La noche que invitamos a un desconocido a casa
Conocí a Lucía en un congreso de logística en Sevilla, hace ya tres años. Yo vivía entonces en Barcelona, ella dirigía la delegación regional de una empresa farmacéutica en una ciudad costera del sur. Yo tenía cuarenta y dos, ella treinta y ocho. Los dos arrastrábamos un divorcio reciente y la promesa, supuestamente firme, de no volver a complicarnos la vida.
Esa promesa duró exactamente lo que tardamos en compartir un taxi de vuelta al hotel.
A las pocas semanas ya habíamos asumido que aquello no era un capricho. Nos enamoramos como se enamora la gente que ya ha aprendido a perder cosas: con prisa, con miedo, con una intensidad que asustaba un poco. Como cada uno tenía su trabajo y su vida en una ciudad distinta, nos veíamos solo los fines de semana. Yo tomaba el AVE los viernes por la tarde o ella subía a Barcelona si tenía visita médica el lunes.
Esa distancia, lejos de enfriar nada, lo encendió todo. Los viernes por la noche y los sábados se transformaron en una especie de festín privado donde nada estaba prohibido. Sexo en el coche en una zona de descanso de la autopista, en el baño de un restaurante demasiado caro como para que el camarero se atreviera a llamar la atención, una mano traviesa por debajo de la mesa en una cena con amigos. Una vez, en la barra de un bar de copas en el Born, le metí los dedos por debajo del vestido mientras la abrazaba contra mí. Nadie se enteró. O nadie quiso enterarse.
En la cama empezamos a hablar. Esa fase que muchas parejas saltan, nosotros la convertimos en una herramienta. Le contaba aventuras antiguas mientras la acariciaba, ella me contaba las suyas mientras me la chupaba sin prisa. La idea de los dos compartiendo recuerdos, con el otro mirando, escuchando, excitándose, fue el primer ladrillo de lo que vino después.
Yo tenía bastantes experiencias previas con tríos. En mis años de soltero había sido habitual de un local llamado «Travesía», un sitio discreto en el barrio gótico donde se movía gente que sabía lo que buscaba. Allí había conocido a varias parejas, algunas con las que mantuve contacto durante meses. A Lucía esas historias le encendían algo. En particular una, un viaje que hice en su día a Valencia para conocer a un matrimonio mayor que yo. Me la pidió tantas veces que terminé contándosela como un cuento de antes de dormir, con detalles distintos cada vez. Y siempre acabábamos los dos corriéndonos a la vez, ella imaginándose que era esa mujer y yo imaginándomela en su lugar.
Un sábado por la mañana, desayunando en la cama, propuso dar un paso más. Crear un perfil en una de esas páginas de contactos donde las parejas buscan a un tercero. No tenía intención de hacer nada, dijo. Solo quería ver. Solo quería que las fantasías tuvieran cara y nombre.
Acepté. Por supuesto que acepté.
Ella se encargaba de gestionar los mensajes. Yo le pedía que me leyera las propuestas en voz alta mientras cenábamos. Algunas nos hacían reír, otras eran tan torpes que daban pena, y unas pocas, muy pocas, conseguían que nos miráramos por encima del plato y que cenáramos a toda prisa para subir al dormitorio.
Una tarde de marzo recibió un mensaje distinto. Un chico, treinta y pocos, con una sola foto, decente, sin nada explícito. Lo que la enganchó no fue la imagen, fueron sus palabras. Escribía bien. Tenía sentido del humor, ironía, una calma que no se podía fingir.
—Este sí —me dijo, pasándome el móvil.
Lo leí dos veces. Tenía razón.
***
El intercambio duró tres semanas. Lucía controlaba el ritmo. Yo me limitaba a leer las conversaciones cuando ella me las enseñaba, sentado en el sofá con su cabeza apoyada en mi hombro. Una noche, después de un rato largo de silencio, dijo:
—Me gustaría conocerlo.
—¿En persona?
—En persona. Pero quiero que lo organices tú.
Me lo tomé en serio. Quería que saliera bien. Si funcionaba, queríamos repetir, y la primera vez condiciona todo lo que viene después. Le escribí al chico, le expliqué cómo lo veíamos: sin prisas, sin presión, una cena para conocernos, sin que nadie tuviera que comprometerse a nada más. Si después había feeling, ya veríamos. Si no lo había, una buena noche y a otra cosa. Aceptó sin pegas. Eso ya me dijo bastante de él.
Quedamos un viernes de finales de abril en una terraza de la calle Aribau. Era esa primavera tibia que en Barcelona dura quince días y luego se convierte en verano sin avisar. Lucía llevaba un vestido amarillo claro, escotado por delante, y una chaqueta de hilo que se quitó nada más sentarse. Me había puesto nervioso vistiéndose. La había visto cambiar tres veces, descalza, frente al espejo, y cuando finalmente eligió ese vestido lo eligió pensando en él, no en mí. Y eso, lejos de molestarme, me puso a doscientos.
Adrián apareció con cinco minutos de antelación. Treinta y dos años, complexión delgada, frente despejada, una camisa azul marino con las mangas dobladas hasta el codo. Olía bien. Hablaba mejor. A los diez minutos teníamos los tres una cerveza en la mano y nos habíamos olvidado de por qué estábamos allí.
La copa se convirtió en cena. Bajamos hasta «La Trastienda», un sitio de pescado fresco que conocía desde hacía años. Pedimos una bandeja de marisco, dos platos para compartir y una botella de albariño. Adrián era buen conversador, hablaba de su trabajo de arquitecto sin postureo, escuchaba con atención cuando Lucía contaba algo. La miraba. La miraba de un modo concreto. Y ella se daba cuenta. Yo veía cómo se ruborizaba ligeramente cada vez que él inclinaba la cabeza para escucharla mejor.
Pedimos postre solo para alargar la noche.
—Una última copa en casa —propuso Lucía hacia la medianoche—. Pero tengo que dejar una cosa clara: solo una copa. No voy a ir más allá esta noche. Solo no quiero que termine tan pronto.
Adrián asintió como si nada le pareciera más razonable. Yo asentí también. Pedimos la cuenta y un taxi.
***
Vivíamos en un piso del Eixample, sexta planta, balcón con macetas. Subimos los tres callados, ese tipo de silencio que no es incómodo pero que pesa. Preparé tres gin tonics mientras Lucía ponía música baja. Adrián se sentó en el extremo del sofá y ella se acomodó entre nosotros, con la falda recogida sobre las rodillas y los pies descalzos.
Estaba nerviosa. Lo notaba en la manera en que sostenía el vaso, en cómo le temblaba un poco la voz cuando hacía un comentario gracioso para llenar el silencio. Adrián también lo notó. Hizo lo único correcto que se podía hacer en ese momento: posarle una mano en el hombro y decirle que no tenía que pasar nada que ella no quisiera.
—Date la vuelta —le pidió—. Te voy a hacer un masaje en el cuello. Para que te relajes. Solo eso.
Ella me miró. Yo asentí. Se giró hacia mí, dándole la espalda a Adrián, y dejó que sus dedos empezaran a moverse sobre los músculos de la nuca. Cerró los ojos.
—Qué bien lo haces —murmuró.
Y entonces todo se rompió por dentro.
Me miró. Tenía los ojos brillantes, los labios entreabiertos. Me incliné y la besé. Sin prisa, como cualquier viernes. Mientras me besaba, los dedos de Adrián seguían bajando, hombros, omóplatos, costados. Mi mano se metió por debajo del vestido, le subí la falda hasta los muslos y deslicé los dedos hasta encontrar la tela de su ropa interior. Estaba empapada. Se separó un instante, me miró fijamente, sonrió. Y cuando mis ojos le dijeron lo que ella necesitaba oír, se giró y besó a Adrián.
A partir de ahí todo dejó de tener orden.
Las manos eran muchas, las bocas también. Le bajamos el vestido entre los dos, tirante a tirante, sin dejar de besarla. Adrián le desabrochó el sujetador con una habilidad que me hizo sonreír por dentro. Yo le mordí el cuello mientras él le acariciaba los pechos. Lucía jadeaba con la cabeza echada hacia atrás, una mano en mi pelo y la otra buscando el pantalón de él.
Adrián se arrodilló frente al sofá. Le quitó las bragas con una lentitud deliberada, mirándola a los ojos. Ella abrió las piernas sin que nadie se lo pidiera, ofreciéndose, expuesta a la luz tenue del salón. Cuando él inclinó la cabeza y empezó a lamerla, Lucía cerró los ojos, agarró mi mano y la apretó tan fuerte que pensé que me iba a romper algo.
La imagen es de las que no se olvidan. Mi mujer, con las piernas abiertas sobre el sofá de nuestra casa, otro hombre arrodillado entre sus muslos, su lengua moviéndose despacio, ella gimiendo con la boca contra mi cuello, susurrándome cosas que no tenían ni pies ni cabeza. Le agarré la cabeza a Adrián para guiarlo, y él se dejó guiar. Lucía empujaba las caderas contra su boca, pidiendo más, marcándole el ritmo.
Cuando se corrió, gritó. Un grito limpio, sin filtros, de los que probablemente despertaron al vecino del quinto. Levantó la cabeza, me miró. La miró a ella. Yo entendí qué necesitaba oír.
—Fóllatela —dije.
Lucía abrió las piernas todavía más, las levantó, me apretó la mano. Adrián se desvistió a toda prisa, sin pudor, con la respiración entrecortada. Cuando colocó la punta en la entrada de su sexo, Lucía soltó un gemido de anticipación que me puso al borde sin tocarme. Empujó despacio. Empujó otra vez. Empujó hasta el fondo. Y entonces ella soltó un sonido que llevo grabado.
Empezó suave. Le agarró las nalgas, marcó un ritmo lento, deliberado. Su cuerpo entraba y salía del de ella, mientras Lucía me miraba a los ojos y me decía sin palabras todo lo que estaba sintiendo. Luego apretó el ritmo. Luego él la besó en la boca mientras seguía moviéndose, y vi cómo ella le metía la lengua hasta el fondo, como si quisiera fundirse con él.
Mi mujer es multiorgásmica. Encadena un orgasmo tras otro hasta que el cuerpo le pide tregua. Esa noche descubrió que con cuatro manos y dos bocas podía llegar mucho más lejos. Cuando se dio cuenta de que yo no me iba a apartar, de que estaba allí mirándola y deseándola más todavía, algo se soltó dentro de ella. Tomó la iniciativa. Empujó a Adrián, lo tumbó de espaldas, se montó encima. Me miró por encima del hombro y me hizo un gesto con la cabeza para que me acercara. Mientras cabalgaba a Adrián, se inclinó hacia adelante y me la chupó con una concentración que no le había visto nunca.
Acabamos en el dormitorio. Acabamos en todas las posturas que se nos ocurrieron y en algunas que improvisamos. Acabamos los tres a la vez en algún momento. Acabamos también solos. Acabamos riendo, hablando, fumando con el balcón abierto. Adrián se fue a las seis de la mañana, con un café en la mano y un beso largo de despedida que no fue solo para Lucía.
***
Mi plan de ir poco a poco no había funcionado. Pero no funcionó porque no hizo falta. Todo fluyó mejor y más fácil de lo que ninguno de los tres había imaginado.
—¿Quién lo iba a decir? —dijo ella al meterse en la cama de nuevo, conmigo, con los ojos brillantes y la sonrisa ancha.
Quién lo iba a decir, en efecto.
En otro momento contaré las veces que vinieron después, las cosas que aprendimos los tres juntos, las posturas que descubrimos por accidente y las que buscamos a propósito. Porque lo de aquella noche fue solo el principio.
Hoy solo quería contaros cómo empezó.