bien? —preguntó Marco, con la voz un poco ronca.
Ella lo soltó un momento, sacándosela de la boca con un hilo de saliva colgando del labio.
—Perfectamente —dijo—. No paren. Y tú, dame más profundo, cabrón —le pidió a Diego—, rómpeme el coño.
Volvió a metérsela en la boca a Marco y siguió chupándosela mientras Diego, obediente, le clavaba embestidas más fuertes desde abajo, tan fuertes que el sofá crujía bajo los tres.
***
Diego tenía las manos en su cintura y se movía desde abajo con una energía que Carmela encontraba particularmente satisfactoria. Le gustaba su manera de moverse: sin urgencia innecesaria, pero sin detenerse tampoco. En una embestida especialmente honda, le levantó un poco las caderas y le clavó la polla en un ángulo que le tocó algo dentro. Carmela dejó la polla de Marco un momento y soltó un aullido.
—Ahí, ahí —dijo—, no cambies de sitio, sigue así.
Marco, de pie en el sofá, tenía una mano en su pelo, sujetando sin tirar. Con la otra le agarraba una teta y se la pellizcaba el pezón entre los dedos.
Carmela se corrió la primera, con una intensidad que la hizo doblar la espalda y cerrar los ojos. El coño se le apretó entero alrededor de la polla de Diego, palpitando en espasmos, y le empezaron a chorrear los jugos por las pelotas de él hasta el sofá. Los sonidos que hizo no fueron los que habría elegido hacer, pero no hubo nada que elegir. Simplemente pasó, gritando el nombre de los dos alternadamente, con las uñas clavadas en el pecho de Diego.
Los dos jóvenes se detuvieron un momento, dejándola recuperar el aliento con la polla aún dentro.
—Continúen —dijo Carmela, cuando pudo hablar—. Ni de coña vais a parar ahora.
***
Cambiaron de postura dos veces más. Carmela dirigió cada cambio con la precisión de quien sabe lo que quiere y ha dejado de tener reparos en pedirlo. Se bajó de Diego, se puso a cuatro patas sobre el sofá, con el culo bien arriba y las tetas colgando, y le dijo a Diego que se pusiera detrás. Él obedeció, se arrodilló entre sus piernas, le agarró las caderas con las dos manos y le metió la polla de una embestida entera, hasta el fondo, sacándole un gemido gutural.
—Así —dijo Carmela—, dame duro.
Diego empezó a bombear con golpes largos, secos, chocando contra su culo con cada envite, mientras Marco se ponía delante y le ofrecía su polla a la boca. Carmela la abrió y dejó que él le follara la cara al ritmo que Diego le follaba el coño por detrás, atravesada por los dos como un asador, con las tetas balanceándose entre los dos cuerpos. Era exactamente el tipo de cosa que semanas atrás habría sido impensable y que ahora le parecía completamente natural.
—Joder —dijo Diego, con un tono entre admiración e incredulidad, dándole un azote en el culo que le dejó la mano marcada—. Eres increíble.
—Lo sé —respondió Carmela cuando se sacó a Marco de la boca un segundo, y los dos jóvenes se rieron.
Diego le mojó un dedo con su propia saliva y se lo apoyó en el culo, presionando despacio, entrando poco a poco mientras seguía follándole el coño. Carmela gimió y arqueó la espalda.
—Sí, ahí también —jadeó—, méteme el dedo.
Después fue ella quien pidió cambiar. Se apartaron, y Carmela empujó a Marco sobre el sofá, se le subió encima mirándole a la cara, con Diego de pie a un lado. Tomó a su nieto dentro de ella —más delgada la polla de Marco, pero exactamente en el sitio— y sintió la diferencia, lo familiar que era su cuerpo, lo bien que la conocía. Bajó despacio hasta metérsela toda y empezó a cabalgarlo mirándole a los ojos.
—Mi amor —le dijo—, mi niño.
Luego atrajo a Diego hacia su boca y lo tuvo también, chupándosela con hambre, saboreándose a sí misma en la polla de él, mientras seguía cabalgando a Marco. Diego le metió una mano en el pelo y le empujó la cabeza hacia el fondo, follándole la garganta con embestidas cortas mientras ella se dejaba, con los ojos llorosos y la saliva escurriéndole por la barbilla hasta las tetas.
En algún momento de esa segunda ronda Carmela perdió el hilo de cuántas veces había cambiado algo. Su cuerpo se movía con una fluidez que le resultaba nueva y al mismo tiempo completamente propia, como redescubrir una habilidad que siempre había tenido pero nunca había usado del todo. Se corrió otra vez encima de su nieto, esta vez más callada, mordiéndole el hombro para no gritar, con el coño ordeñándole la polla en espasmos largos.
***
Diego fue el primero en llegar al límite. Lo notó en cómo se tensaron sus manos en su cintura —ella había vuelto a tenerlo dentro después de bajarse de Marco, otra vez a cuatro patas sobre el sofá—, en un sonido que hizo contra su hombro, en la forma en que se quedó completamente quieto un instante antes de que todo cediera. Le clavó la polla hasta el fondo y se corrió dentro, con embestidas cortas y profundas, llenándola de semen caliente en chorros que Carmela sintió uno a uno. Ella lo sintió desde dentro y eso fue suficiente para llevarla a ella de nuevo, en una cadena que tenía la lógica inevitable de las cosas que llevan tiempo acumulándose. Cuando Diego se salió, un hilo espeso de su corrida le chorreó a Carmela por el muslo hasta la rodilla.
—Joder —jadeó Diego, dejándose caer sentado en el sofá—. Joder, Carmela.
Cuando Marco llegó al límite, Carmela estaba ya de rodillas en la alfombra, con los dos delante de ella. Los tomó con las manos, una polla en cada puño, y empezó a masturbarlos con ritmo, alternando la boca entre los dos: chupaba a Marco unos segundos, se la sacaba y se la metía a Diego —que todavía estaba semiduro pero se le puso otra vez firme en su boca—, volvía a Marco, siempre sin dejar de menearles la otra con la mano. Los miró desde abajo con los ojos brillantes, sacando la lengua para lamerles los glandes por turnos, chupándoles los huevos, hasta que Marco no aguantó más.
—Abuela, me corro —avisó, con la voz quebrada.
—Aquí, mi vida —dijo ella, sacándosela de la boca y apuntándosela a la cara, con los ojos cerrados y la lengua fuera—. Córrete en mi cara.
Marco se corrió a chorros, unos cuantos le cayeron en la mejilla, otros en los labios, otro en las tetas. Carmela recibió todo con la calma deliberada de quien está exactamente donde quiere estar, sin dejar de meneársela para exprimirle hasta la última gota, y luego se lo lamió del glande limpiándoselo con la boca.
Después se quedó quieta un momento, de rodillas sobre la alfombra de veinte años que conocía de toda la vida, con la cara cubierta de ellos, la barbilla, las tetas, y una satisfacción completamente desprovista de vergüenza. Se pasó dos dedos por la mejilla, recogiendo el semen de Marco, y se los chupó despacio mirando a Diego a los ojos.
***
Estuvieron en silencio un rato. Diego con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, los ojos cerrados. Marco sentado en el suelo junto a ella. Carmela se limpió la cara con la misma calma con que haría cualquier otra cosa y se sentó con las piernas cruzadas, mirándolos a los dos.
—Bueno —dijo.
—Bueno —repitió Marco sin abrir los ojos.
—Diego —dijo Carmela—, puedes volver cuando quieras.
Diego sonrió sin moverse.
—Iba a pedirte permiso para hacerlo.
***
Se vistieron despacio. Diego se despidió con un beso en la mejilla que duró exactamente lo que tenía que durar, y Marco lo acompañó hasta la puerta. Desde el salón, Carmela escuchó el murmullo de su conversación en el pasillo, alguna risa, el ruido de la puerta al cerrarse.
Cuando Marco volvió, se sentó a su lado y la miró un momento sin decir nada.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Muy bien —dijo ella—. Mejor que esta mañana.
—¿No te arrepientes?
Carmela lo pensó honestamente, con la misma honestidad con que había aprendido a pensar sobre todo esto en los últimos meses: sin justificaciones anticipadas, sin defensas innecesarias.
—De nada —dijo—. Ni un poco.
Marco sonrió, y por un segundo pareció exactamente lo que era: su nieto, veintitrés años, que había querido hacerle un regalo y lo había hecho con cuidado y con cariño.
—Abuela —dijo—, no sabes cuánto te respeto.
Carmela lo miró.
—Sí lo sé —dijo—. Por eso te dejé entrar.
Hubo un silencio cómodo entre los dos. Afuera, la calle seguía con su ruido habitual de última hora de la tarde. La luz del salón tenía esa calidad dorada de las tardes de septiembre que siempre se terminan antes de que uno esté listo.
—¿Cuándo vuelve Diego? —preguntó Carmela.
—¿Ya estás pensando en eso? —dijo Marco, volviéndose a mirarla.
—Estoy pensando en muchas cosas —dijo ella—. He descubierto tarde que tengo mucho tiempo perdido por recuperar. Y ganas de dos pollas a la vez no se me van a pasar así como así.
Marco la abrazó por los hombros con la familiaridad de toda una vida juntos.
—Trabajaremos en eso —dijo.
Y Carmela apoyó la cabeza en su hombro y pensó que sí, que eso era exactamente lo que pensaba hacer.