Descubrí el engaño cuando volvió la luz
Supe que algo no cuadraba en cuanto sentí la mano moviéndose despacio por el interior de mi muslo.
No era urgente. No era el tacto que conozco de memoria después de seis años. Era cautelosa, casi exploratoria, como si quien la extendía no quisiera llegar demasiado pronto. Y eso, en mitad de toda aquella oscuridad espesa y del calor del alcohol instalado en mi sangre, me puso en guardia antes de que mi cabeza terminara de entender por qué.
Desde el otro sofá llegaban los jadeos de Luciana. No se molestaba en disimularlos. Los sonidos subían y bajaban con la regularidad de quien lleva un buen rato enredado en algo, lo cual me indicó que yo era la última en enterarme de lo que estaba pasando en aquel salón.
La mano siguió subiendo.
***
Habíamos llegado a la cabaña el jueves por la tarde, los cuatro en el mismo coche. Marco al volante, yo en el asiento del copiloto, y Luciana con Rodrigo detrás, hablando de algo que ninguno de los dos escuchaba del todo. El camino hasta la sierra tardó dos horas largas, con una parada en una gasolinera donde compramos demasiadas cosas: dos botellas de mezcal, queso, embutido y una caja de vino que nadie había planeado comprar pero que terminó en el maletero como si siempre hubiera estado ahí.
Era el primer puente largo que pasábamos los cuatro juntos. Marco y Rodrigo eran compañeros en el mismo estudio de arquitectura; se llevaban bien, pero tampoco era una amistad de años. Luciana y yo sí. La conocí en la facultad de veterinaria cuando las dos vivíamos de préstamos y compartíamos piso en el mismo barrio. Desde entonces habíamos pasado por todo: sus dos divorcios, la mudanza a Madrid, los mensajes de madrugada cuando algo se rompe. Rodrigo era relativamente nuevo en su vida. Cinco meses, quizás seis. Callado, contenido, con una elegancia que no pregona. No era el tipo de hombre con el que Luciana solía terminar, y eso me generaba una curiosidad que nunca había llegado a nombrar.
Marco, en cambio, es todo lo contrario. Ruidoso de una forma magnética. Alto, con ese pelo oscuro que empieza a platearse en las sienes y unas manos que parecen hechas para trabajar con planos y también con el cuerpo. Llevamos cuatro años casados y todavía hay noches en que me sorprendo mirándolo como si no lo conociera del todo.
La cabaña era bonita. Piedra y madera, con una chimenea que costó arrancar la primera noche y que la última noche se apagó antes de que nadie saliera a buscar más leña. El jueves cenamos tranquilos. El viernes hicimos una caminata corta por el bosque. El sábado por la noche fue la última noche, y fue la que importa.
***
Empezamos a cenar tarde, con el viento golpeando los postigos y los truenos anunciándose desde lejos. Nadie tenía prisa. La botella de vino se vació antes de que llegara el postre, y una de las de mezcal se abrió con la excusa de que era la última noche y que el lunes ya tendríamos tiempo de arrepentirnos.
Después de recoger, Luciana sacó su reserva. Un par de cigarrillos que guardaba en una cajita de metal dentro del neceser, con esa solemnidad discreta de quien ha aprendido a dosificar los placeres. Yo no fumo. No suelo fumar. Pero era la última noche y el mezcal ya me había convencido de que podía tomar decisiones cuestionables sin consecuencias inmediatas.
Lo que empezó como conversación se fue convirtiendo en juego. Confesiones de adolescencia. Verdad o reto con adultos que hacen como si no tuvieran vergüenza. El fuego de la chimenea se había reducido a brasas anaranjadas que ya no calentaban gran cosa, y sobre la mesa de madera había una palmatoria con una vela que alguien encontró en un cajón del aparador.
Fue entonces cuando Luciana me miró con esa sonrisa que conozco demasiado bien.
—Tu turno —dijo—. Fantasía erótica. La que nunca le has dicho a nadie.
Debería haber respondido algo vago. Algo que cerrara la pregunta sin abrirla. Pero el mezcal y el humo me habían prestado una valentía que no era del todo mía, y antes de que pudiera pensarlo dos veces, lo dije.
—Hacerlo mientras otra pareja está en la misma habitación. Oírnos.
El silencio que siguió duró tres segundos exactos. Después llegaron las risas. Marco me miró con una expresión que mezcla el deseo con algo parecido al orgullo, como si acabara de ganar un punto en un partido que yo no sabía que estábamos jugando.
Luciana no rió. Sonrió. Y eso era distinto.
—¿Y si lo hacemos? —dijo, señalando la vela—. Cuando se apague, apagamos también los móviles. Lo que pase en la oscuridad, en la oscuridad se queda.
Hubo un momento en que todos miramos la llama. Temblaba con cada corriente que se filtraba por los marcos de las ventanas. Era pequeña. Pequeña y cada vez más pequeña.
—No hay huevos —dijo Marco, y en su voz había algo que no terminé de leer en ese momento.
—Somos unos idiotas —dije yo, pero me reí. Y cuando uno se ríe de algo que le da vértigo es porque una parte de él ya ha dicho que sí.
Rodrigo no dijo nada. Observaba la vela con una expresión que no logré descifrar.
Marco se levantó, llenó los cuatro vasos con los últimos dedos del mezcal y los repartió en silencio.
—Lo que pasa en la sierra —dijo, levantando el suyo a modo de brindis.
Bebimos.
***
La vela tardó menos de lo que esperaba.
Cuando la llama se apagó, la oscuridad fue total e instantánea. No de esas oscuridades que se van acostumbrando; era sólida, como si alguien hubiera tapado todos los agujeros de una caja cerrada. Dejé de ver mi propia mano delante de la cara.
El silencio duró apenas un momento. Después llegaron los sonidos: primero la lluvia, que había arreciado; después el trueno, lejano todavía; y después, muy despacio, el crujido de los cojines del sofá de enfrente. La respiración de Luciana cambiando de ritmo.
Noté la presencia de Marco a mi lado. Su peso en el sofá, su calor cercano. Me acurruqué contra él buscando el contacto, y durante un momento todo pareció exactamente lo que se supone que debía ser: dos parejas en la oscuridad, cada una en su propio mundo, cumpliendo una fantasía que en realidad era de lo más inocente.
Entonces sentí la mano.
Subía despacio por el exterior de mi muslo con una cautela que no reconocí. Marco no toca así. Marco es directo, con esa seguridad que a veces bordea la impaciencia. Esto era diferente. Tentativo. Como alguien que no sabe bien lo que tiene delante y avanza midiendo cada centímetro.
Está nervioso, pensé. Es la situación. Es distinto para los dos.
Me convencí de eso durante aproximadamente treinta segundos.
La mano llegó al borde de mi ropa interior con un movimiento que hizo que mi garganta se cerrara de golpe. No de deseo. De algo más frío, más antiguo. Una alarma que viene de antes del pensamiento racional y que el cuerpo ejecuta sin pedir permiso.
Me aparté. No de forma brusca, sino con esa firmeza instintiva que el cuerpo pone cuando algo no cuadra. Me golpeé el costado contra el reposabrazos del sofá y me quedé quieta, con el corazón acelerado y la cabeza empezando a ordenar lo que acababa de pasar.
El trueno llegó en ese momento, tan cerca que pareció caer dentro de la casa. Y con él, como si el rayo hubiera alcanzado el transformador del pueblo, la luz volvió de golpe.
***
La imagen que encontré cuando mis ojos se adaptaron al repentino resplandor quedó fijada en mi memoria con esa precisión cruel que tienen los momentos que uno nunca quiere recordar.
Rodrigo estaba de pie junto a la pared de piedra, blanco, con los ojos muy abiertos y una expresión de quien lleva un rato queriendo que lo trague el suelo.
Al otro lado de la mesa, Luciana se ajustaba el pantalón con movimientos rápidos. Sus bragas oscuras asomaban entre el tejido, y ella no me miraba a mí sino a Marco.
Y Marco tenía la mano moviéndose hacia atrás, hacia él, con esa lentitud involuntaria de quien acaba de soltar algo que no debería haber tenido. No estaba junto a mí. Estaba al otro lado de la mesa.
Todo eso lo procesé en el tiempo que tarda un parpadeo. Y aun así, lo que me quedó grabado no fue la posición ni el movimiento ni la ropa. Fue una fracción de segundo después, cuando sus ojos se encontraron. Los de Marco y los de Luciana. Una mirada brevísima, casi inexistente, que contenía todo lo que yo necesitaba saber y nada de lo que quería encontrar.
No era la mirada de dos personas que se han pillado haciendo el tonto borrachos en una noche de campo. Era otra cosa. Era el reconocimiento rápido de dos personas que comparten algo que ya existía antes de esa noche.
Rodrigo dio un paso atrás hasta que su espalda tocó la pared. Tenía cara de alguien que lleva un rato en el lugar equivocado y lo sabe.
—Tranquila —dijo Luciana, con la voz un tono más alta de lo normal—. Ha sido una broma. Todo el mundo sabe que era una broma.
Me quedé mirándola sin decir nada.
—Elena… —empezó Marco.
Lo corté con una mirada. El tipo de mirada que no necesita palabras para decir lo que dice.
—¿Una broma —repetí.
Lo dije con calma. Eso me sorprendió incluso a mí, porque por dentro estaba ocurriendo otra cosa completamente distinta: una furia ordenada, metódica, como cuando en el trabajo llega un caso complicado y algo en mi cabeza cambia de modo y empieza a diseccionar sin que la emoción interfiera.
—Cariño, déjame explicarte —dijo Marco, dando un paso hacia mí.
—Ni te acerques.
No hizo falta gritar. Él lo entendió perfectamente.
—Sois los dos adultos más idiotas que he conocido en mi vida —dije, y me fui.
Subí las escaleras sin prisa, entré en la habitación, cerré la puerta con el pestillo y me apoyé contra la madera en la oscuridad.
***
Desde abajo llegaban voces. Solo dos. Las reconocía perfectamente.
Me senté en el borde de la cama y me quedé quieta, dejando que mi cabeza hiciera lo que sabe hacer cuando la dejo sola: ordenar, repasar, buscar lo que ya sabía pero no había querido ver.
La fantasía era mía, sí. La había dicho yo, en voz alta, con la lengua suelta y el mezcal a cargo. Pero entre confesar una fantasía y ejecutarla sin el consentimiento de quien la tiene hay una distancia enorme. Y en esa distancia estaba la trampa.
Repasé la noche hacia atrás. Luciana ya llevaba un rato gimiendo antes de que yo sintiera la mano. Eso significaba que el acuerdo existía antes de que la vela se apagara. Que la apuesta de Luciana no había sido improvisada. Que la mirada que habían intercambiado cuando volvió la luz no era de sorpresa sino de catástrofe calculada.
Y si la luz no hubiera vuelto, me pregunté. Si yo no hubiera notado nada raro, si la situación hubiera seguido avanzando en aquella oscuridad cómplice.
¿Y luego qué?
¿Al día siguiente, una broma? ¿Nos reímos todos y volvemos a casa como si nada?
Lo absurdo del asunto me hizo dudar de todo. No podía ser tan sencillo. No podía ser solo una noche de alcohol y humo mal calculada. Había algo más, y yo llevaba dándole vueltas a ese algo desde el momento en que vi esa mirada, pero mi cabeza se negaba a avanzar por ese camino porque sabía adónde llevaba.
Rodrigo había permanecido en silencio durante todo el tiempo. Eso también me decía algo.
Sonaron golpes suaves en la puerta.
—Elena —dijo Marco—. Abre, por favor. Necesito que me escuches.
—Necesitas escucharte tú a ti mismo —respondí.
—Cielo —se sumó la voz de Luciana—. Estás sacando esto de contexto. El alcohol, los porros, toda la situación… Es comprensible que te hayas confundido, pero…
—Luciana —la corté—. Si vuelves a hablar, te juro que llamo a tu ex marido y le explico por qué lo dejaste.
Silencio total al otro lado de la puerta.
Me levanté, me acerqué a la puerta y la abrí de golpe.
Marco casi cayó hacia adentro. Luciana estaba un paso detrás con la mano extendida hacia él, y los dos se quedaron quietos mirándome con esa expresión de quien esperaba cualquier cosa menos la calma.
Los miré a los dos durante un segundo. Después lo miré solo a él.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
La pregunta cayó en el pasillo como una piedra en agua quieta.
Y el silencio que siguió me dijo todo lo que necesitaba saber.