La cama se nos quedó grande cuando él se fue
Lucía.
El lunes por la mañana, el silencio de Tomás todavía vibraba en cada rincón del piso. Lo había visto salir con su maleta el domingo, un beso rápido en mi frente y un abrazo largo con Diego que decía mucho más de lo que mi marido estaba dispuesto a admitir en voz alta. «Una semana en Sevilla, amor. Cliente nuevo». Y allí nos quedamos los dos, otra vez los dos, como si los últimos meses no hubieran pasado.
Diego me hizo el café, como siempre. Me besó la nuca antes de irse al despacho. La rutina se cerró sobre nosotros como una puerta pesada.
Esa noche, cuando me arrastró a la cama con esa urgencia suya de los lunes, lo sentí enseguida. La cama era demasiado grande. La cama era enorme.
—Te he echado de menos todo el día —murmuró contra mi cuello, con la voz ronca que siempre me ponía a temblar.
Me abrió las piernas con la familiaridad de los años. Su lengua bajó por mi cuerpo despacio, deteniéndose donde sabía que tenía que detenerse. Lo conocía de memoria. Sabía qué venía después y qué venía después de eso. Y ese era exactamente el problema.
Gemí cuando me chupó el clítoris, arqueé la espalda cuando metió dos dedos, le tiré del pelo cuando aceleró el ritmo. Pero por dentro, una parte de mí se sentía vacía, hueca. Faltaba el peso de otro cuerpo en la cama. Faltaba esa mirada de Tomás desde la silla del rincón mientras Diego me comía, esa sonrisa de los que saben que su turno está por llegar.
Me corrí en su lengua. Fue un orgasmo correcto, tibio, doméstico. Como un té de las cinco.
Después lo monté. Le clavé las uñas en el pecho y me empalé en su polla con la fuerza de quien quiere convencerse de algo. Diego me agarró las caderas y empujó desde abajo, gruñendo mi nombre. Yo cerré los ojos e imaginé que Tomás estaba detrás de mí, que me escupía en el culo, que se hundía en mí mientras Diego me miraba desde abajo. Imaginé los tres cuerpos sudorosos chocando en una coreografía que ya no era ajena.
Diego se vino dentro de mí con un rugido, y yo fingí un segundo orgasmo que él no sabe distinguir del primero.
Cuando se durmió, deslicé la mano bajo la sábana. Me toqué con sus restos, los dedos resbaladizos, y me corrí en silencio pensando en la última vez que los tres habíamos terminado enredados en esta misma cama. Pensé en cómo Tomás había mirado a Diego mientras lo penetraba, con esa intensidad que no se inventa. En cómo Diego había aceptado, con una rendición que yo nunca le había visto.
Algo nos faltaba. Y los dos lo sabíamos.
***
Diego.
La semana se extendía delante de mí como una autopista vacía. Tomás me había escrito un mensaje el lunes —«Llegué, todo bien, os veo el domingo»— y desde entonces, silencio de radio. Cada día era una repetición del anterior, y cada noche, una repetición del fin de semana anterior, pero descafeinada.
El martes le hice el amor a Lucía con una furia que no entendía. La puse boca abajo, le abrí las nalgas con las manos y la follé desde atrás con esa rabia callada que llevaba todo el día acumulando. Mis bolas le golpeaban el clítoris con cada embestida, ella me pedía más fuerte, y yo obedecía como un animal. Pero mientras me corría en su interior, mientras la oía gritar, mi cabeza estaba en otra parte.
Mi cabeza estaba en aquel viernes, dos semanas atrás, cuando Tomás me había puesto a cuatro patas en la alfombra del salón. Cuando había escupido en mis nalgas y se había hundido en mí sin avisar. Cuando me había agarrado del pelo y me había susurrado al oído algo que todavía no le he contado a Lucía.
Yo siempre había sido el que dirige. En mi trabajo, en casa, en la cama. Tomás me había enseñado en una sola noche lo que era no dirigir nada. Y ahora, sin él, era yo otra vez al volante. Y la dirección me pesaba más que nunca.
Al día siguiente metí a Lucía en la ducha y la follé contra los azulejos con una pierna levantada, mientras el agua caliente nos caía encima. Ella se vino con los ojos cerrados, las uñas clavadas en mis hombros, y yo la sostuve hasta que dejó de temblar. Pero cuando salió de la ducha y yo me quedé un momento más bajo el chorro, me apoyé contra los azulejos y me imaginé a Tomás detrás de mí. Sentí, casi físicamente, su mano izquierda en mi nuca y la derecha guiándose hacia mi entrada.
Me masturbé contra los azulejos con una vergüenza nueva, una mezcla de culpa y deseo que no sabía catalogar. Me corrí pensando en él. Y cuando salí de la ducha y me senté en el borde de la cama con la toalla en la cintura, Lucía me miró desde las almohadas con una sonrisa cansada que decía: «yo también».
No hizo falta hablar de eso. No hacía falta.
***
Tomás.
Sevilla bullía con su calor seco de finales de primavera. Las luces de Triana se reflejaban en el río, los bares estaban llenos, y yo llevaba tres días sin tocar a nadie. Tres días era una eternidad cuando hasta el lunes anterior había estado follando con una pareja a la que de golpe echaba de menos como un imbécil.
El trabajo me ocupaba el día —reuniones con un cliente del sector hotelero, sesiones interminables de presentaciones y café malo— pero las noches eran un agujero negro. Bajé a la barra del hotel, pedí una copa de vino y abrí la aplicación con esa culpa pequeña que ya casi no notaba.
«Pareja busca tercero. Hombre bi, discreto, sin dramas». La foto era buena: él, alto, cabeza rapada, brazos trabajados; ella, una pelirroja con los ojos muy claros y una boca que prometía. Sergio y Carla, ponía. Llevaban diez años juntos, dos años abriendo la pareja. Tres mensajes después, estábamos quedando en un bar a dos calles del hotel.
Sergio era de los que hablan mirándote a los ojos sin pestañear. Carla, de las que dejan la mano apoyada sobre tu rodilla mientras pide otra copa. A los veinte minutos sentí su pulgar trazar un círculo en mi muslo, justo donde el pantalón se ajustaba. Mi polla respondió antes que mi cabeza.
—Tenemos habitación a dos manzanas —dijo Sergio sin pedir permiso.
Subimos en el ascensor sin tocarnos, los tres mirando los números rojos en la pantalla, los tres respirando con esa contención de quien sabe que en cinco minutos no habrá contención posible.
Carla me besó nada más cerrar la puerta, con una ferocidad que me sorprendió. Me arrancó la camisa mientras Sergio observaba desde un sillón, palmeándose la entrepierna sobre los vaqueros. Ella tenía el cuerpo lleno, los pechos pesados, los pezones pálidos. Me arrodillé entre sus piernas y le lamí el sexo despacio, con la lengua plana, hundiendo la nariz en su monte hasta que el olor a su excitación me invadió.
Carla gimió y me agarró el pelo, presionándome contra ella. Sergio se levantó del sillón, se desnudó sin prisa y vino a apoyarse en el respaldo. Le miré por encima del hombro de su mujer, con la lengua todavía dentro de ella, y él me hizo un gesto silencioso: «sigue». Me gustó. Me gustó esa quietud suya, esa autoridad sin alarde, ese saber esperar el turno propio.
Carla se vino sobre mi cara con un grito ronco, los muslos cerrándose alrededor de mi cabeza. Cuando me incorporé, Sergio ya estaba detrás de mí. Sentí su mano en mi nuca, empujándome hacia abajo, y su polla rozándome el culo.
—¿Sí? —preguntó.
—Sí —contesté.
Hicimos las cosas bien. Carla se tumbó de espaldas, abriéndose para mí, y me empalé sobre ella mientras Sergio se arrodillaba detrás. Me lubricó con calma, con dedos pacientes, y entró en mí mientras yo entraba en su mujer. Las embestidas se sincronizaron en pocos segundos, su vientre golpeando mi espalda, mis caderas chocando contra las de ella. Estaba lleno por delante y por detrás, exactamente como me gustaba, exactamente como había aprendido que me gustaba.
Carla me besó con la boca abierta. Sergio me mordió el hombro. Yo gemí con la cara hundida en su cuello.
Y entonces, en el medio de todo aquello, en el medio del placer que nunca falla, los eché de menos.
Eché de menos los dedos de Lucía rascándome la espalda. Eché de menos el modo en que Diego me miraba cuando lo dominaba, esa mezcla rara de rendición y desafío que no se inventa. Eché de menos su silencio cómplice cuando los tres nos quedábamos quietos al final, recuperando el aire en la misma cama, sabiendo que mañana volveríamos a hablar de cosas normales sin mencionar nada de aquello.
Sergio se vino dentro de mí con un grito largo y se desplomó sobre mi espalda. Carla se masturbó frente a nosotros mientras yo seguía dentro de ella, hasta que se corrió por segunda vez, los dedos brillantes, los ojos fijos en los míos.
Yo no me corrí.
Lo intenté. Sergio se ofreció a chupármela, Carla se ofreció a dejarme acabar en su pecho. Pero algo se me había desconectado en algún momento, algún cable invisible que solo se conectaba con dos personas concretas, y yo no estaba dispuesto a reconocerlo en voz alta delante de aquella habitación de hotel anónima.
—Estoy cansado del viaje —mentí.
Me vestí en el baño. Me lavé la cara con agua fría. Cuando salí, Sergio y Carla estaban abrazados en la cama, riéndose por algo que no escuché. Me despedí con un beso en la mejilla de ella y un apretón de manos a él, y bajé las escaleras del hotel con la mochila al hombro.
En la calle hacía una noche templada de Sevilla. Caminé sin rumbo durante media hora, con el semen de Sergio resbalando todavía por dentro de mis muslos, con el sabor de Carla en la lengua, y con una idea cada vez más clara en la cabeza.
Saqué el móvil. Abrí la conversación de los tres, esa que tenía un nombre tonto que habíamos puesto entre risas un domingo de invierno.
«¿Cómo estáis?», escribí.
Tres puntitos aparecieron de inmediato. Lucía estaba escribiendo. Después se sumó Diego.
«Te echamos de menos», puso ella.
«Mucho», puso él.
Me senté en un banco de la plaza y leí los dos mensajes durante un minuto largo. Una semana, había prometido. Cinco días aún por delante. Y de pronto cinco días me parecieron una broma cruel, un número que alguien había inventado para castigarme por algo que ni siquiera había hecho mal.
Me llevé el móvil al pecho. La pantalla seguía encendida cuando cerré los ojos.
Sabía que iba a llamar a la oficina por la mañana. Sabía que iba a inventar cualquier excusa. Sabía que iba a comprar el primer billete de vuelta y que no les iba a avisar, porque quería verles la cara cuando abriera la puerta y se dieran cuenta de que la semana no había aguantado, de que yo no había aguantado, de que ellos tampoco.
Lo que había empezado como un experimento de tres adultos curiosos había dejado de ser un experimento hacía mucho. Y esa noche, en aquel banco de Sevilla, con dos desconocidos durmiendo desnudos a unas calles de allí y mi vida real esperándome en otra ciudad, lo entendí del todo: ya no éramos una pareja con un invitado. Éramos otra cosa. Y yo no quería volver a ser de ningún otro modo.