Mi amiga me confesó su segundo trío con el mismo hombre
Camila volvió a aparecer por casa un jueves a la noche, con el pelo rosa recién retocado y esa sonrisa nerviosa que yo ya tenía catalogada. La conocía desde sexto grado y había aprendido a leer cada uno de sus gestos: el labio mordido cuando dudaba, el pie golpeando el piso cuando estaba ansiosa, la forma en que se acomodaba el flequillo detrás de la oreja cuando estaba a punto de soltar una bomba.
Esa noche entró al cuarto, cerró la puerta con el pie y se tiró sobre mi cama bocabajo.
—Romi, pasó otra vez —dijo contra la almohada.
Yo me quedé congelada con el mate en la mano.
—¿Otra vez qué, Cami?
—Otro trío. Con el mismo Matías. Y esta vez fue… distinto.
Crucé las piernas sobre el colchón, le pasé el mate y le hice esa cara que ella conocía de memoria: «contame todo, ya, sin saltarte nada».
Camila se mordió el labio, respiró hondo y empezó.
***
Era una noche cualquiera en el departamento de Tomás. Habíamos cogido tranquilos, estábamos los dos desnudos, sudados, tirados sobre las sábanas revueltas. Él me acariciaba el pelo y yo tenía la cara apoyada en su pecho, escuchando cómo se le calmaba el corazón. Y entonces, de la nada, soltó la pregunta:
—¿Te animarías a repetir con Matías?
Levanté la cabeza tan rápido que casi nos golpeamos. Lo miré con los ojos enormes, como si me hubiera dicho que se quería mudar a Marte.
—¿En serio? —murmuré—. Pensé que había sido una sola vez…
Él me sonrió de costado. Esa sonrisa que ya conocía. La que usaba siempre que quería convencerme de algo y sabía que iba a lograrlo.
—Lo nuestro estuvo bárbaro, Cami. Vos estabas hermosa entre los dos. Y la cara que ponías cuando te tenían en cuatro… ¿no te dieron ganas de volver a sentir dos pijas a la vez?
Me quedé en silencio. Mucho rato. Mirando la pared, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba sin permiso. Romi, te juro que no estaba convencida. Tenía un nudo en la panza. Recordaba la primera vez con sentimientos encontrados: el morbo, sí, pero también esa sensación rara de la mañana siguiente, cuando me miré al espejo y no supe muy bien quién era la chica que me devolvía la mirada.
Pero también me acordaba de otras cosas. De lo mojada que había llegado al final. De cómo se me había puesto el cuerpo cuando uno me cogía mientras chupaba al otro.
—No sé, amor —le dije bajito—. Me da vergüenza. Y un poco de miedo. La otra vez fue muy intenso.
Él me abrazó más fuerte y me besó en la frente.
—Mirá, si no querés, no pasa nada. Pero a mí me encanta verte así, entregada. Mi nena obediente. Si decís que sí, lo organizamos tranquilos, en un fin de semana. Solo una vez más. Y si en cualquier momento querés frenar, frenamos. ¿Sí?
Otro silencio largo. La calentura traicionera me ganó. Le dije que sí.
Esa misma noche agarró el celular y le escribió a Matías. El tipo respondió en menos de dos minutos, entusiasmado. Quedaron para el sábado siguiente, a la noche, en su departamento de Caballito. Las mismas reglas que la primera vez: nada de doble penetración con él, todo lo demás permitido.
***
Llegó el sábado y me preparé como si fuera a una primera cita, pero sabiendo perfectamente que no lo era. Me puse un vestido corto color crema, conjunto de encaje rosa pálido debajo, el pelo suelto, gloss brillante. Me miré al espejo durante un largo rato. Tomás me pasó a buscar. Antes de subir al auto me agarró la cintura y me susurró al oído:
—Hoy vas a estar hermosa entre los dos otra vez.
Sentí la tanga humedecerse en el ascensor.
Matías nos abrió la puerta como si fuéramos amigos de toda la vida. Camisa blanca, jean oscuro, una sonrisa amplia. Nada de tensión. Nada de mirada pesada.
—Pedí pizza y compré unas birras —dijo apenas entramos—. Pensé que estaría bueno comer algo primero, charlar, total no tenemos apuro.
Respiré aliviada. Era exactamente lo que necesitaba. Nos sentamos los tres en el sillón del living como si fuera una juntada normal. Tomás y Matías hablaban del partido del fin de semana anterior, yo agarraba muzzarella con tomate y reía cuando había que reírse. Por dentro sentía el nudo, pero también sentía cómo se me iba aflojando con cada minuto.
Es solo una juntada. Después vemos.
Matías me caía bien. Ese era el problema. Era simpático, no me miraba como un degenerado, no me hacía sentir incómoda. Me preguntaba por mi trabajo, por mi familia, se reía de los chistes flojos de Tomás. Cuando terminamos las dos pizzas y la última birra, levantamos los platos entre los tres, los dejamos en la cocina y volvimos al living. Ahí sí, el aire cambió.
—Bueno… ¿pasamos al cuarto? —dijo Matías, con la voz un tono más grave.
Asentí. Tomás me agarró la mano. Caminamos los tres por el pasillo.
***
El dormitorio estaba con luz tenue. Una lámpara de sal sobre la mesita tiraba esa luz anaranjada que vuelve a la piel más cálida. La cama tendida, las almohadas acomodadas. Olía a algo cítrico, no sé si era el difusor o un perfume. Más prolijo todavía que la primera vez.
Apenas la puerta se cerró, Matías cambió. Como si hubiera dejado al chico simpático del living en el sillón y entrara al cuarto otro hombre. Se paró frente a mí, me miró fijo y me señaló el piso con la cabeza.
—Arrodillate, Cami. Empezá por nosotros dos.
Me puse roja al instante, pero obedecí. No pregunté nada. Doblé las rodillas y me apoyé sobre la alfombra. Tomás y Matías se pararon delante de mí, se aflojaron los pantalones y los dejaron caer hasta los tobillos. Las dos pijas ya estaban a medio endurecer.
Empecé por Tomás, despacio, con la boca caliente y húmeda. Después pasé a Matías. Esa era la otra que todavía me impresionaba: más gruesa, un poco más larga, pesada en la lengua. Iba y venía entre los dos, alternando, babeándolas, usando la lengua de la forma que sabía que les volvía locos. Los dos respiraban cada vez más fuerte. Matías me apoyó la mano en la nuca y empezó a guiarme el ritmo.
—Así, buena chica. Chupanos a los dos.
Yo lo miraba desde abajo, con la boca llena, los ojos brillantes.
Después de un rato, Matías me dijo, sin alzar la voz:
—Sacate el vestido. Quiero verte en ropa interior mientras seguís.
Me levanté apenas, me bajé las tiras del vestido, lo dejé caer al piso y volví a arrodillarme con el conjunto de encaje rosa. Las tetas se me marcaban contra el corpiño. Volví a la posición. Volví a chuparlos, con la espalda más recta, sintiendo dos miradas encima.
Los dos se sacaron las camisas, los pantalones, los bóxers. Quedaron desnudos, duros. Matías me señaló la cama.
—Subí al medio.
***
Me acomodé en el centro de la cama, con la espalda apoyada en las almohadas. Tomás a mi derecha, Matías a mi izquierda. Empezaron a besarme los dos al mismo tiempo: primero suave, después con lengua. Tomás me besaba el cuello, Matías la boca. Me sacaron el corpiño entre los dos, casi sin que me diera cuenta. Las manos eran cuatro y se repartían: una me apretaba un pezón, otra me bajaba la bombacha, otra me agarraba la cintura.
Cuando ya estaba completamente desnuda, intercambiaban: uno me chupaba un pezón mientras el otro me besaba la boca. Yo cerraba los ojos y dejaba caer la cabeza hacia atrás. Romi, no sé cómo explicarlo. Era una sensación de estar entregada por completo, de no tener que pensar en nada, solo recibir.
Después se pusieron los preservativos.
Primero entró Tomás, despacio, con cuidado, mientras Matías me besaba la boca y me apretaba las tetas. Yo gemía contra los labios de Matías. Después intercambiaron: Matías me cogió mientras Tomás me chupaba los pezones. Iban alternando, lento, profundo, sin apuro. Yo en el medio, con el pelo rosa desparramado en la almohada, sintiéndome usada y al mismo tiempo cuidada.
***
Pasaron varios minutos así, hasta que los dos se miraron con esa complicidad que ya conocía de la primera vez. Sentí el nudo otra vez.
—¿Probamos la doble? —preguntó Tomás, con la voz ronca.
Yo había dejado claro desde el principio que el anal era exclusivo de él. Asentí, lentamente, con miedo y curiosidad mezclados.
Me lubriqué yo misma. Tomás se acostó bocarriba en el centro, ya con un preservativo nuevo. Yo me subí encima de él, de espaldas, apoyando las manos en sus rodillas. Bajé despacio hasta sentir que entraba. Empecé a moverme suave, arriba y abajo. Matías se acercó al frente, lubricado, apuntando.
Apenas sentí la cabeza presionando, todo el cuerpo se me tensó. Las piernas me empezaron a temblar y, sin pensarlo, me incorporé de golpe. La de Tomás se salió con un ruido seco.
—No, no puedo —murmuré, colorada hasta las orejas, con los ojos llenos de lágrimas que no querían bajar—. Es demasiado, perdón…
Matías se sentó al borde de la cama, me apoyó la mano en la rodilla y la voz le cambió otra vez. Volvió a ser el del living.
—Tranqui, Cami. No pasa nada. No lo intentamos más.
Tomás me abrazó por la espalda. Respiré profundo dos o tres veces. Me sentí estúpida. Me sentí aliviada.
***
Pasamos a otra posición. Me puse en cuatro al borde de la cama. Tomás se acomodó detrás, me agarró las caderas y empezó a empujar fuerte. Matías se paró adelante y me apoyó la pija en la boca. Estaba en el medio otra vez, recibiendo por atrás y chupando adelante, con los ojos cerrados, gimiendo alrededor de la verga de Matías. Después intercambiaron: Matías me cogió de atrás mientras Tomás me la hacía chupar. La saliva me caía por el mentón. Sentí que me convertía en otra persona.
Al final de esa ronda, los dos se pararon delante de mí. Me arrodillé en el piso por tercera vez. Se sacaron los preservativos y se pajearon apuntándome a las tetas. Primero acabó Tomás, después Matías, con un quejido más fuerte. Las tetas me quedaron empapadas, brillantes bajo la luz anaranjada. Me miré para abajo y me quedé un rato así, sin moverme. No te puedo describir lo que sentí. Vergüenza y morbo en partes iguales.
Descansamos. Tomé agua. Me limpié con una toalla que Matías me trajo. Nos tiramos los tres en la cama, en silencio, con la respiración pesada. A los quince minutos los dos estaban duros otra vez.
Me cogieron alternando una vez más. Profundo, sin apuro, casi tierno. Cuando Tomás estaba dentro, sentí cómo se me empezaba a acumular algo en la pelvis. Le clavé las uñas en el brazo. El orgasmo fue brutal: el cuerpo entero se me convulsionó, grité contra la almohada, las piernas me temblaron solas durante varios segundos. Los dos me sostenían mientras yo seguía temblando.
Cuando me calmé, los dos estaban al borde otra vez.
—Quiero acabarte en la boca —me dijo Matías, con la voz dominante de toda la noche.
Me arrodillé de nuevo. Matías me agarró la cara con una mano y se pajeó frente a mí. Acabó adentro, mucha cantidad. No tragué. Me quedé con la boca medio cerrada, mirándolo.
Y ahí pasó lo más zarpado de toda la noche.
Tomás se acercó rápido, me agarró la cara con las dos manos y me dio un beso profundo. Me metió la lengua en la boca y chupó parte del semen que yo todavía tenía adentro. El beso fue largo. Baboso. Con hilos colgando entre las dos lenguas. Sentí que tragaba un poco y seguía besándome. Matías nos miraba con una sonrisa satisfecha, sin decir nada.
Cuando Tomás se separó, todavía con la boca brillante, me dijo bajito:
—Abrí la boca otra vez, nena.
Se pajeó dos o tres segundos más y me acabó en la cara. Chorros que me cayeron en la mejilla, en la nariz, en los labios, en el flequillo rosa. Quedé marcada, brillante, con la boca todavía con sabor a Matías.
***
Camila se quedó callada un rato largo. Yo no había soltado el mate y se me había enfriado.
—Romi, fue raro —me dijo al fin—. Me sentí muy usada y muy caliente al mismo tiempo. Lo más loco fue ese beso. No sé si me gustó o me dio cosa. Todavía no sé qué pensar.
La miré con una mezcla de asombro y cariño. No supe qué decirle. Le acomodé el flequillo detrás de la oreja, le pasé el mate de vuelta y nos quedamos las dos en silencio, cada una en su pensamiento.
A los pocos meses, Tomás y ella se separaron. Camila nunca me dijo el motivo exacto y yo no se lo pregunté. Pero supongo, con el correr del tiempo, que esa segunda noche fue demasiado, incluso para alguien como ella, que siempre había aceptado ir un poco más allá. Algunas líneas, una vez cruzadas, ya no se pueden borrar. Y hay cosas que solo se pueden contar entre amigas, en la cama, con el mate enfriándose en la mano.