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Relatos Ardientes

Mi abuela nunca había hecho esto con dos hombres

4.4 (9)

Marco llevaba días dándole vueltas al mismo problema. Su abuela Carmela, a sus sesenta y cuatro años, había descubierto algo que según ella siempre había tenido dormido y que ahora se negaba a volver a dormir. Marco la quería con locura, y hacía semanas que entre ellos existía una intimidad que habría resultado imposible de explicar a cualquier persona ajena a su relación, pero había un límite físico que la voluntad sola no podía resolver: él era uno y ella, últimamente, parecía no conformarse con uno.

La idea de recurrir a Diego le vino una tarde mientras tomaban cervezas en el piso de su amigo. Diego había vuelto hacía poco de un viaje largo, estaba bronceado y con esa energía particular de quien ha descansado de verdad. Le contó la situación a medias, sin los detalles más comprometedores, pero Diego era listo.

—¿Cuántos años tiene tu abuela? —preguntó.

—Sesenta y cuatro.

Diego asintió despacio.

—¿Y está bien?

—Está muy bien —dijo Marco.

—¿Me la presentas?

Marco se rio, pero la idea ya había cruzado el umbral donde las cosas se vuelven reales.

***

Carmela supo desde el primer momento que la sorpresa que le había prometido su nieto no iba a ser un ramo de flores. Llevaban suficiente tiempo siendo lo que eran como para que Marco no intentara disimular con ella. Así que cuando la llamó para decirle que pasaría por casa esa tarde con algo especial, ella fue directa al armario y sacó el vestido verde.

Era un vestido que había comprado el verano anterior, antes de que todo esto empezara, cuando todavía se compraba ropa pensando en si era apropiada para su edad. Ahora se lo probó frente al espejo sin ese tipo de consideraciones. Le ceñía la cintura, mostraba un escote justo, y la tela caía hasta la mitad del muslo con una elegancia que a ella misma le gustaba. Se pintó los labios de un rojo discreto y esperó.

Si va a traer a alguien —pensó—, que me encuentre presentable.

***

El timbre sonó a las siete. Carmela escuchó la llave de Marco en la cerradura, pasos, voces. Reconoció la de su nieto y luego otra, más grave, que no reconoció. Cuando los dos aparecieron en el salón, Carmela estaba de pie junto a la ventana con una copa de vino en la mano, en una postura que no era exactamente calculada pero que tampoco era accidental.

—Abuela —dijo Marco—, te presento a Diego. Lo conozco desde la universidad.

Diego era alto, con el pelo oscuro y corto, y una sonrisa que llegaba con un ligero retraso, como si siempre estuviera considerando si valía la pena. Le tendió la mano y cuando Carmela se la estrechó, él mantuvo el contacto un segundo más de lo necesario.

—He oído hablar mucho de usted —dijo.

—Llámame Carmela —respondió ella—. Y no te creo nada de lo que te haya dicho este chico de mí.

Diego miró a Marco con un gesto que equivalía a una carcajada.

—Solo cosas buenas —dijo.

—Eso es todavía menos creíble —dijo Carmela, y los tres se rieron.

***

Se sentaron en el salón. Marco abrió una botella de vino tinto que había traído. Hablaron durante un rato de cosas sin importancia: una película que había salido esa semana, el barrio, el calor que todavía no terminaba de irse aunque ya era septiembre. Pero debajo de cada frase había otra frase. Carmela lo notaba cada vez que Diego la miraba, y lo notaba también en la forma en que Marco se movía, más quieto que de costumbre, como quien espera a que algo empiece.

Fue ella quien lo empezó.

—Bueno —dijo, dejando la copa en la mesa con un gesto definitivo—. Voy a ahorrarles el tiempo de la actuación, que ninguno de los dos es gran actor.

Marco se rio por lo bajo.

—Abuela…

—Tú me has traído a tu amigo con una intención, y tu amigo ha venido sabiendo cuál era esa intención. —Carmela miró a Diego—. ¿Me equivoco?

Diego le sostuvo la mirada sin titubear.

—No se equivoca en nada —dijo.

—Bien —dijo Carmela—. Entonces podemos saltarnos la parte donde finjo que no sé lo que está pasando.

***

Diego se levantó primero. Cruzó el espacio que los separaba con una calma que Carmela encontró inmediatamente atractiva, y cuando se inclinó hacia ella lo hizo sin prisa. La besó despacio, con una mano abierta en su mejilla, y Carmela respondió dejando que el beso tomara el tiempo que quisiera. Sabía a vino tinto y a algo más difícil de nombrar.

Cuando se separaron, Marco estaba a su lado. La besó él también, de otra manera, más conocida, con la ternura particular que tenían entre ellos y que no había cambiado aunque todo lo demás sí hubiera cambiado.

Entre los dos le bajaron las hombreras del vestido. Carmela dejó que lo hicieran sin interferir. La tela cayó y la luz de la tarde entró oblicua por las rendijas de las persianas.

Los dos jóvenes inclinaron la cabeza al mismo tiempo hacia su pecho, y Carmela cerró los ojos y exhaló lentamente.

—Dios mío —murmuró—. Esto es lo que necesitaba.

Marco levantó el vestido por la parte baja y lo que encontró debajo —o más bien, lo que no encontró— hizo que se detuviera un segundo.

—Abuela —dijo, con un tono que era mitad reproche y mitad admiración.

—Lo pensé esta mañana —admitió ella, sin abrir los ojos—. Me pareció lo más práctico.

Diego sonrió contra su piel.

***

Marco se arrodilló frente a ella y le abrió las piernas con calma. Lo que hizo con la boca durante los minutos siguientes hizo que Carmela se aferrara al respaldo del sofá con los dos puños. Él conocía su cuerpo, sabía exactamente dónde aplicar la presión y durante cuánto tiempo mantenerla. Mientras tanto, Diego seguía con la boca en su pecho y con una mano recorriendo su costado, bajando despacio.

—Esto no puede ser legal —dijo Carmela, con la voz menos firme de lo que habría querido.

—¿Quieres que pare? —preguntó Marco desde abajo.

—Ni se te ocurra —respondió ella.

Carmela atrajo a Diego hacia su boca y lo besó con ganas mientras Marco seguía entre sus piernas. La combinación de las dos bocas y las cuatro manos haciendo cosas distintas al mismo tiempo creaba una especie de ruido blanco placentero que le impedía pensar en nada concreto.

—No voy a poder estar de pie mucho más tiempo —avisó.

Los dos la sujetaron.

***

Acabaron los tres en el sofá con la lógica improvisada de quien resuelve un problema en tiempo real. Diego se recostó y Carmela se acomodó encima de él, ajustándose con la concentración de quien hace algo que requiere atención. Le tomó la polla con la mano y la colocó donde quería antes de bajar despacio, sintiendo cómo la llenaba, con esa mezcla de incomodidad inicial y luego su opuesto exacto.

Marco se subió al sofá de pie y Carmela lo tomó en la boca sin que él dijera nada, porque no era necesario decirlo.

Tenerlos a los dos así, Diego llenándola desde abajo y Marco en su boca, con los ritmos distintos de cada uno encontrando algún tipo de acuerdo tácito, era algo que Carmela no habría sabido anticipar. No era solo el placer físico, que era considerable. Era también la atención: dos personas completamente centradas en ella, respondiendo a cada uno de sus movimientos.

Tendría que haberlo probado antes —pensó—. Décadas antes.

—¿Estás bien? —preguntó Marco, con la voz un poco ronca.

Ella lo soltó un momento.

—Perfectamente —dijo—. No paren.

***

Diego tenía las manos en su cintura y se movía desde abajo con una energía que Carmela encontraba particularmente satisfactoria. Le gustaba su manera de moverse: sin urgencia innecesaria, pero sin detenerse tampoco. Marco, de pie en el sofá, tenía una mano en su pelo, sujetando sin tirar.

Carmela se corrió la primera, con una intensidad que la hizo doblar la espalda y cerrar los ojos. Los sonidos que hizo no fueron los que habría elegido hacer, pero no hubo nada que elegir. Simplemente pasó.

Los dos jóvenes se detuvieron un momento.

—Continúen —dijo Carmela, cuando pudo hablar.

***

Cambiaron de postura dos veces más. Carmela dirigió cada cambio con la precisión de quien sabe lo que quiere y ha dejado de tener reparos en pedirlo. En un momento ella estaba a cuatro patas sobre el sofá con Diego detrás, su polla moviéndose dentro de ella con golpes largos, mientras Marco le ofrecía la suya a su boca. Era exactamente el tipo de cosa que semanas atrás habría sido impensable y que ahora le parecía completamente natural.

—Joder —dijo Diego, con un tono entre admiración e incredulidad—. Eres increíble.

—Lo sé —respondió Carmela, y los dos jóvenes se rieron.

Después fue ella quien pidió subirse encima de Marco, mirándole a la cara, con Diego de pie a un lado. Tomó a su nieto dentro de ella y sintió la diferencia, lo familiar que era su cuerpo, lo bien que la conocía. Luego atrajo a Diego hacia su boca y lo tuvo también.

En algún momento de esa segunda ronda Carmela perdió el hilo de cuántas veces había cambiado algo. Su cuerpo se movía con una fluidez que le resultaba nueva y al mismo tiempo completamente propia, como redescubrir una habilidad que siempre había tenido pero nunca había usado del todo.

***

Diego fue el primero en llegar al límite. Lo notó en cómo se tensaron sus manos en su cintura, en un sonido que hizo contra su hombro, en la forma en que se quedó completamente quieto un instante antes de que todo cediera. Carmela lo sintió desde dentro y eso fue suficiente para llevarla a ella de nuevo, en una cadena que tenía la lógica inevitable de las cosas que llevan tiempo acumulándose.

Cuando Marco llegó al límite, Carmela estaba ya de rodillas en la alfombra, con los dos delante de ella. Los tomó con las manos, alternó la boca entre los dos hasta que Marco se corrió también, y recibió todo con la calma deliberada de quien está exactamente donde quiere estar.

Después se quedó quieta un momento, de rodillas sobre la alfombra de veinte años que conocía de toda la vida, con la cara cubierta de ellos y una satisfacción completamente desprovista de vergüenza.

***

Estuvieron en silencio un rato. Diego con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, los ojos cerrados. Marco sentado en el suelo junto a ella. Carmela se limpió la cara con la misma calma con que haría cualquier otra cosa y se sentó con las piernas cruzadas, mirándolos a los dos.

—Bueno —dijo.

—Bueno —repitió Marco sin abrir los ojos.

—Diego —dijo Carmela—, puedes volver cuando quieras.

Diego sonrió sin moverse.

—Iba a pedirte permiso para hacerlo.

***

Se vistieron despacio. Diego se despidió con un beso en la mejilla que duró exactamente lo que tenía que durar, y Marco lo acompañó hasta la puerta. Desde el salón, Carmela escuchó el murmullo de su conversación en el pasillo, alguna risa, el ruido de la puerta al cerrarse.

Cuando Marco volvió, se sentó a su lado y la miró un momento sin decir nada.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Muy bien —dijo ella—. Mejor que esta mañana.

—¿No te arrepientes?

Carmela lo pensó honestamente, con la misma honestidad con que había aprendido a pensar sobre todo esto en los últimos meses: sin justificaciones anticipadas, sin defensas innecesarias.

—De nada —dijo—. Ni un poco.

Marco sonrió, y por un segundo pareció exactamente lo que era: su nieto, veintitrés años, que había querido hacerle un regalo y lo había hecho con cuidado y con cariño.

—Abuela —dijo—, no sabes cuánto te respeto.

Carmela lo miró.

—Sí lo sé —dijo—. Por eso te dejé entrar.

Hubo un silencio cómodo entre los dos. Afuera, la calle seguía con su ruido habitual de última hora de la tarde. La luz del salón tenía esa calidad dorada de las tardes de septiembre que siempre se terminan antes de que uno esté listo.

—¿Cuándo vuelve Diego? —preguntó Carmela.

—¿Ya estás pensando en eso? —dijo Marco, volviéndose a mirarla.

—Estoy pensando en muchas cosas —dijo ella—. He descubierto tarde que tengo mucho tiempo perdido por recuperar.

Marco la abrazó por los hombros con la familiaridad de toda una vida juntos.

—Trabajaremos en eso —dijo.

Y Carmela apoyó la cabeza en su hombro y pensó que sí, que eso era exactamente lo que pensaba hacer.

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4.4 (9)

Comentarios (8)

MatiasG

Excelente relato, no pude parar de leer hasta el final!!

RosendoK

Segunda parte por favor!!! quede con muchas ganas de mas

Elisa77

Me encanto como fue desarrollando la historia, se siente cercano y natural. Felicitaciones

TabooWolf

Muy bien llevado el ritmo, no hay un momento aburrido en todo el relato. Esperando mas historias asi

lector001

corto pero muy intenso, buen trabajo

MarcoFuerte22

jaja el giro del principio no me lo esperaba para nada, tremendo

Lena_noche

Muy bueno, me tuvo enganchada desde la primera linea. Si hay una segunda parte avisá!

Klaus

Interesante propuesta, aunque me hubiera gustado que se extendiera un poco mas. Aun asi muy disfrutable

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